Antes que la historia, en Tihany está la geología. Hace unos pocos millones de años, en lo que hoy es la orilla norte del Balatón, una serie de erupciones volcánicas y de fuentes hidrotermales modelaron un relieve caprichoso: colinas, cráteres y conos de roca formados por antiguos géiseres, algunos únicos en Europa. De esa violencia primitiva nació la península de Tihany, una lengua de tierra que se adentra en el lago hasta casi partirlo en dos: justo enfrente, en Szántód, el Balatón se estrecha a apenas kilómetro y medio.
Esa geografía singular dejó rarezas que asombran al visitante. La más llamativa es el Belső-tó, el 'lago interior': un lago dentro de la península, formado en una depresión volcánica, cuya superficie está unos 25 metros por encima del nivel del Balatón. Un lago sobre otro lago. Hay también un segundo espejo de agua, el Külső-tó, hoy reserva de aves, y decenas de conos de géiser petrificados desperdigados por las colinas.
La riqueza natural de Tihany es tal que en 1952 la península fue declarada el primer paisaje protegido de Hungría, un hito en la historia de la conservación del país; hoy forma parte del Parque Nacional del Alto Balatón. Ese suelo volcánico, además, resultó perfecto para un cultivo que haría famosa a la península en el siglo XX: la lavanda, que cada fines de junio tiñe de violeta sus laderas. Pero la gloria mayor de Tihany no vino de la tierra, sino de un rey.
En 1055, el rey Andrés I de Hungría (András I), de la dinastía Árpád, fundó en lo alto de la península una abadía benedictina consagrada a la Virgen María y a San Aniano. Hungría era entonces un reino cristiano joven —apenas medio siglo antes San Esteban había fundado el Estado— y las abadías eran, además de centros religiosos, focos de cultura, escritura y poder. Andrés I dotó al monasterio de tierras y siervos en toda la comarca del Balatón, y dispuso algo excepcional: ser enterrado allí.
Cumplió. Andrés I murió en 1060 y fue sepultado en la cripta de su abadía. Aquella cripta románica, con sus columnas robustas y su ambiente austero, se conserva hasta hoy bajo la iglesia barroca, y guarda un valor incalculable: es la única tumba real húngara del siglo XI que sobrevive en su lugar original. Ningún otro rey de aquella época temprana descansa donde fue enterrado. Bajar a esa cripta es tocar, literalmente, los cimientos del reino de Hungría.
La abadía de Tihany se convirtió así en un lugar sagrado y fundacional, ligado para siempre a la memoria de los primeros reyes. Pero su mayor tesoro no sería el sepulcro de piedra, sino un documento de pergamino: la carta con la que Andrés I la fundó.
El documento con el que Andrés I fundó la abadía en 1055 —conocido como la carta fundacional de la abadía de Tihany (Tihanyi apátság alapítólevele)— es uno de los tesoros más preciados de la historia húngara, y no por razones religiosas ni jurídicas, sino lingüísticas. Está redactada, como correspondía a un documento oficial de la época, en latín. Pero al describir los límites de las tierras donadas a los monjes, el escriba tuvo que nombrar arroyos, caminos, colinas y parajes que no tenían nombre latino: y los escribió tal como sonaban, en húngaro.
Así, entre el latín, se cuelan alrededor de un centenar de palabras húngaras: topónimos, nombres de lugares del entorno del Balatón, e incluso una frase entera que se ha vuelto célebre: 'feheruuaru rea meneh hodu utu rea', que significa aproximadamente 'hacia el camino militar que lleva a Fehérvár'. Son las palabras conectadas más antiguas que se conservan escritas en lengua húngara, un idioma que no se parece a ninguno de sus vecinos europeos. Por eso la carta de Tihany es, para los húngaros, algo así como el acta de nacimiento de su lengua escrita.
El documento original se conserva en la abadía de Pannonhalma, pero su historia pertenece por completo a Tihany. Que las primeras palabras de una lengua se hayan salvado por casualidad, escondidas en la descripción de unos campos a orillas de un lago, tiene algo de milagroso. En Tihany, la historia de Hungría y la historia del húngaro empiezan en el mismo lugar y el mismo año: 1055.
Como todo el corazón de Hungría, Tihany conoció el largo drama de la ocupación otomana. Tras el desastre de Mohács (1526) y la caída de Buda (1541), buena parte del país quedó bajo dominio turco, y la orilla del Balatón se transformó en una tierra de frontera, disputada entre los otomanos y lo que quedaba del reino húngaro bajo los Habsburgo.
En ese contexto, la abadía de Tihany dejó de ser solo un monasterio para convertirse en una fortaleza. Su posición en lo alto de la península, rodeada de agua por tres lados, la hacía casi inexpugnable, y fue fortificada con muros, bastiones y guarnición militar. Durante décadas resistió los asedios y los ataques turcos, y se mantuvo como uno de los puntos que los otomanos nunca lograron tomar de forma duradera. La vida monástica se interrumpió, y los monjes hubieron de abandonar el lugar; el edificio sagrado se volvió puesto militar en una guerra que asoló la región durante generaciones.
Cuando los otomanos fueron por fin expulsados de Hungría, a fines del siglo XVII, la península y su abadía quedaron maltrechas, como casi todo el país. Pero la comunidad benedictina regresaría, y con la paz llegó el tiempo de reconstruir: no una fortaleza, sino un templo del que hoy sigue admirándose su esplendor.
Con el regreso de la paz y de los benedictinos, en el siglo XVIII Tihany vivió su renacimiento. Entre 1740 y 1754 se reconstruyó la iglesia de la abadía en un magnífico estilo barroco, el que se admira hoy: dos torres que se recortan sobre el lago, un interior de altares dorados, frescos y tallas de madera del maestro Sebestyén Stuhlhoff, un lego que, según la leyenda, esculpió durante años en memoria de un amor perdido. Aquella iglesia barroca, levantada sobre la cripta románica del rey Andrés, se convirtió en la imagen eterna de Tihany.
El siglo XX trajo un episodio singular. En 1921, tras el desmembramiento del Imperio austrohúngaro, el último emperador de Austria y rey de Hungría, Carlos IV (Carlos I de Austria), intentó dos veces recuperar el trono húngaro. Fracasó, y tras su segundo intento fue retenido brevemente prisionero en la abadía de Tihany, antes de ser enviado al exilio definitivo en la isla de Madeira, donde murió al año siguiente. Una sala del museo de la abadía recuerda aquel episodio, que unió por última vez el destino de la vieja monarquía con este rincón del Balatón.
En 1952, como vimos, la península fue declarada el primer paisaje protegido de Hungría, sentando las bases de su conservación. Con la llegada de la democracia y la apertura al turismo, Tihany se transformó en uno de los destinos más deseados y exclusivos del país: hoy tiene los precios inmobiliarios más altos de Hungría, y en verano recibe a multitudes que suben a ver la abadía, se pierden entre las casas de junco, prueban el eco y se dejan hechizar por el violeta de la lavanda. Casi mil años después de Andrés I, la pequeña península sigue siendo, para muchos, el lugar más hermoso a orillas del lago más grande de Europa central.