Sobre la península de Snæfellsnes, con su glaciar-volcán asomando al mar como un centinela blanco, la imaginación islandesa colocó desde el principio a un guardián sobrenatural. La 'Saga de Bárðr Snæfellsáss' (Bárðar saga Snæfellsáss), compuesta hacia el siglo XIV pero ambientada en la época de la colonización, cuenta la historia de Bárður, un ser mitad humano y mitad trol, hijo de un gigante y una humana, que llegó de Noruega y se estableció en Snæfellsnes fundando granjas como Laugarbrekka. Tras una tragedia familiar, Bárður renunció al mundo de los hombres, se internó en el glaciar Snæfellsjökull y se convirtió en su espíritu guardián: el 'áss' (semidiós) de la montaña de nieve, protector de la gente de la comarca. Todavía hoy una enorme escultura de piedra en Arnarstapi representa a este gigante mitológico.
Snæfellsnes es, junto a los Westfjords y el valle de Borgarfjörður, uno de los grandes escenarios de la literatura medieval islandesa. La 'Saga de Eyrbyggja' (Eyrbyggja saga), del siglo XIII, retrata con detalle las luchas de poder, las venganzas y las alianzas de las primeras familias colonas de la zona norte de la península, alrededor de Helgafell ('la montaña sagrada'), una colina que los primeros pobladores paganos consideraban santa. Esa misma Helgafell aparece siglos después ligada a Guðrún Ósvífursdóttir, la célebre heroína de la 'Saga de la gente del valle del salmón' (Laxdæla saga), que terminó sus días como ermitaña allí. Las sagas no son crónicas exactas —mezclan tradición oral, memoria e invención literaria—, pero fijaron para siempre el vínculo entre este paisaje y los relatos que forjaron la identidad islandesa.
Durante siglos, la vida en Snæfellsnes giró en torno al mar, y más concretamente al bacalao. Las aguas frías del Atlántico Norte, ricas en pesca, convirtieron a la península en uno de los grandes centros pesqueros de Islandia mucho antes de que existiera el turismo. El caso más asombroso es el de Dritvík, una caleta hoy desierta y silenciosa en la punta occidental, junto a la playa de Djúpalónssandur. Entre mediados del siglo XVI y mediados del XIX, Dritvík fue la mayor estación pesquera estacional de todo el país: cada primavera y verano llegaban decenas de botes de remo —se habla de cuarenta a sesenta— y hasta seiscientos hombres que acampaban allí para faenar en aguas abiertas, en condiciones durísimas.
De aquella época sobreviven las cuatro 'piedras de levantamiento' (aflraunasteinar) que todavía se ven en Djúpalónssandur. Servían como prueba de fuerza para los aspirantes a remero: quien no lograba alzar al menos la Hálfdrættingur (54 kg) hasta una repisa a la altura de la cadera no era considerado apto para el trabajo en el bote. Las otras tres —Amlóði ('inútil', 23 kg), Hálfsterkur ('medio fuerte', 100 kg) y Fullsterkur ('fuerte del todo', unos 154 kg)— completaban esta escala tan islandesa de la hombría marinera. La pesca a remo era peligrosa y muchos no volvían: los restos oxidados del pesquero británico Epine, naufragado en 1948 sobre esa misma playa, recuerdan que el mar nunca dejó de cobrar vidas.
La pesca sostuvo a una constelación de pequeños pueblos que aún hoy salpican la costa: Ólafsvík, uno de los puestos comerciales más antiguos de Islandia; Grundarfjörður, Hellissandur, Rif y Arnarstapi. Eran comunidades pobres y aisladas, expuestas al clima brutal, que vivían del pescado seco (stockfish), el aceite de hígado y la lana. Aún hoy varias de estas localidades conservan flotas pesqueras activas, y el pescado sigue siendo el corazón de su economía y de su cocina.
El pescado de Snæfellsnes no se quedaba en la península: viajaba a Europa, y ese comercio estuvo durante casi dos siglos bajo el férreo control de la corona danesa. Islandia, sometida a Dinamarca, vivió bajo el llamado monopolio comercial danés (Einokunarverslun), impuesto por ley en 1602 y vigente hasta 1786: solo comerciantes daneses autorizados podían comprar y vender en la isla, en puertos designados, a precios fijados por la corona. Para los islandeses fue un sistema empobrecedor, que ataba a cada distrito a un puerto y a un mercader, prohibía comerciar con extranjeros y a menudo dejaba a la población a merced de precios injustos y de la escasez.
En la costa sur de Snæfellsnes, el gran centro de ese comercio fue Búðir (cuyo nombre significa, precisamente, 'los puestos' o 'las casetas' de comercio). Durante generaciones fue el puerto comercial más activo de esa parte de la península: allí se concentraba la exportación del pescado seco pescado en Djúpalón, Dritvík y las caletas vecinas, que desde Búðir partía hacia el resto del mundo. En 1703, el primer censo de Islandia registraba alrededor de un centenar de personas viviendo en Búðir. Antes incluso del monopolio danés, comerciantes alemanes de la Liga Hanseática habían frecuentado estas costas occidentales, atraídos por el bacalao: gran parte de sus estaciones comerciales se situaban en Snæfellsnes, Reykjanes y los Westfjords, justo donde abundaba la pesca.
De aquel Búðir bullicioso hoy casi no queda nada: el pueblo se despobló y solo persiste, solitaria en el campo de lava, la pequeña iglesia negra de madera, la Búðakirkja. Su historia resume el destino de tantos lugares islandeses: la iglesia original data de 1703, fue demolida a fines del siglo XIX y reconstruida en 1848 gracias a la tenacidad de una vecina, Steinunn Sveinsdóttir, que se negó a que Búðir perdiera su templo. Esa iglesia austera, hoy una de las más fotografiadas del país, es el último testigo de un puerto que fue, durante siglos, la puerta comercial de toda la comarca.
En 1864, un escritor francés que nunca pisó Islandia proyectó sobre el Snæfellsjökull una fama literaria que perdura hasta hoy. Julio Verne publicó ese año 'Viaje al centro de la Tierra' (Voyage au centre de la Terre), y eligió precisamente este glaciar-volcán de Snæfellsnes como la puerta de entrada al interior del planeta. En la novela, el profesor Otto Lidenbrock descifra un manuscrito rúnico del alquimista islandés Arne Saknussemm que revela que, descendiendo por el cráter del Snæfellsjökull cuando lo roza la sombra de un pico vecino a fines de junio, se llega al centro de la Tierra. Lidenbrock, su sobrino Axel y el guía islandés Hans emprenden entonces su famoso descenso subterráneo.
Verne no eligió el lugar al azar. El Snæfellsjökull ya tenía, en la imaginación europea del siglo XIX, un aura de misterio: un cono glaciar remoto, en el confín del mundo conocido, visible desde el mar como una aparición. La novela consolidó esa imagen y convirtió a la montaña en un símbolo cultural que trasciende Islandia. Todavía hoy el volcán arrastra fama de lugar 'de energías especiales'; en 1993, incluso, grupos esotéricos se reunieron a sus pies convencidos de que allí aterrizarían extraterrestres, en un episodio que dio la vuelta al mundo.
Más allá de las excentricidades, el gesto de Verne dejó una marca real: para millones de lectores de todo el planeta, Snæfellsjökull no es solo una montaña, sino un umbral literario, la boca por la que se puede bajar al corazón del mundo. Quien hoy recorre el parque nacional o mira el glaciar recortado contra el cielo desde Reikiavik está viendo, lo sepa o no, uno de los paisajes más célebres de la literatura de aventuras.
A lo largo del siglo XX, Snæfellsnes vivió los mismos cambios que el resto de la Islandia rural: la modernización de la pesca, la mejora de los caminos, el despoblamiento de las aldeas más pequeñas y, finalmente, la llegada del turismo. El paisaje que durante siglos fue solo un duro medio de vida empezó a valorarse como patrimonio natural. El 28 de junio de 2001 se creó el Parque Nacional de Snæfellsjökull (Þjóðgarðurinn Snæfellsjökull), que protege el volcán glaciar y toda la punta occidental de la península, con sus campos de lava, cráteres, costa de columnas de basalto y los vestigios arqueológicos de la vieja pesca. Fue el primer parque nacional islandés que llega hasta la orilla del mar.
Hoy Snæfellsnes se ha convertido en uno de los destinos más queridos de Islandia, popularizado como 'Islandia en miniatura' porque concentra casi todos los paisajes del país en una superficie reducida y accesible desde Reikiavik. El Kirkjufell, junto a Grundarfjörður, es probablemente la montaña más fotografiada del país, fama que se disparó tras aparecer en la serie 'Game of Thrones'. La región ha apostado además por un turismo responsable: en 2014, la comunidad de Snæfellsnes fue una de las primeras del mundo en obtener la certificación EarthCheck de destino sostenible, un reconocimiento a su esfuerzo por conciliar visitantes y naturaleza.
Ese equilibrio es hoy el gran desafío. El aumento de viajeros presiona sobre paisajes frágiles —el musgo que tapiza la lava tarda décadas en regenerarse si se lo pisa— y sobre lugares peligrosos como las playas de olas traicioneras o los acantilados inestables, donde ha habido accidentes. Recorrer Snæfellsnes con respeto —quedándose en los senderos, cuidando la distancia con las focas y las aves, atento al clima cambiante que anuncian vedur.is y safetravel.is— es la mejor forma de honrar un lugar que fue, durante mil años, hogar de gigantes de saga, pescadores de bacalao y comerciantes, y que hoy sigue siendo uno de los rincones más asombrosos del Atlántico Norte.