Antes que la ciudad, fueron los lagos y los monjes. El primer asentamiento histórico de la zona de Killarney no estuvo en tierra firme, sino en una isla boscosa en medio del Lough Leane: Innisfallen. Allí, hacia el año 640, San Finián el Leproso (Finian the Leper) fundó un monasterio que permanecería activo durante unos 850 años, uno de los grandes centros de saber de la Irlanda cristiana temprana. En una época en que Irlanda era conocida como 'la isla de los santos y los sabios', comunidades como esta copiaban manuscritos, enseñaban y mantenían viva la cultura escrita mientras buena parte de Europa atravesaba siglos oscuros.
El gran legado de Innisfallen son los Anales de Innisfallen (Annals of Inisfallen), una crónica escrita por sus monjes entre los siglos X y XIII en una mezcla de latín e irlandés. Los Anales registran, año por año, hechos de la historia de Irlanda —reyes, batallas, muertes, hambrunas, fenómenos naturales— y son una de las fuentes fundamentales para conocer la Irlanda medieval, especialmente el sur del país. Se conservan hoy en la Biblioteca Bodleiana de Oxford. Que aquellos monjes eligieran esta isla para su tarea dice mucho del lugar: un rincón de belleza serena y aislamiento que, siglos después, seguiría atrayendo a viajeros de todo el mundo.
Tras la invasión anglonormanda de Irlanda, iniciada en 1169, el poder se organizó en torno a castillos y clanes. En la zona de Killarney dominaron los O'Donoghue Mor, un clan gaélico que a fines del siglo XV construyó Ross Castle a orillas del Lough Leane, y los McCarthy Mor, señores de la región. En 1448, los McCarthy fundaron la abadía franciscana de Muckross, un friario que se convertiría en el principal panteón de los grandes clanes locales y de célebres poetas en lengua irlandesa. Iglesia, castillo y lago: los tres elementos que definirían para siempre el paisaje de Killarney ya estaban en su sitio.
La Edad Moderna trajo a Kerry las mismas convulsiones que sacudieron a toda Irlanda: la conquista inglesa, la guerra y la caída del viejo orden gaélico. Ross Castle, la fortaleza de los O'Donoghue sobre el Lough Leane, protagonizó uno de esos episodios: fue una de las últimas plazas de Irlanda en resistir a las tropas de Oliver Cromwell durante la conquista cromwelliana, hasta rendirse en 1652. Según una vieja profecía, Ross Castle solo caería ante un ataque desde el agua; los ingleses, dice la tradición, hicieron traer barcos por tierra hasta el lago, y la guarnición, creyendo cumplida la profecía, se rindió. Historia o leyenda, el castillo cambió de manos y con él, el poder de la región.
A partir del siglo XVII y XVIII, buena parte de las tierras de la zona quedaron en manos de la familia Browne, vizcondes (y luego condes) de Kenmare, terratenientes de origen inglés y católicos. Fueron ellos quienes, en el siglo XVIII, dieron forma al pueblo moderno de Killarney y, sobre todo, tuvieron una intuición que marcaría su destino: promover el turismo. Impulsados por la moda europea de lo 'pintoresco' y lo 'sublime' —el gusto romántico por los paisajes salvajes de montañas y lagos—, los Browne empezaron a atraer visitantes hacia los lagos de Killarney, construyeron caminos y miradores, y convirtieron la belleza natural de la zona en un motor económico. Ya a fines del siglo XVIII, viajeros ingleses y del continente llegaban para maravillarse con estos paisajes.
Otra familia, los Herbert de Muckross, construyó en 1843 la elegante mansión victoriana de Muckross House junto al lago, rodeada de jardines espléndidos. El escenario estaba listo: Killarney se preparaba, sin saberlo del todo, para convertirse en uno de los primeros grandes destinos turísticos de Irlanda, mucho antes de que el turismo fuera una industria. Pero antes de esa consagración, el pueblo y todo Kerry vivirían la mayor catástrofe de su historia.
Entre 1845 y 1852, Irlanda vivió la Gran Hambruna (An Gorta Mór), la peor catástrofe de su historia moderna, y el condado de Kerry fue uno de los más golpeados. Conviene contarla con precisión, porque suele resumirse mal: no fue simplemente 'una hambruna de papas'. Sí, el detonante fue el tizón (Phytophthora infestans), un hongo que arruinó las cosechas de papa año tras año. Y sí, buena parte de la población rural pobre de Irlanda dependía casi por completo de la papa para alimentarse, en un sistema de minifundios y arriendos que la política agraria de siglos había empujado a esa fragilidad. Pero el hambre masiva fue también producto de decisiones humanas.
Durante los peores años de la hambruna, Irlanda siguió exportando grandes cantidades de alimentos —granos, ganado, mantequilla— hacia Gran Bretaña, bajo la protección de la propiedad y del comercio. La respuesta del gobierno británico, dominado por una ideología de laissez-faire (mínima intervención del Estado y confianza en el libre mercado), fue tardía e insuficiente: obras públicas mal pagadas, sopas populares, y unos workhouses (asilos de pobres) que se desbordaron. En Killarney, el workhouse se llenó hasta rebosar y la catedral de Santa María, todavía sin terminar, se usó como hospital y refugio para enfermos y desamparados. Muchos preferían incluso ser encarcelados para recibir algo de comida.
El resultado fue devastador. En toda Irlanda murieron alrededor de un millón de personas por hambre y enfermedades, y otro millón emigró en pocos años, muchos en condiciones terribles a bordo de los llamados 'barcos ataúd' (coffin ships) rumbo a América. Kerry, un condado rural y pobre, perdió una enorme parte de su población entre la muerte y la emigración, y muchas aldeas quedaron semidesiertas. La Gran Hambruna dejó una herida profunda en la sociedad irlandesa —en la demografía, en la lengua irlandesa (que retrocedió aún más) y en la relación con Gran Bretaña— y alimentó durante generaciones tanto la emigración como el sentimiento nacionalista. Killarney, como toda Kerry, cargó con ese trauma incluso mientras empezaba a florecer como destino turístico.
Casi al mismo tiempo que la sombra de la hambruna, otra Killarney empezaba a crecer: la de los viajeros. El gran salto llegó con el ferrocarril, que alcanzó la ciudad en julio de 1853. De pronto, los lagos y las montañas que antes solo veían unos pocos aristócratas quedaban al alcance de la creciente clase media victoriana, que podía llegar en tren desde Dublín o Cork. Se construyeron hoteles, se organizaron paseos en barco por los lagos y excursiones en calesa por el parque, y nacieron los jaunting cars y los jarveys (cocheros) que aún hoy pasean visitantes: el turismo se profesionalizaba.
El espaldarazo definitivo fue la visita de la reina Victoria en 1861. La soberana británica pasó varios días en Killarney, se alojó en Muckross House —cuya familia, los Herbert, hizo grandes reformas para recibirla— y recorrió los lagos y las montañas. La enorme repercusión de aquella visita real, cubierta por la prensa de todo el imperio, puso a Killarney en el mapa internacional como uno de los destinos más bellos de las islas británicas. Un mirador sobre los lagos y las montañas quedó bautizado para siempre como Ladies View, porque, según la tradición, las damas de compañía de la reina quedaron maravilladas con la vista.
Desde entonces, el turismo se convirtió en el eje de la vida de Killarney, un caso temprano y raro de ciudad irlandesa que vivía sobre todo de mostrar su paisaje. Escritores, pintores y viajeros románticos —de William Thackeray a Alfred Tennyson— cantaron la belleza de sus lagos. La ciudad se llenó de hoteles y guías, y el 'ver Killarney' se volvió una etapa clásica de cualquier gran gira por Irlanda. Esa vocación turística, nacida en el siglo XVIII con los Browne y consagrada en el XIX, sigue siendo hoy la identidad y el sustento de la ciudad.
El siglo XX trajo un giro decisivo para la conservación de estos paisajes. En 1911, la familia estadounidense Bourn Vincent —el magnate William Bowers Bourn, su hija Maud y su yerno Arthur Rose Vincent— compró la finca de Muckross, con su mansión, sus jardines y sus miles de hectáreas de lagos, bosques y montañas. Tras la temprana muerte de Maud en 1929, la familia tomó una decisión generosa y visionaria: en 1932 donó toda la propiedad al recién nacido Estado libre irlandés, con la condición de que se preservara para el disfrute público.
Aquella donación fue la semilla del Parque Nacional de Killarney (Bourn Vincent Memorial Park), el primero de Irlanda. Con el tiempo, el Estado amplió sus límites hasta superar las 100 km² actuales, protegiendo el mayor bosque autóctono que queda en el país, la única manada continua de ciervo rojo de Irlanda, los tres lagos glaciares y un patrimonio natural que la Unesco reconoció como Reserva de la Biosfera. Dentro del parque conviven Muckross House, la abadía de Muckross, Ross Castle, Innisfallen, Torc Waterfall y el camino hacia el Gap of Dunloe: siglos de historia y naturaleza reunidos en un mismo espacio protegido.
El Killarney de hoy es una ciudad de unos 14.000 habitantes que sigue viviendo, más que nunca, del turismo: recibe alrededor de un millón de visitantes al año, es el punto de partida del célebre Anillo de Kerry y una de las bases más populares para explorar todo el suroeste de Irlanda. Ha ganado premios nacionales de pueblo más limpio y cuidado, y combina la animación de sus pubs con música en vivo con la calma de los lagos a unos minutos a pie. De los monjes de Innisfallen a los turistas de hoy, pasando por los clanes gaélicos, la hambruna y la reina Victoria, Killarney ha hecho de su paisaje su historia, su identidad y su futuro.