Casi todos los lugares que uno visita en un viaje llevan siglos ahí. Jökulsárlón, no. La laguna glaciar más famosa de Islandia es más joven que muchos de los abuelos de quienes la fotografían: empezó a formarse recién hacia 1934-35. Antes de eso, en el lugar donde hoy flotan los icebergs no había un lago, sino hielo: el frente del glaciar Breiðamerkurjökull, que llegaba casi hasta la costa del Atlántico.
Para entender su nacimiento hay que mirar el gran casquete que la alimenta. El Vatnajökull es el glaciar más grande de Islandia y de Europa por volumen: cubre alrededor del 8% del país y llega a superar los 900 metros de espesor en algunos puntos. De sus bordes bajan decenas de lenguas glaciares (outlet glaciers), ríos de hielo lento que descienden hacia las tierras bajas. Una de ellas es el Breiðamerkurjökull, que baja hacia el sur, hacia el mar. Es esa lengua la que, al derretirse y retroceder, fue dejando atrás la hondonada que hoy es la laguna.
El nombre lo dice todo: Jökulsárlón significa, en islandés, 'la laguna del río glaciar'. El río Jökulsá á Breiðamerkursandi conecta la laguna con el océano en un tramo cortísimo, de apenas unos cientos de metros, por el que los icebergs terminan escapando al Atlántico. Ese río es, de hecho, uno de los más cortos de Islandia, y a la vez uno de los que más agua descarga.
Que un paisaje tan imponente sea tan reciente lo vuelve único: no es una postal congelada en el tiempo, sino un lugar que cambió radicalmente en menos de un siglo y que sigue cambiando cada año. Jökulsárlón es la prueba visible, a escala humana, de cómo el clima transforma la geografía.
Para llegar a la laguna hay que retroceder unos siglos, a una época en que el hielo hacía lo contrario de lo que hace hoy: crecía. Entre los siglos XIV y XIX, buena parte del hemisferio norte atravesó lo que los científicos llaman la Pequeña Edad de Hielo, un período de temperaturas más frías. En Islandia, eso significó que los glaciares avanzaran, y el Breiðamerkurjökull fue uno de los que más creció.
Cuando los primeros colonos nórdicos llegaron a Islandia, alrededor del año 870, la lengua del glaciar estaba muchísimo más retirada tierra adentro: se calcula que su frente estaba unos 20 km más al norte que hoy. Entre esa lengua y el mar había una llanura fértil, la región de Breiðamörk ('el bosque ancho'), donde hubo granjas y asentamientos. La zona era habitable y productiva.
Con el frío de la Pequeña Edad de Hielo, el glaciar avanzó implacable hacia el sur. Fue cubriendo pastizales y sepultando granjas bajo el hielo y la morrena. Hacia fines del siglo XIX, el frente del Breiðamerkurjökull había llegado casi hasta la costa: quedaba apenas una franja estrecha de arena (el sandur) entre el hielo y las olas del Atlántico. La tierra que antes daba de comer a familias enteras había desaparecido bajo el glaciar.
Ese fue el punto máximo. A partir de fines del siglo XIX y, sobre todo, del siglo XX, el clima empezó a templarse y el proceso se dio vuelta: el glaciar que había avanzado durante siglos empezó a retroceder. Y al retroceder, dejó el escenario listo para que naciera la laguna.
El calentamiento del clima entre las décadas de 1920 y 1960 aceleró el retroceso del Breiðamerkurjökull. Al derretirse, el hielo dejó al descubierto una fosa profunda que el propio glaciar había excavado en el terreno durante su avance. Esa depresión empezó a llenarse con el agua del deshielo, y así, hacia 1934-35, apareció Jökulsárlón. Al principio era un lago pequeño, apenas un charco al pie del hielo.
Desde entonces no dejó de crecer, porque el glaciar sigue retrocediendo (se estima que su frente se retira alrededor de 200 metros por año). Los números son elocuentes: en 1975 la laguna medía unos 8 km², y hoy ronda los 25 km², más del cuádruple en medio siglo. Es, además, el lago más profundo de Islandia: en 2009 se midieron hasta 284 metros de profundidad en el sector donde antes estaba el frente del glaciar, con una media cercana a los 153 metros.
La laguna funciona como una fábrica constante de icebergs. El frente del glaciar termina flotando sobre el agua profunda, y por eso se parte con facilidad: grandes bloques se desprenden (un proceso que se llama calving), caen a la laguna y quedan a la deriva. Van derivando lentamente hacia la boca que conecta con el mar, empujados por el viento y las mareas, mientras se derriten y cambian de forma. Algunos tardan años en cruzar la laguna; otros salen al Atlántico y vuelven a la costa, a la Diamond Beach.
Todo este espectáculo tiene una cara inquietante: es la imagen directa del cambio climático. La laguna es hermosa justamente porque el glaciar se está muriendo. Cada verano el frente retrocede un poco más, la laguna se agranda, y lo que hoy es agua fue hielo hace poco. Jökulsárlón se convirtió, sin proponérselo, en uno de los símbolos globales del retroceso de los glaciares.
El crecimiento de la laguna no es solo un dato bonito para los turistas: trae un problema de ingeniería muy concreto. Por delante de Jökulsárlón pasa la Carretera 1, la Ring Road, la única ruta que rodea toda Islandia y une el sureste con el resto del país. Justo ahí, sobre el río corto que conecta la laguna con el mar, hay un puente. Y ese puente está en riesgo.
A medida que el mar erosiona la boca de la laguna y esta se ensancha, la corriente que sale al Atlántico se vuelve más fuerte y socava la costa y los pilares del puente. Además, los icebergs a la deriva pueden chocar contra la estructura. Para proteger la ruta, las autoridades islandesas construyeron defensas: un dique y grandes bloques de piedra que frenan la erosión y desvían el hielo. Aun así, el avance del mar hacia la laguna es una preocupación permanente, y se estudian soluciones a largo plazo para que la Ring Road no quede cortada en ese punto.
La laguna también protagonizó una curiosa historia de propiedad. Durante décadas, el terreno donde está Jökulsárlón pertenecía a una granja privada, la granja Fell. Como el lugar se había vuelto una de las mayores atracciones turísticas del país (con cientos de miles de visitantes al año), en la década de 2010 se temió que pudiera terminar en manos de inversores privados o extranjeros, con el riesgo de que se cobrara entrada o se explotara sin control.
Para evitarlo, en 2017 el Estado islandés compró la parte de la granja Fell que incluye la laguna, tras un proceso que despertó bastante debate público sobre quién debía ser dueño de un sitio natural tan emblemático. Ese mismo año, la zona quedó incorporada al Parque Nacional Vatnajökull, uno de los más grandes de Europa, lo que le dio protección legal. Hoy Jökulsárlón es patrimonio público y su acceso sigue siendo gratuito.
La belleza irreal de Jökulsárlón no pasó desapercibida para la industria del cine. Su paisaje de icebergs flotando sirvió de escenario a producciones de Hollywood mucho antes de que el turismo masivo llegara a Islandia. Por la laguna pasaron dos películas de James Bond —'A View to a Kill' (Panorama para matar, 1985) y 'Die Another Day' (Muere otro día, 2002), donde el 007 conduce sobre el hielo—, además de 'Lara Croft: Tomb Raider' (2001), 'Batman Begins' (2005) y varias más. Esas apariciones ayudaron a poner a la laguna en el mapa turístico mundial.
El turismo en la laguna, sin embargo, empezó antes y de forma modesta. Los primeros paseos comerciales en bote arrancaron en 1985; en el verano de 1987 apenas unas 5.000 personas navegaban la laguna al año. Con el tiempo, y con el boom turístico islandés de la década de 2010, la cifra se disparó: hoy los botes anfibios (unos vehículos que ruedan hasta el agua y navegan entre el hielo) transportan decenas de miles de pasajeros cada temporada, y la laguna es una de las paradas obligadas de cualquier recorrido por la costa sur.
Más allá de las cifras, Jökulsárlón es también un santuario de vida silvestre. Las focas comunes entran desde el mar y se las ve nadando entre los bloques de hielo o descansando sobre ellos, sobre todo cerca de la boca al Atlántico. En verano, la zona se llena de aves marinas: charranes árticos, que hacen uno de los viajes migratorios más largos del planeta, y págalos parásitos. Los icebergs que salen al mar y regresan a la costa forman, enfrente, la famosa Diamond Beach, donde el hielo transparente brilla sobre la arena negra.
Así, en menos de un siglo, un rincón que antes fue tierra de granjas sepultadas por el hielo se transformó primero en una laguna, después en escenario de cine y, finalmente, en uno de los paisajes más visitados y fotografiados de Islandia. Un lugar que sigue creciendo y cambiando cada año, recordándonos, en silencio, lo rápido que se está derritiendo el hielo del planeta.