Mucho antes de que existiera Irlanda como la conocemos, alguien levantó en el borde de un acantilado de Inis Mór una de las construcciones más enigmáticas de la Europa antigua. Dún Aonghasa —tres murallas concéntricas de piedra seca encaramadas al filo de un precipicio de casi 100 metros sobre el Atlántico— domina la isla desde hace milenios. Las excavaciones han revelado que el lugar estuvo ocupado desde alrededor del año 1100 a.C., en la Edad del Bronce tardía, y que sus grandes murallas se levantaron y ampliaron a lo largo de la Edad del Hierro. No es el único: Inis Mór y sus islas hermanas están sembradas de fuertes de piedra prehistóricos, como Dún Dúchathair (el 'fuerte negro'), Dún Eoghanachta o Dún Chonchúir en la isla vecina.
¿Para qué servían? El debate sigue abierto. Durante mucho tiempo se los interpretó como fortalezas defensivas, y algunos rasgos apoyan esa idea, como la 'chevaux de frise' de Dún Aonghasa: un campo de miles de lajas de piedra clavadas verticalmente alrededor del fuerte para frenar a los atacantes, un sistema defensivo rarísimo en Irlanda. Pero la posición al borde del acantilado, sin acceso al mar ni al agua, ha llevado a otros a pensar que fueron también recintos ceremoniales, lugares de reunión o símbolos de poder de las élites locales.
El nombre asocia el fuerte a Aonghas, una figura de la mitología, y durante siglos la tradición lo vinculó a los Fir Bolg, un pueblo legendario de la prehistoria irlandesa. Sea cual fuere su función exacta, Dún Aonghasa es hoy uno de los monumentos prehistóricos más impresionantes de Europa: un lugar donde la obra humana y la fuerza del océano se encuentran de forma vertiginosa.
Si los fuertes hablan de la prehistoria, el capítulo más luminoso de la historia de Aran empieza en el siglo V con un hombre: San Enda (Éanna). Según la tradición, Enda era hijo de un rey del Ulster y se había formado como guerrero, hasta que la influencia de su hermana, la abadesa Santa Fanchea, lo llevó a renunciar a la violencia y al poder para abrazar la vida religiosa. Tras formarse en el monasterio de Candida Casa, en la actual Escocia, recibió hacia el año 484 unas tierras en Inis Mór de manos de su cuñado Aengus, rey de Munster, y fundó en Killeany (Cill Éinne, 'la iglesia de Enda') lo que suele considerarse el primer monasterio propiamente irlandés.
Enda convirtió Inis Mór en una isla enteramente monástica, con una red de comunidades cuyos monjes imitaban el ascetismo de los primeros ermitaños del desierto egipcio: jornadas divididas entre la oración, el trabajo manual y el estudio sagrado, durmiendo sobre la piedra o sobre un poco de paja, en pobreza extrema. La fama de santidad del lugar creció hasta convertirlo en uno de los grandes focos del monaquismo celta y en destino de peregrinación.
Por Aran pasaron o se formaron algunas de las grandes figuras de la Iglesia irlandesa altomedieval: San Brendan el Navegante, que recibió allí la bendición para sus viajes; San Finnian de Clonard; San Jarlath; e incluso, según la tradición, San Columba (Colum Cille), que llamó a la isla 'el sol del oeste'. Tal fue su prestigio que las islas quedaron para siempre con el sobrenombre de 'Ara na Naomh', 'Aran de los Santos'. De aquella época quedan por toda la isla iglesias, oratorios y cruces en ruinas, como el conjunto de las Siete Iglesias o la diminuta Teampall Bheanáin, testigos de piedra de una Irlanda que fue faro de fe y cultura en la Europa de la Alta Edad Media.
Tras los siglos monásticos vinieron tiempos más duros. En la Edad Media, las islas fueron controladas por clanes gaélicos como los O'Brien y los O'Flaherty, que se disputaron su dominio por su valor estratégico a la entrada de la bahía de Galway. En el siglo XVI, bajo el avance del poder inglés, se levantó una guarnición y las islas quedaron integradas en el sistema colonial, con la construcción del fuerte de Arkin, cerca de Killeany, durante el período de Cromwell. Para la mayoría de sus habitantes, sin embargo, la vida siguió siendo la de una comunidad campesina y pesquera pobre y aislada, hablante de irlandés, al margen de casi todo.
Y es aquí donde aparece uno de los datos más asombrosos —y ciertos— de Inis Mór: buena parte del suelo de la isla no es natural, sino fabricado por el ser humano. Sobre la caliza desnuda, sin apenas tierra, generaciones de isleños crearon parcelas cultivables acarreando a mano, cesta a cesta, arena de las playas y algas del mar, que mezclaban y extendían sobre la roca hasta formar una fina capa de suelo fértil donde plantar papas y forraje. Cada uno de los innumerables campos diminutos, rodeados por los característicos muros de piedra seca —que a la vez servían para despejar las piedras del terreno y proteger del viento—, es fruto de ese esfuerzo titánico y paciente.
El resultado es uno de los paisajes hechos por el hombre más singulares de Europa: miles de kilómetros de tapias que cuadriculan la isla y un mosaico de parcelas construidas literalmente a pulso. La vida era de subsistencia estricta: pesca en frágiles 'currachs' (botes de lona y madera), unas pocas vacas, papas, algo de pescado y el mar siempre presente, tanto como sustento como amenaza. Esa dureza, y esa dignidad, se convertirían pronto en material para artistas y escritores que buscaban en Aran una Irlanda 'auténtica'.
A finales del siglo XIX, mientras Irlanda vivía un intenso renacimiento cultural y nacionalista, las islas Aran pasaron de ser un rincón olvidado a convertirse en un símbolo. Para los intelectuales del Gaelic Revival —el movimiento que buscaba recuperar la lengua, las leyendas y la identidad gaélicas—, Aran era el lugar donde la Irlanda 'verdadera' seguía viva: el idioma irlandés como lengua cotidiana, las costumbres antiguas, el modo de vida atlántico intacto.
Fue el poeta W. B. Yeats quien, en 1896, le dio a un joven escritor un consejo que cambiaría la literatura irlandesa: 'Ve a las islas Aran. Vive allí como si fueras uno más, exprésalo, expresa una vida que nunca ha encontrado expresión'. Ese joven era John Millington Synge. A partir de 1898, Synge pasó varios veranos en las islas, sobre todo en Inis Meáin, aprendiendo irlandés, escuchando historias y anotándolo todo. De esa experiencia nacieron su libro 'The Aran Islands' (1907), a medio camino entre el diario y el estudio etnográfico, y algunas de sus obras teatrales más célebres, como 'Jinetes hacia el mar' ('Riders to the Sea'), una tragedia sobre una madre isleña que va perdiendo a sus hombres en el océano, y que se inspira directamente en la vida y la muerte que Synge vio en Aran.
La mirada de Synge y de los escritores del Revival fijó para siempre la imagen de las islas como una reserva de autenticidad y de dureza noble. Esa imagen tenía mucho de real, pero también algo de idealización: los isleños eran personas concretas, con una vida difícil que no siempre encajaba con el mito romántico que se construía sobre ellas desde Dublín o Londres. Esa tensión entre la Aran real y la Aran imaginada volvería a estallar, años después, con una película.
En 1934, el cineasta estadounidense Robert J. Flaherty —pionero del documental, autor de 'Nanook of the North'— estrenó 'Man of Aran', una película rodada en Inis Mór que llevó las islas al mundo entero. Filmada con imágenes espectaculares del mar embravecido rompiendo contra los acantilados y de hombres luchando por sobrevivir en un entorno feroz, la película fue un éxito internacional, ganó premios y grabó en el imaginario global la idea de Aran como el último bastión de una humanidad heroica frente a la naturaleza.
Había un problema: buena parte de lo que se veía estaba escenificado. Flaherty, fiel a su método, no filmó la vida tal como era, sino como él imaginaba que 'debía' haber sido. Reunió a personas que no eran una familia y les hizo interpretar a padre, madre e hijo. Y, sobre todo, dedicó largas y dramáticas secuencias a la caza del tiburón peregrino con arpones desde botes pequeños, una práctica que los isleños habían abandonado hacía unos cincuenta años y que hubo que reaprender expresamente para la película, con la ayuda de un experto traído de fuera. Incluso la recogida de algas y otras faenas se recrearon para la cámara.
El resultado es una paradoja fascinante: 'Man of Aran' es a la vez una obra maestra visual del cine documental y un documento en gran parte falseado, que romantiza y exagera la dureza de la vida isleña y muestra actividades que ya no existían. La crítica lleva décadas debatiendo su valor: ¿es un retrato o una ficción disfrazada de verdad? Para el viajero de hoy, verla —se suele proyectar en el centro Ionad Árann de Kilronan— es una gran manera de entrar en la mitología de las islas, siempre que se tenga presente cuánto de puesta en escena hay en cada plano. La 'autenticidad' de Aran, otra vez, resultaba estar en parte construida por una mirada de afuera.
El siglo XX fue, para Aran como para gran parte del oeste rural irlandés, un tiempo de despoblación. La emigración, sobre todo hacia Estados Unidos y las ciudades, fue vaciando poco a poco unas islas donde la vida seguía siendo dura y las oportunidades, escasas. Muchos isleños partieron para no volver, y la población, que había sido considerable, se redujo de forma drástica a lo largo de las décadas. El aislamiento que había preservado la lengua y las costumbres se volvía también una condena económica.
El gran cambio llegó con la mejora de las comunicaciones y, sobre todo, con el turismo. La llegada de ferries regulares desde Rossaveel y Doolin, la construcción del pequeño aeropuerto de Connemara con sus avionetas, y el atractivo creciente de un lugar como Inis Mór —fuertes prehistóricos, muros de piedra, gaélico vivo, paisaje sobrecogedor— convirtieron a las islas en un destino. Hoy, buena parte de la economía isleña gira en torno a los visitantes: bicicletas de alquiler, minibuses, calesas, B&B, pubs, restaurantes de marisco y las tiendas del célebre jersey de Aran, el suéter de lana de puntos entrelazados nacido en estas islas.
Inis Mór resiste, además, como uno de los grandes bastiones de la lengua irlandesa: es Gaeltacht, y el gaélico sigue siendo el idioma de la comunidad, hablado en casa, en la escuela y en el pub, aunque todos manejan también el inglés para el visitante. El reto contemporáneo es el de siempre en estos lugares únicos: mantener viva una comunidad real —con jóvenes que se queden, servicios y trabajo todo el año— y no convertir la isla en un decorado para turistas, protegiendo a la vez un patrimonio prehistórico y natural irremplazable. Quien llega a Inis Mór y se queda a dormir, cuando se va el último ferry y la isla recupera su silencio de piedra y mar, entiende que aquí sigue latiendo algo antiguo y verdadero.