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Historia de Peja

Al pie de las montañas: los orígenes antiguos de Peja

Peja se asienta en un lugar privilegiado: la boca del cañón de Rugova, donde el río Bistrica de Peja sale de los Alpes Dináricos hacia la fértil llanura del oeste de Kosovo, la región que los serbios llaman Metohija. Esa posición, entre la montaña y el llano, en un cruce de rutas y con agua abundante, hizo del lugar un enclave habitado desde muy antiguo. La zona conoció asentamientos de los ilirios, los pueblos que poblaron los Balcanes occidentales antes de Roma, y luego de los romanos, que aprovecharon la red de calzadas de la región; algunas fuentes vinculan el emplazamiento con la antigua Siparantum.

Con la caída de Roma y la llegada de los eslavos a los Balcanes entre los siglos VI y VII, la región fue cambiando de manos y de población. Peja quedó en un territorio disputado entre el Imperio bizantino y los poderes eslavos emergentes, en una tierra de montañas y valles que siempre tuvo un valor estratégico y espiritual.

Fue en la Edad Media, con el ascenso del Estado serbio, cuando este rincón al pie de las montañas adquirió una importancia que superaría con creces su tamaño. Aquí, a la entrada del cañón, se fundaría uno de los centros religiosos más importantes del mundo ortodoxo serbio, y con él el nombre de Peć (Peja) quedaría inscrito para siempre en la historia de la región.

El Patriarcado: corazón espiritual de la Serbia medieval

El gran protagonismo histórico de Peja nació con el Patriarcado de Peć. En el siglo XIII, cuando la Iglesia ortodoxa serbia se organizó como archidiócesis autocéfala (independiente) —primero con sede en el monasterio de Žiča—, el complejo monástico de Peć, situado a la entrada del cañón de Rugova, se convirtió a mediados de ese siglo en la residencia de los arzobispos serbios. El emplazamiento, protegido por las montañas y bien comunicado con el corazón del reino, era ideal para el centro de una Iglesia en expansión.

El salto definitivo llegó en 1346, cuando, bajo el reinado del emperador Stefan Dušan, se elevó la Iglesia serbia al rango de patriarcado, y el monasterio de Peć pasó a ser la sede de los patriarcas serbios. De ahí su nombre. Durante los siglos medievales, el complejo se amplió con varias iglesias —la de los Santos Apóstoles, San Demetrio, la Virgen Hodegetria y San Nicolás— unidas bajo un mismo nártex y decoradas con espléndidos frescos bizantinos y medievales serbios. Peć se convirtió así en el corazón espiritual y simbólico de la Serbia medieval, el lugar donde se coronaban y enterraban arzobispos y patriarcas.

Esta densidad de significado explica por qué el oeste de Kosovo, con Peć y el cercano monasterio de Visoki Dečani, es un territorio de enorme carga histórica para el mundo serbio, un patrimonio que conviene comprender con precisión para entender la complejidad de la región. La caída del Estado serbio medieval frente a los otomanos, tras la batalla del Campo de los Mirlos (1389) y las conquistas posteriores, no borraría el papel espiritual de Peć, aunque sí cambiaría radicalmente su contexto.

Siglos otomanos: bazar, mezquitas y una ciudad comercial

Con la consolidación del dominio otomano en el siglo XV, Peja —Peć para los serbios, İpek para los otomanos— se transformó en una próspera ciudad comercial y artesanal del imperio. Su posición al pie de las montañas y en las rutas del oeste balcánico favoreció el desarrollo de un gran bazar, que se convirtió en uno de los centros de comercio y artesanía más importantes de la región, célebre por sus artesanos del cobre, sus curtidores y sus talleres. La ciudad se llenó de mezquitas, hammams y arquitectura otomana, de la que aún quedan testimonios como la Mezquita de Bajrakli.

Bajo los otomanos, la composición de la población fue cambiando: la conversión al islam de parte de los habitantes y las migraciones consolidaron una mayoría albanesa musulmana, junto a la que perduraron comunidades serbias ortodoxas, bosnias y de otros grupos. Peja se convirtió en una ciudad multicultural y multiconfesional, rasgo que ha conservado en buena medida hasta hoy.

En cuanto al Patriarcado, su suerte fue cambiante. Los otomanos llegaron a abolir el patriarcado serbio en el siglo XV, pero lo restauraron en 1557, durante el reinado del sultán Solimán el Magnífico, en un episodio ligado a la influencia de altos funcionarios de origen balcánico en la corte otomana. El Patriarcado de Peć volvió así a ser, durante dos siglos más, el centro de la Iglesia serbia, hasta su definitiva abolición otomana en 1766. A lo largo de estos siglos, el monasterio siguió siendo un faro de identidad para la población ortodoxa de la región.

Del reino yugoslavo a la guerra de 1998-1999

El retroceso otomano en las guerras balcánicas de 1912-1913 llevó a Peja y a todo Kosovo a manos del Reino de Serbia, y poco después al Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, que luego sería Yugoslavia. Durante el siglo XX, Peja atravesó las mismas transformaciones que el resto de la región: fue parte de la Yugoslavia socialista y de la Provincia Autónoma de Kosovo, con su población mayoritariamente albanesa y sus minorías serbia y bosnia, y con el Patriarcado como enclave espiritual serbio.

El final del siglo trajo el capítulo más trágico. Tras la supresión de la autonomía de Kosovo por el régimen de Slobodan Milošević en 1989 y la represión de la mayoría albanesa durante los años noventa, la guerra de 1998-1999 entre las fuerzas serbias y la guerrilla del Ejército de Liberación de Kosovo (UÇK) golpeó con especial dureza a Peja y su comarca. La ciudad sufrió operaciones militares, incendios y una destrucción considerable, y buena parte de su población albanesa fue expulsada durante la ofensiva serbia de 1999. La intervención de la OTAN, con una campaña de bombardeos entre marzo y junio de 1999, forzó la retirada de las fuerzas yugoslavas. Es un conflicto reciente y doloroso, con víctimas de todos los lados, que conviene relatar con sobriedad y equilibrio.

Tras la guerra, y en un clima de represalias, la comunidad serbia de la zona se redujo drásticamente y el Patriarcado de Peć quedó bajo la protección de la comunidad internacional (las fuerzas de KFOR), como otros monasterios ortodoxos de Kosovo, ante el riesgo de ataques. Peja, con gran parte de su casco y su bazar dañados, inició una lenta reconstrucción bajo la administración de la ONU.

Peja hoy: capital de la aventura y patrimonio de la Unesco

En el Kosovo independiente —país que declaró su independencia en 2008, con un reconocimiento internacional parcial y no aceptado por Serbia—, Peja ha renacido como la capital del turismo de aventura y de naturaleza. Su bazar otomano ha sido restaurado y vuelve a latir con sus artesanos del cobre y sus cafés tradicionales, y la ciudad se ha convertido en la puerta de entrada al espectacular cañón de Rugova y a los grandes trekkings del oeste, como el circuito 'Peaks of the Balkans', que la une con Montenegro y Albania a través de los Alpes Dináricos.

El Patriarcado de Peć, por su parte, sigue en pie como uno de los grandes tesoros del patrimonio mundial. En 2006, la Unesco lo inscribió en la lista del Patrimonio de la Humanidad dentro del conjunto 'Monumentos medievales en Kosovo' —junto a Gračanica, Visoki Dečani y la Virgen de Ljeviš—, y también en la lista de patrimonio en peligro, por la fragilidad de estos bienes en un contexto político delicado. El monasterio sigue habitado por una comunidad de monjas y recibe visitantes de todo el mundo, que acuden a admirar sus iglesias medievales y sus frescos, siempre con el respeto que exige un lugar de culto vivo y un enclave serbio protegido.

Para el viajero, Peja es una síntesis fascinante de todo lo que ofrece Kosovo: naturaleza imponente, historia milenaria, cruce de culturas y una hospitalidad cálida, todo ello a precios bajísimos. Recorrer su bazar, visitar el Patriarcado con respeto y lanzarse a la aventura en el cañón de Rugova es asomarse, en pocos kilómetros, a las muchas capas —antigua, medieval serbia, otomana y contemporánea— de una de las regiones más intensas y hermosas de los Balcanes.

📚 Bibliografía

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