Mucho antes de que existieran Atenas, Esparta o Roma, en Creta floreció la primera civilización avanzada de Europa. La llamamos minoica por el rey Minos de la leyenda, un nombre que le puso a comienzos del siglo XX el arqueólogo británico Arthur Evans. Entre aproximadamente el 2700 y el 1450 a.C., y en su apogeo entre el 2000 y el 1450 a.C., los minoicos construyeron una sociedad sofisticada, próspera y sorprendentemente pacífica, sin las grandes murallas defensivas que caracterizaban a otras culturas de la Edad de Bronce.
El corazón de esa civilización eran los palacios: Cnosos, el mayor y más famoso, cerca de la actual Heraclión, y otros en Festos, Malia y Zakros. No eran solo residencias reales, sino centros administrativos, económicos y religiosos, con enormes almacenes de aceite, vino y grano, talleres, patios ceremoniales y sistemas de agua y saneamiento adelantados a su época. El de Cnosos llegó a tener más de mil habitaciones en torno a un patio central, un laberinto de pasillos y escaleras que probablemente inspiró el mito del laberinto del Minotauro.
El arte minoico es una de sus huellas más deslumbrantes: frescos llenos de vida y color con delfines, azafranes, procesiones y el famoso salto acrobático sobre el toro (taurokathapsia); cerámica finísima; joyas de oro; y las inquietantes estatuillas de las diosas de las serpientes. Los minoicos eran ante todo un pueblo de mar: su flota dominó el comercio del Egeo y del Mediterráneo oriental, y su influencia llegó hasta las Cícladas, el Egipto de los faraones y las costas de Asia Menor. Fue, en muchos sentidos, la matriz cultural de la que después brotaría la Grecia clásica.
Los minoicos dejaron miles de tablillas de arcilla escritas, y en ellas se esconde uno de los grandes enigmas de la arqueología. Desarrollaron un sistema de escritura llamado Lineal A, usado aproximadamente entre el 1800 y el 1450 a.C. para anotar cuentas, inventarios y textos religiosos. El problema es que la lengua que hay detrás del Lineal A sigue sin descifrarse: aunque se puede leer parte de los signos, no sabemos qué idioma anotaban, porque no era griego ni ninguna lengua conocida. El Lineal A permanece mudo hasta hoy.
De él derivó una escritura posterior, el Lineal B, que los griegos micénicos adaptaron para su propia lengua cuando tomaron el control de Creta. Y aquí llega uno de los grandes triunfos intelectuales del siglo XX. Durante décadas nadie logró descifrar el Lineal B, hasta que en 1952 un joven arquitecto y criptógrafo inglés, Michael Ventris, apoyándose en el trabajo previo de la investigadora estadounidense Alice Kober, demostró que el Lineal B no anotaba una lengua misteriosa, sino griego: era la forma más antigua conocida del idioma griego, el griego micénico, unos ochocientos años anterior a Homero.
El descubrimiento fue una bomba. Probaba que los micénicos que ocuparon Cnosos hacia el 1450 a.C. hablaban griego, y abría una ventana única sobre la economía y la organización de aquellos palacios: las tablillas resultaron ser, sobre todo, registros contables (cantidades de ovejas, aceite, armas, nombres de dioses ya reconocibles como Zeus o Poseidón). El contraste no puede ser mayor: mientras el Lineal B de los griegos micénicos se lee con fluidez, el Lineal A de los minoicos, más antiguo, sigue guardando el secreto de qué lengua hablaban los primeros europeos civilizados.
Hacia mediados del segundo milenio a.C., el mundo minoico recibió un golpe del que quizás nunca se recuperó del todo: la colosal erupción del volcán de Thera, la actual Santorini, a poco más de cien kilómetros al norte de Creta. Fue una de las mayores erupciones volcánicas de la historia de la humanidad, que voló buena parte de la isla de Thera y sepultó la ciudad minoica de Akrotiri bajo metros de ceniza (sus frescos, hoy en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas, son extraordinarios). La datación exacta se sigue discutiendo entre los especialistas, pero suele situarse en torno al 1600-1500 a.C.
La erupción tuvo que golpear duramente a Creta: tsunamis que arrasaron la costa norte y la flota, lluvia de ceniza sobre los campos, cosechas perdidas y una crisis económica y quizás religiosa. Durante mucho tiempo se pensó que aquella catástrofe había destruido de golpe la civilización minoica; hoy la mayoría de los arqueólogos cree que el proceso fue más complejo: la erupción debilitó a los minoicos, pero el colapso definitivo llegó algo después, con destrucciones de los palacios hacia el 1450 a.C.
En ese momento entran en escena los micénicos, los griegos del continente, guerreros y también grandes comerciantes, que aprovecharon la debilidad cretense para hacerse con el control de la isla. Ocuparon Cnosos, impusieron su lengua (el griego que leemos en el Lineal B) y absorbieron buena parte de la cultura minoica. El centro de gravedad del Egeo se trasladó para siempre de Creta al continente griego, hacia Micenas y Tirinto. Los minoicos, la primera civilización europea, se apagaron; pero su legado artístico, religioso y técnico siguió latiendo en la Grecia que vendría.
Tras el mundo micénico, Creta pasó por la Edad Oscura griega y la llegada de los dorios, y en época clásica quedó al margen de las grandes potencias, dividida en pequeñas ciudades-estado que a menudo guerreaban entre sí. En el 67 a.C. la isla fue conquistada por Roma y unida administrativamente a Cirene (en la actual Libia). Con la división del Imperio, Creta quedó bajo Bizancio, que la cristianizó y la gobernó durante siglos, con un breve y turbulento paréntesis de dominio árabe entre los siglos IX y X, cuando piratas andalusíes fundaron un emirato con capital en Chandax (la futura Heraclión).
El capítulo que más marcó el rostro actual de la isla llegó después de la Cuarta Cruzada: en 1211 Creta pasó a manos de la República de Venecia, que la gobernó como el Reino de Candía durante más de cuatro siglos y medio, hasta 1669. Los venecianos fortificaron las ciudades —de aquella época son las murallas y la fortaleza de Koules en Heraclión, la Fortezza de Rethymno y el puerto veneciano de Chania—, organizaron la agricultura y abrieron la isla a la corriente del Renacimiento italiano.
De ese cruce entre la tradición bizantina y el Renacimiento nació el Renacimiento cretense, un extraordinario florecimiento artístico y literario. Su figura cumbre nació en Creta hacia 1541: Doménikos Theotokópoulos, formado en la pintura de iconos bizantinos antes de emigrar a Venecia, a Roma y finalmente a Toledo, donde el mundo lo conocería como El Greco. Sus figuras alargadas y su luz sobrenatural hunden sus raíces en aquella Creta veneciana. También de esa época es la gran obra de la literatura cretense, el poema «Erotókritos» de Vitsentzos Kornaros. Fue una edad dorada que terminó a sangre y fuego.
El fin del dominio veneciano llegó con una de las guerras más largas de la historia. La Guerra de Candía (1645-1669) enfrentó a Venecia con el Imperio otomano por el control de Creta. Su episodio central fue el interminable Sitio de Candía (la actual Heraclión), uno de los asedios más prolongados de la historia: la ciudad resistió más de veinte años antes de rendirse en 1669. Con su caída, Creta entera pasó a manos otomanas, y así comenzó más de dos siglos de dominio turco.
El período otomano fue duro y jalonado de rebeliones. Los cretenses, mayoritariamente cristianos ortodoxos, se sublevaron una y otra vez a lo largo del siglo XIX, en sintonía con la independencia del resto de Grecia (1830), de la que sin embargo Creta quedó excluida. Levantamientos como el de 1866, con el heroico sacrificio del monasterio de Arkadi —cuyos defensores prefirieron volar por los aires el polvorín antes que rendirse— conmovieron a Europa y se volvieron símbolo de la lucha cretense por la libertad.
Hacia fines del siglo XIX la presión internacional forzó una solución intermedia: en 1898 Creta se convirtió en un Estado autónomo bajo garantía de las grandes potencias, todavía formalmente bajo soberanía otomana pero con un alto comisario. En esos años se forjó la figura del gran estadista cretense Eleftherios Venizelos, que sería una de las personalidades decisivas de la Grecia del siglo XX. El sueño de la unión (énosis) con Grecia se cumplió por fin en el contexto de las Guerras Balcánicas: el 1 de diciembre de 1913, la bandera griega se izó oficialmente en Chania y Creta se incorporó al reino de Grecia, cerrando siglos de dominación extranjera.
En la Segunda Guerra Mundial, Creta escribió una de las páginas más heroicas y dramáticas de su historia. Tras la caída de la Grecia continental ante la Alemania nazi en abril de 1941, miles de soldados aliados —británicos, australianos, neozelandeses— y las tropas griegas se replegaron a la isla, la última posición libre. El 20 de mayo de 1941, la Alemania de Hitler lanzó la Operación Merkur (Mercurio): la primera gran invasión aerotransportada de la historia militar.
Aquella mañana, el cielo de Creta se llenó de paracaidistas alemanes (Fallschirmjäger) y planeadores que cayeron sobre los aeródromos clave de Maleme, Chania, Rethymno y Heraclión. El primer día fue un desastre para los invasores: muchos paracaidistas fueron abatidos en el aire o al tocar tierra, y las bajas alemanas fueron altísimas. A la resistencia de las tropas aliadas se sumó algo que sorprendió y aterró a los alemanes: la resistencia de la población civil cretense, que se lanzó a defender su tierra con escopetas de caza, cuchillos, hoces y hasta con las manos. Ancianos, mujeres y sacerdotes participaron en la lucha.
El curso de la batalla se decidió en el aeródromo de Maleme, al oeste de Chania. Por una serie de fallos de comunicación y decisiones tácticas dudosas del mando aliado, la colina que dominaba la pista se abandonó, y los alemanes lograron tomar Maleme y usarlo para hacer aterrizar oleadas de refuerzos. A partir de ahí, la superioridad aérea alemana inclinó la balanza y la isla cayó a fines de mayo; buena parte de las tropas aliadas fue evacuada por la Royal Navy hacia Egipto, y el resto se rindió o se sumó a la resistencia.
Aunque los alemanes vencieron, la victoria les salió carísima: las pérdidas de sus tropas de élite fueron tan graves que Hitler prohibió futuras grandes operaciones aerotransportadas. Y Creta no se rindió del todo: durante toda la ocupación, la resistencia cretense siguió combatiendo desde las montañas, en una guerra de guerrillas legendaria —incluido el célebre secuestro del general alemán Kreipe en 1944—, pagando además una brutal represalia con la destrucción de pueblos enteros. La memoria de mayo de 1941 sigue siendo, hoy, parte esencial de la identidad de la isla.