En una de las puertas de la muralla medieval de Galway, según cuenta la tradición, los mercaderes ingleses de la ciudad grabaron una plegaria: 'Del feroz O'Flaherty, líbranos, Señor'. Al otro lado de esa muralla, más allá del lago Corrib, empezaba Connemara: un territorio de montañas, turberas y una costa laberíntica que durante siglos fue el dominio de los O'Flaherty (Ó Flaithbheartaigh), una de las grandes dinastías gaélicas del oeste de Irlanda. Desde su fortaleza de Aughnanure, cerca de Oughterard, controlaron estas tierras desde mediados del siglo XIII, temidos por su independencia y su resistencia a todo poder externo.
El nombre Connemara —Conmhaicne Mara en irlandés, 'los descendientes de Conmhac junto al mar'— alude a un antiguo pueblo que habitó la costa. Era una tierra pobre, de suelo delgado sobre roca y turba, azotada por el Atlántico, y precisamente esa pobreza y ese aislamiento la mantuvieron al margen de la anglicización que transformaba el resto de la isla. Aquí el idioma irlandés, las costumbres y la organización clánica gaélica sobrevivieron mucho más que en las llanuras del este.
Ese mundo se quebró con la conquista inglesa. Tras las guerras del siglo XVII y las confiscaciones cromwellianas de mediados de ese siglo, los O'Flaherty perdieron gran parte de sus tierras, que pasaron a nuevos propietarios, entre ellos la familia Martin, una de las 'tribus de Galway'. Los Martin llegarían a poseer una de las mayores propiedades de las islas británicas, y uno de ellos, Richard Martin, pasó a la historia como 'Humanity Dick', pionero de la legislación contra el maltrato animal a comienzos del siglo XIX. Pero por debajo de los grandes terratenientes seguía viviendo, en condiciones cada vez más precarias, una población campesina gaélica que dependía casi por completo de un solo cultivo: la papa.
Ninguna región de Irlanda sufrió la Gran Hambruna (An Gorta Mór, 1845-1852) con más crudeza que Connemara. Cuando el tizón de la papa arruinó cosecha tras cosecha desde 1845, la población campesina —que subsistía casi exclusivamente de ese tubérculo en pequeñas parcelas de tierra pobre— quedó al borde de la inanición. En una tierra sin industria, sin apenas otro alimento y aislada de los grandes centros, el hambre, el tifus y la disentería hicieron estragos, y la emigración masiva y la muerte vaciaron aldeas enteras.
El gobierno británico respondió, sobre todo, con las llamadas 'obras públicas' (public works): en lugar de dar comida gratis, se pagaba un jornal miserable a los hambrientos para que realizaran trabajos, con la idea liberal de no 'fomentar la dependencia'. Así nacieron las tristemente célebres 'famine roads' ('caminos del hambre'): carreteras, muros y senderos construidos por gente famélica, muchos de los cuales no conducían a ninguna parte útil —terminaban en medio de una turbera, subían una ladera sin destino o bordeaban un lago sin motivo—. Su único propósito era dar una excusa para pagar un salario de subsistencia. Hombres, mujeres y niños debilitados morían picando piedra bajo la lluvia por unos peniques o una ración.
En Connemara todavía se ven esos caminos y muros que se pierden en el paisaje, cicatrices silenciosas de la catástrofe. La región, que antes de la hambruna estaba densamente poblada de pequeños arrendatarios, quedó despoblada; muchos de sus habitantes murieron y otros tantos emigraron a Estados Unidos, Canadá o Gran Bretaña. La memoria de aquella tragedia, y de la mezcla de indiferencia ideológica y gestión desastrosa que la agravó, sigue muy presente en la identidad del oeste irlandés.
Pocos años después de la hambruna, en un valle a orillas del lago Pollacapall, se levantó el edificio que hoy es la imagen misma de Connemara. En 1867-1871, Mitchell Henry —un médico y político inglés de familia enriquecida con la industria textil de Manchester— mandó construir el castillo de Kylemore como hogar y regalo para su esposa Margaret, de quien se había enamorado del lugar durante su luna de miel años atrás. El resultado fue una fastuosa mansión neogótica de granito y caliza, con más de setenta habitaciones, sistemas de calefacción y agua avanzados para la época, invernaderos, un jardín amurallado modélico y hasta una pequeña iglesia neogótica.
La felicidad duró poco. Margaret murió en 1874, con apenas cuarenta y pocos años, tras contraer una fiebre en un viaje a Egipto. Mitchell Henry, desolado, hizo levantar en su memoria la delicada iglesia-catedral en miniatura y un mausoleo donde ambos reposan. Con los años y las dificultades económicas, la propiedad se vendió; pasó fugazmente por manos de un duque y, finalmente, en 1920, la compró una comunidad de monjas benedictinas.
Eran las 'Damas Irlandesas de Ypres': una comunidad benedictina de origen irlandés fundada en el continente en el siglo XVII, cuyo monasterio en Ypres (Bélgica) había sido destruido por los bombardeos de la Primera Guerra Mundial. Refugiadas primero en Inglaterra, las monjas se instalaron en Kylemore en diciembre de 1920 y allí rehicieron su vida: convirtieron el castillo en abadía y abrieron un internado para niñas que llegó a tener fama internacional, con alumnas de Irlanda, Europa, Asia y Estados Unidos, además de las chicas de la zona. El colegio funcionó casi un siglo, hasta su cierre en 2010. Hoy la comunidad benedictina sigue viviendo en Kylemore y gestiona el sitio, que se ha convertido en una de las atracciones más visitadas del oeste de Irlanda.
A pocos kilómetros de Kylemore, el mismo aislamiento que hacía de Connemara un refugio de belleza salvaje tuvo también un reverso terrible. En el pueblo de Letterfrack funcionó, entre 1887 y 1974, la St Joseph's Industrial School, una escuela industrial para niños varones regida por la congregación de los Christian Brothers (Hermanos Cristianos). Por sus aulas y talleres pasaron unos 2.819 niños a lo largo de casi noventa años, muchos de ellos enviados allí por pobreza, orfandad o pequeños delitos.
El informe de la Comisión Ryan (Ryan Report, 2009), que investigó durante una década los abusos en las instituciones para menores de Irlanda, describió lo ocurrido en Letterfrack en términos demoledores. Concluyó que el castigo físico fue 'severo, excesivo y omnipresente', que 'creó un clima de miedo' y que fue el principal método de control; y que el abuso sexual de los niños por parte de algunos hermanos había sido un problema 'crónico'. El propio informe señaló que la ubicación remota de Letterfrack, en el corazón de Connemara, agravó la situación: el aislamiento permitió que quienes abusaban actuaran durante largos períodos escapando a la detección y al castigo.
Muchos de aquellos niños murieron en la institución y fueron enterrados allí; sus historias, silenciadas durante décadas, salieron a la luz gracias a supervivientes como el escritor y político Mannix Flynn y a las investigaciones oficiales. Hoy, en el antiguo edificio de la escuela funciona un centro de educación y un memorial recuerda a los niños fallecidos. Es una parte incómoda pero necesaria de la historia de Connemara: la del abuso institucional que marcó a la Irlanda del siglo XX, y que conviene no maquillar ni confundir con la historia, muy distinta, de la abadía de Kylemore.
En el cambio del siglo XIX al XX, la turbera desolada de Derrygimlagh, al sur de Clifden, se convirtió sorprendentemente en un lugar de vanguardia tecnológica mundial. En 1905-1907, el pionero italiano Guglielmo Marconi eligió estas tierras vacías y llanas para instalar una gigantesca estación de telegrafía sin hilos, la Marconi Transatlantic Wireless Station, que en 1907 inauguró el primer servicio comercial regular de radiotelegrafía a través del Atlántico, comunicando por primera vez de forma comercial Europa con Norteamérica. La estación fue enorme para su época: con sus mástiles, generadores alimentados por la propia turba y cientos de trabajadores, transformó por unos años la economía local. Funcionó hasta que resultó dañada durante la Guerra Civil irlandesa, en 1922, y luego fue desmantelada.
Junto a esa estación se escribió, además, un capítulo decisivo de la historia de la aviación. El 15 de junio de 1919, dos aviadores británicos, el capitán John Alcock y el teniente Arthur Whitten Brown, completaron el primer vuelo transatlántico sin escalas de la historia. Habían despegado el día anterior de Terranova (Canadá) en un bombardero Vickers Vimy reconvertido y, tras casi dieciséis horas y media de vuelo enfrentando niebla, hielo y averías sobre el océano, avistaron los mástiles de la estación de Marconi. Creyendo que aterrizaban en un prado firme, se posaron en la turbera de Derrygimlagh; el avión clavó el morro en el barro, pero ambos salieron ilesos.
La hazaña les valió un premio de 10.000 libras del diario Daily Mail y el título de caballeros de manos del rey Jorge V pocos días después. Un monumento con forma de aleta de cola de avión, sobre una colina cercana, y un hito en el lugar exacto del aterrizaje recuerdan hoy aquella proeza, y un sendero circular por la turbera —el Derrygimlagh Loop— une ambas historias: la de la radio y la del vuelo que empequeñecieron el océano.
Pese a la hambruna, la emigración y la despoblación, Connemara conservó algo que casi todo el resto de Irlanda perdió: su lengua. La región es una de las principales Gaeltacht del país, las zonas donde el irlandés (gaeilge) sigue siendo la lengua cotidiana de la comunidad. En pueblos como An Cheathrú Rua (Carraroe), Ros Muc o Cill Chiaráin se vive en irlandés: se habla en casa, en la escuela, en el pub y en los carteles; cada verano miles de estudiantes de toda Irlanda llegan a los colegios de inmersión para aprenderlo, y en Casla emite Raidió na Gaeltachta, la radio en irlandés.
Este apego a la lengua y a la tradición hizo de Connemara un símbolo del renacimiento cultural gaélico. El líder revolucionario Patrick Pearse, una de las figuras del Alzamiento de Pascua de 1916, tenía aquí una cabaña de campo, en Ros Muc, donde se empapaba del irlandés vivo y de la cultura popular; hoy es un centro de interpretación. La música, la poesía y el 'sean-nós' (el canto tradicional sin acompañamiento) siguen siendo parte del pulso de la región.
El Connemara contemporáneo vive sobre todo del turismo, la ganadería de montaña (el famoso cordero de Connemara, con denominación protegida), la pesca, la acuicultura de mejillones y ostras en el fiordo Killary, y la cría del célebre poni de Connemara, una raza autóctona resistente y elegante que se exhibe cada agosto en la feria de Clifden. Los mismos paisajes que fueron escenario de tanta penuria son hoy uno de los grandes reclamos de la Wild Atlantic Way, la ruta costera del oeste. Connemara sigue siendo, como escribió Oscar Wilde, un lugar de 'belleza salvaje': un rincón donde la naturaleza, la lengua y una historia densa y a veces dolorosa conviven a la vista de quien sepa mirar.