Mucho antes de que existieran los Juegos Olímpicos, el valle donde se juntan los ríos Alfeo y Cladeo, al pie del monte Cronio, ya era un lugar sagrado. Los hallazgos arqueológicos muestran culto en la zona desde tiempos prehistóricos y, sobre todo, una intensa actividad religiosa desde el período geométrico (siglos XI a VIII a.C.), con miles de pequeñas ofrendas de bronce —figurillas de animales y guerreros— depositadas en el recinto. Originalmente, el lugar parece haber estado vinculado a divinidades de la tierra y, según una tradición, al titán Crono, de quien tomaría nombre el monte Cronio; con el tiempo, el culto se centró en Zeus, el rey de los dioses, a quien se dedicó el gran santuario.
La Antigüedad griega explicaba el origen de Olympia y de sus Juegos a través de varios mitos entrelazados. Uno de los más célebres es el de Pélope, el héroe que dio nombre al Peloponeso ('isla de Pélope'). Según el relato, Pélope ganó la mano de Hipodamía venciendo a su padre, el rey Enómao, en una arriesgada carrera de carros, y se decía que los Juegos se instituyeron para conmemorar aquella victoria. Otra tradición atribuía la fundación de los Juegos al propio Heracles, que habría establecido la competencia y medido el estadio con sus pies tras uno de sus trabajos. Estos mitos no se excluían: convivían como explicaciones del prestigio sagrado del lugar.
Lo que la historia confirma es que, hacia el siglo VIII a.C., Olympia se había convertido en un santuario panhelénico, es decir, común a todos los griegos, más allá de las rivalidades entre ciudades. Allí se levantaba la Altis, el recinto sagrado arbolado, con sus altares, templos y ofrendas. El santuario estaba bajo el control de la cercana ciudad de Élide, que organizaba los Juegos y administraba el lugar, en disputa a veces con la vecina Pisa. El carácter religioso era inseparable del atlético: competir en Olympia era, ante todo, un acto de devoción a Zeus.
La tradición griega fijaba el inicio de los Juegos Olímpicos en el año 776 a.C., fecha del primer vencedor cuyo nombre se conservó: un tal Corebo de Élide, ganador de la carrera del stadion. A partir de ese momento, los griegos empezaron a contar el tiempo por 'olimpíadas', los períodos de cuatro años que separaban una edición de la siguiente; era un sistema de datación común a todo el mundo griego, que de otro modo carecía de un calendario unificado. Los Juegos se celebraban en pleno verano, en el santuario de Olympia, en honor a Zeus.
En las primeras ediciones, la única prueba fue el stadion, la carrera a pie de un 'estadio' de longitud. Con el tiempo se fueron sumando disciplinas: el díaulo (carrera de ida y vuelta), el dólico (carrera de fondo), el pentatlón (carrera, salto, lanzamiento de disco, lanzamiento de jabalina y lucha), la lucha, el pugilato, el pancracio (un combate durísimo que combinaba lucha y boxeo) y las espectaculares carreras de carros y de caballos, que se disputaban en el hipódromo. Los atletas competían desnudos y debían ser varones griegos libres; las mujeres casadas tenían prohibido siquiera presenciar las pruebas, bajo pena de muerte.
Uno de los elementos más singulares era la ekecheiría, la 'tregua sagrada'. Antes y durante los Juegos, unos heraldos recorrían el mundo griego proclamando una tregua que garantizaba la seguridad de los atletas, peregrinos y espectadores que viajaban a Olympia, deteniendo los conflictos armados que pudieran impedir el paso. No significaba una paz total entre las ciudades, pero sí un alto el fuego que permitía que los Juegos —un acontecimiento religioso de primer orden— se desarrollaran sin estorbos. El premio del vencedor era puramente honorífico: una corona (kotinos) trenzada con ramas de un olivo silvestre sagrado del recinto. La gloria, no la riqueza, era la recompensa, aunque las ciudades natales después colmaban de honores a sus campeones.
Entre los siglos VI y IV a.C., Olympia vivió su época de mayor esplendor. El santuario se llenó de edificios, ofrendas y obras de arte donadas por ciudades y particulares para honrar a Zeus y exhibir su prestigio. A lo largo de una terraza, al pie del monte Cronio, se alineaban los 'tesoros', pequeños edificios en forma de templo donde distintas ciudades griegas (incluso colonias lejanas) guardaban sus ofrendas más valiosas. El recinto era, además del escenario de los Juegos, una verdadera galería de arte al aire libre y un muestrario del poder de las polis.
La gran obra de aquel apogeo fue el templo de Zeus, construido hacia 470-456 a.C. por el arquitecto Libón de Élide. Era un monumental templo dórico cuyos frontones y metopas, esculpidos en mármol, representaban el mito de Pélope, la centauromaquia y los doce trabajos de Heracles, y que hoy son una de las joyas del Museo Arqueológico. Pero lo que volvió famoso al templo en todo el mundo conocido fue la estatua que albergaba en su interior: la imagen criselefantina (de oro y marfil sobre estructura de madera) de Zeus sentado en su trono, de unos doce o trece metros de altura, obra del célebre escultor ateniense Fidias hacia mediados del siglo V a.C.
Aquella estatua de Zeus fue considerada por los antiguos una de las Siete Maravillas del Mundo. Los escritores la describían como una representación tan majestuosa que infundía sentimiento religioso a quien la contemplaba. Para realizarla, Fidias montó un taller especial junto al templo, con las mismas medidas que la sala que iba a alojar la imagen; allí los arqueólogos hallaron herramientas, moldes y hasta una copa con la inscripción 'pertenezco a Fidias'. La estatua se perdió en la Antigüedad tardía —posiblemente trasladada a Constantinopla y destruida allí en un incendio—, pero su fama llegó hasta nuestros días a través de las fuentes antiguas, en especial la minuciosa descripción del viajero Pausanias.
Cuando Grecia cayó bajo el dominio de Roma (a partir del siglo II a.C.), Olympia conservó su prestigio y sus Juegos siguieron celebrándose. Los romanos, fascinados por la cultura griega, mantuvieron y a veces enriquecieron el santuario. Algunos emperadores y personajes poderosos dejaron su huella: el general Mumio, tras la conquista, hizo ofrendas; el rico Herodes Ático financió en el siglo II d.C. un monumental ninfeo (una fuente con depósito de agua) para abastecer al santuario. Incluso el emperador Nerón llegó a competir en los Juegos en el siglo I d.C., en una participación rodeada de polémica.
Con todo, a partir del siglo III d.C. el santuario entró en decadencia. Las crisis del Imperio, las incursiones de pueblos del norte y el cambio de mentalidad religiosa fueron debilitando un culto cada vez más anacrónico. El golpe decisivo llegó con la cristianización del Imperio romano: los Juegos Olímpicos, profundamente ligados al culto pagano de Zeus, se volvieron incompatibles con la nueva religión oficial. La tradición sitúa el fin de los Juegos antiguos hacia el año 393 d.C., cuando el emperador Teodosio I, en el marco de sus edictos contra los cultos paganos, los habría prohibido. Algunas fuentes señalan que las últimas ediciones pudieron disputarse poco después, pero el santuario ya estaba herido de muerte.
En las décadas siguientes, el lugar fue desmantelado. La gran estatua de Zeus desapareció, los templos fueron clausurados y, en el siglo V d.C., el taller de Fidias se convirtió en una iglesia paleocristiana. Una serie de catástrofes naturales completó la ruina: terremotos derribaron las columnas del templo de Zeus, y las repetidas crecidas del río Alfeo y los aluviones del Cladeo, sumados a la erosión del monte Cronio, fueron cubriendo poco a poco el santuario con varios metros de tierra y barro. Así, durante más de mil años, Olympia quedó sepultada y olvidada bajo el suelo del valle.
Durante toda la Edad Media y los siglos siguientes, Olympia fue poco más que un nombre legendario, conocido por las fuentes antiguas pero perdido bajo la tierra del valle. El interés moderno renació en el siglo XVIII, en plena fiebre europea por la Antigüedad clásica. En 1766, el anticuario inglés Richard Chandler identificó el emplazamiento del santuario. Algunas décadas más tarde, en 1829, una expedición científica francesa (la Expédition de Morée) realizó las primeras excavaciones parciales y se llevó a Francia algunos fragmentos escultóricos del templo de Zeus, que hoy se conservan en el Louvre.
Las grandes excavaciones sistemáticas, sin embargo, fueron obra de los arqueólogos alemanes. A partir de 1875, el Instituto Arqueológico Alemán, impulsado por figuras como Ernst Curtius, emprendió una campaña metódica que sacó a la luz buena parte del santuario: el templo de Zeus, el de Hera, la palestra, el gimnasio, el estadio y miles de objetos. Aquellas excavaciones, pioneras en su método, marcaron un hito en la arqueología y devolvieron Olympia a la memoria del mundo. Los hallazgos —entre ellos el Hermes de Praxíteles, descubierto en 1877 en el templo de Hera, y la Nike de Peonio— se reunieron en un museo creado en el sitio. Las investigaciones alemanas continuaron, con interrupciones, a lo largo del siglo XX y hasta hoy.
El redescubrimiento de Olympia tuvo, además, una consecuencia histórica enorme: inspiró el renacimiento de los Juegos Olímpicos en la época moderna. El pedagogo francés Pierre de Coubertin, impresionado por la idea olímpica de la Antigüedad, impulsó la creación del Comité Olímpico Internacional en 1894 y la celebración de los primeros Juegos Olímpicos modernos en Atenas, en 1896. Olympia se convirtió así en el lazo simbólico entre el deporte antiguo y el contemporáneo: desde 1936 (y de forma plenamente establecida en las décadas siguientes), la llama olímpica se enciende en el santuario, frente al templo de Hera, antes de cada edición de los Juegos.
Desde 1989, el sitio arqueológico de Olympia está inscrito en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco, que lo reconoce como un conjunto excepcional por su valor histórico, religioso y deportivo. La Unesco destaca que Olympia no solo fue uno de los grandes santuarios panhelénicos, sino el lugar que dio origen a los Juegos Olímpicos, una de las instituciones más perdurables de la cultura occidental. El recinto, con su Altis, sus templos, su estadio y sus edificios deportivos, es un testimonio único de cómo los antiguos griegos unían religión, arte y deporte.
Hoy el visitante recorre un sitio relativamente compacto y sereno, rodeado de pinos y olivos, en el que la imaginación cumple un papel fundamental: gran parte de los edificios son cimientos y columnas caídas, y es el contraste entre esas ruinas y las descripciones antiguas lo que da la medida de su antiguo esplendor. El Museo Arqueológico de Olympia, junto al sitio, completa la experiencia con las esculturas originales —los frontones del templo de Zeus, el Hermes de Praxíteles, la Nike de Peonio— y con objetos que cuentan la vida del santuario y de los Juegos.
Más allá de las piedras, Olympia conserva una fuerza simbólica intacta. Cada cuatro años (en realidad, cada dos, contando los Juegos de verano e invierno), el mundo entero vuelve la mirada hacia este valle del Peloponeso cuando se enciende la llama olímpica frente al templo de Hera y comienza su viaje hacia la ciudad anfitriona. Pocos lugares arqueológicos mantienen un vínculo tan vivo con el presente: en Olympia no solo se visita el pasado, sino el origen de un ideal —la competencia pacífica entre los pueblos— que sigue celebrándose en todo el planeta.