La historia del lugar que hoy llamamos Visegrád comienza mucho antes de los reyes medievales. En la Antigüedad, esta zona del Danubio formaba parte de la frontera (el limes) del Imperio Romano, que corría a lo largo del río separando la provincia de Panonia de los territorios bárbaros del otro lado. Los romanos levantaron aquí fortines y puestos de vigilancia para controlar el paso del Danubio, aprovechando la posición estratégica que ofrece el recodo del río entre las montañas.
Tras la caída del poder romano y el paso de distintos pueblos por la región durante la época de las migraciones, se asentaron en la zona poblaciones eslavas. De esa presencia eslava proviene el nombre actual: 'Visegrád' es una palabra de raíz eslava que significa algo así como 'castillo alto' o 'ciudad alta' (vyšе = alto, grad = castillo/ciudad), una descripción literal de la fortaleza encaramada en el cerro que dominaría el lugar durante siglos.
Cuando los magiares (húngaros) se establecieron en la cuenca de los Cárpatos a fines del siglo IX y se formó el Reino de Hungría en torno al año 1000, Visegrád quedó integrada en el nuevo estado. La región conservó su importancia estratégica por el control del Danubio, una de las grandes vías de comunicación de Europa Central, lo que prepararía su salto a la primera línea de la historia húngara en los siglos siguientes.
El momento que dio forma al Visegrád medieval llegó tras una catástrofe. En 1241-1242, la gran invasión mongola arrasó Hungría: las hordas de Batu Kan derrotaron al ejército real en la batalla de Mohi y devastaron buena parte del país, dejando ciudades incendiadas y poblaciones diezmadas. El rey Béla IV, que apenas logró escapar, sacó una lección amarga de la tragedia: Hungría necesitaba un sistema de fortalezas de piedra capaces de resistir asedios, en lugar de las defensas de tierra y madera que habían sido inútiles frente a los mongoles.
En el marco de ese gran programa de fortificación del reino, Visegrád se convirtió en una de las plazas fuertes clave. Aprovechando su posición dominante sobre el Danubio, se levantó un poderoso conjunto defensivo en tres niveles: el castillo de la cima del cerro (la Ciudadela o Fellegvár), un 'castillo del agua' junto al río con la maciza Torre de Salomón, y una línea de murallas que bajaba por la ladera conectando ambas fortalezas. Era un sistema escalonado pensado para controlar el río y resistir cualquier ataque.
La solidez de estas fortificaciones le dio a Visegrád un enorme prestigio y seguridad. Tanto, que la Ciudadela llegó a custodiar en distintos momentos la Santa Corona de Hungría, la corona de coronación de los reyes y máximo símbolo del Estado. Aquella seguridad y la belleza del entorno serían, pocas décadas después, los argumentos que convencerían a un rey de instalar allí su corte.
El gran salto histórico de Visegrád llegó en el siglo XIV de la mano de la dinastía Anjou. Tras un período de luchas por el trono húngaro, Carlos I de Hungría (Károly Róbert, de la casa de Anjou) se impuso y consolidó su poder. Buscando una sede segura y bien situada para su corte, alejada de los nobles díscolos, el rey eligió Visegrád y, hacia 1320-1330, trasladó allí la residencia real. La pequeña localidad del Danubio se convirtió así, durante buena parte del siglo XIV, en la capital del Reino de Hungría.
Visegrád vivió entonces su época de mayor esplendor político. Al pie del cerro fortificado, a orillas del río, se desarrolló una corte real con su palacio, y la ciudad se llenó de la actividad propia de un centro de gobierno: nobles, embajadores, mercaderes y artesanos. La seguridad de las fortalezas, la belleza del entorno y la posición estratégica sobre el Danubio hacían de Visegrád un lugar ideal para la realeza.
Esta condición de capital real explica el episodio más célebre de su historia, el Congreso de Visegrád de 1335, y sentó las bases para que, décadas más tarde, los reyes —en especial Matías Corvino— transformaran el palacio en una de las residencias más suntuosas de Europa. Aunque con el tiempo la corte se trasladaría a Buda, Visegrád conservó su prestigio como sede real y lugar de custodia de la corona.
El acontecimiento que dio fama internacional y duradera a Visegrád ocurrió en el otoño de 1335. Aquel año, el rey Carlos I de Hungría convocó en su corte de Visegrád una cumbre de soberanos de Europa Central: acudieron el rey Juan I de Bohemia (Juan de Luxemburgo) y el rey Casimiro III de Polonia, además de otros príncipes y representantes. Durante semanas, los monarcas y sus séquitos se reunieron en el palacio real para negociar.
El Congreso de Visegrád tenía objetivos muy concretos: resolver disputas territoriales y dinásticas entre los tres reinos (especialmente en torno a Polonia, Bohemia y la cuestión del trono), forjar alianzas y, de manera muy destacada, establecer nuevas rutas comerciales que permitieran a los mercaderes de la región esquivar el monopolio y los altos aranceles de Viena, abriendo un eje de comercio entre Hungría, Polonia y Bohemia que beneficiara a las tres coronas. La cumbre fue también un despliegue de magnificencia diplomática, con banquetes y ceremonias que mostraban el poder de la corte húngara.
Lo notable es que este encuentro medieval volvió a la actualidad seis siglos después. En 1991, tras la caída del comunismo, los líderes de Hungría, Polonia y Checoslovaquia se reunieron precisamente en Visegrád para fundar una alianza de cooperación regional, y eligieron este nombre histórico en homenaje a la cumbre de 1335. Nació así el 'Grupo de Visegrád' (hoy integrado por Hungría, Polonia, Chequia y Eslovaquia), que mantiene vivo en la política europea contemporánea el recuerdo de aquel encuentro de reyes a orillas del Danubio.
Si los Anjou hicieron de Visegrád una capital, fue la dinastía siguiente la que la convirtió en una joya del Renacimiento. A lo largo del siglo XV, y muy especialmente bajo el reinado de Matías Corvino (Mátyás Hunyadi, rey desde 1458), el palacio real de Visegrád fue ampliado, reformado y embellecido hasta transformarse en una de las residencias más espléndidas de Europa.
Matías Corvino, un monarca culto y ambicioso, fue uno de los grandes introductores del Renacimiento italiano en Hungría. Trajo artistas, arquitectos y artesanos de Italia, y su esposa, Beatriz de Nápoles, reforzó esa influencia. En Visegrád, el palacio se llenó de patios con galerías, jardines colgantes, salones decorados y, sobre todo, magníficas fuentes de mármol rojo, como la célebre fuente de Hércules y la fuente de los leones, verdaderas obras de arte. Los cronistas y embajadores de la época, como el legado papal, quedaron deslumbrados y describieron el palacio como un 'paraíso terrenal'.
Era un palacio gigantesco para su tiempo, con cientos de habitaciones, que combinaba la función de residencia real con la de escenario de la magnificencia del rey. Visegrád se convirtió así en un símbolo del refinamiento de la corte húngara del Renacimiento, a la altura de las cortes más brillantes de Europa. Ese esplendor, sin embargo, estaba a punto de enfrentarse a su mayor amenaza: el avance del Imperio otomano sobre Hungría.
El esplendor de Visegrád se quebró con el avance otomano. Tras la catastrófica derrota húngara en la batalla de Mohács (1526), el Imperio otomano se expandió por gran parte de Hungría. Visegrád, con su castillo y su palacio, cayó bajo dominio turco a mediados del siglo XVI y pasó a ser una plaza fronteriza disputada entre otomanos y Habsburgo. Las guerras, los asedios y el abandono fueron arruinando poco a poco las fortalezas y, sobre todo, el magnífico palacio real.
Después de la expulsión de los turcos, a fines del siglo XVII, Visegrád quedó convertida en un conjunto de ruinas. Con el tiempo, los desprendimientos de la ladera, la erosión y la vegetación fueron cubriendo los restos del palacio renacentista, hasta el punto de que su localización exacta se perdió. Durante el siglo XVIII y buena parte del XIX, el palacio de Matías Corvino que tanto habían admirado los embajadores se consideraba casi una leyenda: se dudaba incluso de que hubiera existido tal como lo describían las crónicas.
El gran redescubrimiento llegó en el siglo XX. A partir de las excavaciones arqueológicas iniciadas en la década de 1930 y continuadas a lo largo del siglo, los investigadores sacaron a la luz los patios, las escalinatas, los muros y los restos de las célebres fuentes del palacio real, confirmando su antiguo esplendor. Las labores de excavación y restauración convirtieron a Visegrád en uno de los grandes yacimientos medievales de Hungría. Hoy, el visitante puede recorrer el palacio recuperado, subir a la Ciudadela y a la Torre de Salomón, y contemplar el mismo recodo del Danubio que cautivó a los reyes, mientras el nombre de la ciudad sigue resonando en la Europa del siglo XXI a través del Grupo de Visegrád.