Mucho antes de que existieran carreteras, micros turísticos o el nombre mismo de 'Anillo de Kerry', la península de Iveragh ya estaba habitada. Sus habitantes dejaron, esparcidos por las laderas y los valles, algunos de los monumentos más antiguos y misteriosos de Irlanda: círculos de piedra de la Edad de Bronce, como el de Kenmare (unos 3.000 años de antigüedad, quince piedras alrededor de un dolmen central), tumbas megalíticas, piedras con inscripciones y, sobre todo, los grandes fuertes circulares de piedra seca conocidos como cashels o stone forts.
El más impresionante es Staigue Fort, escondido en un valle solitario cerca de Sneem: una muralla circular de unos 27 metros de diámetro y hasta 5,5 metros de altura, levantada sin una sola gota de argamasa, con muros de casi cuatro metros de espesor y una ingeniosa red de escaleras internas dispuestas en forma de X. Los arqueólogos discuten su fecha exacta, pero se lo suele situar entre el final de la Edad del Hierro y la temprana Edad Media (aproximadamente entre el siglo I a. C. y el VI d. C.). Debió de ser la residencia fortificada de un jefe o de una familia poderosa, un símbolo de estatus tanto como una defensa.
Cerca de Cahersiveen se conservan otros dos fuertes notables: Cahergal (Cathair Gheal), un cashel reconstruido y datado hacia el año 600 d. C., y Leacanabuaile, un fuerte-granja cuyas excavaciones arrojaron objetos de la Edad de Bronce y de Hierro, prueba de que allí vivió una comunidad campesina durante siglos; el recinto que hoy se ve se levantó hacia los siglos IX-X, aunque parte de sus estructuras podría ser anterior. Estos fuertes no son ruinas anónimas: son la firma de una sociedad organizada, ganadera y guerrera, que dominaba el paisaje desde sus murallas de piedra mucho antes de que llegaran el cristianismo, los vikingos o los ingleses. Recorrerlos hoy, en medio de las ovejas y el viento atlántico, es tocar la Irlanda más profunda.
Frente a la costa oeste de la península, a unos doce kilómetros mar adentro, se alza una pirámide de roca de 218 metros que parece salida de un sueño: Skellig Michael (Sceilg Mhichíl). Allí, entre los siglos VI y VIII, un puñado de monjes de la primitiva Iglesia irlandesa hizo algo que todavía asombra: subieron a lo alto del peñón, tallaron más de seiscientos escalones en la roca y construyeron, en un rellano batido por el viento, un monasterio de celdas con forma de colmena (clocháin), oratorios, cruces y un pequeño cementerio, todo de piedra seca, sin argamasa, encajando las lajas con una maestría que ha resistido más de mil años de tormentas.
La tradición atribuye la fundación a San Fionán, y el sitio se dedicó al arcángel Miguel, patrón de los lugares elevados. La vida en Skellig era de una dureza extrema: nunca vivieron allí más de doce monjes y un abad, alimentándose de pescado, aves marinas, huevos y lo poco que daba un huerto minúsculo, dedicados a la oración, el ayuno y la copia de manuscritos, en un aislamiento casi total. Era el ideal del monaquismo irlandés llevado al límite: buscar a Dios en el 'desierto' más inhóspito posible.
El aislamiento no los salvó de la violencia. Los anales registran ataques vikingos ya desde los primeros años del siglo IX: el más recordado, hacia el 823-824, cuenta que 'Skellig fue saqueada por los paganos y el abad Eitgal fue llevado y murió de hambre'. Aun así, la comunidad resistió y el monasterio siguió ocupado durante más de seiscientos años, hasta que, hacia los siglos XII o XIII, un clima más frío y los cambios en la vida monástica llevaron a los monjes a trasladarse a tierra firme, a la abadía de Ballinskelligs. El peñón siguió siendo lugar de peregrinación durante siglos.
Hoy, el monasterio de Skellig Michael es uno de los ejemplos mejor conservados de asentamiento monástico temprano de Europa, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1996, y una locación de la saga 'Star Wars'. Pero su verdadera magia no está en el cine, sino en imaginar a esos hombres subiendo, día tras día, los seiscientos dieciocho escalones hacia el cielo.
Tras la retirada de los monjes, la península de Iveragh quedó, durante toda la Edad Media, bajo el dominio de clanes gaélicos y de los señores anglonormandos que habían desembarcado en Irlanda a partir de 1169. Fue tierra de castillos como el de Ballycarbery, de familias como los MacCarthy y los O'Sullivan, y de un modo de vida que combinaba la ganadería, la pesca y una fuerte identidad en lengua irlandesa que perdura, hasta hoy, en las zonas de Gaeltacht de la costa oeste.
El personaje que dio a Kerry su lugar en la historia moderna de Irlanda nació precisamente aquí: Daniel O'Connell (1775-1847), 'el Libertador'. Vino al mundo cerca de Cahersiveen y se crió en la casa de su tío en Derrynane, en el tramo sur del anillo, en el seno de una familia católica terrateniente que había conservado sus tierras pese a las Leyes Penales que discriminaban a los católicos. Formado como abogado, O'Connell se convirtió en el gran líder de la causa católica: organizó una movilización pacífica de masas sin precedentes en Europa y logró, en 1829, la Emancipación Católica, la ley que permitió por fin a los católicos ocupar bancas en el Parlamento de Westminster.
O'Connell fue mucho más que un político local: se lo considera el pionero de la política democrática moderna irlandesa, un hombre que rechazaba la violencia y que después lideró, sin éxito, la campaña por la derogación de la unión con Gran Bretaña. Su casa de Derrynane, hoy museo estatal, conserva su mobiliario y sus objetos personales, rodeada de jardines y de una de las playas más hermosas de Kerry. Que uno de los grandes héroes nacionales de Irlanda proceda de este rincón remoto del suroeste dice mucho del peso que la península ha tenido en la identidad del país.
El siglo XIX trajo a Kerry, como a toda Irlanda, la mayor catástrofe de su historia: la Gran Hambruna (An Gorta Mór, 1845-1852). Una plaga que pudría la papa, alimento casi único de millones de campesinos pobres, provocó una hambruna masiva que se cebó especialmente en los condados del oeste, entre ellos Kerry, donde la población dependía por completo de ese cultivo en tierras marginales.
Las consecuencias fueron devastadoras. Entre la muerte por hambre y enfermedad y la emigración desesperada, Irlanda perdió cerca de una cuarta parte de su población en pocos años. En la península de Iveragh, pueblos enteros se vaciaron: los que sobrevivieron muchas veces embarcaron hacia América desde Cork o Queenstown (hoy Cobh), dejando atrás casas que hoy son ruinas cubiertas de hierba en las laderas. El propio Daniel O'Connell, ya anciano y enfermo, dedicó sus últimos esfuerzos parlamentarios a pedir ayuda para los hambrientos; llegó a intentar comprar el depósito de alimentos del gobierno en Cahersiveen para repartirlo, una gestión que el Tesoro británico rechazó. Murió en 1847, en pleno horror de la hambruna.
La emigración no terminó con la hambruna: se convirtió en una constante durante más de un siglo. Generaciones de jóvenes de Kerry partieron hacia Estados Unidos, Inglaterra o Australia en busca del futuro que su tierra no podía ofrecerles, y la diáspora tejió lazos permanentes entre la península y el otro lado del Atlántico. Esa herida demográfica —campos que nunca recuperaron su población, aldeas abandonadas, familias divididas por el océano— es parte esencial de la memoria de Kerry, y explica en buena medida por qué tantos descendientes de irlandeses en América sienten estas costas como su lugar de origen.
En medio de aquel siglo de tragedia y emigración, la península protagonizó también una de las mayores hazañas tecnológicas de la historia. Ocurrió en la isla de Valentia, en el extremo oeste del anillo, y cambió el mundo: desde aquí se tendió el primer cable telegráfico transatlántico que funcionó de forma duradera, uniendo Europa con América.
La idea era casi disparatada para la época: sumergir en el fondo del océano un cable de miles de kilómetros para transmitir mensajes en minutos entre dos continentes que hasta entonces se comunicaban por barco, con semanas de demora. Tras varios intentos fallidos —un primer cable de 1858 funcionó apenas unas semanas—, el éxito definitivo llegó en 1866. El 27 de julio de ese año, el gigantesco vapor 'Great Eastern' terminó de tender un cable robusto que partía de Valentia y alcanzaba Heart's Content, en Terranova (Canadá), tras recorrer unas 1.686 millas náuticas (más de 3.000 km) de océano. Ese mismo año se logró además recuperar y completar el cable perdido del intento anterior.
El impacto fue inmenso. La reina Victoria y el presidente de Estados Unidos intercambiaron mensajes de felicitación; lo que antes tardaba días de travesía ahora tomaba minutos. Era, para su tiempo, algo comparable a lo que sería un siglo después la llegada a la Luna: la primera vez que la información viajaba casi instantáneamente entre el Viejo y el Nuevo Mundo. Valentia se convirtió en un nudo de las comunicaciones mundiales y mantuvo su estación telegráfica en funcionamiento durante casi un siglo, hasta 1966.
Hoy la antigua estación del cable y el punto del primer amarre se pueden visitar, y el conjunto de sitios vinculados al cable transatlántico (en Irlanda y Terranova) aspira a ser reconocido como Patrimonio de la Humanidad. Que este rincón perdido de Kerry, del que tanta gente había tenido que emigrar, fuera al mismo tiempo la puerta por la que el mundo entró en la era de las telecomunicaciones, es una de las paradojas más hermosas de la historia de la península.
El paisaje que hoy atrae a viajeros de todo el mundo empezó a hacerse famoso en el siglo XIX, de la mano del romanticismo y de un puñado de visitantes ilustres. Un hito clave fue la visita de la reina Victoria en 1861 al Parque Nacional de Killarney: el mirador de Ladies View debe su nombre a la admiración que expresaron sus damas de compañía ante los lagos, y aquella visita real puso de moda la zona entre la alta sociedad británica. Poco a poco, los lagos de Killarney, las montañas de los MacGillycuddy's Reeks y la costa de Iveragh se convirtieron en un destino pintoresco, recorrido primero en carruajes tirados por caballos (los jaunting cars que todavía circulan en Killarney) y después en auto.
El trazado circular que hoy llamamos Anillo de Kerry se consolidó en el siglo XX como una de las rutas turísticas por excelencia de Irlanda: 179 kilómetros de carretera que encadenan miradores, playas, pueblos coloridos, fuertes de piedra y el desvío a Skellig Michael. La península supo mantener a la vez su carácter rural y su lengua: buena parte de la costa oeste sigue siendo Gaeltacht, zona de habla irlandesa, y el modo de vida ganadero y pesquero convive con el turismo.
En las últimas décadas, dos fenómenos dispararon aún más su fama. Uno fue el cine: Skellig Michael apareció como escenario en la saga 'Star Wars', multiplicando el deseo de subir a sus escalones (y obligando a reforzar las medidas de seguridad y los cupos). El otro fue la creación, en 2014, de la Wild Atlantic Way, la gran ruta costera de 2.500 km por el oeste irlandés, de la que el Anillo de Kerry es uno de los tramos estrella.
Ese éxito trae también desafíos: en pleno verano, las carreteras angostas se saturan de micros y autos, y por eso se recomienda recorrer el anillo en sentido antihorario, madrugar y repartir la visita en varios días. Pero basta con detenerse en un mirador solitario, escuchar el viento y el mar, y mirar la silueta de las Skellig recortarse en el horizonte para entender que, más allá de las modas y las multitudes, Kerry sigue siendo lo que fue siempre: uno de los confines más bellos y evocadores de Europa.