La historia de Port Royal comienza con la conquista inglesa de Jamaica en 1655. Cuando las fuerzas británicas arrebataron la isla a España, comprendieron de inmediato el valor estratégico de la punta de la península de Palisadoes, una larga lengua de arena que cierra y protege la enorme bahía de Kingston, una de las mejores ensenadas naturales del Caribe. Quien controlara ese punto, controlaba el acceso a la bahía y, en buena medida, la defensa del sureste de la isla.
Los ingleses se apresuraron a fortificar el lugar, construyendo una serie de fuertes —entre ellos el que se conocería como Fort Charles— y desarrollando un asentamiento que llamaron Port Royal. Gracias a su posición, a sus aguas profundas que permitían el atraque de barcos y a la protección de la bahía, Port Royal se convirtió rápidamente en un puerto activo y en un punto clave para el comercio y la defensa de la nueva colonia inglesa.
En aquellos primeros años, sin embargo, los ingleses tenían un problema: Jamaica era una colonia recién tomada, amenazada por los españoles que querían recuperarla y rodeada de las potencias rivales en el Caribe. La defensa de la isla y el hostigamiento al enemigo español se convirtieron en una prioridad, y eso llevaría a Port Royal por un camino tan próspero como turbulento: el de la piratería.
La gran fama de Port Royal nació de su relación con la piratería. En la segunda mitad del siglo XVII, las autoridades inglesas, que no podían defender Jamaica solo con sus escasas fuerzas regulares, decidieron alentar a los bucaneros y corsarios a establecerse en Port Royal. La idea era usarlos como una flota irregular y barata para atacar los barcos y puertos del imperio español, debilitando al enemigo y, de paso, enriqueciéndose con el botín.
La estrategia funcionó espectacularmente. Port Royal se convirtió en la base de los piratas más temibles del Caribe, que partían desde aquí para asaltar galeones cargados de oro y plata y para saquear ciudades españolas. El botín que traían de vuelta era fabuloso, y la ciudad se volvió inmensamente rica. El más célebre de estos bucaneros fue Henry Morgan, autor de audaces y devastadores ataques (como el saqueo de Panamá), que en un giro asombroso de la historia terminó siendo nombrado caballero por la Corona británica y ejerciendo como teniente gobernador de Jamaica.
En su apogeo, Port Royal era una de las ciudades más ricas y pobladas del Nuevo Mundo, un hervidero de comerciantes, marineros, piratas y aventureros donde corría el oro, el ron y todos los vicios. Esa prosperidad basada en el saqueo y el desenfreno le dio su carácter único y su leyenda, pero también una reputación que la perseguiría hasta su trágico final.
La enorme riqueza que el botín pirata traía a Port Royal tuvo una consecuencia inevitable: la ciudad se convirtió en un lugar de desenfreno y vicio sin igual en el Nuevo Mundo. Los bucaneros que regresaban con sus bolsillos llenos de oro español lo gastaban a manos llenas, y Port Royal se llenó de tabernas, casas de juego, burdeles y todo tipo de establecimientos dedicados al placer y al despilfarro.
Se decía que Port Royal tenía una densidad asombrosa de tabernas por habitante, y que el ron corría sin parar. La ciudad se ganó, por su libertinaje, su violencia y su moral relajada, el apodo con el que pasaría a la historia: 'la ciudad más perversa del mundo' (the wickedest city on Earth). Para los predicadores y las almas piadosas de la época, Port Royal era un nido de pecado, un Sodoma y Gomorra caribeño que tarde o temprano recibiría su castigo.
Esta reputación, mezcla de hechos reales y de leyenda alimentada por la fama, es parte esencial del atractivo histórico de Port Royal. La ciudad encarnaba la cara más salvaje y ambigua de la expansión colonial en el Caribe: un lugar donde la frontera entre el héroe y el criminal, entre el corsario al servicio del rey y el pirata fuera de la ley, se desdibujaba por completo, y donde la riqueza obtenida por la violencia se gastaba en el placer.
El final de la edad dorada de Port Royal llegó de forma súbita y catastrófica. El 7 de junio de 1692, a media mañana, un violento terremoto sacudió la zona. El suelo arenoso sobre el que se asentaba la ciudad se licuó (el fenómeno de la licuefacción del suelo), y buena parte de Port Royal —se calcula que cerca de dos tercios de la ciudad— se hundió literalmente bajo las aguas de la bahía en cuestión de minutos, arrastrando edificios, calles y personas al fondo del mar. Un maremoto posterior completó la destrucción.
Miles de personas murieron, en el acto o en los días siguientes por las heridas y las enfermedades. La que había sido una de las ciudades más ricas y pobladas del Nuevo Mundo quedó reducida a ruinas y a una porción sumergida bajo el agua. Para muchos contemporáneos, especialmente los predicadores, no había duda: el terremoto era el castigo divino que la 'ciudad más perversa del mundo' merecía por sus pecados, una interpretación que reforzó la leyenda del lugar.
La catástrofe de 1692 tuvo una consecuencia histórica fundamental: los sobrevivientes, ante la destrucción de Port Royal, fundaron una nueva ciudad al otro lado de la bahía, en tierra firme. Esa ciudad sería Kingston, la futura capital de Jamaica. Así, del desastre de la ciudad pirata nació la gran metrópoli moderna de la isla. Port Royal, por su parte, nunca recuperaría su esplendor.
Tras la catástrofe de 1692, Port Royal intentó renacer, pero nunca recuperó su antiguo esplendor. Otros desastres —incendios, huracanes y un nuevo terremoto en 1907— golpearon a lo que quedaba de la ciudad, frustrando los intentos de reconstrucción a gran escala. La actividad económica y la población se desplazaron definitivamente hacia Kingston, que creció hasta convertirse en la gran ciudad de Jamaica.
Lo que sí conservó Port Royal durante mucho tiempo fue su importancia militar y naval. Gracias a su posición estratégica y a fuertes como el Fort Charles, fue una base de la Royal Navy británica en el Caribe, y por allí pasaron figuras como el joven Horatio Nelson, el futuro almirante héroe de Trafalgar, que estuvo destinado en el fuerte a fines del siglo XVIII. La función naval mantuvo cierta relevancia al lugar incluso cuando la ciudad ya no era lo que había sido.
Con el tiempo, Port Royal quedó reducido a un tranquilo pueblo de pescadores, muy distinto de la bulliciosa y rica ciudad pirata de antaño. Pero su extraordinaria historia y, sobre todo, su 'ciudad sumergida' —los restos de la antigua Port Royal que yacen bajo las aguas de la bahía— le dieron un nuevo valor: el de un excepcional yacimiento arqueológico subacuático, estudiado por arqueólogos que han recuperado objetos y han reconstruido la vida de la ciudad del siglo XVII. Hoy, Port Royal combina la calma de un pueblo de pescadores con la fascinación de uno de los sitios históricos más singulares del Caribe.