Hoy el mundo conoce a San Marcos La Laguna como una meca del yoga, las ceremonias de cacao y los retiros espirituales; un pueblo al que llegan buscadores de todo el planeta a 'reconectar'. Pero mucho antes de la primera clase de meditación, este rincón del lago ya guardaba una historia de más de dos mil años: la de una aldea maya kaqchikel a la sombra de tres volcanes. Para entender el San Marcos de hoy, hay que empezar por el agua y la piedra. San Marcos La Laguna se asienta en la orilla norte del lago de Atitlán, una maravilla natural formada hace decenas de miles de años en una enorme caldera volcánica, una gigantesca depresión originada por el colapso del terreno tras una erupción colosal. Rodeado por los volcanes San Pedro, Tolimán y Atitlán, el lago es considerado uno de los más bellos del mundo y fue, desde tiempos remotos, el centro de la vida de los pueblos mayas del altiplano occidental.
A diferencia de los pueblos del sur del lago, de población tz'utujil, San Marcos es mayoritariamente kaqchikel, uno de los grandes grupos mayas del altiplano de Guatemala. La cuenca del lago de Atitlán fue, en época prehispánica, un territorio compartido y a la vez disputado por los señoríos kaqchikel, tz'utujil y k'iche', cuyas fronteras y rivalidades marcaron la historia de la región.
Los kaqchikeles de la zona vivían de la agricultura —maíz, frijol y otros cultivos— y de los recursos del lago, en un entorno de laderas fértiles de origen volcánico. El lago no solo era fuente de alimento y vía de comunicación, sino también un espacio cargado de significado sagrado en la cosmovisión maya.
Las precisiones sobre el origen geológico del lago y sobre las fronteras de los señoríos mayas provienen de la geología y la arqueología, y conviene tomarlas como reconstrucciones científicas sujetas a revisión.
La conquista española del altiplano de Guatemala, en 1524, encabezada por Pedro de Alvarado, transformó la vida de los pueblos del lago de Atitlán. Curiosamente, los kaqchikeles fueron en un primer momento aliados de Alvarado contra sus rivales k'iche' y tz'utujil, aunque más tarde se rebelaron contra los españoles. Tras los enfrentamientos, toda la región quedó bajo dominio colonial.
Los frailes se encargaron de la evangelización y de reorganizar a la población maya en pueblos de indios, con sus iglesias, autoridades y cofradías. En ese proceso se consolidó el pueblo de San Marcos La Laguna, que tomó su nombre del evangelista San Marcos, siguiendo la costumbre de poner los asentamientos bajo la advocación de un santo.
Como en el resto del lago, la evangelización dio lugar a un sincretismo entre la religiosidad maya y la católica, mientras la comunidad conservaba su lengua kaqchikel, sus trajes y muchas de sus costumbres. San Marcos fue durante siglos una comunidad agrícola pequeña, dedicada al cultivo de café, maíz y frutales en las laderas que bajan al lago.
Las circunstancias exactas de la conquista de la zona y la cronología de la fundación del pueblo colonial aparecen con variaciones en las fuentes; existe acuerdo en el papel de Alvarado, las cambiantes alianzas kaqchikeles y la posterior organización colonial.
Durante la época colonial y buena parte del período republicano, San Marcos La Laguna fue una pequeña comunidad agrícola kaqchikel, relativamente aislada en la orilla norte del lago. La vida giraba en torno al cultivo del café, el maíz y los frutales en las laderas, y a la pesca y los recursos del lago. El acceso por tierra era difícil, y la lancha era el medio natural de comunicación con los demás pueblos y con el resto del país.
Ese aislamiento contribuyó a que la comunidad conservara con fuerza su lengua kaqchikel, sus trajes y sus tradiciones, transmitidos de generación en generación. La vida cotidiana seguía el ritmo de las cosechas y de las fiestas religiosas, en un entorno de gran belleza pero de recursos limitados.
Como todo el altiplano guatemalteco, la región del lago vivió en la segunda mitad del siglo XX el impacto del prolongado conflicto armado interno, que afectó duramente a las comunidades indígenas. Los Acuerdos de Paz de 1996 pusieron fin al conflicto y abrieron una nueva etapa para el país y para los pueblos del lago.
San Marcos también ha convivido con los riesgos naturales propios de la zona: las laderas que bajan al lago son vulnerables a deslizamientos en épocas de lluvias intensas, como ocurrió durante fenómenos meteorológicos que afectaron a la región. Los detalles de estos eventos y de la historia social del pueblo se conocen de forma general.
La gran transformación de San Marcos La Laguna llegó en las últimas décadas del siglo XX y, sobre todo, en las primeras del siglo XXI. La belleza extraordinaria del entorno —el lago, los volcanes, la vegetación exuberante— y el clima templado atrajeron a un creciente número de viajeros extranjeros que buscaban un lugar tranquilo y especial para detenerse.
Poco a poco, San Marcos empezó a distinguirse de los demás pueblos del lago por su carácter alternativo y espiritual. Llegaron terapeutas, profesores de yoga, meditadores y buscadores espirituales de todo el mundo, que fundaron centros de yoga, escuelas de meditación, espacios de retiro y de terapias holísticas. Surgieron también cafés vegetarianos, tiendas de productos naturales y una comunidad internacional con un estilo de vida propio.
Así, San Marcos pasó de ser una pequeña aldea kaqchikel a convertirse en un destino de bienestar de fama mundial, conocido en los circuitos de yoga, retiros y espiritualidad de todo el planeta. Muchos viajeros llegan por unos días y terminan quedándose semanas o meses, atraídos por la 'energía' del lugar y su ritmo lento.
La cronología exacta y los protagonistas de esta transformación no están documentados de forma precisa; se trata de un proceso gradual, impulsado por viajeros e iniciativas privadas, más que de un hito puntual.
El San Marcos La Laguna de hoy es un lugar donde conviven, en un mismo pequeño territorio, dos mundos muy distintos. Por un lado, la comunidad maya kaqchikel de siempre, que mantiene su lengua, sus trajes, su iglesia y sus tradiciones en la parte alta del pueblo, dedicada en buena medida a la agricultura y la vida cotidiana de cualquier aldea del altiplano. Por otro, la comunidad internacional y alternativa, concentrada hacia la orilla del lago, con sus centros holísticos, sus cafés y su estilo de vida cosmopolita.
Esa convivencia es la seña de identidad de San Marcos, pero también plantea desafíos: cómo repartir los beneficios del turismo, cómo preservar la cultura local frente a la influencia externa, y cómo cuidar un entorno natural frágil ante el crecimiento de la actividad. Son tensiones comunes a muchos destinos del lago, que en San Marcos adquieren un matiz particular por su perfil tan marcado.
Para el viajero, San Marcos ofrece la oportunidad de combinar el bienestar y la naturaleza con el respeto por una comunidad maya viva. Disfrutar de sus retiros, su reserva natural y su atmósfera única, apoyando a los negocios y las iniciativas locales y tratando con respeto a sus habitantes, es la mejor manera de honrar la doble alma de este rincón del lago de Atitlán.
San Marcos resume así una historia singular: la de una aldea kaqchikel que, sin dejar de serlo, se convirtió en uno de los destinos de bienestar más conocidos del mundo, un lugar donde lo ancestral y lo nuevo se encuentran a orillas del lago más hermoso de Guatemala.