Jalapa se sitúa en el oriente del país, en una zona de transición entre las montañas del altiplano y las tierras cálidas del valle del Motagua. Su territorio fue habitado por pueblos xinca y pocomam, y hoy tiene una población mayoritariamente ladina con presencia indígena, sobre todo en su franja occidental, donde el pocomam se mantuvo por más tiempo.
Su clima templado de montaña, más fresco que el del resto del oriente, le valió una vocación agrícola particular y le dio fama de tierra fértil. La cabecera, Jalapa, se asienta en un valle rodeado de cerros y es un cruce de caminos entre la capital, Chiquimula y Jutiapa.
El territorio de Jalapa perteneció durante buena parte de su historia a la jurisdicción de Chiquimula y del oriente. Fue erigido en departamento en 1873, en los años de la Reforma Liberal, cuando el Estado reorganizó el mapa administrativo del país.
Durante el siglo XIX, el oriente —Jalapa incluida— fue un semillero de las montoneras y guerrillas campesinas que apoyaron primero a Rafael Carrera y luego protagonizaron sucesivos levantamientos conservadores contra los gobiernos liberales. La geografía montañosa del departamento facilitó esas guerras irregulares y forjó una cultura de fuerte arraigo rural.
La economía de Jalapa se basa en la agricultura: café en las zonas altas, granos básicos —maíz y frijol—, hortalizas, tabaco, frutas y ganadería. La combinación de suelos volcánicos y clima templado favorece una producción diversa que abastece los mercados del oriente y de la capital.
La cabecera es un centro comercial regional del oriente montañoso, y el departamento conserva tradiciones campesinas y ferias patronales que reflejan la vida rural de la región. Los jaripeos, las cofradías y las fiestas religiosas marcan el calendario de sus municipios.
Jalapa forma parte del territorio histórico del pueblo xinca, uno de los grupos indígenas no mayas de Guatemala, cuya lengua está en grave peligro de desaparición pero cuya identidad se mantiene viva en varias comunidades que hoy reivindican su herencia y sus territorios frente a la desatención estatal y a los proyectos extractivos.
Sus montañas, lagunas de altura y paisajes de bosque, poco explorados por el turismo, ofrecen un rincón sereno del oriente. Miradores, ríos y cerros hacen de Jalapa un destino de naturaleza tranquila, mientras que su mezcla de raíces xinca, pocomam y ladina la convierte en un pequeño mosaico cultural del suroriente guatemalteco.
Como buena parte del oriente, Jalapa ha vivido de la tierra y del ganado, con una cultura de arrieros, jinetes y agricultores que se refleja en sus fiestas patronales, sus jaripeos y sus mercados. La devoción religiosa, con procesiones y cofradías, estructura el calendario de sus pueblos, y la marimba y el son acompañan las celebraciones.
En las últimas décadas, el departamento ha compartido con el resto del oriente los problemas del corredor seco —sequías, pérdida de cosechas— y una creciente emigración hacia la capital y hacia Estados Unidos, cuyas remesas ayudan a sostener la economía local. Pese a ello, Jalapa conserva su carácter apacible de tierra templada entre montañas, un oriente más fresco y verde que el de los valles cálidos vecinos.