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Historia de Nápoles

Parthénope y Neápolis: dos ciudades griegas sobre el golfo

Nápoles no empezó siendo una ciudad, sino dos. Su origen se remonta a la gran expansión de los griegos por el Mediterráneo occidental, en los siglos VIII y VII a.C. Colonos procedentes de Eubea fundaron primero Pitecusa, en la isla de Isquia, una de las primeras colonias griegas en Occidente, y luego Cumas, en tierra firme. Desde Cumas, hacia el siglo VII a.C., un grupo de colonos fundó sobre la colina de Pizzofalcone, junto al mar, un pequeño asentamiento llamado Parthénope, según la tradición en honor a la sirena Parténope, cuyo cuerpo la leyenda situaba en esas costas.

Con el tiempo, al lado de aquel primer núcleo —que pasó a llamarse Palépolis, 'la ciudad vieja'— se levantó una ciudad nueva: Neápolis, que en griego significa exactamente eso, 'la ciudad nueva'. De ese nombre deriva, tras más de dos mil quinientos años, el Napoli de hoy. Neápolis se organizó con el típico trazado griego en cuadrícula, de calles rectas que se cruzan en ángulo recto, con tres grandes ejes longitudinales (los decumani). Lo asombroso es que ese plano sigue vivo: el visitante que hoy camina por Spaccanapoli o Via dei Tribunali está recorriendo, literalmente, las mismas calles que trazaron los griegos.

Neápolis fue una ciudad próspera y culta, profundamente helénica en su lengua y sus costumbres. Mantuvo esa identidad griega incluso después de entrar en la órbita de Roma. En el 326 a.C., tras un conflicto, se alió con la República romana como ciudad federada, conservando buena parte de su autonomía, su lengua griega y su carácter. Durante la época imperial, la 'Neápolis griega' se convirtió en un destino elegante y culto para la aristocracia romana, que buscaba en la bahía de Nápoles su clima, su cultura helenística y el placer del ocio (el otium). Virgilio pasó largas temporadas en la zona y fue enterrado, según la tradición, a las puertas de la ciudad.

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De Roma a Bizancio: el ducado que resistió

Bajo el Imperio romano, Nápoles siguió siendo una ciudad importante de la Campania, esa región privilegiada donde los ricos romanos tenían sus villas y donde florecían Pompeya, Herculano, Baiae o Cumas. La caída del Imperio Romano de Occidente, en el 476 d.C., abrió siglos de inestabilidad. La ciudad pasó primero a manos de los ostrogodos y luego, durante las guerras góticas del siglo VI, fue reconquistada por el Imperio bizantino (el Imperio Romano de Oriente), que la integró en sus dominios italianos.

De esa dependencia de Constantinopla nació, hacia el siglo VII, el Ducado de Nápoles: un territorio gobernado por un duque que en teoría respondía al emperador bizantino pero que, con el correr de las generaciones, se volvió casi independiente. Mientras gran parte del sur de Italia caía bajo los lombardos, Nápoles logró mantenerse como un enclave autónomo, comerciante y marítimo, orgulloso de sus raíces grecolatinas. Fue una época de equilibrios delicados: el ducado negociaba, se aliaba y a veces guerreaba con los lombardos de Benevento y Capua, con los otros ducados marítimos (Amalfi, Gaeta, Sorrento) y con las flotas árabes que asolaban las costas del Tirreno.

Durante casi cinco siglos, el Ducado de Nápoles conservó una independencia notable, algo excepcional en la fragmentada Italia altomedieval. Esa larga autonomía forjó buena parte del carácter napolitano: una ciudad acostumbrada a defenderse sola, a comerciar con todos y a mezclar influencias griegas, latinas, bizantinas y mediterráneas. Todo cambiaría con la llegada de un nuevo poder venido del norte de Europa.

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Normandos, Anjou y Aragón: Nápoles se vuelve capital

En el siglo XI, unos guerreros llegados del lejano norte de Francia cambiaron el mapa del sur de Italia: los normandos. Inicialmente contratados como mercenarios, terminaron conquistando por su cuenta Sicilia y el Mezzogiorno, y unificaron esos territorios en un solo reino. En 1139, Nápoles, que había resistido siglos como ducado autónomo, quedó incorporada al Reino de Sicilia fundado por Roger II. Con los normandos primero y la dinastía suaba de los Hohenstaufen después —entre ellos el célebre emperador Federico II, que fundó en 1224 la Universidad de Nápoles, una de las más antiguas de Europa—, la ciudad ganó peso e instituciones.

El gran salto llegó en 1266, cuando Carlos I de Anjou, hermano del rey de Francia y apoyado por el papado, derrotó a los Hohenstaufen y se apoderó del reino. Los Anjou tomaron una decisión trascendental: trasladar la capital de Palermo a Nápoles. La ciudad se convirtió así en la sede de una corte real, se llenó de nuevas construcciones —el imponente Castel Nuovo o Maschio Angioino, el Duomo— y creció hasta transformarse en una de las mayores urbes de Europa. En 1282, la revuelta de las 'Vísperas Sicilianas' separó a Sicilia (que pasó a la Corona de Aragón) del sur peninsular, que quedó como Reino de Nápoles bajo los Anjou.

En 1442, tras largas guerras, Alfonso V de Aragón conquistó Nápoles y volvió a unir bajo su corona las dos orillas. Los siglos siguientes ataron el destino de la ciudad al de España: durante más de dos siglos (del XVI al comienzo del XVIII), Nápoles fue gobernada por virreyes españoles. Fue una época de contrastes brutales: gran esplendor artístico y arquitectónico —el Barroco napolitano, Caravaggio trabajando en la ciudad, iglesias deslumbrantes— junto a una pobreza extrema, una población hacinada y estallidos de revuelta popular, como la de Masaniello en 1647 contra los impuestos.

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La peste de 1656 y la capital de las Dos Sicilias

En pleno siglo XVII, cuando Nápoles era una de las ciudades más pobladas de Europa —con unos 300.000 habitantes bajo el dominio español—, la golpeó una catástrofe. En 1656 estalló una devastadora epidemia de peste que en pocos meses arrasó la ciudad y toda la Campania. Los cálculos de los historiadores hablan de entre 150.000 y 200.000 muertos solo en Nápoles: más de la mitad de su población desapareció en una sola estación. La ciudad quedó traumatizada, despoblada y tardó generaciones en recuperar su vitalidad. Fue uno de los brotes más letales de aquella segunda gran pandemia de peste que recorrió Europa durante siglos.

El siglo XVIII trajo un cambio de rumbo. En 1734, un joven príncipe Borbón, Carlos —hijo del rey de España Felipe V—, conquistó Nápoles y Sicilia y las convirtió en un reino independiente, ya no gobernado por virreyes lejanos sino por su propia dinastía. Nacía así, con el tiempo, el Reino de las Dos Sicilias, con Nápoles como capital. Carlos de Borbón (que luego sería Carlos III de España) impulsó una etapa de esplendor: mandó construir el gigantesco Palacio Real de Caserta, el teatro San Carlo (uno de los más antiguos de Europa aún en funcionamiento), y patrocinó las primeras excavaciones sistemáticas de Herculano y Pompeya, que fascinaron a toda Europa.

Durante el siglo XVIII y comienzos del XIX, Nápoles fue una de las grandes capitales culturales del continente, parada obligada del 'Grand Tour' de aristócratas y artistas europeos. Su corte, su música, su ópera y el redescubrimiento de las ciudades sepultadas por el Vesubio la pusieron en el centro del mapa. Pero bajo ese brillo persistían las viejas heridas: la enorme desigualdad, un campo pobre y una estructura social rígida que la unificación italiana no lograría resolver.

https://es.wikipedia.org/wiki/Peste_de_N%C3%A1poles_de_1656https://en.wikipedia.org/wiki/Naples_Plague_(1656)https://es.wikipedia.org/wiki/Reino_de_N%C3%A1poles

La unificación italiana y el 'problema del sur'

En 1860, la expedición de los Mil de Giuseppe Garibaldi entró en Nápoles casi sin resistencia y puso fin al Reino de las Dos Sicilias. Al año siguiente, la ciudad y todo el sur se integraron al nuevo Reino de Italia, con capital primero en Turín y luego en Roma. Para Nápoles, que hasta entonces había sido la capital de un Estado propio y una de las mayores ciudades de Europa, la unificación supuso una pérdida de rango y de peso político que dejó una herida duradera.

De aquella época data lo que los italianos llaman la 'cuestión meridional' o 'problema del sur' (la questione meridionale): la enorme brecha económica, industrial y social entre un norte que se industrializaba a marchas forzadas y un sur agrario, pobre y desatendido. Nápoles, superpoblada y con barrios de hacinamiento extremo, sufrió graves epidemias de cólera a fines del siglo XIX, que llevaron a un ambicioso plan de saneamiento urbano (el Risanamento). Millones de personas del sur de Italia, muchas de ellas de la Campania, emigraron entre fines del siglo XIX y comienzos del XX hacia América —incluidos el Río de la Plata, Estados Unidos y Brasil— en una de las mayores diásporas de la historia europea.

Ese desequilibrio norte-sur, con sus consecuencias sociales y también con el peso del crimen organizado (la Camorra), marcó la historia napolitana del siglo XX y sigue siendo un tema central en Italia. Pero Nápoles nunca perdió su fuerza cultural: siguió siendo cuna de música (la canción napolitana clásica, con 'O sole mio' y tantas otras), de teatro, de cine y de una identidad orgullosa e inconfundible.

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Los cuatro días de Nápoles y la posguerra

El episodio más heroico de la historia contemporánea de la ciudad ocurrió en plena Segunda Guerra Mundial. Tras el armisticio de Italia con los Aliados en septiembre de 1943, las tropas alemanas ocuparon Nápoles con dureza: represalias, deportaciones, saqueos y la orden de destruir buena parte de la ciudad. Pero los napolitanos no esperaron a que los Aliados los liberaran. Entre el 27 y el 30 de septiembre de 1943, en lo que se conoce como 'Los cuatro días de Nápoles' (Le quattro giornate di Napoli), la población —obreros, jóvenes, mujeres, incluso los muchachos de la calle, los 'scugnizzi'— se levantó en una insurrección popular espontánea y expulsó a los ocupantes nazis a fuerza de barricadas y armas improvisadas.

Cuando las tropas aliadas entraron en Nápoles el 1 de octubre de 1943, la ciudad ya se había liberado a sí misma. Fue la primera gran ciudad europea en sublevarse con éxito contra la ocupación nazi antes de la llegada de los ejércitos aliados, una hazaña que le valió a Nápoles la Medalla de Oro al Valor Militar y un lugar de honor en la memoria de la Resistencia italiana. El precio en vidas fue alto, pero el gesto se convirtió en símbolo del coraje y la dignidad de su gente.

La posguerra fue durísima: Nápoles quedó devastada por los bombardeos y sumida en la miseria, el mercado negro y la reconstrucción lenta. En las décadas siguientes conoció una expansión urbana caótica, sacudidas como el terremoto de Irpinia de 1980 y la persistencia del atraso económico del sur. Pero también protagonizó renaceres: la recuperación de su patrimonio, la reactivación cultural, la creación de sus célebres 'estaciones del arte' en el metro, el reconocimiento de su centro histórico como Patrimonio de la Unesco en 1995 y del arte del pizzaiuolo en 2017. Hoy Nápoles es una ciudad contradictoria y magnética: pobre y riquísima a la vez, caótica y profundamente humana, orgullosa de una historia de casi tres mil años que sigue latiendo en cada callejón.

📚 Bibliografía

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