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Historia de Cēsis

Los vendos y la llegada de los cruzados

El nombre alemán de Cēsis, Wenden, guarda la clave de su origen. Antes de que existiera el castillo, en esta colina sobre el valle alto del río Gauja vivía un pueblo llamado los vendos (wends), del que las crónicas medievales dan noticias algo confusas: probablemente un grupo báltico o eslavo occidental desplazado desde otras tierras, que se había asentado aquí junto a los latgalios, uno de los pueblos bálticos ancestrales de Letonia. Sobre su antiguo poblado fortificado de madera empezaría a escribirse la historia de la ciudad.

A comienzos del siglo XIII, el valle del Gauja quedó en el camino de la cruzada báltica. Desde Riga, fundada en 1201, los cruzados alemanes —agrupados en la Orden de los Hermanos de la Espada (Fratres militiae Christi)— avanzaban para someter y cristianizar a los pueblos paganos del interior. Hacia 1208, los Hermanos de la Espada se instalaron entre los vendos, en su fortaleza, y la reforzaron con muros de piedra que fueron sustituyendo las viejas defensas de madera.

Así nació el castillo de Wenden, embrión de la futura Cēsis. Su posición era estratégica: dominaba el paso por el valle del Gauja y las rutas del interior de Livonia. Lo que empezó como un puesto avanzado de la conquista se convertiría, en pocas décadas, en el corazón de todo un Estado.

La capital de la Orden de Livonia

Tras la derrota de los Hermanos de la Espada frente a los lituanos y semigalios en la batalla de Saule (1236), los supervivientes se integraron en la poderosa Orden Teutónica como una rama autónoma: la Orden de Livonia. Y Wenden se convirtió en su centro. A lo largo de los siglos XIII y XIV, el castillo fue ampliado hasta transformarse en una de las fortalezas más imponentes del Báltico oriental, con potentes torres, murallas y un patio interior, y pasó a ser la residencia habitual del gran maestre (Landmeister) de la Orden.

Ser la capital de la Orden de Livonia significaba mucho: Wenden era el 'corazón de Livonia', un símbolo del Estado monástico-militar que dominaba buena parte del actual territorio de Letonia y Estonia. Aquí se guardaban tesoros, archivos y reliquias; aquí se tomaban decisiones de gobierno; aquí se enterraba a los grandes maestres, cuyas tumbas todavía se conservan en la iglesia de San Juan, levantada a finales del siglo XIII como templo de la Orden. La ciudad que creció al pie del castillo obtuvo derechos urbanos e ingresó en la Liga Hanseática, prosperando con el comercio.

Durante casi tres siglos, Wenden fue una de las plazas más importantes del Báltico. Pero el poder de la Orden, como todo el orden medieval que representaba, se acercaba a su final. El siglo XVI traería la Reforma protestante, que minó la legitimidad religiosa de los monjes-guerreros, y sobre todo una guerra devastadora que borraría el mapa que la Orden había dibujado.

1577: la pólvora antes que la rendición

La Guerra de Livonia (1558-1583) fue el gran cataclismo. El zar ruso Iván IV, 'el Terrible', invadió Livonia buscando una salida al Báltico, y su avance desató una lucha de todos contra todos entre Rusia, Polonia-Lituania, Suecia y Dinamarca sobre las ruinas del Estado de la Orden, que se disolvió en 1561. Wenden, antigua capital, quedó en el centro de la tormenta y cambió de manos varias veces.

El episodio más célebre y trágico ocurrió en 1577. El ejército de Iván el Terrible sitió el castillo y lo bombardeó durante días. Dentro se habían refugiado unas 300 personas —soldados, habitantes de la ciudad, mujeres y niños— que, al comprender que la resistencia era imposible y temiendo la brutalidad conocida de las tropas rusas, tomaron una decisión desesperada: en lugar de rendirse, se reunieron en una de las torres, colocaron varios barriles de pólvora y se hicieron volar por los aires. El estruendo se oyó a leguas de distancia. Aquel suicidio colectivo, uno de los hechos más sombríos de la Europa de la época, quedó grabado en la memoria del lugar.

El castillo quedó gravemente dañado. En los años siguientes, Wenden pasó a la Mancomunidad polaco-lituana, que la convirtió en capital de un voivodato, y volvió a ser disputada. En el siglo XVII cayó bajo el Imperio sueco, y las guerras del período —incluida la Gran Guerra del Norte a comienzos del siglo XVIII— acabaron de arruinar la fortaleza. De aquella capital orgullosa de la Orden solo quedaron las majestuosas ruinas que hoy visitamos.

Barones alemanes y el nuevo castillo

Tras la Gran Guerra del Norte, todo el territorio pasó al Imperio ruso, pero el poder local siguió en manos de la nobleza alemana del Báltico, los barones que administraban las tierras y a los campesinos letones. En Wenden, la familia Sievers adquirió la propiedad en el siglo XVIII, y a comienzos del siglo XIX levantó, junto a las ruinas medievales, un nuevo castillo señorial: un elegante edificio residencial —el que hoy llamamos el Nuevo Castillo de Cēsis— rodeado de un romántico parque paisajista con estanque, en el que se reflejan las viejas torres.

La ciudad, entretanto, siguió su vida como centro comercial y artesanal de Vidzeme. En 1878 abrió la línea de ferrocarril, que la conectó con Riga y con el interior, impulsando el turismo hacia el valle del Gauja. Cēsis se hizo conocida por su aire puro, su cervecería —la histórica Cēsu alus, una de las más antiguas de Letonia— y su patrimonio medieval, que empezó a atraer a viajeros y estudiosos.

A finales del siglo XIX y comienzos del XX, con el despertar del nacionalismo letón, Cēsis adquirió además un fuerte valor simbólico. La tradición vincula a la ciudad con la creación de la bandera nacional letona —rojo-blanco-rojo—, cuyo diseño se remonta, según las crónicas medievales, a un estandarte usado por las tribus de esta región. Ese peso identitario cobraría todo su sentido en 1919, en uno de los momentos decisivos de la historia del país.

La batalla de 1919 y la Cēsis de hoy

Cuando Letonia proclamó su independencia el 18 de noviembre de 1918, tras el hundimiento de los imperios ruso y alemán en la Primera Guerra Mundial, el nuevo Estado tuvo que luchar por sobrevivir. En 1919, en plena Guerra de Independencia, las fuerzas letonas y estonias se enfrentaron cerca de Cēsis a las tropas alemanas del Landeswehr y de los Freikorps, que pretendían mantener el dominio germano-báltico sobre el país. La batalla de Cēsis (Cēsu kaujas), en junio de 1919, terminó con la victoria de los ejércitos letón y estonio, y fue un momento fundacional: aseguró la joven independencia y frenó el proyecto de restaurar el poder de los barones alemanes. Todavía hoy se conmemora cada año.

El siglo XX trajo, sin embargo, nuevas ocupaciones. Letonia fue anexada por la Unión Soviética en 1940, ocupada por la Alemania nazi entre 1941 y 1944-45, y de nuevo incorporada a la URSS durante casi medio siglo, con las deportaciones y la represión que marcaron a todo el país. Cēsis atravesó ese período conservando su patrimonio, y con la recuperación de la independencia en 1991 volvió a mirar hacia su historia con orgullo.

Hoy Cēsis es una de las ciudades más queridas de Letonia: un destino cultural y de naturaleza que combina uno de los cascos medievales mejor conservados del país, el gran castillo de la Orden —que se visita con farol de vela, a la manera antigua—, el nuevo castillo con su museo, los festivales de verano y el entorno del Parque Nacional Gauja. Ochocientos años después de que los Hermanos de la Espada fortificaran la colina de los vendos, la vieja capital de Livonia sigue siendo un lugar donde la historia se toca con las manos.

📚 Bibliografía

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