Seyðisfjörður es, en su origen, un pueblo casi noruego plantado en el fondo de un fiordo islandés. Aunque la zona estuvo habitada desde la época de la colonización vikinga —la tradición atribuye el primer asentamiento del fiordo a un colono llamado Bjólfur, y las excavaciones de fines de los años 90 sacaron a la luz las ruinas de una iglesia de madera del siglo XI—, el pueblo tal como lo conocemos nació mucho después, a mediados del siglo XIX, y lo hizo mirando al mar y a Noruega.
Hacia 1848 empezaron a llegar comerciantes y pescadores, y a partir de la década de 1870 el fiordo se convirtió en uno de los grandes centros de la pesca del arenque, 'la plata del mar'. Fueron sobre todo empresarios noruegos quienes vieron el potencial de estos cardúmenes plateados y montaron aquí estaciones de pesca, plantas de salazón y casas comerciales. Con ellos llegó algo insólito para Islandia: casas de madera prefabricadas, encargadas y armadas en Noruega y traídas por barco pieza por pieza, que se montaban al pie del fiordo como si fueran un catálogo de arquitectura nórdica. Pintadas de colores y adornadas con detalles de carpintería, esas viviendas de mercaderes y capitanes son las que todavía hoy le dan a Seyðisfjörður su fisonomía única, tan distinta a la del resto de un país donde la madera siempre fue un lujo escaso.
El fiordo —hondo, estrecho y bien protegido— era un puerto natural excelente, capaz de recibir barcos grandes, y eso lo convirtió en uno de los pueblos más prósperos y cosmopolitas de la Islandia de fines del siglo XIX. Por sus muelles pasaban el pescado, el comercio y las novedades del mundo. Esa prosperidad temprana explica por qué un lugar tan pequeño y remoto llegó a ser, durante décadas, una punta de lanza de la modernización del país.
El hecho histórico que más marcó a Seyðisfjörður —y que le dio un lugar en la historia de toda Islandia— ocurrió en 1906. Ese año, el pueblo se convirtió en el punto donde tocó tierra el primer cable telegráfico submarino que conectó a Islandia con el resto del mundo. El cable venía desde Europa, a través de las Islas Feroe y con conexión hacia Escocia y Dinamarca, y su llegada al fiordo del este significó el fin del aislamiento comunicacional de la isla.
Hasta entonces, las noticias entre Islandia y el continente viajaban por barco y podían tardar semanas. Con el cable telegráfico, un mensaje que antes demoraba días o semanas pasó a transmitirse en cuestión de minutos. El impacto fue enorme para un país que peleaba por su autonomía frente a Dinamarca y necesitaba estar comunicado con Copenhague y con los mercados. Seyðisfjörður se transformó así en la 'puerta' por la que Islandia se enchufaba al mundo, y en un centro neurálgico de las comunicaciones nacionales.
Ese papel pionero se extendió a otras tecnologías. El pueblo estuvo a la vanguardia del telégrafo y el teléfono, y en 1913 puso en marcha la primera central hidroeléctrica de alta tensión de Islandia con red de distribución, que llevó luz eléctrica a las calles y las casas cuando en gran parte del país todavía se alumbraban con lámparas de aceite. Buena parte de esa memoria técnica se conserva hoy en el Museo Técnico e Industrial del Este de Islandia (Tækniminjasafn Austurlands), fundado en 1984, que cuenta cómo este pueblito del fiordo fue durante décadas uno de los lugares más avanzados y conectados de toda la isla.
Durante la Segunda Guerra Mundial, la posición estratégica de Seyðisfjörður volvió a pesar. Tras la ocupación de Islandia por tropas británicas en 1940 (y más tarde estadounidenses), el pueblo, con su fiordo profundo y resguardado, se convirtió en una base naval aliada importante en el Atlántico Norte, punto de reunión de convoyes y de abastecimiento de combustible para los barcos que cruzaban esas aguas peligrosas.
Esa importancia militar lo puso en la mira del enemigo. El 10 de febrero de 1944, aviones alemanes de la Luftwaffe, con base en la Noruega ocupada, atacaron el fiordo. Su objetivo fue el El Grillo (que en italiano significa 'el grillo'), un petrolero británico de abastecimiento que estaba fondeado en la bahía. Tras recibir varios impactos y quedar seriamente dañado, la tripulación decidió hundir deliberadamente el barco para evitar que se perdiera por completo o cayera en manos enemigas. El El Grillo se fue al fondo del fiordo, donde todavía descansa a unos 40 metros de profundidad.
Con el tiempo, aquel pecio de guerra se transformó en un atractivo pacífico: hoy el El Grillo es uno de los sitios de buceo de pecios más famosos de Islandia, visitado por buzos con certificación técnica que descienden a explorar su casco cubierto de vida marina. Es un testimonio silencioso, bajo el agua, de los años en que la guerra llegó hasta este remoto fiordo del este. Incluso una popular cerveza islandesa lleva su nombre, en homenaje a la historia. La huella de la guerra se cuenta también en tierra, en las historias y objetos que conserva el pueblo.
En la segunda mitad del siglo XX, con la crisis del arenque y los cambios de la industria pesquera, muchos pueblos del este de Islandia perdieron población y buscaron nuevos rumbos. Seyðisfjörður encontró el suyo en un lugar inesperado: el arte. Sus casas de madera de colores, su paisaje de fiordo y su atmósfera recogida empezaron a atraer a creadores de todo tipo.
Una figura clave fue el célebre artista suizo-alemán Dieter Roth, uno de los grandes nombres del arte del siglo XX, que pasó temporadas en la zona y en 1996 impulsó allí la creación de un colectivo de arte visual. Sobre esa semilla creció el festival LungA, un festival internacional de arte joven que desde el año 2000 se celebra cada verano y llena el pueblo de talleres, música, performances y color durante una semana. En 2013 el proyecto dio un paso más con la fundación de la escuela LungA (LungA School), la primera 'folk high school' de arte de Islandia, donde estudiantes de todo el mundo pasan temporadas dedicados de lleno a la creatividad.
Hoy Seyðisfjörður es, pese a sus escasos 700 habitantes, uno de los polos culturales más vibrantes del país: galerías, talleres de artistas, cafés con obra en las paredes y una vida bohemia que convive con la del pueblo pesquero. La calle arcoíris que lleva a la iglesia azul, pintada por los propios vecinos, y la escultura sonora Tvísöngur del artista alemán Lukas Kühne en la ladera de la montaña son símbolos de esa identidad creativa. El arte no es aquí un decorado para turistas, sino una forma de vida que reinventó al pueblo.
La historia reciente de Seyðisfjörður tiene un capítulo dramático y muy real que conviene conocer. En diciembre de 2020, tras varios días de lluvias excepcionalmente intensas que empaparon las laderas sobre el pueblo, la montaña cedió. El 18 de diciembre, una serie de deslizamientos de barro se precipitó sobre la zona habitada en lo que se convirtió en el mayor alud de barro que haya golpeado a una localidad de Islandia. La corriente de lodo arrasó con casas históricas y arrastró edificios enteros hacia el fiordo.
El balance material fue devastador: unas 39 casas resultaron dañadas, doce de ellas destruidas por completo, con pérdidas superiores a los mil millones de coronas islandesas. El Museo Técnico e Industrial fue uno de los más golpeados, perdiendo edificios y parte de su colección. Pero hubo un dato decisivo y afortunado: gracias a que las autoridades habían evacuado la zona de riesgo a tiempo, al advertir el peligro, no hubo ninguna víctima mortal. En un desastre de esa magnitud, que nadie muriera fue casi un milagro atribuible a la prevención.
Después vino la reconstrucción. Se levantaron defensas y barreras de contención contra futuros aludes en la ladera, se repararon o reemplazaron viviendas y, a partir de octubre de 2021, los vecinos evacuados pudieron regresar a sus hogares. Seyðisfjörður se recuperó y siguió siendo lo que era: uno de los pueblos más bellos y creativos de Islandia. Hoy recibe a los viajeros que llegan por el paso de montaña o en el ferry Norröna con su calle arcoíris, sus casas de madera de colores y su iglesia azul, pero también con la memoria fresca de aquel diciembre en que la montaña bajó sobre el pueblo y este supo, una vez más, reinventarse y volver a levantarse.