Para entender el Patriarcado de Peć hay que remontarse a comienzos del siglo XIII y a la figura de San Sava, el fundador de la Iglesia ortodoxa serbia. Hijo del gran príncipe Stefan Nemanja —fundador de la dinastía Nemanjić—, Sava se hizo monje en el monte Athos y trabajó incansablemente para dotar a los serbios de una Iglesia propia. En 1219 logró que el patriarca de Constantinopla reconociera a la Iglesia serbia como autocéfala (autónoma), con su propio arzobispo, y él mismo fue el primero en ocupar ese cargo.
Esa Iglesia joven necesitaba sedes y centros de poder espiritual. En el fértil valle de Metohija, a las afueras de la actual Peja y justo en la boca del cañón de Rugova, se empezó a levantar en la primera mitad del siglo XIII un conjunto monástico que llegaría a ser el más importante de todos: la iglesia de los Santos Apóstoles, núcleo original del futuro patriarcado, construida como iglesia funeraria de los arzobispos serbios.
La elección del lugar no fue casual. Peć estaba en el corazón de las tierras nucleares del reino serbio medieval, protegida por las montañas y bien comunicada. Con el tiempo, los arzobispos fueron trasladando allí su residencia, de modo que Peć se convirtió, de hecho, en la capital espiritual de los serbios: el lugar desde el que se dirigía la Iglesia y donde se enterraba a sus máximos jerarcas. Había nacido uno de los centros religiosos más importantes de todo el mundo ortodoxo eslavo.
El aspecto más singular del Patriarcado de Peć —su racimo de cuatro iglesias unidas bajo un mismo nártex— es el resultado de dos siglos de ampliaciones sucesivas. Todo empezó con la iglesia de los Santos Apóstoles, del siglo XIII. A ella se sumó, hacia comienzos del siglo XIV, la iglesia de San Demetrio, terminada alrededor de 1324.
El gran impulsor del conjunto tal como hoy lo conocemos fue el arzobispo Danilo II, una de las figuras más notables de la Iglesia serbia medieval, que ocupó el cargo entre 1324 y 1337. Danilo, además de jerarca, fue escritor e historiador, autor de una célebre colección de biografías de reyes y arzobispos serbios. Bajo su mandato se añadieron al complejo la iglesia de la Virgen Hodegetria y la pequeña iglesia de San Nicolás, y se construyó el gran nártex común que unificó todas las iglesias en un solo organismo arquitectónico, con un pórtico monumental.
Ese nártex es una de las joyas del lugar. Sus muros se cubrieron de frescos que incluyen, entre otras cosas, una genealogía pintada de la dinastía Nemanjić: una especie de árbol dinástico que enlazaba visualmente el linaje real serbio con las raíces cristianas, reforzando la idea de una monarquía sagrada respaldada por la Iglesia. Con Danilo II, Peć quedó configurado como el gran conjunto que sobrevive hasta hoy, y su prestigio como centro de la Iglesia serbia alcanzó su punto más alto justo cuando el reino serbio se preparaba para convertirse en un imperio.
En 1346, la historia de Peć dio un salto decisivo. Aquel año, el poderoso rey Stefan Dušan —el mismo que había terminado el monasterio de Dečani— se hizo coronar zar (emperador) de los serbios y los griegos, culminando la expansión del reino serbio, que llegó a dominar buena parte de los Balcanes. Un imperio necesitaba una Iglesia a su altura: por eso, ese mismo año, el arzobispado serbio fue elevado al rango de patriarcado, y Peć, como sede de la máxima autoridad eclesiástica, se convirtió en la residencia del primer patriarca serbio.
Este ascenso consagró a Peć como el centro indiscutible de la vida religiosa serbia. Desde aquí, los patriarcas coronaban y ungían, dirigían la Iglesia, ordenaban obispos y velaban por la ortodoxia. El complejo monástico, con sus cuatro iglesias y sus frescos, era el escenario de esa autoridad espiritual, y su importancia trascendía lo religioso: en la mentalidad de la época, Iglesia y Estado formaban una unidad, y el patriarca de Peć era una de las figuras más influyentes del imperio de Dušan.
El esplendor imperial, sin embargo, fue breve. Tras la muerte de Dušan en 1355, el imperio serbio se fragmentó rápidamente en principados rivales, debilitados justo cuando una nueva potencia avanzaba desde el este: los turcos otomanos. La derrota serbia en la batalla de Kosovo Polje, en 1389, marcó el principio del fin de la independencia serbia medieval. Pero incluso mientras el poder político se desmoronaba, Peć siguió siendo el corazón espiritual de un pueblo que se preparaba para siglos de dominio extranjero.
Con la conquista otomana de los Balcanes en el siglo XV, la suerte del Patriarcado de Peć quedó ligada a la política del Imperio otomano. En un primer momento, entre 1459 y 1463, el patriarcado fue abolido y quedó subordinado al arzobispado de Ohrid: la Iglesia serbia perdió su cabeza autónoma justo cuando más la necesitaba, en pleno trauma de la conquista.
El gran renacimiento llegó en 1557. Ese año, durante el reinado del sultán Solimán el Magnífico, el patriarcado de Peć fue restaurado, en buena medida gracias a la influencia de Mehmed Paša Sokolović, un gran visir otomano de origen serbio-bosnio que favoreció a su Iglesia de origen. La restauración fue enormemente importante: durante los dos siglos siguientes, el patriarcado de Peć volvió a ser la institución que mantuvo unida a la nación serbia bajo el dominio otomano, preservando su lengua, su fe, su cultura y su memoria histórica cuando ya no existía un Estado serbio. En cierto sentido, la Iglesia hizo de nación durante esos siglos, y Peć fue su capital.
Ese segundo período de esplendor terminó abruptamente en 1766. Ese año, presionado por el clero griego del Fanar (el barrio de Constantinopla sede del patriarcado ecuménico), el sultán abolió definitivamente el patriarcado de Peć y puso la Iglesia serbia bajo el control de Constantinopla. Fue un golpe duro para la identidad serbia. El monasterio siguió existiendo, pero perdió su rango de sede patriarcal, y la región de Metohija empezó a cambiar demográficamente, con una presencia albanesa y musulmana creciente. Peć entraba así en un largo período de decadencia institucional, aunque nunca dejó de ser un símbolo sagrado para los serbios.
El Patriarcado de Peć recuperó parte de su antiguo rango en el siglo XX. Tras las guerras balcánicas y la Primera Guerra Mundial, con la unificación de la Iglesia ortodoxa serbia en 1920, Peć volvió a ser reconocido como uno de los sedes históricas del patriarcado serbio, restaurado como institución. El monasterio recobró así su dignidad simbólica como cuna de la Iglesia, aunque la sede administrativa efectiva del patriarca pasó a estar en Belgrado.
El siglo XX y el comienzo del XXI, sin embargo, trajeron también las tensiones del conflicto de Kosovo. En un territorio de mayoría albanesa donde los monasterios serbio-ortodoxos se convirtieron en símbolos sensibles, Peć —como Dečani y otros lugares— quedó en una situación delicada. Durante y después de la guerra de 1998-99, y en episodios como los disturbios de marzo de 2004, numerosos sitios serbios en Kosovo fueron dañados o destruidos, lo que obligó a proteger los monasterios más importantes. Desde 2013, la seguridad del Patriarcado de Peć corre a cargo de la policía de Kosovo, después de años de custodia por la KFOR, la fuerza internacional liderada por la OTAN.
La Unesco reconoció el valor universal del conjunto: en 2006 lo inscribió en la lista del Patrimonio de la Humanidad como parte de los 'Monumentos medievales en Kosovo' —junto con Dečani, la iglesia de la Virgen de Ljeviša en Prizren y el monasterio de Gračanica—, incluyéndolo al mismo tiempo en la lista de Patrimonio Mundial en Peligro, dada la fragilidad de su situación. Hoy, el Patriarcado de Peć es un monasterio femenino activo, habitado por una comunidad de monjas que custodia los frescos, las tumbas de los antiguos patriarcas y la memoria de ocho siglos de historia. Visitarlo es asomarse al corazón espiritual de la Serbia medieval, en un enclave de belleza extraordinaria a la entrada del cañón de Rugova, y comprender un poco mejor las capas de historia y de conflicto que atraviesan Kosovo.