Mucho antes de que existiera la Grecia de Atenas y Esparta, cuando Europa apenas salía de la Edad de Piedra, en estas islas del Egeo floreció una de las culturas más fascinantes y enigmáticas del Mediterráneo: la civilización cicládica, que se desarrolló a lo largo del tercer milenio a.C. (aproximadamente entre el 3200 y el 2000 a.C.). Y Naxos, la isla más grande y rica en recursos del archipiélago, fue uno de sus principales centros. Su suelo fértil, sus fuentes de agua, su mármol blanquísimo y su esmeril (una piedra durísima usada para pulir) la convirtieron desde muy temprano en un lugar próspero y codiciado.
De aquella cultura sin escritura nos quedan sobre todo sus asombrosas esculturas: los ídolos cicládicos, figuras de mármol blanco de una sencillez y una modernidad que dejan sin aliento. La mayoría representa mujeres desnudas, esquemáticas, con los brazos cruzados sobre el vientre, la cabeza inclinada y las facciones apenas insinuadas. Su geometría pura y su abstracción anticiparon, cuatro mil años antes, la estética de artistas modernos como Brancusi o Modigliani, que las admiraron y se inspiraron en ellas. El mármol con que se tallaron muchas de ellas salía de las canteras de Naxos. El Museo Arqueológico de la isla, en el Kastro de Chora, conserva una de las mejores colecciones de estos ídolos del mundo.
Aquellos primeros naxiotas eran agricultores, marinos y artesanos que comerciaban por todo el Egeo. Su cultura se apagó hacia el segundo milenio a.C., cuando la civilización minoica de Creta y luego la micénica del continente tomaron el protagonismo del mundo egeo. Pero habían dejado sembrada en Naxos una tradición de trabajo del mármol que marcaría toda su historia posterior.
Pocas islas griegas tienen una mitología tan rica y tan ligada al amor y al vino como Naxos. La tradición la señalaba como la isla de Dioniso, el dios del vino, la fiesta y el éxtasis, que según algunos relatos nació o se crió aquí, alimentado por las ninfas del monte que hoy llamamos Zas. No es casual: Naxos era famosa en la Antigüedad por sus viñedos y su vino excelente, así que era lógico que los griegos la hicieran patria del dios de la vid. En su honor se levantó, entre otros, el templo de cuya puerta monumental —la Portara— hablaremos después.
Pero el mito más célebre de Naxos es el de Ariadna. La historia arranca en Creta: la princesa Ariadna, hija del rey Minos, se enamora del héroe ateniense Teseo, que había llegado a Creta para matar al Minotauro, el monstruo encerrado en el Laberinto. Ariadna le entrega el famoso ovillo de hilo para que pueda encontrar la salida del Laberinto tras dar muerte a la bestia, y huye con él. En el viaje de regreso a Atenas, la nave hace escala en Naxos. Y aquí ocurre la traición: Teseo abandona a Ariadna dormida en la playa y zarpa sin ella, dejándola sola en la isla. Los motivos varían según la versión (unos dicen que la olvidó, otros que un dios se lo ordenó).
El relato, sin embargo, no termina en tragedia. Cuando Ariadna despierta desolada, es el propio Dioniso quien la encuentra, se enamora de ella y la toma por esposa, convirtiéndola en diosa. Aquel episodio del abandono y el rescate divino en las costas de Naxos inspiró durante siglos a poetas, pintores y compositores (de Tiziano a Richard Strauss). Para los naxiotas, la Portara que preside su puerto es también, poéticamente, la puerta por la que Ariadna esperaba en vano el regreso de su amado.
En época arcaica, hacia el siglo VI a.C., Naxos vivió su mayor esplendor y se convirtió en una de las islas más poderosas y ricas del Egeo, gracias a su fértil tierra, su vino y, sobre todo, su mármol, exportado a todo el mundo griego para esculturas y templos. Su figura clave fue Lygdamis, un tirano que gobernó la isla hacia el 545-524 a.C. en alianza con Pisístrato, el famoso tirano de Atenas. Bajo su mandato, Naxos alcanzó una prosperidad y una ambición monumental notables.
Fue Lygdamis quien mandó construir un colosal templo dedicado al dios Apolo (o, según otras interpretaciones, a Dioniso) sobre el islote de Palatia, a la entrada del puerto de Chora. El proyecto era gigantesco, acorde al poderío de la isla. Pero la caída de Lygdamis dejó la obra inconclusa, y con los siglos el templo se fue desmantelando: sus bloques de mármol se reutilizaron para construir iglesias, casas y murallas. Solo quedó en pie, por su enorme peso, la gran puerta de mármol: la Portara, formada por cuatro bloques que suman unas veinte toneladas. Ese marco solitario que hoy enmarca el atardecer es, literalmente, todo lo que sobrevivió del sueño monumental de Lygdamis, y se convirtió en el símbolo eterno de la isla.
En el año 490 a.C., durante las Guerras Médicas, Naxos sufrió un golpe terrible: los persas, en su avance hacia Grecia, desembarcaron en la isla, la saquearon e incendiaron su ciudad, y esclavizaron a parte de sus habitantes, en castigo por una resistencia anterior. Tras la derrota persa, Naxos se integró en la Liga de Delos liderada por Atenas, pero cuando intentó abandonarla fue sometida por la fuerza, en uno de los primeros casos que mostraron cómo aquella alianza se transformaba en un imperio ateniense. La isla siguió después el destino del mundo griego: la hegemonía macedonia, los reinos helenísticos y, finalmente, la incorporación al mundo romano y luego bizantino, durante los cuales fue perdiendo protagonismo político pero conservó su riqueza agrícola.
El capítulo más singular de la historia de Naxos empieza en el año 1204, cuando la Cuarta Cruzada, en lugar de ir a Tierra Santa, conquistó y saqueó Constantinopla, hundiendo al Imperio bizantino y repartiendo sus territorios entre los cruzados y los venecianos. En ese reparto, las islas del Egeo quedaron abiertas a la ambición de los aventureros latinos. Y fue un noble veneciano, Marco Sanudo, sobrino del dux de Venecia, quien en 1207 reunió una flota, conquistó Naxos y las islas vecinas y se proclamó señor de ellas.
Sanudo convirtió a Naxos en la capital de un nuevo Estado feudal: el Ducado del Egeo, también llamado Ducado de Naxos o Ducado del Archipiélago, que llegó a controlar buena parte de las Cícladas. Se autoproclamó duque, repartió las islas y las tierras entre sus caballeros al modo feudal europeo, e impuso el catolicismo y las costumbres latinas sobre una población griega ortodoxa. Para gobernar y defenderse, levantó en lo alto de Chora el Kastro, la ciudadela amurallada que todavía hoy corona la ciudad: dentro de sus muros vivían las familias nobles católicas, con sus mansiones, sus escudos de armas y su catedral, en un fragmento de la Europa medieval trasplantado al Egeo.
La dinastía de los Sanudo dio una larga línea de duques y gobernó Naxos durante más de siglo y medio, hasta que el ducado pasó a otras familias venecianas, como los Crispo. En total, el Ducado de Naxos sobrevivió más de tres siglos, un caso extraordinario de dominio latino tan prolongado en aguas griegas. Aquella larga época veneciana dejó una huella profundísima en la isla: las torres y mansiones fortificadas repartidas por el campo, la arquitectura del Kastro, la presencia de una comunidad católica que perdura hasta hoy, y hasta apellidos y tradiciones. Naxos es, en ese sentido, la más 'veneciana' de las islas griegas.
El poder veneciano en el Egeo fue debilitándose frente al avance imparable del Imperio otomano. A lo largo del siglo XVI los turcos fueron sometiendo las islas una tras otra, y en 1566 el sultán Selim II puso fin oficialmente al Ducado de Naxos, que quedó bajo dominio otomano. Sin embargo, y a diferencia de otras regiones, el gobierno otomano en Naxos fue relativamente indirecto y laxo: los turcos apenas se instalaron en la isla, gobernaron a distancia y a través de las viejas familias nobles latinas y de los notables locales, y se limitaron sobre todo a cobrar impuestos. Eso permitió que la peculiar sociedad naxiota —con su aristocracia católica, sus torres feudales y su campesinado ortodoxo— se conservara en buena medida durante los tres siglos de dominio otomano.
Durante esa larga etapa, Naxos siguió siendo una isla esencialmente agrícola y ganadera, algo apartada de las grandes rutas comerciales, lo que la mantuvo pobre pero también relativamente a salvo de saqueos. La Iglesia ortodoxa y la católica convivían, la vida en los pueblos de montaña seguía sus ritmos ancestrales, y la isla producía su vino, su aceite, sus quesos, sus patatas y su famoso licor de cidro, el Kitron.
Cuando en 1821 estalló la Guerra de Independencia griega, las Cícladas se sumaron al movimiento nacional, y en 1830, con el reconocimiento internacional de la independencia de Grecia, Naxos se integró en el nuevo Estado griego. Comenzaba una etapa moderna que, sin embargo, no cambió de golpe la vida de la isla: durante buena parte de los siglos XIX y XX, Naxos siguió siendo una comunidad rural, marcada por la agricultura, la minería del esmeril (que se explotó intensamente en la zona de Apiranthos y Koronos) y, como en tantas islas griegas, la emigración de sus jóvenes hacia Atenas, América o Australia en busca de trabajo.
A diferencia de sus vecinas Mykonos y Santorini, que se lanzaron pronto y con fuerza al turismo internacional, Naxos llegó a ese mundo más tarde y con menos estridencia. Y esa 'demora' fue, en el fondo, su gran suerte. Al ser la isla más grande y fértil de las Cícladas, con una economía propia basada en la agricultura y la ganadería —el vino, el aceite, la papa de Naxos con denominación de origen, los quesos graviera y arseniko, el Kitron, la miel—, Naxos nunca dependió del turismo para sobrevivir. Eso le permitió desarrollarlo de manera más lenta, moderada y equilibrada, sin la saturación ni la carestía que transformaron radicalmente a otras islas.
El resultado es la Naxos que hoy enamora a tantos viajeros: una isla que combina algunas de las mejores playas de arena de Grecia con un interior montañoso lleno de pueblos vivos, donde la gente sigue trabajando la tierra y el mármol, celebrando sus fiestas y cocinando sus recetas de siempre. Los kouros abandonados en el campo, el templo de Deméter en su valle silencioso, las torres venecianas, las iglesias bizantinas centenarias como la Panagia Drosiani, las destilerías de Kitron y las tabernas de montaña conviven con las playas y los deportes acuáticos de la costa. Y todo ello a precios que son de los más asequibles de las Cícladas.
Hoy Naxos es un destino en auge, cada vez más valorado precisamente por lo que otras islas perdieron: autenticidad, calma, naturaleza, buena comida y una relación amable entre lo que se ofrece y lo que se paga. Sigue siendo una isla habitada todo el año, con una comunidad estable, escuelas, pueblos que no cierran en invierno y una identidad fuerte, heredera directa de aquella civilización cicládica del mármol, del mito de Ariadna y Dioniso, del sueño monumental de Lygdamis y de los siglos venecianos de los Sanudo. Quien la visita descubre no solo una isla bella, sino una de las más completas y verdaderas de todo el Egeo.