Cuesta creerlo hoy, mirando este pueblo apretado entre la roca y el agua, pero hubo un tiempo en que Amalfi rivalizaba con Venecia, Génova y Pisa por el dominio de los mares. Fue una de las cuatro repúblicas marítimas de Italia —las cuatro que todavía figuran en el escudo de la bandera de la Marina italiana— y, durante los siglos IX, X y XI, la más antigua y por un tiempo la más rica y poderosa de todas.
El territorio había sido parte del Imperio Romano y luego quedó bajo la órbita del Imperio Bizantino, dentro del Ducado de Nápoles. La tradición fija en el 1º de septiembre del 839 —el 'Capodanno bizantino', el año nuevo bizantino— el momento en que Amalfi se separó administrativamente de Nápoles y se proclamó ducado independiente, gobernado por duques electos. Encerrada entre montañas escarpadas y sin apenas tierra fértil, Amalfi hizo del mar su única salida y su fortuna: sus barcos comerciaban por todo el Mediterráneo, desde Constantinopla y Egipto hasta el norte de África y España, trayendo especias, sedas, oro y saberes de Oriente.
Los amalfitanos tenían colonias, iglesias y almacenes ('fondaci') en los grandes puertos de Levante, acuñaban su propia moneda de oro, el 'tarì', y eran tan respetados que fundaron en Jerusalén el hospital que dio origen a la Orden de los Caballeros de San Juan (los futuros Hospitalarios, luego Orden de Malta). Los cronistas de la época describían a Amalfi como una ciudad 'opulenta y populosa, rica en oro, plata y telas de toda clase'. En su momento de esplendor pudo tener decenas de miles de habitantes apiñados en las laderas, muchos más que hoy.
El mayor legado de aquella talasocracia no fue un palacio ni una catedral, sino un libro de leyes. A los amalfitanos se les atribuye la redacción del más antiguo estatuto marítimo de Italia: la 'Tabula de Amalpha', conocida como las Tavole Amalfitane (Tablas Amalfitanas). Es un código de derecho comercial y marítimo que regulaba la vida a bordo, los contratos entre armadores y marineros, el reparto de beneficios y las responsabilidades en caso de naufragio o avería.
El texto que se conserva está formado por 66 capítulos: los primeros 21, escritos en latín, son la parte más antigua y se datan hacia el siglo XI; los 45 restantes, en italiano vulgar, se añadieron más tarde, en torno al siglo XIII. Fue tan sólido y práctico que se aplicó en buena parte del Mediterráneo hasta el siglo XVI, mucho después de que Amalfi hubiera perdido todo poder político. Es, en cierto modo, un antepasado de las modernas leyes de navegación y del derecho mercantil.
Otra hazaña que la tradición local vincula a Amalfi es la difusión de la brújula: la leyenda popular atribuye su perfeccionamiento a un tal Flavio Gioia, personaje probablemente legendario, pero que resume bien el papel de los navegantes amalfitanos en la introducción de la brújula magnética en la navegación europea. Cierta o no la anécdota, refleja hasta qué punto estos marineros estaban en la vanguardia técnica de su época. Todo ese conocimiento —náutico, comercial, jurídico— convivía en una ciudad minúscula colgada de la montaña, prueba de que la grandeza no se mide en kilómetros cuadrados.
Ninguna talasocracia dura para siempre. En 1073, los normandos de Roberto Guiscardo tomaron Amalfi e integraron el antiguo ducado en el naciente reino normando del sur de Italia. La ciudad conservó por un tiempo su vitalidad comercial, pero ya no era dueña de su destino. En 1135 y 1137, además, la rival Pisa saqueó Amalfi en el marco de sus guerras mediterráneas, un golpe del que su prestigio no terminó de recuperarse. El comercio de larga distancia fue quedando en manos de Génova, Pisa y sobre todo Venecia.
El golpe definitivo, sin embargo, no lo dio un ejército sino el mar. En la noche del 24 al 25 de noviembre de 1343, una violentísima tempesta de libeccio (viento del suroeste) sacudió los golfos de Nápoles y Salerno y provocó un maremoto que devastó la costa. Se cree que el fenómeno estuvo asociado a un enorme deslizamiento submarino —estudios recientes lo vinculan a un colapso de más de un kilómetro cúbico en la zona del Stromboli—. El resultado fue catastrófico: buena parte del puerto y de la ciudad baja de Amalfi, con sus arsenales, muelles y almacenes, quedó tragada por el mar. Se dice que cerca de un tercio de la ciudad desapareció bajo las aguas.
El desastre fue tan sonado que lo relató el mismísimo Francesco Petrarca, que por casualidad estaba en Nápoles esos días y describió con espanto la furia del mar y los barcos destrozados. Amalfi, ya debilitada, no pudo reconstruir su antiguo poderío marítimo. La república que había desafiado a Venecia quedó reducida a un puñado de pueblos de pescadores y campesinos, y el gran capítulo mediterráneo de la costa se cerró para siempre.
Perdido el mar, la costa se replegó sobre sí misma y sobrevivió gracias a la tierra y al ingenio. En las laderas imposibles, generación tras generación, los campesinos levantaron ese prodigio de arquitectura agrícola que todavía define el paisaje: kilómetros de terrazas ('macere') sostenidas por muros de piedra seca, donde plantaron viñas, olivos y, sobre todo, limoneros. Nació así el 'Sfusato Amalfitano', el limón grande, alargado y perfumado que hoy tiene Indicación Geográfica Protegida y que dio origen al limoncello, a las mermeladas y a los perfumes de la costa.
Amalfi desarrolló también una industria singular: la del papel hecho a mano. Aprendido probablemente de los árabes durante los siglos de comercio con Oriente, el arte de fabricar papel de trapo (la 'carta bambagina') convirtió al Valle dei Mulini, detrás del pueblo, en un rosario de molinos hidráulicos ('cartiere') que funcionaron durante siglos. Todavía puede visitarse el Museo della Carta, instalado en una antigua fábrica, para entender cómo se producía uno de los mejores papeles de Europa.
Durante buena parte de la Edad Moderna, la Costa Amalfitana fue un rincón pobre y aislado del reino de Nápoles, difícil de alcanzar por tierra, casi olvidado. Ese aislamiento, paradójicamente, la preservó: sin grandes obras ni industrialización, los pueblos conservaron su trazado medieval, sus iglesias, sus terrazas y ese aire suspendido en el tiempo que siglos después se volvería su mayor tesoro. La miseria de entonces es, en parte, la belleza intacta de ahora.
La Costa Amalfitana volvió al mapa del mundo no por el comercio, sino por la belleza. A partir del siglo XVIII, con el auge del Grand Tour —el viaje de formación que aristócratas, artistas y escritores del norte de Europa hacían por Italia—, el sur del país se puso de moda. La cercana Nápoles, Pompeya y Herculano recién excavadas, Paestum y sus templos griegos atraían a viajeros cultos, y muchos de ellos se aventuraban por los caminos de mulas hasta Amalfi y Ravello.
Lo que encontraban los dejaba sin aliento: pueblos colgados del acantilado, jardines suspendidos sobre el mar, luz mediterránea y ruinas románticas. Pintores del paisaje, poetas y músicos convirtieron la costa en un mito. Ravello, en particular, sedujo a personajes como Richard Wagner, que en 1880 visitó los jardines de la Villa Rufolo y creyó reconocer allí el 'jardín mágico de Klingsor' de su ópera Parsifal; desde entonces, esos jardines quedaron asociados a su música y, mucho después, dieron origen al Ravello Festival. Escritores como André Gide, D. H. Lawrence, Gore Vidal o Graham Greene también cayeron rendidos ante la costa.
La apertura, en el siglo XIX, de la carretera costera —la actual Strada Statale 163 'Amalfitana', tallada en el acantilado— fue clave: por primera vez se podía recorrer la costa en coche, de pueblo en pueblo, asomado al vacío. Esa cinta de asfalto vertiginosa, con sus curvas imposibles y sus vistas de infarto, se convirtió ella misma en una atracción y en símbolo de la Costiera. El aislamiento de siglos empezaba a terminar, y con él nacía el turismo.
El siglo XX consagró a la Costa Amalfitana como uno de los destinos más elegantes del mundo. Positano, hasta entonces un humilde pueblo de pescadores del que muchos habían emigrado a América, se puso de moda a mediados de siglo cuando artistas, escritores e intelectuales lo eligieron como refugio. El escritor John Steinbeck le dedicó en 1953 un célebre artículo en la revista Harper's Bazaar que lo describía como un lugar 'que no parece real mientras estás allí y que se vuelve intensamente real cuando te has ido'. Nació entonces la 'moda Positano', esa ropa de lino ligera y colorida, y el pueblo se llenó de boutiques y hoteles glamorosos.
Desde los años cincuenta y sesenta, la costa entera se volvió escenario del cine, la moda y el jet set internacional: estrellas de Hollywood, magnates y celebridades convirtieron Ravello, Positano y Amalfi en sinónimo de dolce vita mediterránea. Esa fama, sostenida durante décadas, se disparó aún más con la llegada de las redes sociales, que multiplicaron las postales de casas de colores y terrazas sobre el mar.
En 1997, la Unesco declaró la Costa Amalfitana Patrimonio Mundial de la Humanidad, no solo por sus monumentos sino como 'paisaje cultural' de valor excepcional: el resultado del diálogo milenario entre una topografía dramática y el trabajo humano, con sus terrazas, sus pueblos y su equilibrio entre naturaleza y cultura. Ese mismo prestigio es hoy su desafío. La costa vive un fenómeno de overtourism serio: en los meses de verano, Positano y Amalfi se saturan, la SS163 se colapsa y los precios se disparan, hasta el punto de que las autoridades imponen la circulación alterna por patente y debaten cómo proteger un lugar que millones quieren ver. La misma belleza que la salvó del olvido amenaza hoy con desbordarla: ese es el precio, y el privilegio, de ser uno de los tramos de costa más hermosos del planeta.