La historia del Lago Nakuru empieza en las entrañas de la Tierra, hace millones de años, cuando una fuerza colosal comenzó a partir en dos el continente africano. El Gran Valle del Rift —esa inmensa grieta que recorre África oriental desde el mar Rojo hasta Mozambique, a lo largo de miles de kilómetros— se formó porque la corteza terrestre se está separando lentamente, hundiendo el suelo entre gigantescos escarpes. En el fondo de esa falla, en el tramo keniano, quedaron encajados una serie de lagos, y uno de ellos es el Nakuru.
Es un lago 'endorreico', es decir, sin salida al mar: el agua que le llega por manantiales, lluvias y ríos estacionales no puede escapar más que evaporándose bajo el sol ecuatorial. Al evaporarse el agua y quedar las sales, el lago se volvió alcalino y salino, con un pH muy alto. Ese ambiente, hostil para la mayoría de los seres vivos, resultó ideal para ciertas algas microscópicas y cianobacterias que proliferan en sus aguas verdosas.
Y de esas algas depende toda la magia del lugar. Los flamencos enanos, que filtran el agua con su pico especializado, encontraron en Nakuru y en los otros lagos alcalinos del Rift —Bogoria, Elementaita, Natron— un banquete inagotable. Durante milenios, millones de flamencos han recorrido este 'collar' de lagos siguiendo la comida, tiñendo de rosa sus orillas. El Lago Nakuru es, en el fondo, hijo de la geología: un accidente de la gran falla que parte África, convertido en uno de los espectáculos naturales más célebres del planeta.
El Gran Valle del Rift, donde se asienta el Lago Nakuru, es uno de los lugares más importantes del mundo para entender el origen de nuestra especie. En sus sedimentos y yacimientos —desde Olduvai en Tanzania hasta Turkana en el norte de Kenia— se han encontrado algunos de los fósiles de homínidos más antiguos y decisivos, que valieron a la región el apodo de 'cuna de la humanidad'. Durante millones de años, los ancestros del ser humano evolucionaron y caminaron por estas llanuras y a orillas de estos lagos.
En los alrededores del propio Lago Nakuru y de la cercana zona de Hyrax Hill se han hallado restos arqueológicos que muestran una ocupación humana muy antigua y continuada. Hyrax Hill, un yacimiento prehistórico junto a la ciudad de Nakuru excavado por la arqueóloga Mary Leakey en los años treinta, reveló asentamientos de la Edad de Piedra tardía y de la Edad de Hierro, con herramientas, cerámica, tumbas y vestigios de comunidades que vivieron aquí hace miles de años, cuando el lago tenía un nivel mucho más alto que hoy.
En tiempos más recientes, estas tierras del Valle del Rift fueron territorio de pueblos pastores y agricultores. Los maasai recorrían las llanuras con su ganado, y otros grupos como los kikuyu, kalenjin y kipsigis habitaban las tierras altas y los bordes del valle. El lago y sus alrededores eran un punto de agua y de vida en el corazón del Rift, mucho antes de que llegaran los europeos y de que naciera la ciudad que hoy le da nombre.
A comienzos del siglo XX, el ferrocarril británico que subía desde Mombasa hacia el lago Victoria llegó al Valle del Rift, y con él llegó la transformación de la región. Junto al Lago Nakuru surgió, hacia 1900, una estación y luego un pueblo: Nakuru, cuyo nombre proviene de una palabra maasai que suele traducirse como 'lugar polvoriento' o 'lugar del polvo'. El pueblo creció como centro de servicios en medio de las fértiles tierras altas.
Aquellas tierras del Rift fueron de las más codiciadas por los colonos británicos, que las convirtieron en el corazón de las 'White Highlands', las tierras altas reservadas a los granjeros europeos. Alrededor de Nakuru se instalaron grandes fincas de trigo, maíz y ganado, y la zona se volvió próspera para los colonos, mientras las comunidades africanas —despojadas de sus tierras— quedaban relegadas a la mano de obra o a reservas. Nakuru se convirtió en una de las capitales agrícolas de la colonia.
Ese despojo de tierras alimentó, décadas después, el profundo malestar que estalló en el levantamiento del Mau Mau de los años cincuenta, y que fue una de las causas de la independencia de Kenia en 1963. Tras la independencia, muchas fincas coloniales pasaron a manos kenianas y Nakuru siguió creciendo hasta convertirse hoy en una de las mayores ciudades del país, elevada oficialmente a la categoría de ciudad en 2021. El lago, entretanto, empezaba a recibir una atención muy distinta: la de los conservacionistas.
El valor natural extraordinario del Lago Nakuru —sobre todo sus increíbles concentraciones de flamencos y pelícanos— empezó a reconocerse a mediados del siglo XX. En 1961 se protegió la zona del lago como santuario de aves, y en 1968 se creó formalmente el Parque Nacional del Lago Nakuru, uno de los primeros de la Kenia independiente pensado específicamente para proteger un ecosistema de aves acuáticas. El ornitólogo estadounidense Roger Tory Peterson llegó a describir el espectáculo de los flamencos de Nakuru como uno de los más grandes fenómenos ornitológicos del mundo.
Con los años, el parque asumió una segunda misión crucial: salvar a los rinocerontes. Ante la matanza de estos animales por la caza furtiva del marfil de sus cuernos, que en los años setenta y ochenta llevó al rinoceronte al borde de la extinción en toda África, Kenia decidió convertir Nakuru en un santuario. En los años ochenta, el parque se rodeó por completo de un vallado eléctrico —algo inusual— para proteger a los rinocerontes negros y blancos que se trasladaron aquí, y se reforzó la vigilancia contra los furtivos. También se reintrodujo la amenazada jirafa de Rothschild.
La apuesta funcionó: hoy Nakuru es uno de los grandes bastiones del rinoceronte en Kenia, un lugar desde el que incluso se han enviado ejemplares a repoblar otras reservas. El parque combina así su doble alma: la del santuario de aves que lo hizo célebre y la del refugio de rinocerontes que lo hace hoy imprescindible. En 2011, la UNESCO reconoció su importancia incluyéndolo, junto a los lagos Bogoria y Elementaita, en el Patrimonio de la Humanidad como 'Sistema de Lagos de Kenia en el Gran Valle del Rift'.
El Lago Nakuru de hoy es un lugar en plena transformación, testigo de los desafíos ambientales de nuestro tiempo. A partir de 2010, y de forma espectacular en la última década, los lagos del Valle del Rift —Nakuru, Naivasha, Baringo, Bogoria y otros— empezaron a subir de nivel de manera inusitada, inundando orillas, caminos, lodges e incluso zonas habitadas. Las causas se discuten: lluvias más intensas, cambios en el uso del suelo, deforestación en las cuencas y, según algunos científicos, movimientos geológicos en el fondo del Rift.
Para el Lago Nakuru, esa subida tuvo un efecto directo y visible: al entrar más agua dulce, el lago se volvió menos salino, escasearon las algas de las que viven los flamencos y buena parte de estas aves emigró a otros lagos alcalinos. Así, el símbolo mismo del parque —la alfombra rosa de flamencos— se ha vuelto intermitente e imprevisible, un recordatorio de lo frágil y cambiante que es este ecosistema. La crecida también obligó a reubicar infraestructuras y puertas del parque.
A pesar de todo, el Lago Nakuru sigue siendo uno de los parques más queridos y visitados de Kenia, y un modelo de conservación: sus rinocerontes prosperan tras el vallado, sus leones trepan a los árboles, sus jirafas de Rothschild pastan entre las acacias amarillas y sus cielos se llenan de aves. El lago que nació de la gran falla africana, que dio de comer a millones de flamencos y que salvó a los rinocerontes, encara ahora el reto de adaptarse a un clima y a un valle en movimiento. Su historia, como la de toda Kenia, sigue escribiéndose.