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Historia de Aglona

Latgale, la Letonia que siguió siendo católica

Para entender Aglona hay que entender Latgale, la región más oriental de Letonia. Mientras el centro y el oeste del país —bajo el dominio de la Orden de Livonia y, más tarde, de suecos y alemanes protestantes— abrazaban la Reforma y se hacían luteranos en el siglo XVI, el sureste siguió un camino distinto. Tras la Guerra de Livonia y la disolución de la Orden, esta tierra quedó integrada en la Mancomunidad polaco-lituana como la Inflanty polaca o Livonia polaca, bajo la influencia de la monarquía católica de Polonia.

Esa pertenencia marcó para siempre el carácter de Latgale. La Contrarreforma católica, impulsada por Polonia y por órdenes religiosas como los jesuitas y los dominicos, arraigó con fuerza en la región, que se mantuvo mayoritariamente católica hasta hoy, a diferencia del resto de una Letonia predominantemente luterana. También el idioma y la cultura tomaron un tinte propio: en Latgale se habla el latgaliano, una variante lingüística estrechamente emparentada con el letón, y perviven tradiciones, cerámica y una religiosidad populares muy características.

En ese contexto de frontera religiosa y cultural nació el santuario de Aglona. No fue casualidad que surgiera aquí, en pleno país de los lagos, uno de los grandes centros de devoción mariana del norte de Europa: fue fruto de la vitalidad del catolicismo polaco-latgaliano que hizo de esta esquina de Letonia un lugar aparte.

Los dominicos y la fundación del santuario (1699)

La historia concreta de Aglona como lugar sagrado comienza en 1699, cuando la orden de los dominicos fundó aquí un monasterio. La tradición vincula el origen del santuario con la llegada de los frailes y con una imagen de la Virgen María, en torno a la cual se fue formando la devoción. Los dominicos, una de las grandes órdenes predicadoras de la Iglesia católica, desempeñaron un papel clave en la evangelización y la vida religiosa de la Livonia polaca, y Aglona se convirtió en uno de sus centros más importantes en la región.

En los primeros tiempos, el culto se desarrolló en una iglesia de madera; en 1751 se consagró un templo de ese tipo. Pero la madera es frágil, y el fuego, la gran amenaza de la arquitectura antigua, acabó destruyendo aquella primera iglesia. Ese incendio, lejos de apagar el santuario, dio pie a la construcción del gran edificio que hoy conocemos.

Alrededor del monasterio y la iglesia fue creciendo la pequeña localidad de Aglona, cuya vida giraba —y todavía gira en buena medida— en torno al santuario. La fama de la imagen de la Virgen y de los favores que se le atribuían empezó a atraer peregrinos de toda la región, sentando las bases de la gran peregrinación que vendría después.

La basílica barroca y la Virgen de Aglona

Tras el incendio de la iglesia de madera, los dominicos emprendieron la construcción de un templo de piedra a la altura de la importancia del santuario. Las obras de la actual basílica, de estilo barroco italiano, se desarrollaron entre 1768 y 1780, junto con los edificios del monasterio. El resultado fue una iglesia de fachada blanca flanqueada por dos altas torres de unos 60 metros, visible desde lejos entre los lagos y bosques de Latgale, con un interior de bóvedas, columnas y altares ricamente decorados en estilo rococó. Fue consagrada en 1800 por el obispo Jan Benisławski.

El tesoro espiritual de la basílica es el icono de la 'Milagrosa Virgen de Aglona', una imagen de la Virgen con el Niño del siglo XVII a la que se atribuyen numerosos milagros y favores. Siguiendo una costumbre extendida en los grandes santuarios marianos, la imagen permanece normalmente cubierta y solo se descubre al público en las grandes celebraciones religiosas, un gesto que refuerza su carácter sagrado y la emoción de los peregrinos cuando por fin la contemplan.

Durante los siglos XVIII y XIX, ya bajo el dominio del Imperio ruso —que anexó Latgale con los repartos de Polonia a finales del siglo XVIII—, Aglona consolidó su papel como principal meta de peregrinación católica de la región, resistiendo incluso las restricciones que el poder ruso ortodoxo impuso en ocasiones al catolicismo.

El siglo XX: independencia, ocupaciones y la visita del papa

Con la independencia de Letonia en 1918, Aglona se afianzó como el gran santuario nacional de los católicos letones, y la peregrinación del 15 de agosto, fiesta de la Asunción, se convirtió en una cita multitudinaria y en un símbolo identitario de Latgale y del catolicismo del país. El siglo XX, sin embargo, trajo también aquí las sombras de las ocupaciones: la anexión soviética de 1940, la ocupación nazi durante la Segunda Guerra Mundial y el largo régimen soviético posterior.

Durante las décadas comunistas, el poder ateo del Estado soviético dificultó y vigiló la vida religiosa, pero no logró apagar la devoción popular: pese a las presiones, los fieles siguieron peregrinando a Aglona, que se mantuvo como un foco de fe y, en cierto modo, de resistencia cultural silenciosa. En 1980, en pleno período soviético, el santuario recibió del Vaticano el título de basílica menor, un reconocimiento de su rango dentro de la Iglesia.

El gran hito llegó poco después de la recuperación de la independencia. En septiembre de 1993, el papa Juan Pablo II visitó Aglona en el marco de su viaje a los países bálticos, celebrando una misa multitudinaria ante decenas de miles de fieles. Para aquella visita se realizaron amplias obras de renovación de la basílica y del entorno, y se creó la gran plaza de peregrinación —la explanada sagrada con altar exterior— que desde entonces acoge las celebraciones masivas. La visita papal proyectó Aglona al mundo y renovó su vitalidad.

Aglona hoy: fe, silencio y país de los lagos

En la Letonia independiente del siglo XXI, Aglona sigue siendo el corazón espiritual de los católicos del país y uno de los santuarios marianos más importantes del norte de Europa. Cada 15 de agosto, la fiesta de la Asunción convierte al pequeño pueblo en un hormiguero de fe: cientos de miles de peregrinos se congregan en la explanada, muchos tras caminar durante días desde ciudades lejanas —los de Liepāja, en la costa oeste, llegan a andar más de una semana—, y viven vigilias nocturnas, misas al aire libre y una impresionante liturgia de velas ante la basílica iluminada. Es la mayor concentración religiosa de los estados bálticos.

El resto del año, Aglona recupera su calma. El santuario, con su basílica blanca, su plaza, su fuente de agua considerada milagrosa y sus jardines de oración, se ofrece al visitante en silencio, rodeado por el paisaje de lagos, bosques y campos de Latgale. El pueblo ha sumado además atractivos como el popular Museo del Pan, que muestra la cultura rural y el pan negro de centeno de la región, y funciona como base para descubrir el país de los lagos y la cercana Daugavpils.

Así, Aglona reúne dos caras complementarias: la del gran santuario de peregrinación, cargado de historia religiosa y de emoción colectiva, y la del rincón tranquilo del este de Letonia, donde la fe, la naturaleza y la cultura latgaliana se dan la mano. Trescientos años después de que los dominicos se instalaran junto a estos lagos, Aglona sigue siendo un lugar donde miles de personas encuentran, cada año, un motivo para caminar hasta el fin del país.

📚 Bibliografía

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