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Historia de Cinque Terre

Un paisaje esculpido a mano: los muros secos y la viticultura heroica

Antes que las postales, estuvieron los muros. Lo que hoy fotografían millones de visitantes —cinco pueblos de colores encajados en un acantilado sobre el mar de Liguria— es, en el fondo, la obra de generaciones de campesinos que hicieron habitable lo inhabitable. La costa entre Monterosso y Riomaggiore es una pared casi vertical de roca que cae al agua; para poder cultivarla, sus habitantes la fueron cortando en escalones a lo largo de siglos, levantando terrazas sostenidas por muros de piedra seca (sin argamasa, encajando piedra sobre piedra). Se calcula que las Cinque Terre acumulan del orden de 6.700 a 7.000 kilómetros de estos muros: una longitud comparable a la de la Gran Muralla China, construida con las manos y sin más plano que la experiencia.

Sobre esas terrazas —los 'ciàn' o 'fasce' en el dialecto local— se plantaron viñas y olivos. Es lo que hoy se llama 'viticultura heroica': trabajar la vid en pendientes de más del 45%, sin maquinaria posible, subiendo y bajando a pie o, más tarde, con pequeños monorraíles mecánicos que trepan por las laderas. De ese esfuerzo salieron los vinos blancos de la zona (con las uvas Bosco, Albarola y Vermentino) y, sobre todo, el sciacchetrà, un vino dulce de pasas: los mejores racimos se secaban al aire durante semanas para concentrar el azúcar, en un proceso lento que lo convirtió en un producto de lujo desde la Antigüedad. El paisaje que la Unesco declaró Patrimonio de la Humanidad no es 'naturaleza virgen', sino todo lo contrario: un ejemplo excepcional de interacción armónica entre el hombre y un entorno hostil, mantenido durante más de mil años.

https://en.wikipedia.org/wiki/Cinque_Terrehttps://whc.unesco.org/en/list/826/https://cinqueterreriviera.com/sciacchetra-wine-cinque-terre

Del medioevo a Génova: aldeas, castillos y piratas

Los cinco pueblos aparecen en la documentación a partir del siglo XI, aunque la zona estuvo poblada mucho antes por comunidades ligures y romanas dedicadas a la pesca y a un incipiente cultivo de la vid. Según la tradición, los primeros núcleos estables fueron Monterosso y Vernazza, fundados por gente que bajó de los caseríos del interior buscando el mar y tierra para cultivar. Con el tiempo se sumaron Corniglia, Manarola y Riomaggiore, hasta formar el conjunto de 'cinco tierras' que da nombre al lugar.

Durante la Edad Media, las Cinque Terre cayeron bajo la órbita de señores feudales locales y, finalmente, de la poderosa República de Génova, que dominó toda la Riviera. Vernazza tuvo un papel destacado como fondeadero y aportó barcos y marineros a la flota genovesa. Génova aprovechó los puertos naturales de la costa y fortificó los pueblos: de esa época quedan el castillo Doria de Vernazza, con su torre cilíndrica, y los restos de recintos amurallados y torres de vigilancia en los demás pueblos. Las iglesias góticas que todavía se ven —Santa Margherita d'Antiochia en Vernazza, San Lorenzo en Manarola (de 1160), San Pietro en Corniglia— datan de estos siglos de esplendor medieval.

El mar traía comercio, pero también peligro. Entre los siglos XV y XVII, las incursiones de piratas berberiscos y de la flota otomana asolaron una y otra vez las costas de Liguria: saqueaban los pueblos y se llevaban cautivos para venderlos como esclavos. Para defenderse, los habitantes reforzaron las murallas y levantaron nuevas torres de avistamiento desde las que se daba la alarma. Ese temor constante explica en parte por qué muchos núcleos crecieron apretados y en altura, con casas-torre pegadas unas a otras, y por qué Corniglia se mantuvo prudentemente encaramada en lo alto de su promontorio, lejos del alcance de los barcos.

https://en.wikipedia.org/wiki/Cinque_Terrehttps://www.cinqueterre.it/en/the-cinque-terre/storia/

El fin del aislamiento: el ferrocarril de 1874

Durante casi toda su historia, las Cinque Terre fueron un mundo aparte, de una incomunicación difícil de imaginar hoy. No había carreteras que unieran los pueblos entre sí ni con el resto de Liguria: se llegaba por mar, en barca, o por estrechas sendas de piedra que trepaban y bajaban por los acantilados, las mismas que hoy son senderos turísticos. Cada pueblo era casi una isla, con su dialecto, sus santos y su economía de subsistencia basada en el vino, el aceite, el pescado y algo de trueque. Esa dureza forjó comunidades cerradas y tenaces, pero también condenó a la región a una pobreza persistente entre los siglos XVII y XIX.

Todo cambió con el ferrocarril. En el marco de la construcción de la línea que debía unir Génova con La Spezia y el resto de Italia —y del desarrollo del gran arsenal militar de La Spezia—, en 1874 se inauguró el tramo ferroviario que atraviesa las Cinque Terre a fuerza de túneles excavados en la roca. Por primera vez, los pueblos quedaban conectados entre sí y con el exterior en cuestión de minutos. El impacto fue enorme y ambivalente: por un lado, abrió oportunidades de trabajo en La Spezia y Génova y sacó a la región de su encierro; por otro, empezó a vaciar los pueblos, porque muchos jóvenes prefirieron el empleo asalariado en la ciudad al durísimo trabajo de las terrazas.

Fue también junto a las obras del ferrocarril donde nació, entre Riomaggiore y Manarola, el sendero tallado en la roca que más tarde se llamaría Via dell'Amore: un atajo que, según la memoria local, se convirtió en punto de encuentro de las parejas jóvenes de los dos pueblos, antes separados por la montaña. El tren, que había roto el aislamiento, terminaría siendo con los años la columna vertebral del turismo: la misma línea de 1874 es hoy la del Cinque Terre Express que traslada a los visitantes de pueblo en pueblo.

https://en.wikipedia.org/wiki/Cinque_Terrehttps://www.cinqueterre.it/en/the-cinque-terre/storia/

Del abandono al Patrimonio de la Humanidad

El siglo XX fue, para las Cinque Terre, un lento drama rural. La Segunda Guerra Mundial dejó daños y penurias, y la posguerra trajo la gran sangría demográfica: la industrialización del norte de Italia ofrecía empleos más cómodos y mejor pagados que arañar uvas en una ladera vertical, y el éxodo hacia las ciudades se aceleró. Las terrazas empezaron a abandonarse en masa. Si en los años sesenta todavía había alrededor de 1.600 hectáreas de viñedo, en las décadas siguientes se abandonó cerca del 90% de esa superficie. Los muros de piedra seca, sin nadie que los reparara, comenzaron a desmoronarse, y con ellos aumentó el riesgo de deslizamientos, porque esas paredes también sostienen la ladera y ordenan el desagüe del agua de lluvia.

Paradójicamente, el mismo abandono que amenazaba el paisaje fue frenado por aquello que también lo ponía en riesgo: el turismo. Desde los años setenta, el goteo de visitantes atraídos por la belleza de los pueblos se transformó en una corriente creciente. El reconocimiento internacional llegó en 1997, cuando la Unesco inscribió Portovenere, las Cinque Terre y las islas del golfo en la lista de Patrimonio Mundial, valorando el paisaje cultural moldeado durante más de un milenio. Dos años después, en 1999, el Estado italiano creó el Parque Nacional de las Cinque Terre para proteger el equilibrio ecológico, el paisaje y los valores antropológicos de la zona; es uno de los parques nacionales más pequeños y a la vez más densamente habitados de Italia. A comienzos de los 2000, sin embargo, el World Monuments Fund incluyó el sitio en su lista de lugares en peligro justamente por el deterioro de las terrazas: la advertencia de que, sin manos que reconstruyan los muros, el paisaje que atrae al turismo puede venirse abajo, en sentido literal.

https://en.wikipedia.org/wiki/Cinque_Terre_National_Parkhttps://whc.unesco.org/en/list/826/https://en.wikipedia.org/wiki/Cinque_Terre

La catástrofe de 2011, el overtourism y el presente

El 25 de octubre de 2011, la fragilidad del paisaje se cobró su precio más alto. Una tormenta descargó una cantidad de lluvia extraordinaria en pocas horas sobre las laderas de las Cinque Terre y la vecina Lunigiana. El agua, sin las antiguas terrazas y muros que la contuvieran y ordenaran, bajó en avalancha arrastrando barro, piedras y árboles. Vernazza y Monterosso fueron los pueblos más golpeados: torrentes de lodo sepultaron sus calles principales bajo metros de fango, destruyeron casas y comercios y dejaron a las comunidades incomunicadas. La riada causó nueve muertos en la región. Las imágenes de Vernazza enterrada bajo el barro dieron la vuelta al mundo.

La reconstrucción fue larga y costosa, apoyada en fondos públicos y en una notable ola de solidaridad internacional. Los pueblos se rehicieron y volvieron a abrir, y la catástrofe dejó una lección incómoda: cuidar los muros de piedra seca y las terrazas no es solo una cuestión estética o de patrimonio, sino de seguridad, porque son la defensa del territorio frente al agua. Desde entonces se impulsaron proyectos para recuperar terrazas abandonadas y consolidar laderas, aunque el problema de fondo persiste. Los mismos deslizamientos que provocan las lluvias intensas son los que, cada tanto, cierran tramos del Sentiero Azzurro: la propia Via dell'Amore estuvo clausurada más de una década tras un desprendimiento en 2012 y volvió a abrir recién en 2024.

El otro gran desafío del presente tiene el signo contrario: no la falta de gente, sino el exceso. Convertidas en uno de los destinos más deseados de Italia, las Cinque Terre reciben cada año varios millones de visitantes que se concentran en pueblos diminutos y peatonales, sobre todo en verano. El 'overtourism' saturó trenes, senderos y callecitas, y obligó a las autoridades a tomar medidas: la Cinque Terre Card, los cupos y reservas para ciertos senderos, el control de flujos en la Via dell'Amore. El equilibrio es delicado —el turismo salva el paisaje del abandono, pero también lo presiona hasta el límite— y define el debate actual sobre cómo preservar estos cinco pueblos que, durante mil años, la gente construyó piedra a piedra sobre el acantilado.

https://en.wikipedia.org/wiki/Cinque_Terrehttps://www.ansa.it/liguria/notizie/2026/04/03/dopo-smottamehttps://www.viadellamore.info/en

📚 Bibliografía

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