El corazón histórico del Círculo Dorado late en Þingvellir, un valle que para los islandeses es casi sagrado. Hacia el año 930, apenas unas décadas después de que los primeros colonos vikingos se asentaran en la isla, los jefes de los distintos clanes decidieron crear una asamblea común para dictar leyes y resolver disputas, evitando así una guerra permanente entre familias. Eligieron como sede este valle de fácil acceso desde buena parte del país, con un anfiteatro natural de roca y abundante agua y pastos para los caballos. Así nació el Alþingi, considerado uno de los parlamentos más antiguos del mundo aún existentes.
Durante dos semanas cada verano, hombres libres de toda Islandia acudían a Þingvellir. En el centro de la asamblea estaba el Lögberg ('la roca de la ley'), desde donde el 'lögsögumaður' (el recitador de la ley) proclamaba en voz alta las leyes que debía recordar de memoria, ya que aún no se escribían. Allí se aprobaban leyes, se juzgaban delitos, se sellaban alianzas y matrimonios, y se comerciaba. Era a la vez parlamento, tribunal supremo y gran feria nacional.
Uno de los momentos más célebres ocurrió hacia el año 1000, cuando el Alþingi de Þingvellir debió decidir si Islandia adoptaba el cristianismo o seguía con la religión pagana nórdica. Para evitar una guerra civil, el lögsögumaður Þorgeir Ljósvetningagoði, pagano él mismo, tomó la decisión salomónica de adoptar oficialmente el cristianismo, permitiendo en privado ciertas prácticas paganas. Aquella conversión pacífica, decidida por consenso en este valle, marcó el rumbo del país.
Þingvellir no es solo historia: es también un lugar geológicamente único en el mundo. El valle se asienta justo sobre la dorsal mesoatlántica, la enorme grieta submarina (que aquí emerge a la superficie) donde se separan las placas tectónicas norteamericana y euroasiática. Las dos placas se alejan entre sí unos dos centímetros por año, y esa fuerza ha ido fracturando y hundiendo el valle a lo largo de los milenios, formando un graben: una depresión limitada por enormes fallas y grietas paralelas.
Lo extraordinario es que esa frontera entre continentes se ve a simple vista. La gran falla de Almannagjá, una garganta de paredes de roca por la que hoy caminan los visitantes, marca el borde oriental de la placa norteamericana; al otro lado del valle, otras fisuras marcan el borde de la placa euroasiática. Caminar por Þingvellir es, literalmente, transitar la grieta que separa América de Europa. Las fracturas se llenan de agua glaciar cristalina y filtrada por la lava, dando origen a fisuras inundadas como Silfra, famosa para el buceo por su transparencia casi total.
Por esa combinación irrepetible de valor histórico (la cuna del Alþingi y de la nación islandesa) y valor geológico (la frontera de placas a cielo abierto), Þingvellir fue inscrito en 2004 en la lista de Patrimonio Mundial de la Unesco. Fue, además, el primer parque nacional de Islandia, declarado en 1930 al cumplirse mil años del Alþingi. Allí, el 17 de junio de 1944, se proclamó solemnemente la independencia de la República de Islandia, cerrando el círculo entre el pasado y el presente del país en este mismo valle.
La segunda gran parada del circuito, la zona geotérmica del valle de Haukadalur, tiene un mérito lingüístico planetario: el Gran Geysir que allí se encuentra dio nombre a todos los géiseres del mundo. La palabra 'géiser' (geyser en inglés, Geysir en islandés) deriva directamente del nombre de esta fuente termal, que a su vez viene del verbo islandés antiguo 'geysa', que significa 'brotar', 'manar' o 'salir a chorros con fuerza'. Es uno de los pocos términos islandeses que se incorporaron al vocabulario científico internacional.
El Gran Geysir está documentado al menos desde el siglo XIII (se lo menciona tras fuertes terremotos en la zona en 1294) y durante siglos asombró a viajeros y científicos con sus erupciones, que podían alcanzar decenas de metros de altura. Sin embargo, su actividad ha sido siempre irregular: a lo largo de la historia atravesó períodos de gran actividad y períodos de calma casi total, a menudo ligados a terremotos que abrían o cerraban sus conductos. En el siglo XX llegó a estar prácticamente dormido, y los intentos de 'reactivarlo' echándole jabón en su boca (que reducía la tensión superficial del agua) hoy están prohibidos.
Por eso, quien hace hoy el espectáculo en Haukadalur no es el Gran Geysir, sino su vecino Strokkur ('la batidora' o 'el barril de mantequilla'), un géiser mucho más fiable que entra en erupción cada 5 a 10 minutos, lanzando una columna de agua hirviente de entre 15 y 30 metros. El funcionamiento de estos géiseres es un fenómeno geotérmico fascinante: el agua subterránea, en contacto con las rocas calentadas por el magma cercano, se sobrecalienta en una cámara estrecha hasta que, súbitamente, se convierte en vapor y sale disparada hacia la superficie.
La tercera gran parada, la cascada de Gullfoss ('cascada dorada'), guarda una de las historias conservacionistas más queridas de Islandia. A comienzos del siglo XX, en pleno auge mundial de la energía hidroeléctrica, hubo proyectos para represar el río Hvítá y aprovechar la enorme fuerza de Gullfoss para generar electricidad. De haberse concretado, la cascada habría quedado destruida o gravemente alterada. Inversores extranjeros llegaron a obtener derechos sobre el aprovechamiento del río.
Según la tradición islandesa, la cascada se salvó en buena medida gracias a la lucha tenaz de Sigríður Tómasdóttir, hija de Tómas Tómasson, el agricultor dueño de las tierras donde está Gullfoss. Sigríður se opuso ferozmente a los planes de represar la cascada: recorrió a pie largas distancias hasta Reikiavik para protestar y participar en el litigio, y la leyenda cuenta que llegó a amenazar con arrojarse a las aguas de Gullfoss si la destruían. Su abogado en aquellas batallas legales fue Sveinn Björnsson, que años más tarde se convertiría en el primer presidente de Islandia.
Finalmente, los planes hidroeléctricos no prosperaron (en parte por dificultades financieras y por el rechazo que generaron), y Gullfoss se conservó. Con el tiempo, la cascada pasó a manos del Estado islandés y quedó protegida. Hoy Sigríður Tómasdóttir es recordada como una de las primeras heroínas del conservacionismo islandés, y un monumento con su rostro, junto a la cascada, honra su memoria. Su historia, en parte documentada y en parte engrandecida por la leyenda popular, simboliza el valor que los islandeses dan a la protección de su naturaleza.
El Círculo Dorado es, en el fondo, una clase magistral al aire libre sobre la geología que define a Islandia entera. Toda la isla se asienta sobre la dorsal mesoatlántica y sobre un 'punto caliente' (hotspot) del manto terrestre, una combinación rarísima que la convierte en uno de los lugares más volcánicamente activos del planeta. El suroeste, por donde discurre el circuito, es un escaparate perfecto de esas fuerzas.
En Þingvellir se ve la separación de las placas tectónicas, motor de toda la actividad. En Geysir y Haukadalur se ve el calor del subsuelo manifestándose en géiseres, fumarolas y pozas hirvientes: el agua que se filtra en el terreno entra en contacto con rocas calentadas por el magma cercano, se sobrecalienta y vuelve a la superficie convertida en vapor o agua hirviente. En Gullfoss y en los grandes ríos como el Hvítá se ve la otra mitad de la ecuación: el agua de deshielo de los glaciares (en este caso el Langjökull), que esculpe cañones y se precipita en cascadas. Y en cráteres como Kerið se ve el resultado de erupciones volcánicas pasadas.
Esa misma energía geotérmica que asombra al turista es, para los islandeses, un recurso cotidiano y vital: el país obtiene buena parte de su electricidad y casi toda su calefacción de fuentes geotérmicas e hidroeléctricas, lo que lo hace casi totalmente independiente de combustibles fósiles para esos usos. La zona del circuito incluye también áreas de agricultura geotérmica, como los invernaderos de Flúðir, donde el calor del subsuelo permite cultivar tomates y verduras en pleno subártico. Comprender esta geología transforma el paseo: cada parada deja de ser una postal aislada para volverse pieza de un mismo gran sistema de fuego, hielo y agua.
La idea de unir Þingvellir, Geysir y Gullfoss en un único 'Círculo Dorado' es relativamente moderna, fruto del desarrollo del turismo en Islandia a lo largo del siglo XX y, sobre todo, de su explosión en el siglo XXI. El nombre evoca a la cascada dorada (Gullfoss) y la idea de un circuito que regresa al punto de partida, y se consolidó como la marca turística más reconocible para describir esta ruta de un día desde Reikiavik. Hoy es, casi sin discusión, la excursión más popular y vendida del país.
Su éxito se explica por una combinación difícil de igualar: en un solo día, y a poca distancia de la capital y del aeropuerto, el visitante experimenta la geología viva (placas tectónicas, géiseres), la fuerza del agua (una de las grandes cascadas del país), la historia profunda (la cuna del Alþingi) y, si lo desea, el placer del baño geotermal (la Secret Lagoon). Es la 'Islandia esencial' comprimida en una jornada, perfecta tanto para quien tiene pocos días como para quien quiere una introducción antes de aventurarse más lejos.
El boom turístico islandés posterior a la crisis de 2008 y a la erupción del Eyjafjallajökull de 2010 multiplicó la cantidad de visitantes del Círculo Dorado, hasta el punto de que en temporada alta sus paradas pueden estar muy concurridas. Esto plantea desafíos de conservación y gestión de la afluencia, especialmente en sitios sensibles como Þingvellir. Aun así, el circuito sigue siendo una experiencia imprescindible y, para muchísimos viajeros, el primer y más memorable contacto con la naturaleza extraordinaria de Islandia: la mejor puerta de entrada a la 'tierra del hielo y el fuego'.