Durante siglos, esta costa de arena blanca entre el golfo de Riga y el río Lielupe fue apenas un rosario de aldeas de pescadores livonios y letones que vivían del Báltico y de los bosques de pinos. Nadie iba a la playa por placer: el mar era trabajo, no ocio. Todo cambió a comienzos del siglo XIX, cuando media Europa descubrió que el aire de mar, los baños fríos y las aguas minerales podían 'curar', y la orilla se transformó en balneario.
El empujón inicial vino de la guerra. Tras las campañas napoleónicas, oficiales del ejército ruso que habían combatido en la región empezaron a volver a esta costa para recuperarse y descansar. Entre los primeros veraneantes ilustres estuvo el mariscal Barclay de Tolly, héroe de la guerra de 1812 contra Napoleón, que fue de los primeros en construirse una casa de verano en Dubulti. La aristocracia y la burguesía de Riga y del Imperio ruso siguieron su ejemplo, y aquellas aldeas de pescadores empezaron a llenarse de casitas de veraneo.
Con el tiempo, el conjunto de esos pueblos-balneario —Bulduri, Dzintari, Majori, Dubulti, Ķemeri— se conocería con un solo nombre que lo dice todo: Jūrmala, 'la orilla del mar'. Nacía uno de los balnearios más queridos del este de Europa.
El acontecimiento que convirtió a Jūrmala en un destino de moda fue la llegada del tren. En 1877 se abrió la línea de ferrocarril Riga-Tukums, que recorría la costa y ponía las playas a media hora de la capital. De pronto, veranear en el mar dejó de ser cosa de unos pocos ricos con carruaje: la clase media de Riga podía escaparse a la playa en tren. En 1912 se estableció incluso una conexión ferroviaria directa con Moscú, y Jūrmala se llenó de veraneantes de todo el Imperio.
Fue la belle époque del balneario. A ambos lados de la vía se levantaron cientos de villas de madera de dos plantas, con torrecitas, galerías acristaladas, miradores y encajes de carpintería tallada, en un estilo entre romántico y ecléctico que hoy es la marca arquitectónica de la ciudad. Se abrieron hoteles, casinos, salas de baile, restaurantes y establecimientos de baños. La calle Jomas, en Majori, se consolidó como el paseo social donde ver y dejarse ver.
Un capítulo aparte fue Ķemeri, en el extremo oeste. Ya desde finales del siglo XVIII se conocían allí unas fuentes de agua sulfurosa y unos barros que se creían curativos. En el siglo XIX y comienzos del XX, Ķemeri se transformó en un célebre balneario de baños de azufre y barro, con un gran parque, fuentes y, más tarde, un imponente hotel-balneario. La región vivió de la reputación de sus aguas: gente de todo el Imperio venía a 'tomar las curas' entre los pinos.
La Primera Guerra Mundial y la revolución rusa interrumpieron la fiesta. El frente se acercó peligrosamente, muchos veraneantes rusos desaparecieron con el hundimiento del Imperio y la costa quedó en pausa. Pero con la independencia de Letonia en 1918, Jūrmala renació como el balneario nacional de la joven república.
En el período de entreguerras, la costa siguió siendo el lugar de descanso de la sociedad letona, y su ambiente atrajo también a artistas y escritores. Dubulti, en particular, se ganó fama como refugio de la intelectualidad y la aristocracia cultural. Allí vivió y escribió Aspazija, una de las grandes figuras de la literatura letona: poeta, dramaturga y activista por los derechos de la mujer, esposa del célebre poeta Rainis. Su casa de madera en Dubulti es hoy un museo, y su figura simboliza esa Jūrmala de veraneo y creación.
En 1920 se completó la línea ferroviaria de la costa y el conjunto de balnearios siguió creciendo. Jūrmala era entonces lo que sigue siendo en buena medida: una larga ciudad-jardín tendida entre el mar y el río, hecha de casas de madera, pinos, arena y la promesa del verano báltico.
La Segunda Guerra Mundial trajo las ocupaciones soviética y nazi, y con ellas destrucción y tragedia también en esta costa. Pero fue en la larga posguerra, con Letonia integrada a la Unión Soviética, cuando Jūrmala vivió su transformación más profunda y contradictoria.
El régimen soviético convirtió a Jūrmala en uno de sus grandes destinos de descanso, un balneario de prestigio para toda la URSS. Aquí venían a veranear altos cargos del Partido Comunista: se dice que dirigentes como Leonid Brézhnev y Nikita Jrushchov disfrutaban de esta costa. La ciudad se llenó de sanatorios y casas de reposo —los famosos sanatoriums soviéticos— donde trabajadores, sindicalistas y funcionarios de todo el país pasaban temporadas de 'salud y descanso' subvencionadas por el Estado.
Ese impulso tuvo un costo. Muchas de las delicadas villas de madera de la época zarista fueron nacionalizadas, subdivididas o abandonadas, y en algunos casos demolidas para levantar grandes edificios de hormigón: sanatorios, balnearios y complejos de vacaciones de estética marcadamente soviética. Jūrmala pasó así de ser un retiro aristocrático a un centro de turismo de masas planificado. La sala de conciertos Dzintari, al aire libre entre los pinos, se convirtió en uno de los grandes escenarios musicales del veraneo soviético, y siguió atrayendo a artistas y festivales durante décadas.
Con la independencia recuperada de Letonia en 1991, Jūrmala volvió a cambiar de piel. Los grandes sanatorios estatales cerraron o se privatizaron, muchas villas de madera fueron restauradas y convertidas en hoteles boutique, casas particulares o museos, y la ciudad se reinventó como destino de mar, spa y bienestar, esta vez para un público internacional y para los propios letones.
Hoy Jūrmala es, ante todo, el escape de mar de Riga y una de las joyas patrimoniales del país. Conserva una de las mayores colecciones de arquitectura de veraneo en madera del norte de Europa, cuidada como un tesoro; su playa de 25 kilómetros luce banderas azules; y su vieja tradición balnearia sobrevive transformada en una potente oferta de spas y centros de bienestar, herederos lejanos de los baños de azufre de Ķemeri. El Parque Nacional de Ķemeri, con su pasarela sobre el Gran Pantano, protege además el paisaje de turberas y bosques que rodea el antiguo balneario.
Caminar Jūrmala es leer, en sus torrecitas de madera, sus sanatorios de hormigón y sus pinares, dos siglos de una misma idea: que junto a este mar frío y luminoso la gente venía a curarse, a descansar y a soñar. Del oficial ruso que se hacía una casita en Dubulti al turista actual que reserva un spa entre los pinos, la costa sigue cumpliendo la misma promesa.