Mucho antes de que ningún europeo pusiera los ojos en sus glaciares, el Monte Kenia ya era una montaña sagrada. Para los kikuyu, el pueblo mayoritario de las tierras altas centrales, el macizo es 'Kirinyaga' —que suele traducirse como 'montaña del resplandor' o 'montaña de las rayas', por las franjas de roca oscura y nieve blanca de sus cumbres—. Y no es una montaña cualquiera: según su tradición, en la cima habita Ngai, el dios creador, que desde allí observa a los hombres y reparte la lluvia y la vida.
Por eso, tradicionalmente, los kikuyu orientaban las puertas de sus casas y de sus recintos mirando hacia la montaña, y hacia ella dirigían sus oraciones y sacrificios en los momentos importantes. El mito de origen del pueblo cuenta que Ngai llevó al primer hombre, Gikuyu, a la cima de Kirinyaga y le mostró desde allí las fértiles tierras que le entregaba, junto a su esposa Mumbi, madre de las nueve hijas que dieron origen a los clanes kikuyu. La montaña es, así, el eje espiritual y el punto cardinal de todo un pueblo.
Otras comunidades vecinas, como los embu, los meru y los kamba, comparten también una relación reverente con la montaña, fuente de los ríos que dan agua y fertilidad a la región. El Monte Kenia no era para ellos una cumbre que hubiera que 'conquistar' —esa idea es europea—, sino una presencia divina que se respetaba desde abajo. De ese nombre kikuyu, 'Kirinyaga', deformado por los primeros exploradores y colonos hasta convertirse en 'Kenia', tomó su nombre, andando el tiempo, el país entero.
El 3 de diciembre de 1849, el misionero alemán Johann Ludwig Krapf, que evangelizaba en la región desde la costa, se convirtió en el primer europeo del que hay constancia que vio el Monte Kenia. Desde la distancia, en las tierras de los kamba, contempló asombrado la gran montaña coronada de un blanco resplandeciente. Krapf comprendió que aquello era nieve y hielo, y lo escribió: había nieve permanente casi exactamente sobre la línea del ecuador.
Cuando su relato llegó a Europa, la comunidad geográfica lo recibió con incredulidad y hasta con burla. La idea de que pudiera haber glaciares en pleno trópico, sobre el ecuador, parecía un disparate o una exageración de misionero. Durante años, muchos científicos se negaron a creer a Krapf, del mismo modo que dudaron de quienes describían las nieves del Kilimanjaro. Hizo falta que otros exploradores confirmaran, décadas más tarde, que en efecto aquellas montañas ecuatoriales estaban cubiertas de hielo.
La confirmación definitiva llegó con las expediciones de la segunda mitad del siglo XIX. En 1883 el escocés Joseph Thomson se acercó al macizo, y en 1887 el húngaro Sámuel Teleki alcanzó cotas altas de sus laderas. Poco a poco, el Monte Kenia dejó de ser una leyenda dudosa para convertirse en un objetivo concreto de la exploración europea, en plena era del 'reparto de África' entre las potencias coloniales. La montaña sagrada de los kikuyu entraba, sin saberlo ni desearlo, en los mapas y las ambiciones del imperialismo.
La primera ascensión a la cumbre principal del Monte Kenia, el pico Batian (5.199 m), la logró en 1899 el geógrafo británico Halford Mackinder, una de las figuras fundadoras de la geografía moderna. Su expedición fue una empresa formidable y difícil: Mackinder tuvo que organizar una larga marcha desde la costa, sortear enfermedades, deserciones, hambre y la hostilidad de algunas comunidades, y afrontar por fin la escalada de las paredes de roca y hielo de la cumbre.
El 13 de septiembre de 1899, Mackinder alcanzó la cima del Batian acompañado por dos experimentados guías alpinos italianos, César Ollier y Joseph Brocherel, veteranos de los Alpes. Fue una ascensión técnicamente exigente, sobre roca y sobre el glaciar Darwin, muy avanzada para la época. Las cumbres del Monte Kenia —el Batian y su gemela el Nelion, 5.188 m— llevan hoy los nombres de dos legendarios líderes maasai, laibones (jefes espirituales) del siglo XIX, en un guiño a los pueblos de estas tierras.
Durante buena parte del siglo XX, el Monte Kenia se consolidó como uno de los grandes escenarios del alpinismo africano. Escaladores de todo el mundo fueron abriendo nuevas vías en sus paredes; el pico Nelion no se coronó hasta 1929, de la mano de Eric Shipton y Percy Wyn-Harris, dos alpinistas que dejarían huella también en el Everest. En homenaje a Shipton lleva su nombre uno de los principales refugios de la montaña. Y a la cumbre no técnica, la que hoy alcanzan los trekkers, se la bautizó Point Lenana, por otro laibón maasai.
El siglo XX trajo también el lado más doloroso de la historia. Las fértiles tierras altas alrededor del Monte Kenia, corazón del territorio kikuyu, fueron de las más codiciadas por los colonos británicos, que se apropiaron de vastas extensiones —las 'White Highlands'— y expulsaron o convirtieron en jornaleros a muchas familias africanas. El despojo de esas tierras sagradas y fértiles fue una de las grandes causas del profundo malestar que estallaría a mediados de siglo.
Cuando en los años cincuenta se desató el levantamiento del Mau Mau contra el dominio británico, los densos bosques de las laderas del Monte Kenia y de los cercanos montes Aberdare se convirtieron en refugio y base de los combatientes por la libertad. Escondidos en la selva de la montaña sagrada, los guerrilleros del Mau Mau —muchos de ellos kikuyu— resistieron durante años a las tropas coloniales, en una lucha durísima y sangrienta que el imperio reprimió con enorme violencia. Que la resistencia se refugiara precisamente en la montaña de Ngai no fue casual: allí se anudaban la fe, la identidad y la tierra.
Cuando Kenia alcanzó la independencia en 1963, el simbolismo del Monte Kenia estaba en el centro de la nueva nación. El propio nombre del país deriva del de la montaña, y su primer presidente, Jomo Kenyatta —kikuyu él mismo—, adoptó un nombre y una figura ligados a ese universo. La montaña que los europeos habían querido 'conquistar' seguía siendo, para millones de kenianos, el eje espiritual del país recién liberado.
En 1949, aún bajo administración colonial, se creó el Parque Nacional del Monte Kenia para proteger la montaña, sus bosques y su extraordinaria vida salvaje. Con los años, la protección se amplió para incluir el cinturón de selva que rodea el macizo, uno de los ecosistemas más ricos del país y una reserva de agua vital: los ríos que nacen en sus bosques y glaciares abastecen a millones de kenianos y alimentan buena parte de la agricultura del centro del país. En 1997, la UNESCO declaró el Parque Nacional y el bosque natural del Monte Kenia Patrimonio de la Humanidad, por su belleza y su biodiversidad únicas.
Hoy el Monte Kenia es a la vez un santuario natural, un destino de montañismo de fama internacional y un símbolo nacional. Sus laderas albergan elefantes, búfalos, monos colobos y una vegetación afroalpina surrealista —los senecios y lobelias gigantes—, y sus rutas atraen a trekkers de todo el mundo que buscan coronar Point Lenana, algo menos masificado que el vecino Kilimanjaro. Es la segunda montaña más alta de África y un orgullo para el país al que dio nombre.
Pero la montaña vive también, como testigo mudo, el drama del cambio climático. Sus glaciares —que tanto asombraron a Krapf en 1849— se están derritiendo a un ritmo acelerado: han perdido la mayor parte de su superficie en poco más de un siglo y los científicos calculan que podrían desaparecer casi por completo en las próximas décadas. Ver el hielo menguante del Batian y el Nelion es, hoy, contemplar un tesoro que se apaga. La montaña de Ngai, sagrada para los kikuyu y coronada por Mackinder, sigue resplandeciendo sobre el ecuador, pero su corona blanca se vuelve, año tras año, un poco más fina.