Los Westfjords fueron una de las primeras zonas de Islandia en poblarse. A fines del siglo IX y comienzos del X, colonos noruegos y celtas de las islas Británicas remontaron estos fiordos profundos buscando tierra y, sobre todo, las aguas más ricas en pesca del país. Fue una colonización dura: valles estrechos entre montañas de cima plana, inviernos larguísimos y un mar generoso pero mortal. De aquella época arranca uno de los relatos más intensos de la literatura medieval islandesa, ambientado precisamente en estos fiordos: la 'Saga de Gísli Súrsson' (Gísla saga Súrssonar).
Gísli fue un héroe trágico del siglo X, en la zona del Dýrafjörður. La saga cuenta una espiral de honor, venganza y lealtades rotas: tras vengar la muerte de un cuñado, Gísli es declarado proscrito (skógarmaður, 'hombre del bosque', es decir, fuera de la ley y sin protección). Durante trece años sobrevive huyendo por los Westfjords, escondido en cuevas y ayudado por su fiel esposa Auður, hasta que finalmente sus perseguidores lo acorralan y cae luchando. La saga, compuesta en el siglo XIII, es célebre por sus sueños proféticos y por retratar el conflicto entre el deber de venganza y los lazos de sangre. Todavía hoy se pueden recorrer los lugares del Dýrafjörður asociados a su historia.
Estas sagas no son crónicas exactas, pero fijaron la identidad de los Westfjords como una tierra de gente recia, aislada y curtida por la naturaleza, un carácter que marcaría su historia durante los siglos siguientes.
En el otoño de 1615 ocurrió en los Westfjords uno de los episodios más oscuros de la historia de Islandia. Ese verano, tres barcos balleneros vascos (procedentes del País Vasco español) habían faenado en la región, en un tiempo en que los vascos eran pioneros de la caza de ballenas en el Atlántico Norte. En septiembre, una tormenta destrozó sus barcos en el Reykjarfjörður: unos ochenta hombres quedaron náufragos en tierra, sin medios para volver a casa y enfrentados a un invierno islandés.
La convivencia con la población local se deterioró —hubo acusaciones de robos y saqueos por parte de algunos náufragos hambrientos— y la situación derivó en tragedia. El sheriff de la comarca, Ari Magnússon de Ögur, reunió a hombres armados y, amparándose en una interpretación del antiguo código legal islandés de 1281, dictó sentencia de muerte contra los vascos, a los que declaró forajidos a los que era lícito matar. En dos episodios de octubre de 1615 y enero de 1616, unos treinta y dos balleneros vascos fueron asesinados. Otro grupo logró escapar en un barco robado. El suceso quedó registrado en la 'Crónica verídica' (Sönn frásaga) que escribió el erudito Jón Guðmundsson, testigo de los hechos, que condenó la matanza.
Lo más asombroso es la larga cola legal del episodio: la orden que declaraba forajidos a los vascos en aquella comarca nunca fue formalmente revocada. Recién el 22 de abril de 2015, cuatro siglos después, el comisario del distrito de los Westfjords derogó oficialmente el decreto y se levantó en Hólmavík una estela en memoria de las víctimas, en un acto de reconciliación con la presencia de un descendiente de uno de los balleneros y de un descendiente de uno de los perpetradores. Es un hecho real, y conviene contarlo con sobriedad: fue la última matanza documentada de la historia islandesa.
En el siglo XVII, mientras buena parte de Europa quemaba brujas, los Westfjords —y especialmente la remota comarca de Strandir, en la costa este— vivieron su propia caza de hechiceros, con una particularidad que la distingue de casi todo el continente: en Islandia, la inmensa mayoría de los acusados y ejecutados por brujería fueron hombres, no mujeres. De la veintena de personas quemadas por hechicería en toda Islandia en ese siglo, casi todas eran varones, y varias murieron en las hogueras de Strandir entre las décadas de 1650 y 1680.
La magia islandesa de la que se los acusaba no era el aquelarre europeo, sino una tradición popular propia, ligada a la palabra escrita y a los libros: los galdrar (hechizos) se hacían con 'runas mágicas' (galdrastafir), fórmulas rúnicas y símbolos garabateados en piel o madera para atraer la suerte, el amor, la pesca o el mal contra un enemigo. El folclore recogió rituales macabros como los nábrókarbuxur, unos 'calzones de muerto' hechos supuestamente con la piel de un cadáver para atraer riqueza. En una sociedad pobre, alfabetizada y muy religiosa tras la Reforma luterana, poseer uno de esos símbolos o un 'libro negro' podía bastar para terminar en la hoguera.
Esa historia se cuenta hoy en el excelente Museo de la Hechicería y la Brujería de Hólmavík, en Strandir, que trata el tema con rigor histórico y sin sensacionalismo. Es un capítulo que, junto con la matanza de los vascos, revela la cara más dura y supersticiosa de la vida en estos fiordos aislados, donde el miedo, la pobreza y el celo religioso podían volverse mortales.
Durante siglos, la vida en los Westfjords se sostuvo sobre la pesca y una agricultura de subsistencia en condiciones extremas. Pero el siglo XX, con la modernización de Islandia, golpeó especialmente fuerte a esta región remota. La mecanización de la pesca, la concentración de la actividad en unos pocos puertos grandes, la falta de caminos y la dureza del clima empujaron a la gente a emigrar hacia Reikiavik y las ciudades. Los fiordos más aislados, sin carreteras ni electricidad, se volvieron insostenibles.
El caso más emblemático es el de Hornstrandir, la península más septentrional de los Westfjords. Sus habitantes, que durante generaciones habían vivido de la pesca, la caza de aves y la recolección de plumón de eider, la fueron abandonando hasta el vaciamiento total: los últimos pobladores de Hesteyri y las bahías del norte se marcharon en 1952, y en los años siguientes se despoblaron Grunnavík (1962) y Aðalvík (hacia 1963). Con las casas cerradas y los campos en silencio, la naturaleza recuperó el territorio. En 1975, Hornstrandir fue declarada reserva natural protegida, y hoy es una de las últimas grandes áreas salvajes de Europa, sin caminos ni residentes, reino del zorro ártico y de enormes colonias de aves. Sus caseríos abandonados, con las tumbas y los cimientos entre la hierba, son un testimonio conmovedor de un modo de vida que desapareció en apenas una generación.
Ese vaciamiento marcó el carácter actual de los Westfjords: una región enorme con muy poca población (unos 7.000 habitantes en total), donde el paisaje domina y la huella humana es tenue. Es, en buena medida, lo que la hace tan especial para el viajero de hoy.
El año 1995 quedó grabado a fuego en la memoria de los Westfjords y de toda Islandia por dos catástrofes naturales. La madrugada del 16 de enero de 1995, una gran avalancha de nieve se desprendió sobre el pueblo pesquero de Súðavík, sepultando casas mientras la gente dormía: murieron 14 personas, entre ellas ocho niños. Pocos meses después, el 26 de octubre de 1995, otra avalancha arrasó parte del pueblo de Flateyri, en el Önundarfjörður, y causó 20 muertos. Fueron los peores desastres naturales de la Islandia moderna, y golpearon a una nación pequeña donde todos parecían conocer a alguna víctima.
El impacto fue tan profundo que cambió para siempre la política de prevención del país. El Estado islandés emprendió un enorme programa de defensas contra aludes: se construyeron muros y diques de contención sobre los pueblos en riesgo (el gran muro con forma de 'A' sobre Flateyri es hoy visible desde lejos), se reubicaron viviendas fuera de las zonas peligrosas y se reforzaron los sistemas de alerta y evacuación. Súðavík, de hecho, reconstruyó su parte residencial en un sector más seguro del fiordo. Estos episodios se recuerdan con sobriedad en los memoriales de ambos pueblos, y siguen presentes en la relación de los Westfjords con su naturaleza magnífica pero peligrosa.
En las últimas décadas, la región ha librado además una batalla por su futuro. El proyecto hidroeléctrico de Hvalárvirkjun, que preveía represar los ríos de la salvaje comarca de Strandir (en torno al Ófeigsfjörður y sus cascadas), enfrentó a quienes veían en él una oportunidad de energía y empleo con quienes defendían que se trata de una de las últimas grandes áreas vírgenes de Europa. La disputa, que reabrió en Islandia el viejo debate sobre el valor de la naturaleza no tocada, terminó con el proyecto congelado. Hoy los Westfjords apuestan cada vez más por un turismo respetuoso como salida económica, tratando de conservar justamente aquello que los hace únicos: su carácter remoto, salvaje y todavía casi intacto.