El nombre de Dublín nace del agua oscura. El topónimo irlandés tradicional, 'Dubh Linn', significa literalmente 'estanque negro' o 'charca negra', y hace referencia a un remanso de aguas oscuras que se formaba donde el río Poddle desembocaba en el Liffey, junto al lugar donde más tarde se levantaría el Castillo de Dublín. De ese 'Dubh Linn' deriva el 'Dublin' inglés. Pero la ciudad tiene además otro nombre, el que usan hoy los hablantes de irlandés: 'Baile Átha Cliath', que significa 'la ciudad del vado de las cañizas', en alusión a un cruce de juncos tejidos que permitía atravesar el Liffey. Los dos nombres conviven hasta hoy: el oscuro estanque vikingo y el vado celta.
Antes de la ciudad ya existían asentamientos monásticos cristianos en la zona, pero la Dublín urbana nace con los vikingos. A partir del año 841, navegantes nórdicos (sobre todo noruegos) establecieron un 'longphort' —un campamento fortificado para sus barcos— en la orilla del Liffey. Desde esa base saquearon y comerciaron por toda Irlanda y el mar de Irlanda, y poco a poco el campamento se transformó en un próspero puerto comercial. Dublín se convirtió en uno de los grandes mercados vikingos del Atlántico Norte, donde se traficaba con esclavos, plata, ámbar y mercancías de toda Europa.
El reino nórdico-gaélico de Dublín tuvo una vida agitada, con reyes vikingos, expulsiones y regresos. Su poder militar se quebró finalmente en la batalla de Clontarf, en 1014, cuando el Gran Rey de Irlanda Brian Boru derrotó a una coalición de vikingos de Dublín y aliados, aunque murió en la propia batalla. Las excavaciones arqueológicas en la zona de Wood Quay sacaron a la luz, en el siglo XX, los restos de aquella Dublín vikinga y medieval, confirmando la importancia del asentamiento nórdico en el origen de la ciudad.
En 1169-1171, Irlanda fue invadida por los anglonormandos, caballeros llegados desde Inglaterra y Gales al servicio del rey Enrique II de Inglaterra. Dublín cayó en 1170 en manos de las fuerzas comandadas por Richard de Clare, conocido como 'Strongbow', y en 1171 el propio Enrique II llegó a la ciudad y recibió el sometimiento de varios reyes irlandeses. Aquel fue el comienzo de más de siete siglos de presencia inglesa en Irlanda, y Dublín quedó convertida en el centro del poder de la Corona inglesa en la isla.
Los normandos y los colonos ingleses que les siguieron transformaron la ciudad. Sobre el viejo asentamiento vikingo levantaron una urbe medieval amurallada, con su castillo, sus iglesias y sus gremios. El Castillo de Dublín, construido a partir de 1204 por orden del rey Juan, se convirtió en la sede del gobierno inglés en Irlanda durante siglos. También de esta época son las dos grandes catedrales medievales de la ciudad: la Catedral de Christ Church, de origen anterior pero reconstruida por los normandos, y la Catedral de San Patricio, la mayor de Irlanda, fundada en 1191.
Durante la Edad Media tardía, el dominio inglés efectivo se redujo a una franja de territorio en torno a Dublín conocida como 'the Pale' ('la Empalizada'), mientras el resto de Irlanda permanecía bajo el control de señores gaélicos y normandos cada vez más independientes. Dublín siguió siendo, de todos modos, la capital administrativa y el principal puerto de la isla, una ciudad pequeña pero estratégica desde la que la Corona intentaba gobernar un país que en gran parte se le escapaba.
El siglo XVIII fue la época dorada de Dublín. Bajo el dominio de la minoría protestante angloirlandesa (la 'Ascendancy'), y con su propio Parlamento irlandés reunido en la ciudad, Dublín vivió una extraordinaria expansión y se convirtió en una de las grandes capitales de Europa, llegando a ser por momentos la segunda ciudad del Imperio británico después de Londres. Fue la era georgiana, llamada así por los reyes Jorge que reinaban entonces.
De aquellos años data buena parte del rostro elegante de la ciudad: las amplias plazas ajardinadas (como Merrion Square o St Stephen's Green), las largas hileras de casas de ladrillo con sus inconfundibles puertas de colores coronadas por abanicos de cristal, y los grandes edificios públicos de estilo neoclásico. La Custom House y los Four Courts, ambos obra del arquitecto James Gandon a orillas del Liffey, el antiguo edificio del Parlamento irlandés (hoy Banco de Irlanda) y la expansión del Trinity College son monumentos de esta época. Una comisión urbanística, la 'Wide Streets Commission', planificó avenidas amplias y armoniosas que aún definen el centro.
Pero detrás del esplendor había enormes desigualdades: la prosperidad georgiana convivía con barrios míseros y con una mayoría católica privada de derechos por las Leyes Penales. El periodo culminó políticamente con un golpe duro para la ciudad: el Acta de Unión de 1800, que disolvió el Parlamento irlandés y fusionó Irlanda con Gran Bretaña en el Reino Unido. Privada de su parlamento y de la aristocracia que lo acompañaba, Dublín perdió buena parte de su brillo y entró en el siglo XIX como una capital venida a menos.
Dublín fue el escenario del acontecimiento que cambió el destino de Irlanda: el Alzamiento de Pascua de 1916 (Easter Rising). En la semana de Pascua de abril de aquel año, un grupo de nacionalistas y republicanos irlandeses se rebeló contra el dominio británico. Liderados por figuras como Patrick Pearse y James Connolly, los rebeldes ocuparon edificios clave del centro y proclamaron la República de Irlanda desde la escalinata de la Oficina General de Correos (la GPO, General Post Office) en la calle O'Connell.
La rebelión fue aplastada militarmente en pocos días, y buena parte del centro de Dublín quedó en ruinas tras los combates y el bombardeo británico. La opinión pública irlandesa, al principio fría con los insurgentes, viró radicalmente cuando los líderes del Alzamiento fueron ejecutados sumariamente por las autoridades británicas en la Kilmainham Gaol. Aquellos fusilamientos convirtieron a los rebeldes en mártires y dispararon el apoyo popular a la causa independentista.
Lo que siguió fue la Guerra de Independencia irlandesa (1919-1921) y, tras ella, el Tratado anglo-irlandés que en 1922 dio nacimiento al Estado Libre Irlandés, con Dublín como capital. La ciudad fue también escenario de la dolorosa Guerra Civil que estalló a continuación entre partidarios y detractores del Tratado, en la que ardió, por ejemplo, el edificio de los Four Courts. De aquel proceso nació finalmente la Irlanda independiente: en 1937 se adoptó una nueva Constitución y en 1949 se proclamó formalmente la República. Lugares como la GPO, la Kilmainham Gaol y el cementerio de Glasnevin guardan hoy la memoria de aquellos años fundacionales.
Pocas ciudades del mundo han dado tantos grandes escritores como Dublín, hasta el punto de que la Unesco la nombró Ciudad de la Literatura en 2010. La capital irlandesa es la cuna o la patria de cuatro premios Nobel —William Butler Yeats, George Bernard Shaw, Samuel Beckett y Seamus Heaney— y de figuras inmortales como Oscar Wilde, Jonathan Swift (deán de la catedral de San Patricio y autor de 'Los viajes de Gulliver'), Bram Stoker (creador de 'Drácula') y, por encima de todos en lo que a la ciudad respecta, James Joyce.
Joyce convirtió a Dublín en literatura como nadie. Su gran novela, el 'Ulises' (1922), transcurre íntegramente en la Dublín de un solo día —el 16 de junio de 1904—, recorriendo sus calles, pubs y plazas con un detalle tan minucioso que se decía que, si la ciudad desapareciera, podría reconstruirse a partir del libro. En homenaje a esa novela, cada 16 de junio Dublín celebra el 'Bloomsday' (por el protagonista, Leopold Bloom), con lecturas, recorridos y gente vestida a la moda eduardiana.
Esa tradición literaria sigue muy viva en la ciudad. Se puede visitar el Museum of Literature Ireland (MoLI), el Dublin Writers Museum, la James Joyce Tower de Sandycove (donde arranca el 'Ulises') o la biblioteca del Trinity College, que custodia el Libro de Kells, una obra maestra de los manuscritos iluminados medievales. Y, por supuesto, está la vida de los pubs literarios del barrio de Temple Bar y alrededores, donde tantos escritores encontraron inspiración. La literatura es, en Dublín, parte del paisaje urbano y de la identidad de la ciudad.
Ninguna historia de Dublín está completa sin la Guinness. En 1759, Arthur Guinness firmó un célebre contrato de arrendamiento por 9.000 años de la fábrica de St James's Gate, a orillas del Liffey, para producir cerveza. De allí saldría la famosa 'stout' negra de espuma cremosa que se convirtió en uno de los símbolos de Irlanda en el mundo. Hoy, la antigua fábrica alberga el Guinness Storehouse, la atracción turística más visitada del país, que culmina en el Gravity Bar, un mirador acristalado con vistas panorámicas de toda la ciudad mientras se toma la pinta perfecta.
La cerveza está unida a otra institución dublinesa: el pub. El pub irlandés es mucho más que un bar; es el corazón de la vida social, el lugar donde se conversa, se toca música tradicional en vivo (las 'sessions') y se teje la comunidad. Barrios como Temple Bar concentran la vida nocturna más turística, pero por toda la ciudad sobreviven pubs históricos y centenarios con su propio carácter, donde el 'craic' (la buena charla y el ambiente festivo, palabra intraducible) es el verdadero protagonista.
En las últimas décadas, Dublín volvió a transformarse. Tras siglos de pobreza y emigración, Irlanda vivió a partir de los años noventa el boom económico conocido como el 'Tigre Celta', que convirtió a Dublín en un centro tecnológico y financiero europeo, sede de las grandes empresas de internet y de un dinámico barrio de negocios en los muelles (el Docklands o 'Silicon Docks'). La crisis de 2008 golpeó duramente, pero la ciudad se recuperó. Hoy Dublín combina su patrimonio vikingo, medieval, georgiano y literario con la energía de una capital joven, cosmopolita y abierta, sin perder la calidez y el sentido del humor que la hacen inconfundible.