Antes de ser un lujo, Capri fue un misterio griego. Habitada ya en la prehistoria, la isla aparece envuelta en leyenda: la tradición la vincula a los Teleboi, un pueblo de las costas de Acarnania y de las islas jónicas que, según Virgilio en la Eneida, se habría asentado en Capri guiado por el mítico rey Telón. Lo cierto es que, en época histórica, la isla tenía población y costumbres griegas —dependía de la vecina Nápoles, que también era una colonia griega—, y hasta el nombre 'Capri' se ha querido derivar tanto del griego 'kapros' (jabalí) como del latín 'capreae' (cabras).
El giro decisivo llegó con Roma y con un hombre concreto: Cayo Octavio, el futuro emperador Augusto. Según cuenta Suetonio, Augusto quedó tan prendado de Capri que, hacia el año 29 a.C., de regreso de Oriente, se la 'compró' a la ciudad de Nápoles cediéndole a cambio la mucho mayor y más rica isla de Ischia. Fue un trueque desigual en tamaño pero no en encanto: Augusto convirtió Capri en su retiro personal, un lugar de descanso lejos de las obligaciones de Roma.
El propio emperador, siempre según las fuentes antiguas, la bautizó con cariño como 'Apragopolis', que puede traducirse como 'la ciudad del dulce no hacer nada', del ocio sereno. Mandó construir villas, embellecer la isla y hasta coleccionó allí huesos de animales prehistóricos —los llamados 'huesos de gigantes'— en lo que se considera uno de los primeros gabinetes paleontológicos de la historia. Con Augusto, Capri entraba para siempre en el imaginario del placer y el reposo imperial.
Si Augusto puso a Capri en el mapa, su sucesor la ató para siempre a la historia. Tiberio, segundo emperador de Roma, tomó una decisión insólita: en el año 27 d.C. se retiró a Capri y ya no volvió a Roma. Desde la isla, durante los últimos diez años de su vida —hasta su muerte en el 37 d.C.—, gobernó el Imperio Romano entero, un imperio que se extendía desde Britania hasta el Éufrates. Nunca antes ni después el poder del mundo mediterráneo se había ejercido desde un lugar tan pequeño y apartado.
Las razones del retiro fueron, sobre todo, políticas y personales: Tiberio era un hombre reservado y desconfiado, harto de las intrigas de la corte romana y obsesionado con el temor a ser asesinado. Capri, rodeada de mar y de acantilados, prácticamente inexpugnable, le ofrecía seguridad y aislamiento. Desde allí, a través de correos y de señales, mantenía el control del Estado, mientras en Roma su temible prefecto Sejano concentraba un poder peligroso hasta que el propio Tiberio ordenó su caída en el 31.
El emperador llenó la isla de residencias: Tácito menciona doce villas repartidas por Capri, dedicadas quizá a los dioses o a distintos usos. La mayor y más importante fue la Villa Jovis, la 'Villa de Júpiter', un enorme complejo de casi 7.000 metros cuadrados encaramado en el extremo nordeste, asomado a un precipicio de más de 300 metros sobre el mar, con cisternas monumentales, aposentos imperiales y salas de recepción. Sus ruinas, todavía impresionantes, se visitan hoy tras una caminata desde la Piazzetta, y siguen siendo el testimonio más elocuente de aquellos años en que Capri fue, literalmente, la capital del mundo.
De aquellos diez años nació una de las leyendas negras más famosas de la Antigüedad. Los historiadores romanos Suetonio, en su obra 'Vida de los doce Césares', y Tácito, en sus 'Anales', pintaron los años caprenses de Tiberio como un descenso a la depravación: describieron orgías, crueldades y perversiones de todo tipo en las villas de la isla, presentando al emperador como un anciano monstruoso entregado a los peores excesos. A esa leyenda pertenece el 'Salto de Tiberio', el acantilado junto a la Villa Jovis desde el que, según el relato, se arrojaba al mar a los enemigos y a los sirvientes que caían en desgracia.
Conviene, sin embargo, separar el hecho histórico del mito. La mayoría de los historiadores modernos considera estos relatos profundamente exagerados y, en buena parte, propaganda hostil. Ni Suetonio ni Tácito fueron testigos de nada: escribieron décadas después, en un clima político que despreciaba la memoria de Tiberio, y recogieron rumores, chismes de corte y anécdotas destinadas a difamar a un emperador impopular, sombrío y poco querido por la aristocracia. El Tiberio real fue un gobernante competente y austero, un administrador cuidadoso de las finanzas del Estado, más que el degenerado de las crónicas.
Esto no significa que fuera un hombre amable: era duro, receloso y capaz de crueldad política, y su reinado tuvo procesos y ejecuciones. Pero la Capri de las orgías es, sobre todo, literatura. Distinguir entre el emperador histórico —el que gobernó eficazmente desde una isla— y el personaje siniestro de la leyenda es parte del interés de visitar hoy la Villa Jovis: se pisa un lugar real cargado de un mito que la historiografía moderna se ha encargado de desmontar.
Tras la muerte de Tiberio, Capri perdió su papel imperial y entró en un largo declive. Con la caída del Imperio Romano de Occidente, la isla siguió la suerte del sur de Italia: pasó por manos bizantinas, quedó bajo la órbita del ducado de Nápoles y de la abadía de Montecassino, y sufrió los vaivenes de normandos, suevos, angevinos y aragoneses que se disputaron el reino.
Durante toda la Edad Media y buena parte de la Edad Moderna, la principal preocupación de los caprenses no fue la política sino la supervivencia. Las costas del Tirreno estaban asoladas por las incursiones de los piratas sarracenos y berberiscos del norte de África. Capri, expuesta y difícil de defender, fue atacada y saqueada varias veces; corsarios tristemente célebres como Barbarroja y Dragut asaltaron la isla en el siglo XVI. Para protegerse, la población se refugió tierra adentro, lejos de las marinas, y se levantaron torres de vigilancia y fortificaciones, algunas todavía visibles.
La vida se hizo humilde y campesina: viñedos, olivos, pesca y poco más. La antigua isla imperial quedó reducida a un rincón pobre y olvidado del reino de Nápoles, con dos pequeños municipios —Capri y Anacapri— comunicados por una escalera tallada en la roca, la 'Scala Fenicia'. Durante las guerras napoleónicas, a comienzos del siglo XIX, Capri llegó a cambiar de manos entre británicos y franceses, que reconocieron su valor estratégico. Pero, en general, fueron siglos de silencio. Nadie imaginaba que aquella roca olvidada estaba a punto de volver a deslumbrar al mundo.
El renacimiento de Capri tiene una fecha y un lugar precisos: 1826, la Gruta Azul. Aquel año, el pintor y escritor alemán August Kopisch, junto a su amigo el artista Ernst Fries y con la ayuda de un pescador local, entró en una cueva marina que los caprenses conocían y hasta temían, y quedó deslumbrado por el prodigio de luz azul que la llenaba. Kopisch publicó años después, en 1838, un relato de aquel 'descubrimiento' que corrió por toda Europa y encendió la imaginación de los románticos, sobre todo en Alemania. La isla olvidada se convirtió, de la noche a la mañana, en un destino soñado.
A partir de entonces, Capri se llenó de artistas, escritores, músicos y excéntricos de toda condición, atraídos por su belleza, su luz y su ambiente libre y tolerante. Uno de los personajes más singulares fue el médico y escritor sueco Axel Munthe, que a finales del siglo XIX construyó en Anacapri, sobre ruinas romanas, la Villa San Michele, un sueño de columnas, jardines y esculturas antiguas que inmortalizó en su libro 'La historia de San Michele', uno de los grandes éxitos editoriales del siglo XX.
Otros dejaron huella y escándalo. El industrial alemán del acero Friedrich Alfred Krupp, uno de los hombres más ricos de Europa, se enamoró de la isla, financió excavaciones y obras —entre ellas el célebre camino en zigzag de la Via Krupp— pero abandonó Capri en medio de un escándalo por acusaciones sobre su vida privada. Y en el terreno político, la isla acogió a exiliados ilustres: el escritor ruso Máximo Gorki vivió en Capri varios años y allí recibió, en 1908, la visita de Vladímir Lenin, que veraneó en la isla y hasta jugó al ajedrez con Gorki en una fotografía hoy famosa. Capri se había vuelto un cruce de caminos de la cultura europea.
El siglo XX consagró a Capri como uno de los grandes símbolos del glamour mundial. Tras la Segunda Guerra Mundial, y sobre todo en los años cincuenta y sesenta, la isla se convirtió en el destino de moda de la alta sociedad internacional, las estrellas de cine y la aristocracia europea. Se dice, precisamente, que en Capri nació el concepto mismo de 'jet set': aquella élite que viajaba en avión de un punto glamoroso del planeta a otro tenía en la isla una de sus paradas obligadas.
La Piazzetta, ese diminuto rectángulo con cuatro cafés, se transformó en 'el salón del mundo', el escenario donde se veían y se dejaban ver actrices, magnates, diseñadores y músicos. La moda le debe iconos: los 'pantaloni capri' (los pantalones capri, tres cuartos) tomaron su nombre de la isla, y las sandalias hechas a mano de Capri se volvieron un objeto de deseo. El cine, la fotografía de moda y la prensa del corazón difundieron por todo el mundo la imagen de una isla de lujo, sol y libertad.
Hoy Capri sigue siendo uno de los destinos más elegantes y caros de Italia, y esa misma fama es su mayor desafío. En verano, la isla se ve desbordada por miles de excursionistas que llegan cada mañana en ferry, saturan la Piazzetta y la Gruta Azul, y vuelven a marcharse al atardecer; los precios se disparan y el equilibrio entre el turismo y la vida local se tensa. Y sin embargo, cuando cae la tarde y los barcos se llevan a la multitud, cuando la luz dora los Faraglioni y la Piazzetta se vacía, Capri recupera intacta la magia que enamoró a Augusto, a Tiberio, a los románticos y al jet set: la de una roca luminosa en medio del mar que, desde hace dos mil años, sigue pareciendo un lugar demasiado hermoso para ser verdad.