La historia de Mitrovica es, antes que nada, la historia de sus minas. En las laderas del monte Kopaonik, donde hoy se encuentra el complejo de Trepça, se extrae mineral desde hace más de dos mil años: ya en época romana, e incluso antes, estas montañas ricas en plomo, zinc y plata atrajeron a mineros y comerciantes. Durante la Edad Media, la región fue uno de los grandes centros mineros del reino serbio, y a la explotación llegaron mineros sajones, expertos alemanes que introdujeron técnicas avanzadas en los Balcanes.
La propia ciudad de Mitrovica creció como asentamiento ligado a esa actividad y a su posición estratégica junto al río Ibar, en un cruce de caminos del norte de Kosovo. Bajo el largo dominio otomano, que se extendió por la región desde el siglo XV, la localidad fue un centro comercial y administrativo modesto, con su mezquita —la de Isa Beg es testimonio de esa época— y su población mixta.
Pero lo que definiría el destino de Mitrovica en la era moderna sería el redescubrimiento y la modernización de sus recursos minerales. A comienzos del siglo XX, la riqueza del subsuelo del Kopaonik volvió a atraer la atención, esta vez del capital industrial internacional. La pequeña ciudad otomana estaba a punto de convertirse en el motor minero de todo un país.
En las décadas de 1920 y 1930, una empresa británica desarrolló y modernizó a gran escala el complejo minero de Trepça, convirtiéndolo en una de las mayores explotaciones de plomo, zinc y plata de Europa. Con la creación de la Yugoslavia socialista tras la Segunda Guerra Mundial, Trepça pasó a manos del Estado y se transformó en un coloso industrial: minas, fundiciones, fábricas y plantas de procesamiento que llegaron a emplear a decenas de miles de trabajadores —hasta cerca de 23.000 en su apogeo— y a figurar entre las mayores empresas de todo el país.
Trepça no era solo una mina: era el corazón económico de Kosovo. Se calcula que llegó a representar una parte enorme del producto interno bruto de la provincia, y Mitrovica, como su ciudad-sede, prosperó al ritmo de la industria. La minería dio forma a la identidad de la ciudad, a su clase obrera y a su orgullo: el gran Monumento a los Mineros, erigido en una colina sobre Mitrovica, es el testimonio en piedra de ese pasado industrial y del papel de los mineros en la resistencia durante la guerra.
La población de Mitrovica y su comarca era mixta, con comunidades albanesa y serbia (además de otras minorías) que convivían y trabajaban juntas en las minas y las fábricas. Durante la época de Tito, Kosovo gozó de una autonomía creciente dentro de Serbia y Yugoslavia, que alcanzó su punto máximo con la Constitución de 1974. Pero bajo la superficie de la prosperidad industrial se acumulaban tensiones nacionales que estallarían con fuerza a finales del siglo XX, y que acabarían partiendo la ciudad en dos.
El deterioro de la convivencia en Kosovo se aceleró a finales de los años ochenta. En 1989, el líder serbio Slobodan Milošević revocó la amplia autonomía de la que Kosovo disfrutaba dentro de Serbia, imponiendo un control directo desde Belgrado. Los albaneses de Kosovo —mayoría de la población— fueron desplazados de la administración, las escuelas, los hospitales y las empresas públicas, incluida Trepça. Precisamente las minas de Trepça fueron escenario de uno de los episodios más simbólicos de aquel momento: en 1989, los mineros albaneses protagonizaron una célebre huelga y un encierro bajo tierra en protesta contra la pérdida de la autonomía, un hecho que tuvo enorme repercusión.
Durante los años noventa, los albaneses de Kosovo respondieron a la represión primero con una resistencia pacífica y con un sistema paralelo de instituciones, escuelas y sanidad. Pero la falta de resultados y el endurecimiento de la política de Belgrado fueron radicalizando la situación, hasta la aparición, a mediados de la década, del Ejército de Liberación de Kosovo (UÇK), que inició una lucha armada. La espiral de insurgencia y represión desembocó, a finales de los noventa, en una guerra abierta.
Mitrovica, con su población mixta y su importancia industrial, se encontró en el epicentro de esa fractura. Lo que durante décadas había sido una ciudad obrera de convivencia entre comunidades estaba a punto de convertirse en el símbolo más visible de la división étnica de Kosovo.
La guerra de Kosovo alcanzó su punto crítico en 1999. El 24 de marzo de ese año, la OTAN inició una campaña de bombardeos contra las fuerzas yugoslavas para frenar los abusos contra la población civil albanesa. Sobre el terreno, la ofensiva de las fuerzas serbias y yugoslavas provocó expulsiones masivas: en Mitrovica y su comarca, miles de albaneses fueron obligados a huir, muchos empujados hacia el norte cruzando el río Ibar o hacia Albania y Macedonia. La actividad de las minas de Trepça, ya golpeada, se detuvo por completo en medio de los combates.
La guerra terminó en junio de 1999 con la retirada de las fuerzas yugoslavas y el despliegue de una misión internacional bajo mandato de la ONU, con la fuerza militar de la KFOR (liderada por la OTAN). Fue entonces cuando Mitrovica quedó partida. En los movimientos de población de la posguerra, la ciudad se dividió de hecho a lo largo del río Ibar: al sur quedó la mayoría albanesa; al norte, la comunidad serbia, que se concentró en esa orilla y mantuvo su vínculo con Belgrado. El puente sobre el Ibar, en el centro, se convirtió en la frontera simbólica —y a veces física, con barricadas— entre las dos comunidades, vigilado por las fuerzas internacionales para evitar enfrentamientos.
Esta división convirtió a Mitrovica en el caso más extremo y visible de la fractura de Kosovo. Mientras el resto del territorio quedaba bajo administración internacional y luego kosovar, el norte de Mitrovica y otras zonas de mayoría serbia mantuvieron una realidad aparte, con instituciones, moneda (el dinar serbio) y lealtades propias. La ciudad obrera de un solo Trepça se había transformado en dos ciudades separadas por un río.
En 2008, Kosovo declaró su independencia de Serbia, un paso reconocido por buena parte de la comunidad internacional pero rechazado por Serbia y por algunos países. Para Mitrovica, sin embargo, la independencia no borró la línea del Ibar. El norte de la ciudad, de mayoría serbia, siguió funcionando en la práctica al margen de las instituciones de Pristina, con estrechos vínculos con Belgrado, y el puente continuó siendo el símbolo de esa división que ni la independencia ni los años lograron cerrar del todo.
En las últimas décadas se han sucedido negociaciones, acuerdos y crisis en torno al norte de Kosovo y a Mitrovica, con momentos de tensión —barricadas, incidentes, disputas sobre matrículas, instituciones o pasos fronterizos— y momentos de relativa calma. El puente principal, durante mucho tiempo cerrado al tráfico o restringido, ha sido objeto de constante debate; en 2025, ante la controversia sobre su reapertura, se construyeron además nuevos pasos sobre el Ibar, reflejo de una situación que sigue siendo delicada y en evolución. La minería de Trepça, en tanto, quedó en gran parte paralizada o al ralentí, dividida ella misma por la línea que parte la ciudad, y con ella se apagó buena parte del motor económico que había dado sentido a Mitrovica.
Hoy, Mitrovica es a la vez una ciudad corriente y un símbolo. En el sur, la vida albanesa transcurre con normalidad, con sus cafés, su mezquita y su comercio; en el norte, la comunidad serbia mantiene su propia cotidianidad. Y en medio, el puente sobre el Ibar sigue siendo uno de los lugares que mejor explican, sin necesidad de palabras, la complejidad de Kosovo y de los Balcanes. Para el viajero, visitar Mitrovica con respeto y sensibilidad es asomarse a una historia inacabada: la de una ciudad minera que fue orgullo de un país y que la guerra transformó en el emblema de sus divisiones.