Zakynthos es una isla antigua que ya asomaba en los versos de Homero. Según el mito, tomó su nombre de Zákynthos, un hijo del rey Dárdano de Troya, que habría llegado desde Frigia y fundado el primer asentamiento en la colina donde más tarde se alzaría la acrópolis, coronada por la ciudadela que los venecianos convertirían en castillo. La Ilíada y la Odisea la mencionan entre los dominios del mundo micénico, en la órbita de la vecina Ítaca de Ulises.
En la Antigüedad, Zakynthos fue una polis independiente con cierto peso: acuñó su propia moneda, tuvo colonias y participó, como el resto del mundo griego, en las guerras y alianzas de la época clásica, oscilando entre la influencia de Atenas y la de Esparta. Su posición en el Jónico, en la ruta entre Grecia e Italia, la hizo codiciada. Cayó luego bajo la órbita de Macedonia y, en el siglo II a.C., pasó a manos de Roma, que la integró en sus dominios del Adriático.
Con la división del Imperio romano, la isla quedó dentro del mundo bizantino, del que formó parte durante siglos, expuesta como toda la costa jónica a las incursiones de piratas, vándalos y sarracenos. Fue una época oscura y de población escasa, hasta que la llegada de una nueva potencia marítima cambiaría por completo su historia y su fisonomía: la República de Venecia.
Aquí está la clave que distingue a Zakynthos y a todas las Jónicas del resto de Grecia. Mientras casi todo el mundo griego caía bajo el Imperio otomano tras 1453 y quedaba cuatro siglos bajo dominio turco, las siete islas del Jónico siguieron otro rumbo bajo Venecia. Zakynthos pasó a manos de la Serenísima en 1484 y permaneció veneciana hasta 1797, más de tres siglos. Nunca conoció el yugo otomano, y esa diferencia lo explica casi todo.
Los venecianos quedaron tan prendados de su fertilidad y su belleza que la bautizaron 'Fioro di Levante', la flor de Oriente. Bajo su dominio, la isla floreció económicamente gracias a la producción de pasas de Corinto (un producto muy valioso en la Europa de entonces), aceite y vino, y desarrolló una vida cultural refinada que le valió el sobrenombre de la 'Florencia de Grecia'. La nobleza local, organizada al modo veneciano con su Libro de Oro, patrocinó una notable escuela de pintura —la Escuela Jónica, que fusionó la tradición bizantina de los iconos con las novedades del Renacimiento italiano— y una tradición musical propia, las kantádes, serenatas a varias voces que todavía se escuchan en las tabernas de la isla.
De aquella época veneciana, Zakynthos heredó su arquitectura de campaniles, arcadas y palacios (la mayoría, por desgracia, hoy desaparecidos), su dialecto salpicado de italianismos, su gastronomía y una identidad abierta, europea y cosmopolita. Mientras el resto de Grecia vivía bajo el Imperio otomano, Zante era una ciudad de teatros, academias y bibliotecas, un puente entre el mundo griego y el occidental.
El fin de Venecia en 1797 arrastró a Zakynthos, como al resto de las Jónicas, por la corriente de la historia europea: primero la Francia revolucionaria de Napoleón, luego la efímera República Septinsular (1800), primer Estado griego semiindependiente de la era moderna bajo protección ruso-otomana, un nuevo paso de Francia y, tras el Congreso de Viena de 1815, el protectorado británico bajo el nombre de Estados Unidos de las Islas Jónicas.
En ese ambiente culto y agitado nació el hijo más ilustre de la isla. Dionisios Solomós, nacido en Zakynthos en 1798, es considerado el padre de la poesía griega moderna y el fundador de la escuela literaria jónica. Educado en Italia, eligió escribir en griego demótico, la lengua del pueblo, en lugar del griego arcaizante de los eruditos, y con ello sentó las bases del idioma literario moderno. En 1823, en plena Guerra de Independencia griega, escribió en Zakynthos el 'Himno a la Libertad' (Ymnos eis tin Eleftherian), un extenso poema cuyas dos primeras estrofas, musicalizadas, se convirtieron en el himno nacional de Grecia (y también de Chipre). Su estatua preside la plaza principal de la ciudad, y sus restos descansan en el museo que lleva su nombre.
La isla, como el resto de las Jónicas, hervía con el sentimiento nacional griego. Muchos zacintios apoyaron y financiaron la revolución de 1821 desde el otro lado del mar. Finalmente, en 1864, Gran Bretaña cedió las Islas Jónicas al joven reino de Grecia como gesto hacia el nuevo rey Jorge I. El 21 de mayo de 1864, Zakynthos se unió por fin a la madre patria griega, cerrando siglos de dominio extranjero.
Para entender cómo es hoy Zakynthos hay que conocer el día que cambió su rostro para siempre. El 12 de agosto de 1953, un violento terremoto sacudió las Islas Jónicas del sur. El seísmo principal, de magnitud en torno a 7,2-7,3, fue el mayor de una serie que golpeó durante varios días a Zakynthos, Cefalonia e Ítaca, y estuvo acompañado de incendios devastadores.
En Zakynthos, la destrucción fue casi total: más del 90% de los edificios de la isla quedaron destruidos por el temblor y el fuego que se propagó después. La hermosa ciudad veneciana de Zante —sus iglesias, sus campaniles, sus palacios, sus teatros y bibliotecas, siglos de patrimonio— desapareció en cuestión de horas. Fue una de las peores catástrofes de la Grecia del siglo XX. Muchos habitantes lo perdieron todo y una parte de la población emigró.
La reconstrucción se hizo con nuevas normas antisísmicas y, en el caso del casco, tratando de recrear el estilo veneciano en plazas como la de San Marcos y la de Solomós, con sus arcadas y campaniles levantados de nuevo. Pero el resultado es, inevitablemente, una ciudad nueva: por eso Zakynthos, a diferencia de Corfú (que quedó fuera de la zona más golpeada), conserva muy poca arquitectura antigua original. Ese terremoto es la clave para entender por qué la 'Florencia de Grecia' ya no muestra sus palacios renacentistas, y por qué buena parte de lo que hoy se admira en la isla es la naturaleza —el mar, las cuevas, las playas— más que la piedra vieja. El mismo seísmo devastó también a la vecina Cefalonia, con la que Zante comparte esta historia de reconstrucción.
Antes de la reconstrucción, Zakynthos había vivido otro capítulo que la isla recuerda con orgullo. Durante la ocupación nazi, en 1944, las autoridades alemanas exigieron al obispo Crisóstomos y al alcalde Loukás Karrer la lista de los judíos de la isla para deportarlos. Según la tradición local, ampliamente documentada, ambos entregaron un papel con solo dos nombres —los suyos— y escondieron a la comunidad judía en pueblos del interior. Los alrededor de 275 judíos de Zakynthos sobrevivieron a la guerra, un caso excepcional en la Grecia ocupada, donde la mayoría de las comunidades judías fueron exterminadas. Es un episodio sobrio y luminoso en medio de una época terrible.
Tras la posguerra y la reconstrucción, Zakynthos se transformó, desde los años setenta y ochenta, en uno de los grandes destinos de sol y playa de Grecia. El turismo se convirtió en el motor de la isla, con la fama mundial de la playa del Naufragio (Navagio) y de sus aguas turquesa como imán. Ese éxito, sin embargo, convive con una responsabilidad: la bahía de Laganas es uno de los sitios de anidación más importantes del Mediterráneo para la tortuga caretta caretta, y en 1999 se creó allí el primer Parque Marino Nacional del Mediterráneo dedicado a protegerlas, con reglas estrictas que buscan compaginar visitantes y conservación.
Hoy Zakynthos es una isla de contrastes: el bullicio veraniego de Laganas frente a la calma de los pueblos de montaña; la postal masificada del Navagio —hoy cerrado al público por riesgo de derrumbes— frente al silencio protegido de las playas de tortugas; el turismo de masas frente a la conciencia ambiental que crece. Reconstruida sobre sus ruinas, fiel a su herencia veneciana y a su poeta nacional, la flor del Jónico sigue floreciendo, ahora también como santuario de una de las criaturas más antiguas del mar.