Bajo el suelo de la Pécs moderna, a pocos metros de la catedral, hay una ciudad de los muertos que tiene casi mil setecientos años y que sigue asombrando a quien baja a verla. Son las cámaras funerarias de Sopianae, el nombre romano de Pécs, y constituyen uno de los conjuntos de arte paleocristiano más importantes de Europa central.
Los romanos fundaron aquí, a comienzos del siglo II d. C., un asentamiento en torno a colonias productoras de vino que agruparon bajo el nombre colectivo de Sopianae. La posición era estratégica: en el cruce de caminos de la Panonia romana, al abrigo de las colinas del Mecsek y con un clima suave que favorecía la agricultura. Con el tiempo la ciudad creció hasta convertirse, en el siglo IV, en capital de la provincia de Valeria, una de las cuatro en que Diocleciano y sus sucesores dividieron la antigua Panonia.
Fue en ese siglo IV, cuando el cristianismo se expandía por el Imperio tras el Edicto de Milán de 313, cuando Sopianae vivió su momento de mayor esplendor como centro cristiano. Sus habitantes construyeron un cementerio extraordinario: una serie de cámaras funerarias subterráneas, con capillas conmemorativas sobre el nivel del suelo, decoradas con frescos de gran calidad. En sus muros se pintaron escenas bíblicas que todavía se distinguen: Adán y Eva junto al árbol del pecado, Daniel entre los leones, Noé y el arca. Se han excavado una veintena de monumentos mayores y cientos de tumbas más modestas a su alrededor, lo que la convierte en una de las necrópolis paleocristianas más densas al norte del Mediterráneo.
El edificio más singular es la llamada Cella Septichora, una construcción de siete ábsides prácticamente única en la arquitectura de la provincia, que hoy da nombre al centro de visitantes que protege el conjunto. En el año 2000 la Unesco inscribió la necrópolis en la lista del Patrimonio Mundial, reconociéndola como testimonio excepcional de la cultura cristiana y funeraria de las provincias romanas del norte. Es, sin discusión, el tesoro más valioso de Pécs y el hilo que conecta la ciudad actual con sus orígenes romanos.
Tras la caída de Roma y las invasiones que asolaron Panonia, la ciudad no desapareció. Cuando las tribus magiares se asentaron en la cuenca de los Cárpatos a fines del siglo IX y fundaron el reino cristiano de Hungría hacia el año 1000, Pécs volvió a ganar importancia. La primera mención medieval, del año 871, la llama Quinque Basilicae, «cinco basílicas», por las cinco antiguas capillas cristianas cuyos materiales se reutilizaron en las nuevas construcciones. De ahí derivan tanto el nombre alemán de la ciudad, Fünfkirchen («cinco iglesias»), como el escudo local.
En 1009, el rey San Esteban, primer monarca cristiano de Hungría, fundó la diócesis de Pécs, que convirtió a la ciudad en un centro eclesiástico de primer orden. A lo largo de la Edad Media, los obispos de Pécs fueron figuras poderosas, y la catedral de San Pedro y San Pablo, de origen románico, se levantó como una de las iglesias más antiguas e importantes del reino.
El gran hito llegó en 1367. Ese año, el 1 de septiembre, el papa Urbano V autorizó mediante una bula la creación de un studium generale (una universidad) en Pécs, a pedido del rey Luis I el Grande. Nacía así la primera universidad de Hungría y la cuarta de Europa central, tras las de Praga (1348), Cracovia (1364) y Viena (1365). Aunque la historia popular atribuye la fundación al rey, el verdadero impulsor fue el obispo de Pécs, Guillermo de Koppenbach, hombre culto, canciller secreto y diplomático de confianza del monarca. La universidad medieval, conocida en latín como Universitas Quinque Ecclesiarum, funcionó durante varias décadas antes de cerrar hacia fines del siglo XIV, pero dejó a Pécs una marca imborrable como cuna del saber húngaro.
El siglo XV trajo otra figura luminosa: Janus Pannonius, obispo de Pécs y uno de los grandes poetas del humanismo europeo, que hizo de la ciudad un foco de cultura renacentista. Pécs entraba así en la modernidad como una ciudad de iglesias, libros y latín, sin sospechar el vuelco que le esperaba.
El 29 de agosto de 1526, el ejército húngaro fue aniquilado por los turcos otomanos en la batalla de Mohács, a pocos kilómetros al sureste de Pécs. Aquella derrota, una de las mayores catástrofes de la historia húngara, abrió el país a la penetración otomana. Pécs resistió unos años más, pero en 1543 cayó definitivamente en manos del sultán Solimán el Magnífico y quedó incorporada al Imperio otomano.
Durante los 143 años siguientes, la ciudad se transformó por completo. Los otomanos la convirtieron en una auténtica ciudad turca, con mezquitas, minaretes, baños (hamams), escuelas coránicas y bazares. La catedral cristiana fue reconvertida en mezquita, y sobre las ruinas de una iglesia gótica el gobernador Gazi Kasim Pasha mandó construir, entre 1543 y 1546, la gran mezquita que todavía domina la plaza mayor. Es el edificio otomano más grande que se conserva en toda Hungría: un cuerpo cúbico de piedra coronado por una amplia cúpula, con el mihrab orientado a La Meca aún visible en su interior. También se levantó la mezquita más pequeña de Yakovalí Hasan Pasha, con su minarete, uno de los pocos que sobreviven en el país.
De aquella Pécs otomana salió un cronista notable: İbrahim Peçevi, nacido en la ciudad, cuya obra documenta la historia otomana entre 1520 y 1640 y es una fuente clave para entender la época. La convivencia entre la población húngara, en su mayoría cristiana, y los administradores y soldados otomanos marcó dos generaciones de vida cotidiana bajo la media luna.
El fin llegó en 1686, en el marco de la gran ofensiva cristiana que siguió al fracasado sitio otomano de Viena de 1683. Ese año, el ejército de los Habsburgo reconquistó Pécs y la incorporó, junto con el resto del sur de Hungría, a la monarquía austríaca. Las mezquitas fueron cristianizadas de nuevo, pero, a diferencia de otras ciudades, Pécs conservó sus edificios turcos en pie. Por eso hoy es uno de los mejores lugares de Europa central para ver, en un mismo casco histórico, la huella arquitectónica del Imperio otomano.
Tras la reconquista, Pécs se repobló lentamente y fue recuperando su papel de capital regional bajo los Habsburgo. En 1774, el obispo György Klimó fundó la primera biblioteca pública de Hungría, abierta a todos los lectores. Pero el gran cambio del siglo XIX vino de la industria: el subsuelo de las colinas del Mecsek era rico en carbón, y la minería convirtió a Pécs en un importante centro industrial, con ferrocarril, fábricas y una clase obrera creciente.
El nombre que llevó a Pécs al mundo, sin embargo, fue el de una familia de ceramistas. En 1853, Miklós Zsolnay fundó en la ciudad una modesta fábrica de loza. Su hijo, Vilmos Zsolnay (1828-1900), se incorporó en 1863 y transformó el taller en una manufactura de fama internacional. Vilmos era a la vez artista, inventor y hábil comerciante: presentó sus piezas en las grandes exposiciones universales —Viena 1873, París 1878, donde ganó el Grand Prix— y las convirtió en objeto de deseo del gusto Art Nouveau europeo.
Dos innovaciones sellaron la leyenda Zsolnay. La primera fue el pyrogranita, una cerámica resistente a la intemperie y a las heladas, puesta en producción hacia 1886, que permitió sustituir las costosas tallas de piedra en las fachadas y los tejados: con ella se decoraron edificios emblemáticos de toda Hungría, desde el Parlamento de Budapest hasta el Mercado Central. La segunda, en 1893, fue el vidriado eosina, bautizado en honor de Eos, la diosa griega de la aurora: un esmalte de reflejos metálicos e iridiscentes que cambian de color según el ángulo de la luz, entre verdes, dorados y púrpuras. Las piezas de eosina se volvieron el sello inconfundible de la casa.
La manufactura Zsolnay dio a Pécs prestigio, empleo y una identidad artística que la ciudad todavía cultiva. Sus fuentes, sus tejados vidriados y los detalles cerámicos repartidos por el centro son parte del paisaje urbano, y la antigua fábrica se convertiría, más de un siglo después, en el corazón cultural de la ciudad.
El siglo XX fue duro para Pécs, como para toda Hungría. Tras la derrota en la Primera Guerra Mundial y el Tratado de Trianon de 1920, que amputó dos tercios del territorio húngaro, la ciudad quedó muy cerca de la nueva frontera con el reino de los serbios, croatas y eslovenos (la futura Yugoslavia). De hecho, entre 1918 y 1921 Pécs y su cuenca minera estuvieron ocupadas por tropas serbias, hasta que la ciudad fue devuelta a Hungría en agosto de 1921. Ese mismo año, la universidad expulsada de Presburgo (Bratislava) por el nuevo mapa se trasladó a Pécs, refundando la vida universitaria de la ciudad después de siglos.
La comunidad judía de Pécs, próspera y bien integrada —su hermosa sinagoga de la plaza Kossuth había sido consagrada en 1869—, fue víctima del Holocausto: la mayoría de sus miembros fueron deportados y asesinados en 1944. Es una de las heridas más profundas de la historia reciente de la ciudad, que la sinagoga, hoy demasiado grande para la reducida comunidad actual, mantiene presente en la memoria colectiva.
Pécs fue tomada por el Ejército Rojo soviético el 29 de noviembre de 1944, y tras la guerra vivió las décadas del régimen comunista. La minería del carbón continuó, y a ella se sumó la explotación de uranio en el Mecsek durante la Guerra Fría, una industria estratégica que empleó a miles de personas y que fue cerrando tras el fin del comunismo en 1989. La transición trajo, como en toda la región, el desmantelamiento de la industria pesada y la búsqueda de una nueva identidad económica.
Esa reinvención tuvo un momento culminante en 2010, cuando Pécs fue designada Capital Europea de la Cultura, junto con Essen (Alemania) y Estambul (Turquía). El título impulsó una profunda renovación urbana: se rehabilitó el centro histórico, se construyeron nuevos espacios culturales y, sobre todo, la antigua fábrica Zsolnay se transformó en un extenso barrio cultural con museos, talleres y salas de exposición. Pécs, que ya había recibido en 1998 el premio Unesco «Ciudades por la Paz», se afirmaba así como una de las capitales culturales del sur de Hungría: una ciudad donde los romanos, los otomanos, los ceramistas y los universitarios siguen conviviendo, capa sobre capa, a la vista de quien la recorre.