Mucho antes de que existiera un parque nacional, la península de Punta Sal y la bahía de Tela formaban parte de un litoral caribeño habitado y aprovechado por seres humanos desde hace siglos. Las costas, lagunas y manglares del actual departamento de Atlántida ofrecían pesca abundante, caza, frutos y madera, y fueron territorio de pueblos indígenas de la región mesoamericana y del área de influencia caribeña.
La propia geografía del lugar —una península montañosa que se interna en el mar, flanqueada por la gran Laguna de los Micos y rodeada de arrecifes— la convirtió en un punto de referencia para la navegación costera. Según la tradición local, estas ensenadas resguardadas habrían servido también de refugio ocasional a embarcaciones de paso en los siglos coloniales, en una costa que las potencias europeas se disputaban.
El nombre 'Punta Sal' remite a un accidente geográfico de la costa, y con el tiempo se volvió la denominación popular de toda el área. La riqueza natural que hoy protege el parque —selva tropical, manglares, lagunas y arrecifes— es la misma que sostuvo durante siglos la vida humana en este tramo del Caribe hondureño.
Uno de los hitos que marcaron para siempre la identidad de esta costa fue la llegada del pueblo garífuna a fines del siglo XVIII. Los garífunas son un pueblo afrodescendiente nacido en la isla caribeña de San Vicente, fruto de la mezcla de africanos —sobrevivientes de naufragios y cimarrones— con indígenas caribes y arahuacos. Tras resistir durante décadas a los británicos, fueron derrotados y deportados en masa: en 1797 fueron llevados a la isla de Roatán, frente a la costa hondureña.
Desde Roatán, los garífunas se dispersaron por el litoral centroamericano, fundando comunidades de pescadores a lo largo de la costa caribeña de Honduras, Belice, Guatemala y Nicaragua. En la bahía de Tela y sus alrededores nacieron así aldeas garífunas como Tornabé, San Juan y, sobre la barra de la Laguna de los Micos, la comunidad de Miami, que aún hoy mantiene viva esa herencia.
La cultura garífuna —su lengua, su música, sus danzas como la punta, su religiosidad y su cocina a base de pescado, yuca, coco y plátano— fue reconocida por la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Estas comunidades son hoy parte esencial del paisaje humano del Parque Nacional Jeannette Kawas, donde conviven la conservación de la naturaleza y la vida tradicional de sus habitantes.
A comienzos del siglo XX, la costa norte de Honduras vivió una transformación radical de la mano del banano. Las grandes compañías fruteras estadounidenses convirtieron al país en una de las principales exportadoras de banano del mundo, y la bahía de Tela ocupó un lugar central en esa historia: allí se instaló la Tela Railroad Company, filial de la United Fruit Company, que hizo de Tela uno de sus puertos y centros de operaciones.
La compañía construyó ferrocarriles, muelles, plantaciones y poblados, y atrajo a miles de trabajadores. Tela creció como ciudad portuaria y bananera, con una arquitectura y una vida social marcadas por la presencia de la empresa. De aquella época data también el Jardín Botánico Lancetilla, fundado en 1926 por la compañía como estación experimental para investigar cultivos tropicales, hoy uno de los mayores jardines botánicos del trópico.
El modelo bananero dejó una huella profunda en la región: desarrollo y empleo, pero también dependencia económica y conflictos laborales que marcarían la historia hondureña (como la gran huelga bananera de 1954). Con el correr de las décadas y la reconfiguración de la industria, la presión sobre los recursos naturales de la costa —tala, expansión agrícola y, más tarde, presión inmobiliaria turística— pondría en peligro ecosistemas como los de Punta Sal, preparando el escenario para la lucha conservacionista de fines de siglo.
Hacia las últimas décadas del siglo XX, la riqueza natural de la bahía de Tela —los manglares de la Laguna de los Micos, la selva de Punta Sal, los arrecifes— enfrentaba presiones crecientes. La tala para leña y agricultura, la pesca descontrolada, la contaminación, la expansión de la frontera agropecuaria y el interés inmobiliario por un litoral con enorme potencial turístico amenazaban con degradar irreversiblemente estos ecosistemas.
Frente a ese panorama nació la fundación PROLANSATE (Fundación para la Protección de Lancetilla, Punta Sal y Texíguat), una organización ambientalista hondureña dedicada a la conservación de las áreas naturales de la zona de Tela. PROLANSATE impulsó la declaración y el manejo de varias áreas protegidas de la región, entre ellas el actual Parque Nacional Jeannette Kawas, que protege la península de Punta Sal, la Laguna de los Micos, manglares, playas y arrecifes en un solo conjunto.
La protección legal del área se concretó a comienzos de los años noventa, en un momento en que Honduras avanzaba en la creación de su sistema de áreas protegidas. Pero declarar un parque sobre el papel es una cosa, y defenderlo en el terreno —frente a intereses económicos poderosos— es otra muy distinta. Esa defensa tendría un costo humano altísimo.
Jeannette Kawas Fernández fue una ambientalista hondureña, presidenta de la fundación PROLANSATE, que dedicó sus esfuerzos a proteger las áreas naturales de la zona de Tela, en especial Punta Sal. Se opuso con firmeza a los proyectos que amenazaban estos ecosistemas: la deforestación, la explotación de los manglares, la apropiación ilegal de tierras dentro del área protegida y los intereses que pretendían urbanizar o explotar la zona.
Esa defensa la convirtió en un obstáculo para intereses económicos poderosos. El 6 de febrero de 1995, Jeannette Kawas fue asesinada a tiros en su propia casa de Tela. Su muerte conmocionó al país y al movimiento ambientalista, y se convirtió en uno de los casos emblemáticos de la violencia contra los defensores del medioambiente en Honduras, un fenómeno que se repetiría trágicamente en las décadas siguientes.
El caso permaneció impune durante años en el ámbito interno. Llevado ante el sistema interamericano de derechos humanos, en 2009 la Corte Interamericana de Derechos Humanos dictó sentencia en el 'Caso Kawas Fernández vs. Honduras', condenando al Estado hondureño por la violación de los derechos de la activista y reconociendo la relación entre la defensa del medioambiente y los derechos humanos. Fue una de las primeras veces que un tribunal internacional vinculó de manera explícita la protección ambiental con la protección de quienes la defienden.
En homenaje a su memoria, el antiguo Parque Nacional Punta Sal fue rebautizado oficialmente como Parque Nacional Jeannette Kawas. Así, el nombre de la activista quedó para siempre ligado a la naturaleza que defendió, convirtiendo al parque en un homenaje vivo a su lucha y en un recordatorio del precio que a veces tiene la defensa del medioambiente.
Hoy el parque protege un mosaico de ecosistemas de enorme valor: la península selvática de Punta Sal con su fauna de monos, pizotes y aves; la Laguna de los Micos con sus manglares, refugio del manatí antillano y de innumerables aves acuáticas; playas vírgenes y arrecifes de coral. Es, además, hogar de comunidades garífunas como Miami y Tornabé, cuya vida tradicional forma parte del patrimonio cultural del área.
El manejo del parque, a cargo de PROLANSATE en coordinación con las autoridades hondureñas, busca conciliar la conservación con un turismo responsable y con el bienestar de las comunidades locales. Las excursiones a Punta Sal, los paseos por la laguna y el contacto con la cultura garífuna permiten que el turismo se convierta en un aliado de la conservación, siempre que se haga con respeto. Visitar este parque es, en cierto modo, sumarse a la causa por la que Jeannette Kawas entregó su vida.