Viajá con Gus
InicioKosovoPristinaHistoria
Historia · origen · formación

Historia de Pristina

Ulpiana y el Campo de los Mirlos: de Roma a la batalla de 1389

La historia del lugar donde hoy se levanta Pristina es mucho más antigua que la ciudad moderna. A pocos kilómetros al sur, cerca de la actual Gračanica, floreció Ulpiana, una importante ciudad romana fundada en el siglo II d.C. sobre un asentamiento dárdano anterior. Los dárdanos eran un pueblo de la Antigüedad que habitó esta parte de los Balcanes antes de la llegada de Roma. Ulpiana prosperó como centro minero y administrativo de la provincia de Mesia Superior, fue reconstruida por el emperador bizantino Justiniano en el siglo VI —que la rebautizó Justiniana Secunda— y dejó restos de termas, basílicas y necrópolis que todavía se excavan.

En la Edad Media, con la expansión del Estado serbio de la dinastía Nemanjić entre los siglos XII y XIV, esta región —que los serbios llaman Kosovo i Metohija— se convirtió en uno de los corazones políticos y espirituales del reino: muy cerca se fundaron los grandes monasterios ortodoxos de Gračanica y, más al oeste, el Patriarcado de Peć, sede de la Iglesia serbia.

A las puertas de Pristina, en la llanura conocida como Kosovo Polje (el Campo de los Mirlos), se libró el 28 de junio de 1389 una de las batallas más célebres y mitificadas de la historia balcánica: el enfrentamiento entre el ejército del príncipe serbio Lazar Hrebeljanović y las fuerzas del sultán otomano Murad I. En la batalla murieron ambos líderes y el resultado fue incierto en lo militar, pero con el tiempo se convirtió en símbolo de la resistencia serbia y del comienzo de la larga dominación otomana en la región. Ese doble significado —romano y bizantino, serbio y otomano— explica la enorme carga simbólica que Kosovo tiene todavía hoy para varios pueblos.

Siglos otomanos: mezquitas, bazar y ciudad comercial

Tras la consolidación del dominio otomano en el siglo XV, Pristina se transformó en una ciudad comercial de la ruta que unía el Adriático con Constantinopla. El sultán Mehmet II 'el Conquistador', el mismo que tomó Constantinopla en 1453, ordenó levantar hacia 1461 la Mezquita Imperial (Xhamia e Mbretit), que todavía preside el casco viejo. A lo largo de los siglos otomanos la ciudad se llenó de mezquitas, hammams (baños públicos), fuentes, una torre del reloj y un bazar bullicioso donde se comerciaba con cuero, textiles, metales y productos agrícolas.

Durante este período, la población de la región fue cambiando: la conversión al islam de buena parte de los habitantes y las migraciones fueron dando a Kosovo una mayoría de población albanesa musulmana, junto a comunidades serbias ortodoxas, turcas, judías y de otros grupos. Pristina fue una ciudad multiétnica y multireligiosa, con barrios y oficios organizados al modo otomano.

En 1878, en la vecina Prizren, se fundó la Liga de Prizren, el primer gran movimiento del nacionalismo albanés, que buscaba defender los territorios de población albanesa frente al reparto que las potencias planeaban tras la guerra ruso-turca. Aquel despertar nacional marcaría el destino de toda la región. La larga época otomana terminó para Pristina con las guerras balcánicas de 1912-1913, cuando la ciudad y buena parte de Kosovo pasaron a manos del Reino de Serbia, iniciando un nuevo y conflictivo capítulo.

Yugoslavia: capital de la provincia autónoma y auge del brutalismo

Tras las guerras balcánicas y la Primera Guerra Mundial, Kosovo quedó integrado en el nuevo Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, que luego sería Yugoslavia. Después de la Segunda Guerra Mundial y con la Yugoslavia socialista de Josip Broz Tito, Pristina se convirtió en la capital de la Provincia Autónoma Socialista de Kosovo, una entidad dentro de la república de Serbia con creciente autogobierno, sobre todo tras la Constitución de 1974, que otorgó a Kosovo un estatus cercano al de una república.

Fueron décadas de modernización acelerada. Pristina creció, se pobló de bloques de viviendas, se fundó la Universidad de Pristina (1970) y se levantaron los edificios que hoy definen su perfil: el brutalismo yugoslavo dejó obras tan singulares como la extravagante Biblioteca Nacional, inaugurada en 1982, con sus 99 cúpulas y su malla metálica. La ciudad se llenó de una población joven y de una vida cultural albanesa en ebullición.

Pero bajo la superficie crecían las tensiones. La mayoría albanesa reclamaba mayor autonomía o el estatus de república; parte de la minoría serbia se sentía amenazada y agraviada, en una tierra cargada de simbolismo nacional. Las protestas estudiantiles albanesas de 1981 fueron reprimidas con dureza. El ascenso de Slobodan Milošević al poder en Serbia a finales de los años ochenta cambió todo: en 1989 se revocó la autonomía de Kosovo, se impuso el control directo desde Belgrado y se apartó a los albaneses de la administración, la educación y el trabajo público. Comenzaba la cuenta atrás hacia el conflicto.

La guerra de 1998-1999 y la intervención de la OTAN

Los años noventa fueron para Kosovo una década de apartheid de facto y de resistencia. Tras la supresión de la autonomía en 1989, la mayoría albanesa organizó un movimiento pacífico de desobediencia liderado por el escritor Ibrahim Rugova, que creó instituciones y escuelas paralelas. Pero la falta de resultados y la violencia creciente hicieron surgir a mediados de los noventa el Ejército de Liberación de Kosovo (UÇK), una guerrilla independentista que empezó a atacar a las fuerzas serbias.

A partir de 1998, el conflicto escaló a una guerra abierta. Las fuerzas serbias y yugoslavas lanzaron operaciones militares y de represalia que, según organismos internacionales, causaron miles de muertos civiles y combatientes y desplazaron a cientos de miles de albaneses de sus hogares. Tras el fracaso de las negociaciones de Rambouillet a comienzos de 1999 y ante la magnitud de las expulsiones, la OTAN inició el 24 de marzo de 1999 una campaña de bombardeos sobre Yugoslavia que se prolongó 78 días, hasta el 10 de junio. Durante esas semanas, la ofensiva serbia sobre el terreno provocó la huida de cerca de un millón de kosovares albaneses hacia Albania y Macedonia.

La guerra dejó una herida profunda y víctimas de todos los lados: miles de albaneses muertos y desaparecidos, matanzas y crímenes de guerra documentados, pero también, tras la retirada serbia, represalias y desplazamientos que golpearon a la población serbia y romaní de Kosovo. Es un capítulo reciente y doloroso que conviene contar con sobriedad y sin triunfalismos. El 10 de junio de 1999, con la retirada de las fuerzas yugoslavas, la ONU asumió la administración del territorio mediante la misión UNMIK, y una fuerza internacional (KFOR, liderada por la OTAN) se desplegó para mantener la paz. Esa gratitud hacia la intervención explica que hoy Pristina tenga un Bulevar Bill Clinton con estatua y abundantes banderas de Estados Unidos y la OTAN.

17 de febrero de 2008: la independencia y el Kosovo de hoy

Tras casi una década bajo administración de la ONU y después de negociaciones que no lograron un acuerdo con Serbia sobre el estatus final, el Parlamento de Kosovo, reunido en Pristina, declaró la independencia el 17 de febrero de 2008. Ese mismo día se inauguró en la capital el Monumento Newborn, las letras gigantes que se han convertido en el símbolo del país más joven de Europa y que se repintan cada aniversario.

El reconocimiento internacional fue amplio pero no universal. Estados Unidos, la mayoría de los países de la Unión Europea y un centenar de Estados reconocieron la independencia; en 2010, la Corte Internacional de Justicia dictaminó que la declaración no violaba el derecho internacional. Sin embargo, Serbia no la reconoce y la considera una provincia propia, y tampoco la reconocen potencias como Rusia y China ni cinco miembros de la UE (España, Grecia, Chipre, Rumanía y Eslovaquia), lo que ha bloqueado el ingreso de Kosovo en la ONU y en muchos organismos. El estatus del país sigue siendo, por tanto, objeto de disputa, y el diálogo entre Pristina y Belgrado, auspiciado por la UE, avanza con enormes dificultades.

En su interior, Kosovo afronta desafíos de peso: es uno de los países más pobres de Europa, con alto desempleo juvenil y una fuerte emigración, y persiste la tensión con la minoría serbia, concentrada sobre todo en el norte, en torno a Mitrovica, donde hubo episodios de crisis en los últimos años. Aun así, Pristina se ha consolidado como una capital joven, dinámica y sorprendentemente abierta: una ciudad de cafés, universidades y cultura que mira hacia Europa mientras carga con una historia intensa. Para el viajero, entender ese pasado —romano, otomano, yugoslavo y de guerra reciente— es la mejor manera de apreciar el presente vibrante y complejo de la capital kosovar.

📚 Bibliografía

← Volver a la guía de Pristina