Florencia nació como una colonia romana fundada hacia el año 59 a.C., en tiempos de Julio César, para asentar a veteranos de las legiones a orillas del río Arno. Los romanos la llamaron 'Florentia', un nombre que suele interpretarse como 'la floreciente' o 'destinada a florecer', y que algunos relacionan con las fiestas florales (Ludi Florales) o con un buen augurio de prosperidad. La ciudad se trazó con la cuadrícula típica de los campamentos romanos (el castrum), con sus dos calles principales, el cardo y el decumano, cruzándose en lo que hoy es la Piazza della Repubblica.
Su emplazamiento no era casual: estaba en el cruce de la vía Cassia, la ruta que unía Roma con el norte de Italia, y en un punto donde el Arno podía vadearse con facilidad. Ese papel de paso obligado entre el norte y el centro de la península marcaría su historia comercial durante siglos. Tras la caída del Imperio romano, Florencia atravesó los siglos oscuros de las invasiones (godos, bizantinos, lombardos) como una ciudad menor, eclipsada por otras de la región.
El renacer llegó en la Baja Edad Media. Entre los siglos XI y XII, Florencia se constituyó como comuna libre, un gobierno ciudadano autónomo que poco a poco se fue desligando del poder feudal y del Sacro Imperio. Ese espíritu de autogobierno, de ciudadanos-mercaderes organizados en gremios (las 'Arti'), fue la semilla de la potencia económica y cultural que la ciudad llegaría a ser. Como tantas ciudades italianas, vivió las guerras entre güelfos (partidarios del Papa) y gibelinos (partidarios del Emperador), conflictos que dividieron a sus familias y que marcaron incluso la vida de su hijo más ilustre, Dante Alighieri.
Lo que convirtió a Florencia en una de las ciudades más ricas y poderosas de la Europa medieval no fueron sus armas, sino su dinero. En el siglo XIII, la ciudad acuñó una moneda de oro que cambiaría la historia financiera del continente: el florín ('fiorino d'oro'), emitido por primera vez en 1252. Por su contenido constante de oro y su confiabilidad, el florín se convirtió en una moneda de referencia internacional, aceptada en toda Europa, una especie de 'dólar' medieval que dio a Florencia un enorme prestigio comercial.
La base de esa riqueza era doble. Por un lado, la industria textil: los gremios de la lana ('Arte della Lana') y de los tintoreros importaban paño en bruto, lo refinaban y teñían con técnicas avanzadas, y lo reexportaban como tela de lujo por todo el Mediterráneo. Por otro, la banca: las grandes familias florentinas desarrollaron sofisticadas técnicas financieras —letras de cambio, contabilidad de doble entrada, préstamos a reyes y papas— que las convirtieron en banqueras de media Europa. Familias como los Bardi y los Peruzzi, y más tarde los Médici, manejaban fortunas colosales.
Esa prosperidad sostuvo un crecimiento urbano espectacular. Florencia se llenó de palacios, iglesias y obras públicas, y emprendió la construcción de su catedral, Santa Maria del Fiore, una empresa monumental que duraría más de un siglo. La gran peste negra de 1348, que diezmó a la población (la describe Boccaccio en el 'Decamerón', ambientado en las afueras de Florencia), fue un golpe terrible, pero la ciudad se recuperó y entró en el siglo XV en condiciones de protagonizar el mayor renacimiento cultural de la historia de Occidente.
Ninguna familia está tan ligada a Florencia como los Médici. Surgidos de la banca a comienzos del siglo XV, con Giovanni di Bicci de' Medici amasaron una de las mayores fortunas de Europa al convertirse en banqueros del Papado. Su hijo Cosimo de' Medici, llamado 'el Viejo' (Pater Patriae), tomó de hecho las riendas de la ciudad hacia 1434, gobernando entre bambalinas sin ocupar formalmente cargos, en una república que en teoría seguía siendo libre.
El esplendor llegó con su nieto, Lorenzo de' Medici, 'el Magnífico' (1449-1492), figura central del Renacimiento florentino. Bajo su protección y la de su familia florecieron artistas y pensadores que cambiaron la historia del arte: Botticelli, el joven Miguel Ángel, Leonardo da Vinci, además de filósofos humanistas como Marsilio Ficino y Pico della Mirandola. Los Médici financiaron iglesias, bibliotecas, esculturas y pinturas, y convirtieron a Florencia en la capital cultural de Europa. El mecenazgo no era solo amor al arte: era también prestigio, propaganda y poder.
La familia tuvo altibajos —fue expulsada de la ciudad más de una vez, como tras la muerte de Lorenzo y el episodio del fraile Savonarola—, pero siempre regresó, y con el tiempo dio dos papas (León X y Clemente VII) y reinas de Francia. En 1569 los Médici se convirtieron en Grandes Duques de Toscana, transformando la vieja república en un principado hereditario. Gobernaron Toscana hasta la extinción de la dinastía en 1737. Su huella es imborrable: gran parte de las obras maestras que hoy se admiran en los Uffizi, el Palazzo Pitti y los jardines de Boboli proceden de sus colecciones, legadas a la ciudad por la última Médici, Anna Maria Luisa.
Florencia es, por derecho propio, la cuna del Renacimiento, el movimiento cultural que entre los siglos XV y XVI redescubrió el legado de la Antigüedad clásica y puso al ser humano en el centro de la mirada. En la arquitectura, el hito fundacional fue la cúpula de la catedral de Santa Maria del Fiore, levantada por Filippo Brunelleschi entre 1420 y 1436: una proeza de ingeniería sin cimbra, la mayor cúpula de mampostería del mundo, que coronó el Duomo y se convirtió en símbolo de la ciudad y de toda una época.
En la escultura y la pintura, la lista de genios florentinos es abrumadora. Donatello renovó la escultura con su 'David' de bronce; Masaccio revolucionó la pintura con la perspectiva y el volumen en los frescos de la capilla Brancacci; Botticelli pintó 'La Primavera' y 'El Nacimiento de Venus'. Y por encima de todos, dos titanes universales: Leonardo da Vinci, formado en talleres florentinos, y Miguel Ángel Buonarroti, que esculpió aquí su 'David' (1501-1504), la estatua de mármol más famosa del mundo, hoy en la Galería de la Academia.
Este florecimiento no fue casual. Se apoyó en la riqueza de la banca y los gremios, en el mecenazgo de los Médici y otras familias, en la competencia entre talleres y en el humanismo, una corriente de pensamiento que recuperó los textos clásicos y exaltó la dignidad y las capacidades del hombre. Florencia concentró en pocas generaciones una densidad de talento difícil de igualar en la historia. El resultado se atesora hoy en la Galería Uffizi —una de las pinacotecas más importantes del mundo—, en el Bargello, en los palacios y en las iglesias de una ciudad que es, ella misma, un museo a cielo abierto.
Tras siglos de gobierno de los Médici y, después de su extinción, de la dinastía de los Habsburgo-Lorena, Florencia se integró en el proceso de unificación italiana (el Risorgimento) en el siglo XIX. En 1865, en plena construcción del nuevo reino, Florencia fue elegida capital del Reino de Italia, papel que cumplió hasta 1871, cuando la capital se trasladó definitivamente a Roma tras la incorporación de la Ciudad Eterna. Durante ese breve período como capital, la ciudad vivió importantes reformas urbanas que modernizaron su trazado.
El siglo XX trajo episodios dramáticos. Durante la Segunda Guerra Mundial, en agosto de 1944, las tropas alemanas en retirada volaron casi todos los puentes sobre el Arno; el Ponte Vecchio fue el único que se salvó, según la tradición por orden expresa de no destruirlo. Y en noviembre de 1966, una catastrófica inundación del Arno anegó el centro histórico, dañando miles de obras de arte y libros; la respuesta solidaria de voluntarios de todo el mundo —los célebres 'angeli del fango', los ángeles del barro— para rescatar el patrimonio se convirtió en un símbolo.
En 1982, el centro histórico de Florencia fue inscrito por la Unesco en la lista del Patrimonio Mundial, en reconocimiento a su valor excepcional como conjunto artístico nacido del genio creativo de seis siglos y como núcleo del Renacimiento. Hoy Florencia es la capital de la región de la Toscana y uno de los grandes destinos culturales del planeta: una ciudad relativamente pequeña que concentra una densidad de arte, arquitectura e historia sin parangón, y que cada año recibe a millones de visitantes que vienen a caminar por las calles donde nació el mundo moderno.