Ninguna gran ciudad del mundo nació de una decisión tan absurda y a la vez tan genial: construir sobre el agua, en medio de una laguna pantanosa, para que nadie pudiera alcanzarte. Venecia no fue fundada por reyes ni por conquistadores, sino por refugiados.
Entre los siglos V y VI, el norte de Italia se desmoronaba bajo las invasiones que siguieron a la caída del Imperio Romano de Occidente (476 d.C.). Primero fueron los hunos de Atila, que en el año 452 arrasaron ciudades ricas del Véneto como Aquileia, Altino y Padua. Después, en el 568, llegaron los lombardos, un pueblo germánico que ocupó de forma duradera buena parte de la península. Ante cada oleada, las poblaciones de tierra firme huían a un lugar donde los jinetes y los ejércitos no podían seguirlas: las islas bajas, fangosas e inhóspitas de la laguna del Adriático, un laberinto de bancos de arena, canales y marismas donde solo sabían moverse los pescadores.
Allí, sobre miles de troncos de madera hincados en el barro para dar cimiento firme a las construcciones, esas comunidades de fugitivos echaron raíces. Aprendieron a vivir del mar, de la pesca y, sobre todo, de la sal, que extraían de la laguna y comerciaban tierra adentro: la sal fue el primer oro de Venecia. Aquellas aldeas dispersas fueron uniéndose bajo la lejana autoridad del Imperio Bizantino, heredero de Roma en Oriente, del que Venecia dependía nominalmente. Según la tradición, hacia el año 697 los habitantes de la laguna eligieron a su primer dux (del latín 'dux', jefe militar; 'dogo' en veneciano), la figura que gobernaría la ciudad durante los siguientes once siglos. Con el traslado de la sede ducal al grupo de islas del Rialto en el año 810, quedó fijado el corazón de lo que sería Venecia.
Lo que hizo única a Venecia no fue solo su geografía, sino su forma de gobierno. Mientras el resto de Europa vivía bajo reyes y señores feudales, Venecia se organizó como una república aristocrática que duraría más de mil años, un caso sin parangón en la historia. Se la llamó la 'Serenísima República' (Serenissima Repubblica di San Marco), y su símbolo era el león alado de San Marcos, que todavía preside plazas y palacios.
El poder no estaba en manos de un monarca hereditario. El dux era elegido de por vida, pero mediante un procedimiento endiabladamente complejo de sorteos y votaciones diseñado para evitar que ninguna familia acaparara el trono; y su poder estaba estrictamente limitado por una serie de consejos. El auténtico gobierno lo ejercían los nobles inscritos en el Libro de Oro, reunidos en el Gran Consejo (Maggior Consiglio), y órganos como el Senado y el temido Consejo de los Diez, que velaba por la seguridad del Estado con una red de espías y una justicia implacable. Era un sistema oligárquico y cerrado, pero notablemente estable: Venecia se enorgullecía de no haber conocido las guerras civiles ni las tiranías que desangraban a otras ciudades italianas.
El secreto de su riqueza fue el comercio. Situada en el punto de contacto entre Europa y Oriente, Venecia se convirtió en la gran intermediaria del comercio mediterráneo: importaba de Bizancio y del mundo islámico las especias, la seda, el algodón y los perfumes, y los revendía por toda Europa a cambio de metales, madera y paño. Sus mercaderes, como el célebre Marco Polo, que a finales del siglo XIII viajó hasta la corte del emperador mongol de China y dejó por escrito 'Il Milione', llegaron a los confines del mundo conocido. Venecia acuñó una de las monedas más fiables de la Edad Media, el ducado de oro, e inventó instrumentos financieros y contables que están en la base del capitalismo moderno. Su Arsenal, un gigantesco astillero estatal que en su apogeo empleaba a miles de obreros, podía construir una galera por día: era la mayor concentración industrial de la Europa medieval.
El comercio necesitaba rutas seguras, y Venecia las conquistó por la fuerza. A lo largo de la Edad Media construyó un imperio marítimo, el 'Stato da Màr', una red de puertos, islas y fortalezas que jalonaban el Adriático y el Mediterráneo oriental: Dalmacia, Corfú, Creta, Chipre, numerosas islas del Egeo y factorías comerciales hasta el mar Negro. Cada primavera, el dux celebraba el rito de las 'Bodas del Mar', arrojando un anillo de oro a las aguas para simbolizar el matrimonio de Venecia con el Adriático, que consideraba suyo.
El episodio más brillante y más oscuro de esta expansión fue la Cuarta Cruzada. En 1204, una cruzada que se dirigía en teoría a Tierra Santa terminó, desviada por los intereses venecianos y por el anciano y ciego dux Enrico Dandolo, asaltando y saqueando Constantinopla, la capital cristiana del Imperio Bizantino y la ciudad más rica de Europa. Fue una traición entre cristianos que dejó una herida histórica: los cruzados y los venecianos arrasaron la ciudad durante días. Venecia se llevó un botín inmenso, con el que decoró su ciudad; buena parte de los tesoros de la Basílica de San Marcos —incluidos los cuatro célebres caballos de bronce dorado que coronaron su fachada durante siglos— procede de aquel saqueo. La Serenísima salió de la Cuarta Cruzada convertida en la primera potencia naval y comercial del Mediterráneo.
Durante los siglos XIV y XV, Venecia vivió su edad de oro. Se enfrentó con éxito a su gran rival comercial, Génova, y extendió sus dominios también por tierra firme (el 'Stato da Terra'), incorporando ciudades del norte de Italia como Padua, Vicenza, Verona y Bérgamo. La ciudad se llenó de palacios góticos sobre el Gran Canal, y su escuela de pintura —Bellini, Giorgione, Tiziano, Tintoretto, Veronés— convirtió el color y la luz en una forma de arte inconfundible. Pero no todo era esplendor: como cualquier gran puerto, Venecia era también una puerta de entrada para las epidemias. La peste negra la golpeó una y otra vez —la de 1348 se llevó a más de la mitad de la población, y la de 1630 mató a decenas de miles—; de aquellas plagas nacieron la basílica de la Salute, levantada como voto, y palabras como 'cuarentena' (los 'quaranta giorni', cuarenta días de aislamiento que Venecia imponía a los barcos sospechosos) y 'lazareto', por la isla-hospital de la laguna.
El principio del fin llegó, paradójicamente, de un éxito ajeno. En 1498, el navegante portugués Vasco da Gama alcanzó la India bordeando África, y en las décadas siguientes se abrieron las rutas atlánticas hacia América y Asia. El monopolio veneciano del comercio de especias a través del Mediterráneo, la base de su riqueza, empezó a marchitarse a medida que el eje del comercio mundial se desplazaba hacia el Atlántico y hacia potencias como Portugal, España, Holanda e Inglaterra.
Al mismo tiempo, Venecia libraba una larga y agotadora guerra defensiva contra el Imperio Otomano, que le fue arrebatando una tras otra sus posesiones del Mediterráneo oriental: Chipre en 1571 —el mismo año en que la flota cristiana, con importante participación veneciana, aplastó a los turcos en la batalla naval de Lepanto— y finalmente Creta, tras un asedio de más de veinte años, en 1669. Poco a poco, la Serenísima dejó de ser una gran potencia para convertirse en un Estado de segundo orden, rico todavía pero cada vez más volcado en el placer y la fiesta que en el poder.
El siglo XVIII fue el del ocaso dorado: Venecia se hizo famosa en toda Europa por su Carnaval interminable, sus casinos, su teatro y su música (Vivaldi), sus cortesanas y sus máscaras. Era el destino obligado del 'Grand Tour' de los jóvenes aristócratas europeos, y Canaletto pintaba sus vistas para venderlas como recuerdo. Pero era el brillo de un cuerpo ya sin fuerzas.
El golpe final lo dio un joven general francés. En 1797, en plena guerra revolucionaria, Napoleón Bonaparte invadió el norte de Italia y exigió la rendición de Venecia. El 12 de mayo de 1797, sin apenas resistencia, el último dux, Ludovico Manin, abdicó, y el Gran Consejo votó su propia disolución: mil cien años de República se apagaron sin una batalla. Se cuenta que el viejo dux, al quitarse el gorro ducal, dijo que ya no lo necesitaría. Napoleón entró en la ciudad, saqueó tesoros —se llevó a París los caballos de San Marcos y el león de bronce— y, pocos meses después, por el Tratado de Campoformio, entregó Venecia a Austria como moneda de cambio. La ciudad que nunca había sido conquistada terminó regalada.
El siglo XIX fue duro y melancólico. Salvo el breve paréntesis napoleónico, Venecia quedó bajo dominio del Imperio Austríaco, que la gobernó como una provincia periférica y decadente de su reino lombardo-véneto. La ciudad, empobrecida y sin su antigua función comercial, se fue convirtiendo en un lugar romántico y algo fantasmal que fascinaba a poetas y viajeros como Lord Byron. En 1848, en plena oleada revolucionaria europea, los venecianos se sublevaron contra Austria y proclamaron de nuevo la República bajo Daniele Manin, que resistió un largo asedio hasta capitular en 1849, vencida por el hambre, los bombardeos y el cólera.
El gran cambio material había llegado en 1846, cuando Austria unió por fin la isla al continente con un largo puente ferroviario, rompiendo un aislamiento de siglos. En 1866, tras la tercera guerra de independencia italiana, Venecia y el Véneto se incorporaron por plebiscito al recién nacido Reino de Italia. La ciudad entró en la era moderna: en el siglo XX se desarrolló el gran puerto industrial de Marghera en tierra firme, se construyó el puente carretero (1933) y nació el turismo de masas. En 1895 se creó la Bienal de Venecia, la exposición de arte más antigua y prestigiosa del mundo, y el Lido se convirtió en un balneario de moda y en sede del Festival de Cine.
Pero la modernidad trajo también las amenazas que definen a la Venecia de hoy. La extracción de agua del subsuelo para la industria hizo que la ciudad se hundiera lentamente, y la subida del nivel del mar por el cambio climático agravó el 'acqua alta'. La histórica inundación del 4 de noviembre de 1966, con el agua a casi dos metros, fue una señal de alarma mundial que movilizó campañas internacionales para salvar la ciudad; la de noviembre de 2019 volvió a golpearla con dureza. La respuesta fue el MOSE, el sistema de compuertas móviles que desde 2020 protege la laguna de las mareas más peligrosas.
Hoy Venecia libra una batalla distinta: la de sobrevivir a su propio éxito. El turismo masivo la desborda —llega a recibir en un solo día más visitantes que residentes le quedan— mientras la población de la ciudad histórica, que superaba los 170.000 habitantes a mediados del siglo XX, ha caído por debajo de los 50.000. El precio de la vivienda, la conversión de casas en alojamientos turísticos y el ruido de las multitudes expulsan a los venecianos. Por eso la ciudad ha tomado medidas pioneras en el mundo: desvió los grandes cruceros del Canal de la Giudecca para frenar el daño ambiental y a la propia ciudad, y en 2024 se convirtió en el primer lugar del planeta en cobrar una entrada a los excursionistas de día. Venecia, que nació como refugio frente a los bárbaros y fue mil años dueña del mar, se enfrenta ahora a su desafío más difícil: seguir siendo una ciudad viva, y no solo un museo maravilloso a punto de hundirse.