En una casa sin cartel de Santiago Atitlán, en penumbra y entre humo de tabaco, un muñeco de madera con sombrero y un puro encendido en la boca recibe a diario ofrendas de ron, cigarros y velas: es Maximón, el 'santo' que fuma y bebe, guardián de un pueblo que lleva casi cinco siglos negociando entre dos mundos. Para entender cómo un lugar puede ser a la vez profundamente católico y profundamente maya, hay que remontarse mucho antes de la llegada de los españoles, cuando la orilla sur del lago de Atitlán era el territorio del pueblo maya tz'utujil, uno de los grupos del altiplano occidental de Guatemala emparentados lingüísticamente con los k'iche' y los kaqchikeles. Los tz'utujiles habían desarrollado un señorío organizado, con una capital fortificada conocida como Chiya' (también llamada Chuitinamit), que se alzaba en las faldas del volcán San Pedro, muy cerca del actual Santiago Atitlán.
La sociedad tz'utujil giraba en torno al lago y a las fértiles tierras volcánicas de sus orillas, donde cultivaban maíz, frijol y otros productos, y aprovechaban la pesca y los recursos lacustres. Su posición les daba el control de una de las regiones más ricas y estratégicas del altiplano, lo que los enfrentó con frecuencia a sus poderosos vecinos.
Las relaciones con los k'iche' y, sobre todo, con los kaqchikeles fueron tensas y marcadas por guerras y disputas territoriales. Esa rivalidad prehispánica tendría consecuencias decisivas en el momento de la conquista española, cuando los conflictos entre los señoríos mayas fueron aprovechados por los recién llegados.
Los detalles sobre la extensión, la organización política y la cronología del señorío tz'utujil se reconstruyen a partir de la arqueología y de crónicas posteriores, por lo que conviene tomarlos como aproximaciones históricas.
La llegada de los españoles al altiplano de Guatemala, en 1524, alteró para siempre el equilibrio de poder entre los señoríos mayas. El conquistador Pedro de Alvarado, lugarteniente de Hernán Cortés, avanzó sobre la región apoyándose en alianzas con pueblos indígenas enemistados entre sí. Tras someter a los k'iche', Alvarado se alió con los kaqchikeles, rivales históricos de los tz'utujiles.
Ese mismo año de 1524, las fuerzas españolas, junto a sus aliados kaqchikeles, atacaron y derrotaron al señorío tz'utujil. La capital de Chiya', en las faldas del volcán San Pedro, cayó ante el avance de los conquistadores. Con esta derrota, el territorio tz'utujil quedó incorporado al dominio colonial español, como tantos otros señoríos del altiplano.
La conquista no significó la desaparición del pueblo tz'utujil, pero sí un cambio profundo: la imposición de un nuevo orden político, económico y religioso. Los españoles reorganizaron la población en pueblos de indios bajo administración colonial, y los frailes iniciaron la tarea de evangelización que daría origen al Santiago Atitlán colonial.
Las circunstancias exactas y la cronología fina de la conquista de los tz'utujiles aparecen con variaciones en las crónicas; las fuentes coinciden, en cambio, en el papel central de Alvarado y de la alianza con los kaqchikeles.
Tras la conquista, los frailes franciscanos se encargaron de evangelizar la región tz'utujil y reorganizar a la población. Fundaron el pueblo de Santiago Atitlán, que tomó su nombre del apóstol Santiago, patrono de las empresas españolas de conquista. Hacia mediados del siglo XVI, los franciscanos levantaron la iglesia de Santiago Apóstol, que se cuenta entre las construcciones religiosas más antiguas de Guatemala.
La evangelización, sin embargo, no borró la religiosidad maya: dio lugar a un profundo sincretismo, una mezcla de creencias y prácticas en la que los símbolos católicos y los mayas convivían y se reinterpretaban mutuamente. De ese sincretismo nacieron las cofradías —hermandades encargadas del culto a los santos— y figuras como Maximón, que combinan ambas tradiciones de un modo único.
Durante los siglos coloniales y la época republicana, Santiago Atitlán conservó con notable fuerza su lengua tz'utujil, sus trajes tradicionales, su organización comunitaria y su religiosidad sincrética. La relativa lejanía y el fuerte arraigo cultural permitieron que el pueblo mantuviera viva su identidad maya con una intensidad poco común.
Las fechas precisas de fundación del pueblo y de construcción de la iglesia varían ligeramente según las fuentes; existe acuerdo, en cambio, en su antigüedad colonial temprana y en el papel de los franciscanos.
Como muchas comunidades indígenas del altiplano, Santiago Atitlán vivió de forma especialmente dura el conflicto armado interno guatemalteco, que se prolongó durante décadas en la segunda mitad del siglo XX. La población maya quedó atrapada entre el ejército y la guerrilla, y sufrió violencia, militarización y desapariciones.
Un episodio que marcó a la comunidad fue el asesinato, en 1981, del padre Stanley Rother, un sacerdote estadounidense originario de Oklahoma que servía como párroco en Santiago. Muy querido por la población, a la que acompañaba en tiempos de represión, Rother fue asesinado en la propia casa parroquial. Décadas más tarde, en 2017, la Iglesia católica lo beatificó, reconociéndolo como mártir; es recordado en el pueblo y en la iglesia de Santiago Apóstol.
El episodio más dramático llegó en diciembre de 1990, cuando soldados del destacamento militar dispararon contra una multitud de pobladores desarmados que se acercaban a protestar, causando una masacre de civiles. La conmoción fue tal que la comunidad, en un hecho excepcional en la Guatemala de la época, logró que el ejército retirara su destacamento del territorio, convirtiendo a Santiago en un símbolo de resistencia pacífica.
Las cifras exactas de víctimas de la masacre de 1990 y de los hechos del conflicto varían según las fuentes; conviene consultar los informes de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico y de organismos de derechos humanos para datos precisos.
Hoy Santiago Atitlán es reconocido como uno de los pueblos con la identidad maya más fuerte y mejor conservada de Guatemala. La lengua tz'utujil sigue siendo la lengua materna de la mayoría de sus habitantes, los trajes tradicionales —con sus huipiles bordados de pájaros y flores y el célebre tocado de cinta roja de las mujeres— se usan en la vida cotidiana, y la organización en cofradías sigue estructurando buena parte de la vida religiosa.
El símbolo más conocido de esa identidad es Maximón (Rilaj Mam), la figura sagrada sincrética que cada año reside en la casa de una cofradía distinta y es trasladada en una procesión ritual durante la Semana Santa. Maximón recibe ofrendas de licor, tabaco y velas, y representa de forma vívida la mezcla de lo maya y lo católico que define la espiritualidad de Santiago. Es, además, un imán para visitantes de todo el mundo.
Junto a la religiosidad, la cultura tz'utujil se expresa en su notable tradición textil, mantenida sobre todo por las mujeres en el telar de cintura, y en una reconocida escuela de pintura naíf, cuyos artistas retratan la vida del lago con colores vibrantes. El turismo, bien gestionado, se ha vuelto una fuente de ingresos que convive con el orgullo por las tradiciones.
Santiago Atitlán resume, así, la historia profunda del pueblo tz'utujil: un señorío prehispánico, una comunidad colonial sincrética, un pueblo golpeado por el conflicto armado y, hoy, un centro vivo de cultura maya que conserva su identidad con orgullo y la comparte con respeto.