En 1916, el arqueólogo estadounidense Sylvanus Morley se internó en la selva del norte de Petén siguiendo el rastro de una ciudad perdida y encontró una estela con una fecha grabada en el calendario maya que parecía la más antigua conocida hasta entonces. Necesitaba un nombre para el sitio, que no tenía ninguno moderno. Morley combinó las voces mayas 'waxac' (ocho) y 'tun' (piedra, y también el período de 360 días), y bautizó el lugar como Uaxactún, 'Ocho Piedra', en alusión a esa inscripción del baktún 8. Pero el nombre escondía además un guiño privado: sonaba parecido a 'Washington', la ciudad de la Institución Carnegie que financiaba sus expediciones. Así, una de las ciudades más importantes de la arqueología maya lleva hoy un topónimo que es, a la vez, una fecha antigua y un chiste de gabinete.
Lo que Morley no imaginaba es que aquella ciudad de nombre inventado se convertiría en la piedra angular de toda la arqueología maya moderna. Uaxactún se asienta unos 23 km al norte de Tikal, dentro de lo que hoy es la Reserva de la Biosfera Maya. Su ocupación se remonta al Preclásico Medio, en torno al 600 a.C., cuando comunidades agrícolas se establecieron en la zona, y se prolongó de manera continua durante más de mil años, hasta el Clásico Tardío. A lo largo de ese tiempo se convirtió en un centro de notable importancia, con grandes conjuntos ceremoniales preclásicos —como la célebre pirámide E-VII-sub, revestida de estuco blanco y flanqueada por enormes mascarones que representan al Jaguar del Inframundo (el sol nocturno)— y, más tarde, con acrópolis y palacios del período Clásico. El nombre maya original de la ciudad, según las inscripciones, habría sido otro, ligado a su glifo emblema.
Si Uaxactún ocupa un lugar de honor en la historia de la arqueología es, sobre todo, por su Grupo E. Se trata de un conjunto formado por una pirámide al oeste (E-VII) y una larga plataforma al este, sobre la que se levantan tres pequeños templos. Los investigadores que lo estudiaron en los años 1920 advirtieron que, observando desde la pirámide, el sol salía exactamente sobre el templo central en los equinoccios y sobre los templos de los extremos en los solsticios. Era la prueba tangible de que los mayas habían construido conjuntos arquitectónicos para observar y marcar los movimientos del sol a lo largo del año.
Este hallazgo tuvo enorme repercusión: el patrón se denominó 'complejo de tipo Grupo E' (en honor a este conjunto de Uaxactún) y, una vez identificado aquí, los arqueólogos lo reconocieron en decenas de sitios mayas de las Tierras Bajas, muchos de ellos mucho más antiguos. Hoy se discute si todos esos complejos tuvieron una función estrictamente astronómica o si muchos fueron, ante todo, espacios ceremoniales con un fuerte simbolismo solar y calendárico. En cualquier caso, el Grupo E de Uaxactún sigue siendo el ejemplo emblemático y el punto de partida del estudio de la astronomía en la arquitectura maya.
La historia política de Uaxactún estuvo dominada por su relación con la vecina y poderosa Tikal, a apenas un día de camino al sur. Durante buena parte del Preclásico y el Clásico temprano, las dos ciudades fueron rivales por el control de la región. Esa rivalidad culminó en un episodio célebre: en el año 378 d.C., según las inscripciones, Tikal sometió a Uaxactún en un acontecimiento conocido como la 'entrada' (en maya, ligado al señor Siyaj K'ak', 'Nació el Fuego'), que la mayoría de los especialistas relaciona con la llegada de influencias políticas y militares de la lejana metrópolis de Teotihuacan, en el centro de México.
A partir de entonces, Uaxactún quedó subordinada a Tikal y bajo la órbita de la nueva dinastía que se instaló en la región. La ciudad siguió habitada y construyendo durante el Clásico, pero su trayectoria quedó ligada a la de su poderosa vecina. Con el colapso maya clásico, entre los siglos VIII y IX d.C., Uaxactún —como Tikal y tantas otras— fue despoblándose, y la selva acabó cubriendo sus templos y plazas durante siglos.
Uaxactún ocupa un lugar fundacional en la arqueología maya moderna. Entre 1926 y 1937, la Institución Carnegie de Washington llevó a cabo allí las primeras grandes excavaciones científicas y sistemáticas de un sitio maya, bajo la dirección de Oliver Ricketson y con la participación de figuras como Sylvanus Morley y Edith Bayles Ricketson. Fue la primera excavación arquitectónica a gran escala de la región que combinó el análisis de artefactos y cerámica con la datación y una interpretación detallada de la cronología constructiva. El trabajo estratigráfico permitió, por primera vez, establecer una secuencia de estilos cerámicos mayas de las Tierras Bajas que abarcaba desde el Formativo hasta el Clásico (aproximadamente 300 a.C.–900 d.C.). Antes de que el radiocarbono se generalizara, esa secuencia fue la herramienta más confiable para datar sitios en toda la región, y sigue siendo el punto de partida de casi todas las cronologías posteriores. Aquellas campañas marcaron el paso de la exploración aventurera del siglo XIX a una arqueología metódica: en Uaxactún nació la 'dirt archaeology' del mundo maya.
En paralelo, junto a las ruinas creció un pueblo ligado a una de las grandes economías de la selva petenera: el chicle. Uaxactún se desarrolló como campamento chiclero —la savia del chicozapote con la que se fabricaba la goma de mascar se sacaba por avión desde una pista abierta en plena jungla, en torno a la cual se ordena aún hoy el caserío—. Cuando la demanda industrial del chicle decayó, la comunidad diversificó su sustento hacia la pimienta gorda y el xate (una palma ornamental de exportación que se cosecha en la selva y se exporta para arreglos florales). Hoy Uaxactún combina su doble condición de sitio arqueológico y pueblo vivo de la Reserva de la Biosfera Maya, y es además uno de los puntos de partida de las expediciones a la gran ciudad preclásica de El Mirador.
Tras el colapso del Clásico, la selva del Petén se tragó Uaxactún durante más de mil años. Sus templos quedaron convertidos en montículos cubiertos de raíces y sus plazas en tapete verde, hasta que Morley y los chicleros que abrían picadas en busca de chicozapote los toparon de nuevo a comienzos del siglo XX. Esa es una de las paradojas peteneras: fueron los recolectores de chicle, no los arqueólogos, quienes primero volvieron a caminar entre las ruinas, porque los mismos árboles que daban la goma de mascar crecían sobre las ciudades muertas.
Hoy Uaxactún es uno de los sitios mayas más gratificantes para quien busca arqueología sin multitudes. Mientras Tikal recibe cientos de visitantes por día, aquí es habitual recorrer el Grupo E, los Grupos A y B y la pirámide E-VII-sub prácticamente en soledad, con el sonido de los monos aulladores y los tucanes de fondo. La visita se combina casi siempre con Tikal —del que dista 23 km de terracería— y quienes se quedan a dormir en los hospedajes rústicos del pueblo pueden madrugar para ver, en los equinoccios de marzo y septiembre, la salida del sol alinearse sobre el templo central del Grupo E, exactamente como la observaron los astrónomos mayas hace más de dos mil años. Es, además, una de las puertas de entrada a la gran expedición selvática hacia El Mirador. Uaxactún reúne así, en un mismo lugar, la ciencia que fundó la arqueología maya, la cultura viva del bosque y uno de los cielos más limpios de Centroamérica.