Antes de convertirse en el gran santuario de Centroamérica, la región de Esquipulas estaba habitada por pueblos de raíz maya. El oriente de Guatemala, en la zona de Chiquimula, fue territorio de los chortís, un grupo maya emparentado con los antiguos habitantes de Copán (en la actual Honduras, muy cerca). La cultura chortí dejó su huella en la región, en una zona de frontera cultural entre el mundo maya y otras influencias.
El propio nombre 'Esquipulas' suele explicarse a partir de esa raíz prehispánica. La tradición más difundida sostiene que el nombre proviene de un cacique o señor local llamado Esquipulas (o de un término en lengua indígena), que gobernaba la zona en la época anterior a la conquista. Como ocurre con muchos topónimos, existen distintas versiones sobre su significado exacto y su origen lingüístico.
Tras la conquista española del siglo XVI, la región quedó integrada al Reino de Guatemala. Los pueblos indígenas fueron evangelizados y reorganizados en poblados bajo el dominio colonial, y Esquipulas se constituyó como una población dentro de ese sistema. Fue en ese contexto colonial, ya a fines del siglo XVI, cuando se produjo el hecho que cambiaría para siempre la historia del lugar: el encargo de la imagen del Cristo.
El acontecimiento fundacional de la identidad de Esquipulas ocurrió a fines del siglo XVI. En 1594, los habitantes del pueblo encargaron una imagen de Cristo crucificado para su iglesia. La obra se confió a Quirio Cataño, uno de los más reconocidos escultores e imagineros de la época colonial en la Capitanía General de Guatemala, afincado en la entonces capital, Santiago de Guatemala (hoy Antigua).
Cataño talló la imagen en madera, y la tradición —junto con las fuentes— señala que utilizó maderas oscuras (se mencionan el cedro y el naranjo). Ese material, sumado al ennegrecimiento progresivo causado por el humo de las innumerables velas y candelas encendidas ante la imagen a lo largo de los siglos, fue dando al Cristo su característico tono oscuro, que terminó por darle su nombre popular: el 'Cristo Negro de Esquipulas'. La imagen quedó instalada en la población hacia 1595.
Desde muy temprano, la imagen comenzó a despertar una devoción creciente. Se difundieron relatos de milagros, curaciones y favores atribuidos al Cristo de Esquipulas, lo que atrajo a un número cada vez mayor de fieles y peregrinos de las regiones vecinas. Lo que había nacido como la imagen de un pueblo del oriente guatemalteco empezó a transformarse, paso a paso, en el foco de una devoción que con el tiempo abarcaría a toda Centroamérica.
A medida que crecía la devoción al Cristo Negro, la modesta iglesia original se hizo insuficiente para acoger a los peregrinos. El impulso decisivo para construir un gran templo llegó de la mano de una figura clave: el arzobispo Pedro Pardo de Figueroa. Según la tradición, el arzobispo atribuyó al Cristo de Esquipulas la curación de una enfermedad que padecía y, en agradecimiento, promovió la edificación de un santuario digno de la creciente veneración.
La construcción de la gran Basílica de Esquipulas se llevó adelante a lo largo del siglo XVIII y se terminó en la segunda mitad de ese siglo. El resultado fue un imponente templo de estilo colonial, de fachada blanca y cuatro torres en sus esquinas, levantado para albergar la imagen del Cristo Negro y para recibir a las multitudes de peregrinos. Su monumentalidad reflejaba ya la importancia que había alcanzado el santuario.
Con la nueva Basílica, Esquipulas se consolidó como uno de los principales centros de peregrinación del Reino de Guatemala y de toda la región. A su alrededor creció la actividad ligada a los peregrinos —hospedajes, comercio, dulces típicos, artículos religiosos— que aún hoy caracteriza a la ciudad. El templo y el Cristo se convirtieron en el corazón de una devoción que seguiría expandiéndose en los siglos siguientes.
Desde su santuario en el oriente guatemalteco, la devoción al Cristo Negro de Esquipulas se extendió como pocas en América. Con los siglos, la veneración traspasó las fronteras de Guatemala y se difundió por toda Centroamérica —Honduras, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica—, llegando incluso a México y a comunidades de Estados Unidos. En muchos lugares se levantaron iglesias, capillas y réplicas dedicadas al Cristo Negro, replicando la imagen de Esquipulas.
La peregrinación a Esquipulas se convirtió en una de las más multitudinarias del continente. Cada año, y especialmente en torno al 15 de enero —día principal de la fiesta del Cristo Negro— y durante la Semana Santa, enormes contingentes de peregrinos convergen sobre la ciudad. Muchos llegan tras largos viajes, algunos recorriendo a pie buena parte del camino, en cumplimiento de promesas o en busca de favores y agradecimientos. El ambiente combina la fe profunda con la fiesta popular, el mercado y la tradición.
El reconocimiento eclesiástico acompañó esa importancia. En 1996, el papa Juan Pablo II elevó el templo a la categoría de basílica menor, consolidando su estatus como santuario de relevancia internacional. Esquipulas quedó así confirmada como el gran centro de peregrinación de Centroamérica, un lugar donde la devoción popular, nacida hace más de cuatro siglos en torno a una imagen de madera oscura, sigue movilizando a millones de personas.
Esquipulas tiene también un lugar destacado en la historia política reciente de Centroamérica, más allá de su fama religiosa. En la década de 1980, la región estaba sacudida por conflictos armados internos y guerras civiles —en Guatemala, El Salvador, Nicaragua— en el marco de la Guerra Fría. La búsqueda de una salida pacífica encontró en esta ciudad un escenario simbólico y concreto.
En mayo de 1986 se reunieron en Esquipulas los presidentes centroamericanos en la cumbre conocida como Esquipulas I, un primer paso en el diálogo regional. El hito mayor llegó en agosto de 1987 con Esquipulas II, donde los mandatarios firmaron un acuerdo —el 'Procedimiento para establecer la paz firme y duradera en Centroamérica'— que sentó las bases para los procesos de pacificación y democratización de la región. El presidente guatemalteco Vinicio Cerezo fue uno de los impulsores de estas cumbres.
Los Acuerdos de Esquipulas tuvieron una enorme trascendencia: contribuyeron a abrir el camino hacia el fin de los conflictos armados centroamericanos y al fortalecimiento democrático. Su importancia fue tal que el presidente costarricense Óscar Arias, uno de los protagonistas del proceso, recibió el Premio Nobel de la Paz en 1987. Así, el nombre de Esquipulas quedó asociado no solo a la fe, sino también a uno de los procesos de paz más significativos de la historia de América Latina.
Hoy, Esquipulas es ante todo el principal santuario de peregrinación de Centroamérica, una ciudad cuya vida gira en torno a la Basílica del Cristo Negro y al constante flujo de fieles que llegan de toda la región y más allá. Su economía, su cultura y su identidad están profundamente marcadas por esa vocación de centro devocional: hoteles, comercios, dulcerías, talleres de imágenes religiosas y servicios para peregrinos conforman el tejido de la ciudad.
Más allá de lo religioso, Esquipulas es también una ciudad del oriente guatemalteco y un punto estratégico cerca del 'Trifinio', el lugar donde convergen las fronteras de Guatemala, Honduras y El Salvador. Esa ubicación la convierte en una puerta de entrada y salida regional, cercana a destinos como el sitio arqueológico maya de Copán (en Honduras) y a los paisajes de montaña del oriente, como la Laguna de Ipala en su cráter volcánico.
Para el viajero, Esquipulas ofrece una experiencia singular dentro de Guatemala: la de un santuario continental vivo, donde la fe popular se expresa con una fuerza arrolladora, junto a una ciudad acostumbrada a recibir visitantes y a una región fronteriza poco transitada por el turismo convencional. Se llegue como peregrino o como viajero curioso, Esquipulas deja una impresión profunda por la intensidad de su devoción y por su papel, a la vez religioso e histórico, en el corazón de Centroamérica.