Durante más de tres siglos, los habitantes de Quetzaltenango vivieron a los pies de una montaña que creían muerta. El Santa María no tenía ninguna erupción registrada; era, sencillamente, la mole verde que cerraba el horizonte al sur de la ciudad. Por eso, cuando en octubre de 1902 estalló con una de las erupciones más violentas del siglo XX —una columna de ceniza de decenas de kilómetros y una nube que oscureció el occidente de Guatemala—, nadie estaba preparado. Y por eso, dos décadas después, cuando de la herida abierta por aquella explosión empezó a brotar un segundo volcán, el Santiaguito, la región entendió que aquel gigante no había estado muerto, sino apenas dormido. Hoy se puede subir a la cima del padre para mirar, literalmente desde arriba, cómo el hijo sigue estallando cada pocas horas.
El volcán Santa María forma parte de la imponente cadena volcánica que recorre Guatemala de noroeste a sureste, paralela a la costa del Pacífico, dentro del llamado 'Cinturón de Fuego'. Esta cadena, formada por la subducción de la placa de Cocos bajo la placa del Caribe, dio origen a decenas de volcanes, varios de ellos activos, que dominan el paisaje del altiplano y la bocacosta. El Santa María, un estratovolcán de unos 3.772 metros de altura, se levanta justo al sur de Quetzaltenango y es uno de los más altos y emblemáticos del occidente del país.
Mucho antes de que tuviera nombre en español, la región estuvo habitada por pueblos mayas, principalmente k'iche' y mam, que vivían a los pies del volcán cultivando maíz y otras especies en los valles fértiles del altiplano. Para la cosmovisión maya, los cerros y volcanes no son simples accidentes geográficos: son entidades sagradas, moradas de los 'dueños' o espíritus de la naturaleza, lugares de poder donde se realizan ceremonias y se establece el vínculo entre la comunidad, sus antepasados y el cosmos.
Esa dimensión espiritual sigue viva hoy. En la cima del Santa María, y en muchos otros volcanes y cerros del altiplano, es habitual encontrar altares con ofrendas, velas de colores, copal e incienso, y restos de ceremonias realizadas por los ajq'ijab', los guías espirituales o 'contadores de los días' del calendario maya. Para los viajeros, conocer esta dimensión ayuda a entender que subir al Santa María no es solo una proeza física, sino también acercarse a un lugar cargado de sentido para las comunidades de la región.
Durante la época colonial y buena parte del siglo XIX, el Santa María era visto por los habitantes de la región simplemente como una montaña más del paisaje de Quetzaltenango: una mole imponente pero, en apariencia, dormida. No existían registros de erupciones históricas del volcán, y nada hacía sospechar que bajo su cono se acumulaba la presión que desataría una de las mayores catástrofes naturales de la historia centroamericana.
La ciudad de Quetzaltenango, a sus pies, fue desde tiempos prehispánicos un importante centro k'iche' (Xelajú) y, tras la conquista, una ciudad colonial que creció hasta convertirse en la segunda más importante de Guatemala. La región vivía de la agricultura del altiplano y, en la bocacosta cercana, del café, cuya expansión a fines del siglo XIX transformó la economía y atrajo plantaciones a las laderas bajas y templadas de los volcanes.
Esa falsa sensación de seguridad —un volcán sin erupciones conocidas, en medio de una región próspera y poblada— hizo que la población no estuviera preparada para lo que vendría. Cuando, a comienzos de octubre de 1902, empezaron los sismos que anunciaban el despertar del volcán, pocos imaginaron la magnitud de la erupción que estaba por desatarse. La calma de siglos terminaría de golpe.
Los días 24 y 25 de octubre de 1902, el volcán Santa María despertó con una violencia descomunal. Tras semanas de sismos premonitorios, el volcán explotó en una erupción de tipo pliniano que lanzó una gigantesca columna de ceniza y gases a decenas de kilómetros de altura en la atmósfera. Fue una de las erupciones más grandes del siglo XX en el mundo, clasificada con un alto índice de explosividad volcánica.
La erupción expulsó un enorme volumen de material piroclástico que cubrió de ceniza buena parte del occidente de Guatemala y llegó hasta el sur de México. Pueblos y plantaciones de café quedaron sepultados bajo capas de ceniza, los cultivos se arruinaron y la oscuridad y la lluvia de cenizas sembraron el caos en toda la región. El número de víctimas fue muy alto: a las muertes directas por la erupción y sus consecuencias se sumó, en los meses siguientes, una grave epidemia de malaria, favorecida por el desastre ambiental, que multiplicó la tragedia.
La explosión abrió un enorme cráter en el flanco suroeste del volcán, dejando una cicatriz visible en su silueta. Ese cráter sería, dos décadas después, la cuna de un nuevo volcán. La erupción de 1902 quedó grabada en la memoria del occidente guatemalteco y es estudiada hasta hoy como un caso emblemático de erupción explosiva, comparada a veces con otras grandes catástrofes volcánicas de la historia moderna.
Veinte años después de la gran erupción, en 1922, dentro del enorme cráter que aquella explosión había abierto en el flanco suroeste del Santa María, comenzó a crecer algo nuevo: un domo de lava. La lava viscosa empezó a acumularse y a formar un montículo que fue creciendo con el tiempo. Había nacido el Santiaguito, cuyo nombre completo es Santa María del Volcán, un volcán 'hijo' surgido de la herida del 'padre'.
Desde entonces, el Santiaguito no ha dejado de estar activo. A lo largo del siglo XX y lo que va del XXI ha desarrollado un complejo de varios domos de lava que crecen y se desmoronan, generando explosiones frecuentes, flujos de lava, avalanchas de bloques incandescentes y, en la temporada de lluvias, peligrosos lahares (flujos de lodo y escombros) que bajan por sus barrancas y han afectado a comunidades de la bocacosta. Es uno de los volcanes más activos de Centroamérica.
Esta convivencia de dos volcanes —el gran cono del Santa María, hoy en calma, y su domo activo al pie— es lo que hace tan singular el lugar. Desde la cima del Santa María se contempla al Santiaguito desde arriba, en plena actividad: una de las pocas oportunidades en el mundo de mirar la erupción de un volcán activo prácticamente bajo los pies. Por su peligrosidad, el Santiaguito está bajo vigilancia permanente y acercarse a su domo está prohibido.
El Santiaguito es, junto al Volcán de Fuego, uno de los volcanes más vigilados de Guatemala. Su actividad típica son explosiones frecuentes que lanzan columnas de ceniza y vapor de varios cientos de metros, audibles desde lejos, además de la emisión y desmoronamiento de domos y coladas de lava. Pero su peligro más serio para las comunidades cercanas son los lahares: durante la temporada de lluvias, el agua arrastra la enorme cantidad de ceniza y material suelto acumulado en sus laderas, formando flujos de lodo y escombros que bajan a gran velocidad por las barrancas hacia la bocacosta del Pacífico.
Por eso, el INSIVUMEH (Instituto Nacional de Sismología, Vulcanología, Meteorología e Hidrología) monitorea el Santiaguito de forma permanente, con estaciones de observación, y emite boletines regulares sobre su actividad. La CONRED (coordinadora de reducción de desastres) gestiona las alertas y la prevención en las comunidades del entorno. Las autoridades desaconsejan y prohíben acercarse al domo activo, que es impredecible y ha causado víctimas a lo largo de los años.
Para el viajero, todo esto significa que la mejor y más segura manera de disfrutar del Santiaguito es observándolo a distancia: desde la cima del Santa María o desde miradores gestionados con guías locales. Antes de planear cualquier salida, conviene consultar el estado actual del volcán en los boletines oficiales y seguir siempre las indicaciones de los guías. El Santiaguito es un recordatorio vivo de que esta tierra hermosa sigue moldeándose con la fuerza de su vulcanismo.