Cuando uno ve por primera vez los cerros de Landmannalaugar —amarillos, rosados, verdes, ocres, casi como si alguien los hubiera pintado con acuarelas— la pregunta inevitable es: ¿por qué tienen esos colores? La respuesta está debajo de los pies, en uno de los sistemas volcánicos más singulares de Islandia: el Torfajökull.
El Torfajökull no es un volcán en forma de cono, sino un enorme sistema con una gran caldera de unos 18 por 12 kilómetros, cuyo centro volcánico se formó hace al menos 384.000 años. Su rasgo más extraordinario es que produjo la mayor extensión de roca riolítica de toda Islandia: unos 450 km² de riolita expuesta. La riolita es una roca volcánica rica en sílice, y ahí está el secreto de los colores. A diferencia del basalto negro que domina casi toda Islandia, la riolita puede tener tonos claros, y cuando se combina con la alteración geotermal —el vapor caliente y los gases que suben del subsuelo transforman los minerales— aparecen los amarillos del azufre, los rojos y ocres del hierro, los verdes y los rosados. Cada cerro es, en el fondo, un mapa químico de lo que pasó bajo la tierra.
El Torfajökull alberga además el mayor sistema geotérmico de Islandia, de unos 150 km², con temperaturas que en las zonas más activas superan los 340 °C en profundidad. Esa energía es la que calienta la famosa fuente termal donde hoy se bañan los visitantes, y la que mantiene humeantes las laderas de cerros como la Brennisteinsalda, la 'ola de azufre'. Landmannalaugar no es solo un lugar bonito: es la superficie visible de una gigantesca caldera todavía viva.
El paisaje actual de Landmannalaugar lleva la firma de una erupción concreta: la de aproximadamente 1477. Fue uno de los mayores episodios eruptivos silícicos de la historia reciente de Islandia. De una fisura que se extendía muchos kilómetros hacia el norte de la caldera del Torfajökull brotaron flujos de lava que hoy siguen ahí, negros y retorcidos, formando los campos que rodean el lugar.
El más famoso de esos flujos es el Laugahraun, el campo de lava que llega hasta el borde mismo de donde hoy está la cabaña. 'Laugahraun' significa 'lava de las fuentes termales', y caminar sobre él es una experiencia rara: bloques de lava oscura y obsidiana (el vidrio volcánico negro y brillante que se forma cuando la lava rica en sílice se enfría muy rápido) esparcidos al pie de los cerros de colores. Otros flujos de la misma erupción, como el Námshraun y el Stútshraun, completan ese mar de piedra volcánica.
Esta erupción explica por qué el contraste de Landmannalaugar es tan brutal: la lava negra reciente al lado de la riolita multicolor mucho más antigua, con el vapor de las fumarolas colándose entre medio. Es geología en estado casi puro, sin apenas vegetación que la tape, porque en las Tierras Altas el clima es tan duro que las plantas apenas se afianzan.
El Torfajökull no ha vuelto a entrar en erupción con esa fuerza desde entonces, pero no es un volcán apagado: sus últimas grandes erupciones estuvieron separadas por intervalos de unos 900 años, y el sistema sigue geotérmicamente muy activo. Cada columna de vapor que se ve en Landmannalaugar recuerda que el fuego está apenas dormido bajo esos colores.
Antes de ser un destino de trekking mundial, Landmannalaugar fue, durante siglos, un lugar de trabajo para los granjeros islandeses. Su nombre mismo lo cuenta: 'Landmannalaugar' significa algo así como 'los baños de la gente de la comarca de Land' (Landmenn), la región agrícola al sur, en las tierras bajas. Es decir, las fuentes termales de la gente de Land.
En Islandia, la tradición ganadera se basaba en soltar las ovejas en verano para que pastaran libres en los pastos de las tierras altas, lejos de las granjas. Los animales pasaban los meses cálidos sueltos por la montaña, engordando con la hierba de altura. Landmannalaugar, con sus valles y su agua, era una de esas zonas de pastoreo estival, y también un punto de encuentro y descanso: los arreadores que subían a controlar el ganado aprovechaban la fuente de agua caliente para bañarse, tal como hacen hoy los turistas. El baño termal no es un invento moderno para visitantes: es un uso antiquísimo del lugar.
Cada otoño llegaba el momento más importante del calendario rural: el réttir, el gran arreo en el que se bajaban las ovejas de la montaña. Jinetes a caballo y perros recorrían las Tierras Altas durante días reuniendo a los animales dispersos y llevándolos hacia los corrales (las réttir propiamente dichas), donde cada granjero separaba sus ovejas de las de los vecinos según las marcas en las orejas. El réttir era, y sigue siendo en muchas zonas de Islandia, una celebración comunitaria, con trabajo duro, reencuentros y tradición. Esa vida pastoril fue, durante generaciones, el único motivo por el que la gente subía a un lugar tan remoto e inhóspito como Landmannalaugar.
El paso de tierra de pastoreo a meca del senderismo tiene un protagonista claro: el Ferðafélag Íslands, el Club de Excursionismo de Islandia, fundado en 1927. En una época en que Islandia todavía era un país pobre y con caminos malísimos, un grupo de entusiastas de la montaña se propuso abrir el interior del país a quien quisiera recorrerlo a pie, construyendo refugios y marcando senderos en zonas donde no había absolutamente nada.
El Ferðafélag Íslands (que los islandeses abrevian FÍ) fue levantando una red de cabañas de montaña por las Tierras Altas, entre ellas la de Landmannalaugar. Esas cabañas, sencillas pero vitales, permitían a los caminantes pasar la noche a resguardo en un entorno donde el clima puede matar: refugios con literas, cocina común y poco más, pero suficientes para hacer posible la travesía de zonas remotas. Todavía hoy es el FÍ el que gestiona la mayoría de los refugios y campings de Landmannalaugar y del trekking Laugavegur, con un sistema de guardas de cabaña en verano.
Con el correr de las décadas, y sobre todo con la mejora de los accesos y el auge del turismo de naturaleza, Landmannalaugar pasó de ser un secreto de excursionistas islandeses a un destino conocido en todo el mundo. Hoy está protegido dentro de la Reserva Natural de Fjallabak, una figura que busca preservar este territorio volcánico único de las Tierras Altas frente a la presión del turismo. La fragilidad del lugar es real: el musgo y la vegetación de altura tardan décadas en recuperarse de una simple pisada fuera del sendero, y por eso se insiste tanto en no salirse de los caminos marcados.
El gran salto de Landmannalaugar a la fama internacional vino de la mano de un sendero: el Laugavegur, la travesía de unos 54-55 kilómetros que une Landmannalaugar con el valle glaciar de Þórsmörk. La ruta se oficializó como sendero marcado en 1978, cuando el Ferðafélag Íslands terminó de conectar y señalizar el recorrido entre sus cabañas de Landmannalaugar, Hrafntinnusker, Álftavatn y Emstrur (Botnar), hasta bajar a Þórsmörk.
El atractivo del Laugavegur es la variedad increíble de paisajes que atraviesa en pocos días: arranca entre los cerros de riolita de colores y los campos de lava de Landmannalaugar, sube al punto más alto en Hrafntinnusker (a unos 1.050 metros, entre nieve y zonas geotermales humeantes), pasa junto a lagos como el Álftavatn, cruza ríos glaciares y desiertos de arena negra, y termina en el oasis verde de Þórsmörk, rodeado de glaciares. Pocos senderos del mundo ofrecen semejante diversidad en tan poca distancia.
Esa singularidad no pasó desapercibida: en 2012, la revista National Geographic incluyó al Laugavegur entre los veinte mejores senderos del planeta. Hoy lo caminan cada verano decenas de miles de personas —las estimaciones hablan de entre 75.000 y 100.000 al año en el conjunto de la ruta—, lo que lo convierte en el trekking más popular de Islandia. Suele hacerse en tres o cuatro días, de norte a sur, durmiendo en las cabañas del FÍ, que en temporada alta se reservan con muchísima anticipación.
Así, en menos de un siglo, Landmannalaugar completó una transformación notable: de baño termal de arreadores de ovejas y punto de pastoreo remoto, a puerta de entrada de uno de los senderos más admirados del mundo. Y sin embargo, buena parte de su magia sigue siendo la misma que hace siglos: meterse en la fuente de agua caliente, con el frío de la montaña en la cara y los cerros de colores alrededor, después de una larga jornada de camino.