Mucho antes de convertirse en la ciudad romana que conocemos, Pompeya fue una modesta población itálica levantada en un lugar estratégico: una meseta de roca volcánica junto a la desembocadura del río Sarno, en una tierra fértil de la Campania, cerca del mar y de las rutas comerciales. Los primeros asentamientos estables se remontan al siglo VII-VI a.C. y se atribuyen a los oscos, un antiguo pueblo itálico que hablaba su propia lengua, el osco, cuyas inscripciones aparecen por todo el yacimiento y todavía se pueden leer en algunos muros y letreros.
Aquella pequeña Pompeya no vivió aislada. La bahía de Nápoles era en esos siglos un hervidero de culturas: los griegos habían fundado colonias prósperas como Cumas y Neápolis, y los etruscos ejercían su influencia desde el norte. Pompeya recibió el impacto de ambos mundos: adoptó rasgos urbanísticos y religiosos griegos —el Templo de Apolo y el Templo dórico del llamado Foro Triangular son testimonio de ese contacto helénico— y quedó dentro de la órbita de las disputas entre griegos y etruscos por el control del Tirreno.
Hacia el siglo V a.C., un pueblo guerrero de las montañas, los samnitas, descendió sobre las llanuras de la Campania y se apoderó de la región, Pompeya incluida. Bajo dominio samnita la ciudad creció, se amuralló y adquirió buena parte de su trazado. Los samnitas fueron durante generaciones los grandes rivales de Roma en el centro-sur de Italia, y protagonizaron con ella largas y sangrientas guerras. Ese pasado samnita dejó una huella profunda en Pompeya, visible en sus murallas, en la lengua osca de sus inscripciones y en muchas de sus casas más antiguas.
La integración definitiva de Pompeya en el mundo romano llegó por la fuerza. Durante la Guerra Social (91-88 a.C.), en la que los pueblos itálicos se rebelaron para exigir la ciudadanía romana, Pompeya se alió con los rebeldes. En el año 89 a.C., el general romano Lucio Cornelio Sila sitió y tomó la ciudad —los impactos de sus proyectiles todavía se ven en algunas murallas— y poco después la convirtió en colonia romana, asentando en ella a veteranos de sus legiones. La ciudad pasó a llamarse oficialmente 'Colonia Cornelia Veneria Pompeianorum', en honor a Sila y a la diosa Venus, que se volvió su protectora.
Como colonia romana, Pompeya vivió su época de mayor esplendor. Se latinizó por completo, se llenó de edificios públicos y privados de gusto romano —el Foro monumental, las termas, los teatros, el anfiteatro— y prosperó gracias a su agricultura, su vino, su aceite, la producción de garum (la famosa salsa de pescado) y su intenso comercio a través del cercano puerto. En vísperas de su destrucción tenía entre 10.000 y 15.000 habitantes y era una ciudad viva y bulliciosa, con sus élites, sus comerciantes, sus artesanos y sus esclavos.
La Pompeya que hoy visitamos es, en esencia, esa ciudad romana del siglo I: sus calles empedradas con pasos elevados, sus tabernas y panaderías, sus lujosas 'domus' con atrios y jardines, sus frescos y mosaicos, sus grafitis electorales y sus inscripciones. Nada la había preparado, sin embargo, para lo que se avecinaba desde la montaña que dominaba su horizonte.
En el año 62 d.C. —algunas fuentes lo sitúan en el 63—, un violento terremoto sacudió la región de la bahía de Nápoles y golpeó con dureza a Pompeya y a la vecina Herculano. El seísmo dañó gravemente edificios públicos y privados: se derrumbaron templos, se agrietaron casas y quedó afectada la red de agua corriente de la ciudad. El filósofo Séneca dejó testimonio de aquel desastre en sus escritos, describiendo el pánico y los destrozos.
Lo que los pompeyanos no podían saber es que aquel terremoto era, en realidad, una advertencia del volcán. Hoy los vulcanólogos interpretan ese sismo del 62 —y los temblores que se sucedieron en los años siguientes— como parte de la actividad que precedió a la gran erupción, señales del magma en movimiento bajo el Vesubio. Pero en aquella época nadie asociaba la montaña, cubierta de viñedos y bosques, con un volcán peligroso: hacía siglos que no entraba en erupción y muchos ni siquiera lo consideraban activo.
Así que Pompeya hizo lo que hace cualquier ciudad tras un desastre: reconstruir. En los diecisiete años que van del terremoto a la erupción, la ciudad estuvo en obras casi permanentes, reparando templos, levantando casas nuevas y redecorando interiores. Esa actividad de reconstrucción explica por qué muchos edificios estaban a medio terminar o recién restaurados cuando llegó el final, y ofrece a los arqueólogos una instantánea fascinante de una ciudad en plena transformación.
El año 79 d.C., el Vesubio despertó con una violencia catastrófica y sepultó Pompeya en cuestión de horas. La fecha tradicional es el 24 de agosto, transmitida por la carta de Plinio el Joven; sin embargo, hallazgos arqueológicos recientes —entre ellos una inscripción a carboncillo descubierta en 2018 con una fecha de octubre, además de restos de frutos otoñales, braseros encendidos y ropa de abrigo— han llevado a muchos especialistas a pensar que la erupción ocurrió en realidad en octubre del 79. El debate sigue abierto, pero la evidencia de una fecha otoñal es cada vez más sólida.
Del desastre tenemos un testimonio excepcional: el del escritor Plinio el Joven, que lo presenció de lejos, desde Miseno, y años después lo describió en dos cartas al historiador Tácito. Contó cómo una enorme columna de humo y ceniza se elevó sobre la montaña 'con la forma de un pino piñonero', abriéndose en la cima. Su tío, Plinio el Viejo, célebre naturalista y comandante de la flota romana, se acercó en barco para socorrer a la gente y observar el fenómeno de cerca, y murió en la costa asfixiado por los gases. En su honor, este tipo de erupciones violentas se llaman hoy 'plinianas'.
La erupción se desarrolló en fases. Primero, horas de caída de piedra pómez y ceniza que cubrieron Pompeya y hundieron techos bajo el peso; muchos habitantes huyeron en ese lapso, pero otros se refugiaron en sus casas. Después llegó lo peor: las oleadas piroclásticas, avalanchas de gas ardiente y material volcánico a cientos de grados que descendieron a gran velocidad por las laderas y mataron en el acto a quienes quedaban. Pompeya desapareció bajo varios metros de ceniza y piedra pómez; Herculano fue sellada por corrientes de barro y material piroclástico. Se calcula que murieron miles de personas. La ciudad quedó borrada del mapa, y con el tiempo hasta su ubicación exacta se perdió en el olvido.
Durante casi diecisiete siglos, Pompeya durmió bajo tierra, olvidada. La zona pasó a llamarse 'la Civita' y nadie recordaba con exactitud qué había allí debajo. El redescubrimiento llegó en el siglo XVIII, en plena fiebre europea por la Antigüedad. Primero se topó con Herculano (1738) y luego, en 1748, comenzaron las excavaciones en Pompeya, impulsadas por el rey Carlos de Borbón, monarca de Nápoles. Al principio fueron poco más que una búsqueda de tesoros y estatuas para adornar los palacios reales, sin método ni cuidado; pero el hallazgo de una ciudad romana entera, con sus frescos, sus objetos cotidianos y sus calles, causó una conmoción en toda Europa e influyó en el arte y el gusto neoclásico.
El gran salto científico llegó en el siglo XIX de la mano del arqueólogo Giuseppe Fiorelli, que dirigió las excavaciones a partir de 1863 e introdujo un método riguroso y sistemático. A él se debe una de las técnicas más conmovedoras de la arqueología: los moldes de yeso. Fiorelli comprendió que los cuerpos de las víctimas, al descomponerse bajo la ceniza endurecida, habían dejado huecos con su forma exacta. Rellenando esos vacíos con yeso líquido y retirando después la capa de ceniza, logró recuperar las figuras tridimensionales de las personas y animales en el instante mismo de su muerte.
Esos moldes —cuerpos encogidos, gente cubriéndose el rostro, familias juntas, un perro retorcido por la agonía— son el rostro humano de la tragedia y lo que más impacta al visitante. Merecen mirarse con respeto: no son una atracción macabra, sino los restos de personas reales que murieron en una catástrofe. Gracias a ellos, y a la extraordinaria conservación del yacimiento, Pompeya se convirtió en una ventana única a la vida —y la muerte— en el mundo romano.
Pompeya no es un yacimiento cerrado ni terminado: sigue vivo y sigue dando sorpresas. Todavía queda alrededor de un tercio de la ciudad antigua por excavar, y las campañas arqueológicas de las últimas décadas —en especial las del ambicioso 'Grande Progetto Pompei', destinado a frenar el deterioro y a estudiar el sitio con tecnología moderna— han sacado a la luz hallazgos espectaculares: nuevas casas con frescos deslumbrantes, un 'thermopolium' (taberna) con su mostrador pintado y restos de comida, inscripciones, esqueletos y objetos cotidianos que renuevan lo que sabemos de la ciudad. Fue precisamente en estas excavaciones recientes donde apareció la inscripción que reabrió el debate sobre la fecha de la erupción.
La conservación de Pompeya es, a la vez, su mayor tesoro y su mayor desafío. La exposición al sol, la lluvia, el turismo masivo y el paso del tiempo amenazan constantemente las estructuras y los frescos; algunos derrumbes ocurridos en años recientes encendieron las alarmas y llevaron a reforzar los planes de mantenimiento y restauración. Cuidar Pompeya es una tarea permanente y costosa, un equilibrio difícil entre abrirla al público y protegerla para las generaciones futuras.
Hoy Pompeya es Patrimonio Mundial de la Unesco (desde 1997, junto con Herculano y Torre Annunziata) y uno de los sitios arqueológicos más visitados del planeta, con millones de turistas al año. Su valor es incalculable: ninguna otra ciudad antigua se conserva de forma tan completa ni cuenta con tanto detalle cómo era la vida cotidiana de la gente común en el Imperio romano. Caminar por sus calles, con el Vesubio siempre presente al fondo, es asomarse a un instante congelado de la historia y recordar, con respeto, a quienes vivieron y murieron allí hace casi dos mil años.