Toda la historia de Paros gira, en el fondo, alrededor de una piedra. Porque esta isla del centro de las Cícladas dio al mundo antiguo el que fue considerado, durante más de mil años, el mejor mármol jamás extraído: el mármol de Paros, y en particular su variedad más noble, el lychnites. Era un mármol blanco de una pureza casi absoluta, de grano finísimo y una translucidez asombrosa: la luz penetraba unos milímetros en su superficie, lo que daba a las esculturas talladas en él una calidez y una suavidad casi carnal, imposibles de lograr con otras piedras. Los escultores griegos lo apreciaban por encima de cualquier otro material.
Con mármol de Paros se esculpieron algunas de las obras cumbre del arte occidental. La más famosa es la Venus de Milo, esa Afrodita sin brazos que hoy es una de las estrellas del Museo del Louvre. También la majestuosa Niké (Victoria) de Delos, el Hermes de Praxíteles y buena parte de las esculturas y relieves de templos y santuarios repartidos por todo el Mediterráneo, incluidos elementos de la propia Acrópolis de Atenas. Paros exportaba su mármol por todo el mundo griego, y de allí salía el nombre 'parian' que en varios idiomas llegó a designar el mármol o la porcelana de máxima calidad.
Lo curioso es cómo se extraía el mejor mármol. El lychnites no se sacaba a cielo abierto, sino cavando galerías y túneles bajo la montaña, en la zona de Marathi, siguiendo las vetas más finas a la luz de lámparas de aceite; de ahí su nombre, que viene de lychnos, 'lámpara'. Aquellas minas subterráneas, con sus túneles excavados a mano en la roca durante siglos, todavía se pueden visitar. Fueron el motor de la riqueza y la fama de Paros, y la razón por la que una pequeña isla del Egeo dejó su huella en museos de medio mundo.
Paros estuvo habitada desde el Neolítico y fue, como sus vecinas, uno de los focos de la brillante civilización cicládica del tercer milenio a.C., aquella de los ídolos de mármol. Pero su gran momento de esplendor llegó en la época arcaica, entre los siglos VIII y VI a.C., cuando se convirtió en una potencia próspera y expansiva. Gracias a su mármol, su agricultura y su flota, la ciudad de Paros acumuló riqueza y fundó colonias, la más importante de las cuales fue Tasos, en el norte del Egeo, una isla rica en oro y recursos que multiplicó su poder.
De aquella Paros arcaica surgió una de las figuras más originales de toda la literatura griega: el poeta Arquíloco (Arquíloco de Paros), que vivió en el siglo VII a.C. (hacia el 680-645 a.C.). Arquíloco fue un revolucionario: uno de los primeros poetas líricos griegos que escribió en primera persona, hablando de sí mismo, de sus amores, sus odios, sus miedos y su vida como soldado mercenario. Fue el gran maestro del verso yámbico, un metro que usó con una libertad, una ironía y una crudeza inéditas. Es célebre un fragmento suyo en el que confiesa, sin ninguna vergüenza heroica, haber abandonado su escudo en el campo de batalla para salvar la vida: 'ya me compraré otro igual de bueno', dice, dinamitando el ideal guerrero de la época. Esa voz personal, mordaz y humana lo convirtió en un precursor de toda la poesía lírica posterior, admirado en toda la Antigüedad.
Paros honró largamente a su poeta: en la isla existió un Arquíloqueo, un santuario dedicado a su memoria, y de ese entorno procede una de las piezas más valiosas que la isla legó a la historia: la Crónica de Paros o Marmor Parium, una gran estela de mármol inscrita en el siglo III a.C. que registra, año por año, una cronología de la historia y la mitología griegas desde tiempos legendarios hasta el 264/263 a.C. Es una fuente histórica de enorme valor, hoy conservada en parte en Oxford y en parte en el museo de la propia isla.
Como todas las islas del Egeo, Paros quedó atrapada en el gran choque entre los griegos y el poderoso Imperio persa, las llamadas Guerras Médicas. Y en ese conflicto tomó una decisión que le costaría cara: apoyar a los persas. En el año 490 a.C., durante la primera invasión persa de Grecia, Paros envió una trirreme (un barco de guerra) a combatir del lado de los persas en la famosa batalla de Maratón, donde, contra todo pronóstico, los atenienses lograron una victoria histórica.
Tras aquel triunfo, Atenas quiso ajustar cuentas con las islas que habían colaborado con el enemigo. El encargado fue nada menos que Milcíades, el general ateniense héroe de Maratón. Con una flota, Milcíades puso sitio a la ciudad de Paros y exigió a los isleños el pago de una enorme multa de cien talentos, una suma colosal. Pero los parios resistieron con firmeza y valentía: aguantaron el asedio durante veintiséis días sin rendirse. Finalmente, los atenienses tuvieron que retirarse sin haber tomado la ciudad ni cobrado la multa. Para Milcíades fue un fracaso rotundo y hasta trágico: resultó herido en la operación (una herida que se le infectó) y, de vuelta en Atenas, fue juzgado y condenado por el fracaso, muriendo poco después. La resistencia de Paros había derrotado, indirectamente, al vencedor de Maratón.
Pese a ese episodio, tras las Guerras Médicas Paros terminó integrándose, como el resto de las Cícladas, en la órbita de Atenas y en la Liga de Delos. Siguió después el destino común del mundo griego: la hegemonía de Esparta y luego de Macedonia, la época helenística de los grandes reinos surgidos tras Alejandro Magno, y finalmente la incorporación al Imperio romano. Durante todos esos siglos, el mármol siguió siendo su gran seña de identidad y su fuente de riqueza, aunque la isla fue perdiendo el protagonismo político de su época arcaica.
Con la división del Imperio romano y el auge del cristianismo, Paros pasó a formar parte del Imperio bizantino, y a esa larga época debe uno de sus monumentos más venerables: la Panagia Ekatontapiliani de Parikia, la 'iglesia de las Cien Puertas'. Sus orígenes se remontan al siglo IV d.C., y la tradición vincula su fundación a Santa Elena, la madre del emperador Constantino el Grande: se dice que, camino de Tierra Santa en busca de la Vera Cruz, Elena hizo escala en Paros y prometió levantar allí un templo si lograba su misión. El edificio que hoy vemos es en gran parte obra de una monumental reconstrucción del siglo VI, en tiempos del emperador Justiniano, el mismo que erigió Santa Sofía en Constantinopla.
La Ekatontapiliani es uno de los conjuntos paleocristianos y bizantinos más importantes y mejor conservados de toda Grecia. En realidad no es una iglesia sino un complejo de varias iglesias y capillas unidas, con su gran nave central y su cúpula, y sobre todo con un baptisterio paleocristiano excepcional, uno de los más completos que se conservan en el Mediterráneo oriental, con su pila cruciforme para el antiguo rito del bautismo por inmersión. Su nombre, 'de las Cien Puertas', alimenta una hermosa leyenda: se cuenta que el templo tiene noventa y nueve puertas visibles y que la número cien, aún oculta, solo aparecerá el día en que Constantinopla —caída en 1453— vuelva a ser griega.
Durante la larga etapa bizantina, Paros fue una isla cristiana relativamente próspera pero cada vez más expuesta a un nuevo peligro: la piratería. Las incursiones de piratas árabes y, más tarde, de corsarios de todo tipo hicieron de estos mares un lugar inseguro. Esa amenaza constante empujó, con el tiempo, a buena parte de la población a abandonar la costa y refugiarse en el interior montañoso de la isla, fundando o reforzando pueblos como Lefkes, protegidos por la distancia al mar y por trazados laberínticos pensados para desorientar a los atacantes.
La Cuarta Cruzada, que en 1204 conquistó Constantinopla y desmembró el Imperio bizantino, cambió el destino de todo el Egeo. En el reparto de despojos, las Cícladas cayeron en manos de aventureros latinos, y Paros quedó integrada, hacia 1207, en el Ducado del Egeo (o Ducado de Naxos) fundado por el veneciano Marco Sanudo, con capital en la vecina Naxos. Durante más de tres siglos, Paros fue gobernada por señores feudales venecianos, primero como parte del ducado de los Sanudo y sus sucesores, y luego en manos de familias nobles como los Sommaripa y los Venier. De aquella época quedan los castillos (kastra) que todavía se ven en la isla: el Kastro de Parikia, levantado sobre una colina reutilizando tambores de columnas y bloques de mármol de antiguos templos griegos —un impresionante 'reciclaje' de la Antigüedad que hoy se puede ver encastrado en sus muros—, y el pequeño y coqueto castillo circular de Antiparos.
El dominio veneciano terminó con el avance del Imperio otomano. En 1537, el temible almirante turco Barbarroja arrasó y conquistó Paros, que quedó incorporada al dominio otomano, bajo el que permanecería, con algún paréntesis, durante casi tres siglos. Como en otras islas cicládicas, el gobierno otomano fue relativamente indirecto y se centró sobre todo en el cobro de impuestos, dejando cierta autonomía a las comunidades locales y a la Iglesia ortodoxa. En esa época, con la costa todavía amenazada por la piratería, Lefkes, en las montañas del interior, funcionó como capital de la isla, protegida de los ataques marítimos.
La vida en la Paros otomana siguió el ritmo tranquilo y modesto de una isla agrícola y marinera: viñedos y vino, olivos, pesca, ganado, y el eterno mármol, cuya explotación intensiva de la Antigüedad se había apagado hacía siglos. La isla, como tantas del Egeo, esperaba el momento de su liberación, que llegaría con la gran revolución del siglo XIX.
Cuando en 1821 estalló la Guerra de Independencia griega contra el Imperio otomano, las Cícladas se sumaron al levantamiento nacional. Paros aportó su parte a la causa, y su historia se cruzó con la de una figura legendaria de la revolución: Manto Mavrogenous, la heroína de Mykonos que había financiado barcos y tropas con su fortuna personal. Arruinada tras entregar todo su patrimonio a la lucha, Mavrogenous pasó sus últimos años precisamente en Paros, donde murió en 1848; hoy una estatua y una plaza en Parikia recuerdan su figura. Con el reconocimiento internacional de la independencia de Grecia, sellado entre 1828 y 1830, Paros se integró en el nuevo Estado griego.
La independencia no trajo prosperidad inmediata. Durante buena parte de los siglos XIX y XX, Paros fue una isla rural y modesta, que vivía de la agricultura, la pesca, la viticultura y una breve reactivación de las canteras de mármol de Marathi, explotadas de nuevo con capital extranjero para obras como la tumba de Napoleón. Como en tantas islas del Egeo, la falta de oportunidades empujó a muchos parios a emigrar, hacia Atenas, Estados Unidos o Australia, en busca de una vida mejor. La isla quedó, durante décadas, al margen de las grandes corrientes del mundo.
Todo cambió con el turismo, que descubrió Paros a lo largo de la segunda mitad del siglo XX. Su combinación de pueblos blancos de postal (Parikia, Naoussa, Lefkes), playas magníficas, vientos ideales para el windsurf y el kitesurf, buena gastronomía y una vida animada pero sin los excesos ni los precios de Mykonos, la convirtió en una de las islas más queridas y equilibradas de las Cícladas. Hoy Paros vive sobre todo del turismo, pero ha sabido mantener buena parte de su carácter: la iglesia de las Cien Puertas sigue en pie desde hace quince siglos, las viejas galerías del mármol que esculpió la Venus de Milo aún se pueden recorrer, y en los callejones de Lefkes o en el puerto de Naoussa late todavía la memoria de una isla que, gracias a una piedra blanca y translúcida, dejó su huella en la historia del arte de toda la humanidad.