Antes de que existiera el monasterio, este rincón del centro de Kosovo ya era un lugar cargado de historia. A pocos kilómetros de la actual Gračanica se levantaba Ulpiana, una ciudad fundada por Roma en el siglo II d.C. sobre un asentamiento del pueblo dárdano, que prosperó como centro minero y administrativo de la provincia de Mesia Superior. En el siglo VI, el emperador bizantino Justiniano la reconstruyó tras un terremoto. Ulpiana fue durante siglos la principal ciudad de la comarca, y de sus ruinas se extrajo, siglos después, buena parte del mármol con el que se construiría el monasterio de Gračanica.
En la Alta Edad Media, esta región pasó a formar parte del Estado serbio que la dinastía Nemanjić fue construyendo entre los siglos XII y XIV. Kosovo —que en serbio se conoce como Kosovo i Metohija— se convirtió en uno de los corazones políticos, económicos y espirituales de aquel reino en expansión. Aquí, en un radio de pocas decenas de kilómetros, se fundaron algunos de los monumentos más importantes de la Iglesia y la monarquía serbias: Gračanica, el Patriarcado de Peć, el monasterio de Visoki Dečani y la iglesia de la Virgen de Ljeviš en Prizren.
Sobre el emplazamiento del futuro monasterio de Gračanica hubo, además, dos iglesias anteriores: una de época bizantina temprana y otra, dedicada a la Virgen, levantada probablemente en la primera mitad del siglo XIII. Cuando el rey Milutin decidió construir su gran fundación, lo hizo sobre esos cimientos, sumando una capa más a un lugar sagrado desde hacía siglos.
El monasterio de Gračanica tal como lo conocemos es obra del rey Stefan Uroš II Milutin, que gobernó Serbia entre 1282 y 1321 y fue uno de los mayores mecenas de la historia del país: la tradición le atribuye la fundación o reconstrucción de decenas de iglesias y monasterios. Gračanica, construida en 1321, fue una de sus últimas y más ambiciosas endowments, casi un testamento arquitectónico, ya que el rey murió ese mismo año.
La iglesia, dedicada a la Dormición de la Virgen, es una obra maestra del estilo serbo-bizantino de la escuela del Vardar. Su planta en cruz inscrita se corona con cinco cúpulas dispuestas en una composición escalonada de gran elegancia, y sus muros combinan hiladas de ladrillo y piedra que crean un característico juego de color. Se considera una de las cimas de la arquitectura religiosa medieval de los Balcanes.
Entre 1321 y 1322, apenas terminado el edificio, se pintaron los frescos que cubren casi por completo el interior. El programa iconográfico es de una riqueza extraordinaria: en la nave, las grandes escenas de la vida de Cristo, el ciclo de las fiestas litúrgicas, la Pasión y los milagros; en el nártex, los retratos de los fundadores —el rey Milutin y la reina Simonida— y, sobre todo, la primera genealogía pintada de la dinastía Nemanjić, un árbol dinástico que arranca en Stefan Nemanja y culmina en Milutin. Era una forma de proclamar, en imágenes, la legitimidad divina y la continuidad del linaje real serbio.
La derrota serbia frente a los otomanos en la batalla del Campo de los Mirlos (Kosovo Polje), librada en 1389 muy cerca de aquí, marcó el principio del fin de la Serbia medieval y el comienzo de siglos de dominación otomana en la región. Gračanica no quedó al margen de aquellos tiempos turbulentos: entre 1379 y 1383, el nártex y la torre del monasterio fueron seriamente dañados por incursiones otomanas, y un incendio devoró una rica colección de manuscritos y objetos preciosos.
Pese a todo, el monasterio sobrevivió y, durante los siglos otomanos, se convirtió en un importante centro cultural y espiritual para la comunidad ortodoxa serbia de Kosovo. En tiempos del metropolitano Nikanor (1528-1555) se pintaron nuevos iconos para el iconostasio y se reunieron libros litúrgicos y objetos de culto. Gračanica llegó incluso a albergar, en el siglo XVI, una de las primeras imprentas de la región, en la que se imprimieron textos religiosos: un dato revelador de su papel como faro de cultura en un contexto adverso.
A lo largo de estos siglos, el monasterio fue también refugio de identidad para una población cristiana ortodoxa que vivía bajo un imperio musulmán, en una tierra que iba cambiando de composición: la conversión al islam de parte de los habitantes y las migraciones fueron consolidando la mayoría albanesa musulmana de Kosovo, junto a la que perduraron comunidades serbias ortodoxas como la de Gračanica.
Con el retroceso otomano en las guerras balcánicas de 1912-1913, Kosovo pasó a manos serbias y luego yugoslavas. Durante el siglo XX, Gračanica siguió siendo el principal centro religioso serbio de la zona de Pristina, en una región cada vez más marcada por las tensiones entre la mayoría albanesa y la minoría serbia. Esas tensiones estallaron en la guerra de 1998-1999, un conflicto reciente y doloroso que conviene relatar con sobriedad y equilibrio.
Tras la supresión de la autonomía de Kosovo por parte del régimen de Slobodan Milošević en 1989, la represión de la mayoría albanesa, el auge de la guerrilla del Ejército de Liberación de Kosovo (UÇK) y la ofensiva de las fuerzas serbias desembocaron en una guerra que causó miles de muertos y el desplazamiento de cientos de miles de personas. La intervención de la OTAN, con una campaña de bombardeos de marzo a junio de 1999, forzó la retirada de las fuerzas yugoslavas. Pero tras el fin de la guerra, en un clima de venganza, muchos monasterios e iglesias ortodoxas serbias de Kosovo fueron atacados o dañados, y la población serbia sufrió represalias y desplazamientos. En los disturbios de marzo de 2004, decenas de iglesias serbias resultaron dañadas o destruidas en distintos puntos del país.
Gračanica se salvó de lo peor y quedó bajo la protección de la comunidad internacional. En 2006, la Unesco inscribió el monasterio en la lista del Patrimonio Mundial dentro del conjunto 'Monumentos medievales en Kosovo', junto al Patriarcado de Peć, Visoki Dečani y la Virgen de Ljeviš; simultáneamente lo incluyó en la lista de Patrimonio Mundial en Peligro, precisamente por la fragilidad de estos bienes en un contexto político inestable. Esa doble condición —tesoro universal y patrimonio en riesgo— resume bien la situación de estos monumentos.
En el Kosovo del siglo XXI, Gračanica es mucho más que un monumento medieval: es un monasterio ortodoxo en pleno funcionamiento y el centro espiritual y comunitario de uno de los principales enclaves de población serbia del país, a las puertas mismas de Pristina, la capital de un Estado cuya independencia (declarada en 2008) Serbia no reconoce. La localidad de Gračanica se ha convertido, de hecho, en un punto de referencia administrativo y cultural para la comunidad serbia de la región central de Kosovo.
El monasterio sigue recibiendo a fieles y a visitantes de todo el mundo, que acuden a admirar su arquitectura y sus frescos del siglo XIV. Su condición de patrimonio protegido explica los controles de acceso y las normas estrictas de vestimenta y comportamiento: hay que vestir de forma recatada, guardar silencio y no fotografiar el interior, por respeto al culto y para la conservación de las pinturas.
Para el viajero, visitar Gračanica es una experiencia de gran densidad histórica y humana. En unas pocas horas, y a un cuarto de hora de la capital, se recorre casi dos milenios de historia —de la Roma de Ulpiana al reino medieval serbio, del Imperio otomano al Kosovo contemporáneo— y se toma contacto, con respeto y sin simplificaciones, con la realidad de una comunidad que mantiene viva su fe y su identidad en una tierra compartida y disputada. Pocos lugares condensan tan bien la belleza y la complejidad de Kosovo.