La historia de Szentendre arranca mucho antes de su célebre casco barroco. En la Antigüedad, estas orillas del Danubio formaban parte de la frontera del Imperio romano (el 'limes'), y aquí existió un campamento militar y un asentamiento llamado Ulcisia Castra, vinculado a la defensa de la provincia de Panonia frente a los pueblos del otro lado del río. Las legiones romanas dejaron su huella en toda la región del recodo del Danubio, de la que Szentendre forma parte.
Tras la caída de Roma y el paso de diversos pueblos, la zona quedó integrada en el Reino de Hungría que surgió tras la llegada de los magiares y la cristianización del país en torno al año 1000. El propio nombre del pueblo, Szentendre —que significa 'San Andrés'—, remite a esa época cristiana medieval y a la advocación de su iglesia. Durante la Edad Media fue una población modesta de la región próxima a Buda.
El Szentendre que hoy admiramos, sin embargo, no es medieval, sino fundamentalmente barroco, y su fisonomía actual nació de un acontecimiento posterior: las grandes migraciones de pueblos ortodoxos que, huyendo del avance otomano y luego de las guerras de reconquista, encontraron refugio en estas colinas a orillas del Danubio.
El gran giro en la historia de Szentendre se produjo con las guerras contra el Imperio otomano. Tras la derrota húngara en la batalla de Mohács (1526) y, sobre todo, durante las campañas de finales del siglo XVII en las que los Habsburgo expulsaron a los turcos de Hungría, enormes oleadas de población cristiana de los Balcanes —serbios ortodoxos en su mayoría, pero también griegos, dálmatas y otros— huyeron hacia el norte buscando refugio.
El episodio decisivo fue la llamada 'Gran Migración Serbia' de 1690, cuando, encabezados por el patriarca Arsenije III Čarnojević, miles de serbios cruzaron hacia los territorios bajo dominio de los Habsburgo para escapar de las represalias otomanas. Muchos de ellos se establecieron en Szentendre, que se convirtió así en uno de los principales centros de la diáspora serbia en Hungría.
Estos colonos transformaron por completo el pueblo. Comerciantes, artesanos y viticultores prósperos, reconstruyeron Szentendre en el estilo barroco de moda en la Europa central de la época y levantaron numerosas iglesias ortodoxas, cuyas torres y colores le dan al pueblo ese aire meridional y balcánico tan distinto del resto de Hungría. La comunidad serbia mantuvo durante generaciones su lengua, su religión y sus costumbres, dejando una impronta que sigue siendo el rasgo más característico de la ciudad.
El siglo XVIII fue la época dorada de Szentendre. Gracias al empuje de sus comerciantes serbios y griegos, el pueblo prosperó como centro mercantil y, sobre todo, vitivinícola. Las colinas que rodean la ciudad se cubrieron de viñedos, y el vino de Szentendre se exportaba con éxito, generando una notable riqueza que se tradujo en la construcción de elegantes casas barrocas y rococó, iglesias suntuosas y la cuidada plaza principal (Fő tér) que hoy es la postal del pueblo.
De esa prosperidad nacieron monumentos como la cruz de los comerciantes en la Fő tér, erigida en 1763 por los mercaderes serbios en agradecimiento por librarse de la peste, y las numerosas iglesias ortodoxas, entre ellas la catedral de Belgrado, sede de la diócesis ortodoxa serbia. El pueblo se convirtió en un mosaico de comunidades —serbios, griegos, alemanes, húngaros— que convivían dándole su carácter cosmopolita y colorido.
Ese equilibrio empezó a quebrarse a finales del siglo XIX. La plaga de la filoxera, que devastó los viñedos de toda Europa, arruinó la base económica de Szentendre. Muchas familias serbias, empobrecidas, optaron por regresar a su tierra de origen, y la población del pueblo disminuyó. Szentendre entró en una etapa de decadencia y silencio, conservando, eso sí, intacto su precioso casco barroco, como una bella ciudad dormida a orillas del Danubio.
Tras décadas de letargo, Szentendre encontró una nueva vida en el siglo XX gracias al arte. A partir de la década de 1920, pintores y escultores húngaros descubrieron el encanto del pueblo —su luz especial, sus colores, sus callejuelas barrocas y su atmósfera apacible a orillas del Danubio— y empezaron a instalarse aquí. En 1926 se fundó formalmente una colonia de artistas (la Szentendrei Művésztelep), que reunió a algunos de los nombres más importantes de la pintura húngara moderna.
Desde entonces, Szentendre se convirtió en la capital artística de Hungría, una especie de pueblo bohemio donde el arte y la vida cotidiana se mezclan. Generaciones de creadores establecieron aquí sus talleres, y el pueblo se llenó de galerías, museos y ateliers. Surgieron museos dedicados a artistas concretos, como el muy querido Museo de Margit Kovács, dedicado a la gran ceramista y escultora cuyas obras, llenas de sensibilidad, son uno de los grandes atractivos culturales del lugar.
Ese carácter artístico, sumado a su belleza barroca y a su herencia serbia, es lo que define a la Szentendre de hoy: un pueblo-museo a cielo abierto donde conviven las iglesias ortodoxas, las casas de colores, las galerías de arte y las tiendas de cerámica. La proximidad a Budapest la convirtió, además, en una de las escapadas favoritas tanto de los húngaros como de los visitantes extranjeros.
Uno de los hitos culturales más importantes de la Szentendre contemporánea es la creación del Museo al Aire Libre de Hungría (Szabadtéri Néprajzi Múzeum), conocido como Skanzen, a las afueras del pueblo. Inaugurado en las décadas finales del siglo XX, es el mayor museo etnográfico al aire libre del país y uno de los más importantes de su tipo en Europa central.
El Skanzen nació con la misión de preservar la arquitectura popular y la cultura material de la Hungría rural, que el avance de la modernización amenazaba con borrar. Para ello, se trasladaron pieza por pieza —o se reconstruyeron fielmente— casas campesinas, iglesias, graneros, molinos, talleres y tabernas procedentes de las distintas comarcas históricas del país, organizándolas en 'regiones' que recrean los distintos paisajes culturales húngaros de los siglos XVIII al XX.
Más que un museo estático, el Skanzen es un espacio vivo: con intérpretes vestidos de época, demostraciones de oficios tradicionales, animales de granja, fiestas estacionales y mercados que recrean las costumbres populares. Para Szentendre, ya famosa por su arte y su herencia serbia, el Skanzen añadió una dimensión nueva: la de guardián de la memoria rural de todo un país, convirtiendo a la pequeña ciudad del Danubio en un destino cultural completo, capaz de combinar el barroco, el arte, la historia serbia y la etnografía húngara en una sola visita.