Antes de ser la capital italiana de la moda y las finanzas, Milán fue Mediolanum, y antes de eso, un asentamiento de la tribu celta de los ínsubros, fundado hacia el siglo VI o V a.C. en el centro de la llanura padana. El nombre latino, Mediolanum, suele interpretarse como 'la tierra del medio' o 'lo que está en medio de la llanura', una referencia a su posición estratégica en el cruce de caminos del norte de Italia. Esa centralidad geográfica marcaría todo su destino: Milán nunca fue una ciudad de mar ni de gran río navegable, pero sí un nudo de rutas por el que pasaba todo.
En el año 222 a.C., las legiones romanas conquistaron la ciudad y la incorporaron a la República. Con el tiempo, Mediolanum creció hasta convertirse en una de las urbes más importantes del Imperio, y en el año 286 d.C. el emperador Diocleciano la eligió como capital del Imperio Romano de Occidente, un rango que conservó durante más de un siglo. Fue en esa época, en el año 313, cuando ocurrió aquí uno de los hechos que cambiaron la historia de Occidente: el emperador Constantino y su coemperador Licinio acordaron el llamado Edicto de Milán, por el que se concedía libertad de culto en todo el Imperio y se ponía fin a las persecuciones contra los cristianos. Aunque el texto se promulgó formalmente en otra ciudad, el acuerdo se selló en Milán, y por eso lleva su nombre.
Milán fue también la ciudad de San Ambrosio (Ambrogio), obispo entre 374 y 397, una de las grandes figuras de la Iglesia primitiva, que bautizó aquí a San Agustín y que todavía hoy es el patrono de la ciudad: su fiesta, el 7 de diciembre, marca el arranque de la temporada de La Scala. Con las invasiones germánicas y la caída del Imperio de Occidente en el 476, Mediolanum sufrió saqueos y destrucciones, pero su posición central le permitió resurgir una y otra vez.
Durante la Edad Media, Milán resurgió como una poderosa comuna libre, una ciudad-estado con gobierno propio. En el siglo XII se enfrentó al emperador germánico Federico I Barbarroja, que la asedió y la arrasó en 1162; pero Milán encabezó la Liga Lombarda, una alianza de ciudades del norte que derrotó al emperador en la batalla de Legnano (1176), un episodio que siglos después se convertiría en símbolo del orgullo lombardo e italiano.
A partir del siglo XIII, el poder fue concentrándose en manos de una familia: los Visconti, que gobernaron Milán primero como señores y luego, desde 1395, como duques, cuando Gian Galeazzo Visconti compró el título ducal al emperador. Bajo los Visconti, el ducado de Milán se convirtió en uno de los estados más poderosos de Italia, y fue Gian Galeazzo quien, en 1386, puso la primera piedra de la obra que definiría para siempre la silueta de la ciudad: el Duomo, la catedral gótica de mármol que tardaría casi seis siglos en completarse.
En 1450, tras un breve interludio republicano, el poder pasó a los Sforza, una dinastía de condotieros (jefes militares mercenarios) que llegó al trono ducal por una mezcla de fuerza militar y habilidad política: Francesco Sforza, casado con la heredera de los Visconti, se proclamó duque y mandó construir el imponente Castello Sforzesco. Con su hijo y sucesores, y sobre todo bajo Ludovico Sforza, apodado 'il Moro', Milán vivió su máximo esplendor renacentista y su corte se convirtió en una de las más brillantes de Europa. Fue Ludovico quien llamó a Milán a un artista e ingeniero florentino que trabajaría aquí casi veinte años: Leonardo da Vinci.
Leonardo da Vinci llegó a Milán hacia 1482, con poco más de treinta años, y encontró en la corte de Ludovico il Moro el mecenas que buscaba. Durante casi dos décadas trabajó para los Sforza en los oficios más variados: pintor, escultor, ingeniero militar, organizador de fiestas cortesanas, urbanista e inventor. Estudió el sistema de canales de la ciudad —los Navigli—, perfeccionó sus esclusas para hacerlos navegables, diseñó máquinas de guerra y proyectó una colosal estatua ecuestre en bronce en honor a Francesco Sforza que nunca llegó a fundirse (el bronce acabó destinado a fabricar cañones cuando los franceses amenazaron el ducado).
Pero la obra que lo inmortalizó en Milán fue un encargo religioso: entre 1495 y 1498, Leonardo pintó La Última Cena (Il Cenacolo) en la pared del refectorio del convento dominico de Santa Maria delle Grazie. En lugar de la técnica tradicional del fresco, que obligaba a pintar rápido sobre el yeso húmedo, Leonardo experimentó con una mezcla de temple y óleo sobre pared seca, que le permitía trabajar despacio y con todos los detalles, pero que resultó desastrosa para la conservación: la pintura empezó a deteriorarse en vida del propio artista. A pesar de ello, la obra revolucionó la pintura por su composición y por la manera magistral de captar el instante psicológico en que Jesús anuncia la traición y cada apóstol reacciona.
La caída de Ludovico il Moro a manos de los franceses, en 1499-1500, marcó el fin del gran período de los Sforza y también la partida de Leonardo, que abandonó Milán. La ciudad quedó desde entonces disputada entre las grandes potencias de la época, y su suerte dependería cada vez más de reyes y emperadores extranjeros.
Durante las Guerras de Italia del siglo XVI, el ducado de Milán fue uno de los grandes premios que se disputaron Francia y España. En 1535, tras la muerte del último duque Sforza sin herederos, Milán pasó a manos de la Corona española de los Habsburgo, y durante casi dos siglos (hasta 1706) fue gobernado como una posesión española. Fue una época de peso económico y también de tragedias: la ciudad sufrió la terrible peste de 1630, la misma que Alessandro Manzoni retrataría dos siglos después en su gran novela 'Los novios' (I promessi sposi), con sus escenas de los 'untori' acusados de propagar el contagio y del cardenal Federico Borromeo.
En 1706, durante la Guerra de Sucesión española, Milán pasó a los Habsburgo de Austria, y el dominio austriaco (con un breve paréntesis) se prolongaría hasta mediados del siglo XIX. La Milán austriaca del siglo XVIII vivió una etapa de reformas ilustradas bajo la emperatriz María Teresa y su hijo José II: se modernizó la administración, se fundaron instituciones culturales y, en 1778, se inauguró el Teatro alla Scala, construido sobre el solar de una iglesia demolida. Fue también la época de la Ilustración lombarda, con figuras como el jurista Cesare Beccaria, autor de 'De los delitos y las penas', obra pionera contra la tortura y la pena de muerte.
Entre 1796 y 1814, la irrupción de Napoleón alteró el mapa: Milán se convirtió en capital de la República Cisalpina y luego del Reino de Italia napoleónico, y fue en esos años cuando por fin se completó, por orden de Napoleón, la fachada del Duomo. Tras la caída del emperador, el Congreso de Viena (1815) devolvió Milán a Austria, ahora como capital del Reino Lombardo-Véneto. Pero el espíritu de libertad ya había prendido.
En el siglo XIX, Milán se convirtió en uno de los corazones del Risorgimento, el movimiento por la unificación y la independencia de Italia frente al dominio extranjero, sobre todo el austriaco. El descontento contra Austria fue creciendo en la burguesía y el pueblo milanés, y estalló con fuerza en marzo de 1848, dentro de la ola revolucionaria que sacudió toda Europa aquel año.
Entre el 18 y el 22 de marzo de 1848, la ciudad protagonizó una insurrección heroica que pasó a la historia como las Cinco Jornadas de Milán (le Cinque Giornate). Durante cinco días, los milaneses de toda condición —artesanos, estudiantes, comerciantes, mujeres, sacerdotes— levantaron barricadas en las calles y, armados con lo que tenían, se enfrentaron a la poderosa guarnición austriaca del mariscal Radetzky. Contra todo pronóstico, la insurrección triunfó: el ejército austriaco tuvo que retirarse de la ciudad. Fue uno de los episodios más gloriosos y celebrados de todo el Risorgimento.
El triunfo, sin embargo, fue efímero: pocos meses después, tras la derrota del ejército piamontés, los austriacos reconquistaron Milán y la represión fue dura. Habría que esperar a la Segunda Guerra de la Independencia italiana: en 1859, las tropas franco-piamontesas derrotaron a Austria en las batallas de Magenta y Solferino, y Milán y toda Lombardía se incorporaron al reino que, en 1861, se proclamaría Reino de Italia. La memoria de las Cinco Jornadas quedó grabada en el nombre de una de las grandes plazas de la ciudad y en el monumento que la recuerda.
Convertida en la capital industrial y financiera de la Italia unida, Milán creció de forma vertiginosa a finales del siglo XIX y comienzos del XX, con fábricas, ferrocarriles, editoriales y bancos. Fue también un caldo de cultivo político: aquí nacieron movimientos obreros y socialistas, y aquí fundó Benito Mussolini, en 1919, en la Piazza San Sepolcro, los primeros Fasci di Combattimento, germen del fascismo que gobernaría Italia dos décadas.
La Segunda Guerra Mundial golpeó a Milán con dureza. En agosto de 1943, los bombardeos aliados devastaron buena parte del centro histórico: cayeron bombas sobre el Teatro alla Scala, que quedó semidestruido, y sobre el complejo de Santa Maria delle Grazie, donde el refectorio con la Última Cena de Leonardo recibió el impacto y perdió una pared entera; la pintura se salvó de milagro porque había sido protegida con sacos de arena y andamios. Tras la caída del régimen y la ocupación alemana, Milán fue un centro clave de la Resistencia partisana. La ciudad fue liberada el 25 de abril de 1945, fecha que Italia celebra como su Día de la Liberación; pocos días después, el cuerpo de Mussolini, capturado y fusilado junto al Lago de Como, fue expuesto en la milanesa Piazzale Loreto, en el mismo lugar donde meses antes los ocupantes habían fusilado a quince partisanos.
De la posguerra, Milán renació con una energía extraordinaria. Fue el motor del llamado 'milagro económico' italiano de las décadas de 1950 y 1960, con su industria, su diseño, su publicidad y su editorial. En 1946, la reconstruida Scala reabrió sus puertas con un concierto memorable dirigido por Arturo Toscanini. En las décadas siguientes, la ciudad se consolidó como capital mundial de la moda y del diseño, sede de la Semana de la Moda y del Salone del Mobile, y como corazón financiero de Italia, con la Bolsa y los grandes bancos. Hoy, con su renovado horizonte de rascacielos en Porta Nuova y CityLife, Milán es la más europea y moderna de las grandes ciudades italianas, sin dejar de custodiar la sonrisa eterna de la Última Cena y la silueta blanca de su Duomo.