Zunil es un antiguo asentamiento de origen maya k'iche', enclavado en un valle profundo y fértil del altiplano occidental de Guatemala, atravesado por el río Samalá y rodeado de montañas. Mucho antes de la llegada de los españoles, la región formaba parte del territorio del poderoso señorío k'iche', uno de los grandes pueblos mayas del posclásico tardío, cuya capital, Q'umarkaj (Utatlán), se hallaba cerca de la actual Santa Cruz del Quiché. El altiplano de Quetzaltenango era una zona densamente poblada y cultivada por estos pueblos.
La vida de Zunil giró desde siempre en torno a la agricultura. El valle del Samalá y las laderas que lo rodean ofrecen tierras fértiles que, con el sistema de cultivo en terrazas heredado y desarrollado a lo largo de los siglos, se convirtieron en una de las grandes zonas productoras de hortalizas y verduras del país. Esa vocación agrícola, ligada a la tierra y al agua, está en la base de la identidad del pueblo y se mantiene hasta hoy.
La población k'iche' de Zunil conserva además una fuerte identidad cultural, expresada en el idioma, en las tradiciones, en la organización comunitaria y en los vistosos trajes típicos, especialmente el de las mujeres, de los más reconocibles del altiplano. Comprender este sustrato k'iche' es esencial para entender Zunil: por más que la conquista y la colonia dejaran su huella, el pueblo nunca dejó de ser, en lo profundo, una comunidad maya.
La conquista del altiplano k'iche' por las fuerzas de Pedro de Alvarado, en 1524, marcó el inicio de una nueva era para toda la región de Quetzaltenango. Tras la derrota de los k'iche' —episodio en el que la tradición sitúa la muerte del legendario líder Tecún Umán cerca de los llanos de Xelajú—, los españoles organizaron el territorio bajo su dominio, fundando o reorganizando los pueblos indígenas en torno a iglesias y plazas, según el modelo colonial.
Zunil se constituyó así como un pueblo colonial, con su iglesia dedicada a Santa Catarina (Catalina) Alejandría como centro religioso y su trazado en torno a la plaza. La evangelización, llevada adelante por las órdenes religiosas, buscó implantar el catolicismo, pero en la práctica este se fusionó con las creencias mayas preexistentes, dando lugar al sincretismo religioso que caracteriza hasta hoy al altiplano. La iglesia blanca de Zunil, con su fachada ornamentada, es testimonio de esa época colonial.
A pesar de los cambios, la población siguió siendo mayoritariamente indígena y la comunidad conservó buena parte de su organización, su idioma y sus tradiciones. La agricultura continuó siendo el sustento, y el sistema de cofradías —hermandades religiosas de raíz colonial que combinan funciones católicas y comunitarias— pasó a estructurar buena parte de la vida religiosa del pueblo, incluido, con el tiempo, el cuidado de la imagen de San Simón. El Zunil colonial fue, en suma, un punto más de esa larga negociación entre lo impuesto y lo propio que define la historia de los pueblos mayas de Guatemala.
El rasgo que ha dado fama a Zunil más allá de la región es el culto a San Simón, también conocido como Maximón. Se trata de una figura profundamente sincrética y enigmática, venerada en varios pueblos del altiplano guatemalteco —notablemente también en Santiago Atitlán, donde toma características propias—, que mezcla raíces de la espiritualidad maya prehispánica con elementos del santoral católico y de la cultura popular. Su origen exacto es discutido y se pierde en la fusión de tradiciones de la época colonial.
San Simón se representa como una efigie de aspecto humano, vestida con ropas, sombrero y a menudo lentes oscuros, a la que se le ofrece licor, tabaco, velas y dinero a cambio de favores: salud, trabajo, amor, suerte, protección en los viajes. Es una figura ambivalente, capaz de conceder favores tanto benéficos como de carácter más oscuro, lo que lo hace a la vez venerado y temido. Esa ambigüedad moral lo distingue de los santos católicos convencionales y lo conecta con figuras de poder de la cosmovisión maya.
Existen varias interpretaciones sobre quién o qué representa Maximón: para algunos encarna a un antiguo personaje o deidad maya; para otros se asocia, por sincretismo, a figuras del santoral (como San Simón o, en ciertas tradiciones, a Judas o a Pedro de Alvarado). Lo cierto es que el culto es una creación viva y propia del altiplano, y cada pueblo lo vive a su manera. En Zunil, su veneración está a cargo de una cofradía, lo que lo inscribe en la estructura religiosa tradicional del pueblo.
Una particularidad del culto a San Simón en Zunil es que la imagen no reside en un templo fijo, sino que se traslada cada año a una casa distinta del pueblo. Este carácter itinerante está ligado al sistema de cofradías, las hermandades religiosas tradicionales que, en el altiplano guatemalteco, se encargan del cuidado de las imágenes sagradas y de la organización de las celebraciones. La cofradía correspondiente custodia a San Simón y la familia o cofrade que lo aloja ese año recibe a fieles y visitantes.
Este sistema, heredado de la época colonial pero impregnado de sentido maya, distribuye el honor y la responsabilidad de cuidar la imagen entre distintos miembros de la comunidad a lo largo del tiempo. Para los devotos, atender a San Simón —darle de 'beber' y 'fumar', mantener encendidas las velas, recibir las ofrendas— es un servicio religioso de gran prestigio y obligación. Por eso, quien quiere visitarlo debe preguntar en el pueblo en qué casa se encuentra ese año.
Esta movilidad de la imagen refuerza el carácter comunitario y vivo del culto: San Simón no es una reliquia encerrada en un museo, sino una presencia activa que circula por el pueblo, integrada en la vida cotidiana y en las redes de devoción y reciprocidad. Para el visitante, entender este funcionamiento ayuda a acercarse al culto con el respeto que merece y a comprender que se está entrando en el ámbito íntimo de la religiosidad de una comunidad.
La vida de Zunil ha estado siempre marcada por su entorno natural, tan generoso como exigente. El valle del río Samalá y las laderas en terraza hacen de Zunil una de las grandes zonas productoras de hortalizas de Guatemala, lo que sostiene la economía local y le da su característico paisaje de campos cultivados que trepan por las montañas. La agricultura intensiva es el corazón de la vida cotidiana, y los productos del valle llenan los mercados de la región.
Pero esa misma geografía de montañas empinadas, ríos caudalosos y suelos volcánicos hace al pueblo vulnerable a los desastres naturales. El occidente de Guatemala sufre periódicamente las consecuencias de lluvias intensas, huracanes y tormentas tropicales, que provocan deslizamientos de tierra, crecidas del río Samalá e inundaciones. Eventos como el huracán Mitch (1998), la tormenta tropical Stan (2005) y otras lluvias extremas han golpeado a las comunidades de la región, causando daños en cultivos, caminos y viviendas.
A esa exposición climática se suma el contexto sísmico y volcánico del altiplano, atravesado por la cadena de volcanes del Pacífico. La cercana actividad geotérmica que alimenta las Fuentes Georginas es prueba del fuego que vive bajo estas tierras. Zunil ha aprendido a convivir con esa naturaleza poderosa, que da fertilidad pero también amenaza, y su historia —como la de tantos pueblos del altiplano— es también la de una comunidad que reconstruye y persiste frente a los embates de la tierra y el clima.