La historia de Akureyri empieza, como casi todo en Islandia, en las sagas y en el Landnámabók, el Libro de los Asentamientos, que registra quiénes fueron los primeros colonos de la isla y dónde se instalaron. Según esa fuente, la región del Eyjafjörður —el fjord más largo del país, en cuyo fondo se levanta hoy la ciudad— fue colonizada hacia el año 890 por un personaje de nombre memorable: Helgi el Flaco (Helgi magri Eyvindarson), un vikingo criado entre Noruega e Irlanda, hijo de padre noruego y madre de estirpe gaélica.
Helgi es una figura fascinante porque encarna la mezcla cultural del asentamiento nórdico del Atlántico Norte. Se dice que era cristiano de crianza, pero que en los momentos difíciles seguía invocando a Thor, el dios pagano del trueno: un pie en cada mundo, como tantos colonos de la época. Cuenta la tradición que, al llegar al fjord, arrojó al mar los pilares tallados de su antiguo asiento de honor —una costumbre para dejar que los dioses eligieran el lugar del hogar— y fundó su granja en Kristnes, 'el cabo de Cristo', a pocos kilómetros de la actual Akureyri. Desde allí repartió tierras entre sus seguidores y parientes, poblando el valle.
Durante casi ochocientos años, sin embargo, en el sitio exacto de la futura ciudad no hubo más que un banco de arena y algunas granjas dispersas. El propio nombre lo cuenta: 'Akureyri' significa, más o menos, 'el banco de arena del campo' o 'la lengua de arena junto al sembradío' (akur, campo cultivado; eyri, banco o lengua de arena junto al agua). Era un rincón de buen fondeadero, protegido de los vientos del Atlántico por las montañas del fjord, pero durante toda la Edad Media islandesa el norte vivió de la ganadería, la pesca costera y la agricultura de subsistencia, sin ciudades ni pueblos en el sentido europeo. Islandia entera fue, hasta bien entrada la Edad Moderna, un país de granjas sin una sola urbe.
El destino de Akureyri como lugar de comercio quedó ligado, paradójicamente, a una de las etapas más duras de la historia islandesa: el monopolio comercial danés. Desde la Baja Edad Media, Islandia había pasado a la órbita de la corona noruega y luego, a través de la unión de reinos escandinavos, a la de Dinamarca. En 1602, el rey danés impuso un monopolio comercial que reservaba todo el comercio de la isla a comerciantes daneses autorizados y dividía el país en distritos con puertos fijos. El buen fondeadero de Akureyri, en el fondo del Eyjafjörður, fue designado como uno de esos puestos de comercio oficiales.
El monopolio fue, para Islandia, una época de asfixia económica: los precios los fijaban los daneses, la exportación e importación estaban controladas y las mejores ganancias se iban a Copenhague. Pero, a la vez, la existencia de un puerto comercial fijo sembró la semilla del futuro asentamiento urbano. Alrededor del sitio de comercio empezaron a instalarse unas pocas casas de mercaderes daneses, y Akureyri comenzó, muy de a poco, a ser algo más que granjas.
En 1786, cuando Dinamarca por fin levantó el monopolio y buscó estimular el desarrollo urbano de la isla, el rey Christian VII otorgó a Akureyri —junto con Reikiavik y otras localidades— el estatuto de villa comercial (kaupstaður). Era, sobre el papel, el nacimiento de la ciudad. En la práctica, Akureyri era todavía un puñado de casas: el experimento no prosperó de inmediato y el pueblo perdió su estatuto municipal en 1836. Recién en 1862 lo recuperó de manera definitiva, esta vez ya sobre una base de crecimiento real. A lo largo del siglo XIX, además, Akureyri se convirtió en uno de los focos del movimiento cooperativista y de la lucha por sacudirse la tutela comercial danesa: la fundación de sociedades de comercio propias, como la Gránufélagið, permitió a los habitantes del norte manejar sus propios recursos y acumular capital, un paso decisivo hacia la autonomía económica que acompañaría, más tarde, a la independencia política de Islandia.
Lo que de verdad transformó a Akureyri de aldea en ciudad fue el mar, y en particular el pescado. A fines del siglo XIX, los cardúmenes de arenque que en verano se acercaban a las costas del norte de Islandia despertaron la codicia y la iniciativa de pescadores noruegos, que desde la década de 1860 comenzaron a instalarse en el Eyjafjörður para explotar aquel 'oro de plata'. Cuando los habitantes de Akureyri vieron el dinero que podía hacerse con el arenque, la ciudad empezó a moverse: se levantaron muelles, salazones y las primeras industrias.
El impulso definitivo llegó en el siglo XX. En 1927 se abrió una planta procesadora de arenque que marcó el arranque de la industrialización moderna de la ciudad y el desarrollo acelerado del sector pesquero. Al arenque se sumó el bacalao, base histórica de la economía islandesa, y con el pescado llegaron los astilleros, las fábricas de conservas, las cooperativas y una clase trabajadora urbana. Akureyri se consolidó como el gran centro industrial, comercial y de servicios del norte, un contrapeso al peso abrumador de Reikiavik en el sur.
Esa prosperidad pesquera tuvo su lado frágil: el arenque es un recurso caprichoso, y a fines de los años sesenta los cardúmenes prácticamente desaparecieron de las aguas islandesas por sobreexplotación y cambios oceanográficos, provocando una crisis en todo el norte. Pero para entonces Akureyri ya tenía una economía más diversificada, con industria, comercio, administración y servicios, y siguió creciendo. La ciudad también desarrolló una vida cultural notable para su tamaño: teatro, música coral, publicaciones y una identidad orgullosa de 'capital del norte', a veces en pícara rivalidad con la lejana capital del sur.
La Segunda Guerra Mundial cambió a Islandia de manera profunda, y Akureyri no quedó al margen. Tras la ocupación de Dinamarca por la Alemania nazi en 1940, y ante el temor de que la estratégica Islandia cayera en manos alemanas, el Reino Unido ocupó la isla en mayo de 1940, y al año siguiente el relevo pasó a Estados Unidos. Akureyri, por su posición en el norte y su puerto, tuvo un papel militar: fue una de las bases aéreas utilizadas por el Escuadrón 330 de la Real Fuerza Aérea Noruega (integrado en la RAF), que operó hidroaviones —entre ellos los Northrop N-3PB y, más tarde, Catalina— para proteger de los submarinos alemanes los convoyes que cruzaban el Atlántico Norte rumbo a Gran Bretaña y a Múrmansk, en la Unión Soviética.
La presencia aliada, con su dinero, su tecnología y su infraestructura, aceleró la modernización de toda Islandia, y el norte no fue la excepción. En plena guerra, el 17 de junio de 1944, Islandia proclamó la República y se independizó definitivamente de Dinamarca. En las décadas de posguerra, Akureyri creció como una ciudad moderna, con barrios nuevos, servicios, hospital regional y una economía cada vez más apoyada en la industria, el comercio, la educación y el turismo incipiente.
Un hito clave de esa maduración fue la fundación de la Universidad de Akureyri en 1987. Nació modesta —apenas unas decenas de estudiantes y dos facultades—, pero con una ambición enorme: descentralizar la educación superior islandesa, demasiado concentrada en Reikiavik, y darle al norte un motor propio de conocimiento. Con los años, la universidad se expandió a numerosas facultades y miles de estudiantes, con fuerte peso en enfermería, ciencias del mar, educación y estudios árticos, y convirtió a Akureyri en un genuino polo académico y científico. La universidad rejuveneció la ciudad, atrajo profesionales y ayudó a fijar población en el norte, contrarrestando la histórica atracción de la capital.
En octubre de 2008, Islandia protagonizó uno de los colapsos financieros más espectaculares de la historia reciente. Los tres grandes bancos del país, que en la década anterior habían crecido de manera desmedida apalancándose en deuda internacional, quebraron casi al mismo tiempo. La corona islandesa se desplomó, la inflación se disparó, muchas familias quedaron endeudadas en moneda extranjera y el país entero cayó en una recesión y una crisis de confianza brutales. Fue un trauma nacional: hubo protestas masivas frente al Parlamento en Reikiavik —la llamada 'revolución de las cacerolas'— y una sensación generalizada de desánimo y de traición.
Akureyri, como el resto de Islandia, sufrió el golpe. Y fue en ese contexto sombrío cuando surgió el gesto por el que hoy la ciudad es mundialmente conocida: los corazones rojos de los semáforos. En 2008, dentro de un rediseño de la fiesta local del verano para hacerla más familiar, la ciudad decidió cambiar la luz roja de sus semáforos por una luz con forma de corazón. La idea, según explicó después el entonces alcalde Eiríkur Björn Björgvinsson, era simple y humana: en medio de la crisis, recordarle a la gente 'lo que de verdad importa' y darle un pequeño motivo para sonreír al frenar en la calle.
El gesto caló hondo. Los corazones gustaron tanto —a los vecinos y a los visitantes— que dejaron de ser algo temporario y se volvieron un rasgo permanente de Akureyri, hasta convertirse en su símbolo más querido y fotografiado, un emblema de calidez y resiliencia. Islandia, por su parte, se recuperó de la crisis con notable rapidez a lo largo de la década siguiente, en buena medida gracias a un turismo que explotó y transformó al país. Hoy Akureyri es una ciudad próspera y vital, la mayor fuera del área metropolitana de la capital, con universidad, industria pesquera, servicios y un turismo creciente que la usa de base para descubrir el norte: el Lago Mývatn, las cascadas de Goðafoss y Dettifoss, las ballenas del Eyjafjörður y de Húsavík. Una ciudad chica en el fondo de un fjord ártico que, tras siglos de granjas, monopolios, arenque y crisis, aprendió a recibir al mundo con un corazón rojo encendido en cada semáforo.