Según el mito que los propios atenienses contaban sobre el origen de su ciudad, Atenas debe su nombre a una disputa entre dos divinidades. Atenea, diosa de la sabiduría, la estrategia y los oficios, y Poseidón, dios del mar, se enfrentaron por el patronazgo de la naciente ciudad. Para decidir quién la protegería, cada uno ofreció un regalo a sus habitantes. Poseidón golpeó la roca de la Acrópolis con su tridente e hizo brotar una fuente de agua salada (o, según otras versiones, regaló el primer caballo). Atenea, en cambio, hizo crecer un olivo, árbol que daba aceite, alimento, madera y luz. Los atenienses, o el rey mítico Cécrope como árbitro, eligieron el regalo de Atenea, y la ciudad tomó su nombre.
Ese mito no es un simple cuento: condensa la identidad que los atenienses se atribuían a sí mismos. El olivo se volvió símbolo de la ciudad y de Grecia entera, y un olivo sagrado crecía junto al Erecteion, en la propia Acrópolis. La elección de Atenea por encima de Poseidón hablaba de una ciudad que valoraba la inteligencia, la civilización y el cultivo de la tierra por sobre la fuerza bruta del mar, aunque Atenas también llegaría a ser una gran potencia naval.
Más allá del mito, la arqueología confirma que la roca de la Acrópolis estuvo habitada desde tiempos remotos. Ya en el período micénico (segundo milenio a.C.) era una ciudadela fortificada con un palacio, protegida por murallas ciclópeas de las que aún quedan restos. Atenas es, de hecho, una de las ciudades habitadas de forma continua más antiguas del mundo, con una ocupación que se remonta miles de años. La leyenda de Atenea y el olivo es la forma en que esa antiquísima comunidad explicaba, en clave sagrada, por qué su ciudad era especial.
El siglo V a.C. fue el momento más glorioso de Atenas, y todo empezó con una amenaza existencial: el Imperio persa. En las llamadas Guerras Médicas, las ciudades griegas se enfrentaron al gigante persa en batallas que quedaron grabadas en la memoria de Occidente. En el 490 a.C., los atenienses derrotaron a los persas en la llanura de Maratón; diez años después, en el 480 a.C., tras el sacrificio espartano en las Termópilas y la quema de la propia Atenas, la flota griega —con los trirremes atenienses como protagonistas— aplastó a la persa en la batalla naval de Salamina, a la vista de la ciudad. Esas victorias salvaron la independencia griega y dieron a Atenas un prestigio inmenso.
Tras las guerras, Atenas lideró la Liga de Delos, una alianza de ciudades-Estado pensada para defenderse de Persia, que pronto se transformó en un verdadero imperio marítimo ateniense. Con los recursos y la confianza de esa hegemonía, y bajo el liderazgo del estadista Pericles, la ciudad vivió su 'Edad de Oro'. Pericles impulsó la reconstrucción monumental de la Acrópolis, arrasada por los persas: en pocas décadas se levantaron el Partenón, los Propileos, el templo de Atenea Niké y el Erecteion, obra de arquitectos como Ictino y Calícrates y del escultor Fidias. Era el escaparate del poder y la cultura atenienses.
Pero la Edad de Oro fue mucho más que piedra. Atenas perfeccionó la democracia —el gobierno directo del pueblo (los ciudadanos varones libres) reunido en la Asamblea—, una invención política revolucionaria. Fue el escenario donde escribieron los grandes trágicos Esquilo, Sófocles y Eurípides y el comediógrafo Aristófanes; donde Heródoto y Tucídides fundaron la historia; y donde, poco después, enseñaron Sócrates, Platón y Aristóteles, padres de la filosofía occidental. Nunca antes una ciudad tan pequeña había concentrado tanta creatividad humana.
El esplendor de Atenas llevaba dentro la semilla de su declive. Su creciente poder imperial y su rivalidad con Esparta, la gran potencia militar terrestre del Peloponeso, desembocaron en la Guerra del Peloponeso (431-404 a.C.), un largo y devastador conflicto que enfrentó a casi todo el mundo griego en dos bloques. La guerra, narrada magistralmente por el historiador ateniense Tucídides, combinó campañas terrestres y navales, treguas frágiles y desastres como la fracasada expedición ateniense a Sicilia.
A la presión de la guerra se sumó una catástrofe inesperada: una terrible peste asoló Atenas hacia el 430 a.C., en los primeros años del conflicto, matando a una parte enorme de la población hacinada tras las murallas. Entre las víctimas estuvo el propio Pericles. La ciudad resistió durante décadas, pero finalmente, en el 404 a.C., derrotada y bloqueada, Atenas tuvo que capitular ante Esparta, perder su flota y sus murallas y ver disuelto su imperio.
Atenas se recuperó parcialmente en el siglo IV a.C., pero ya nunca volvería a dominar Grecia. Fue una época de inestabilidad entre las ciudades-Estado, mientras al norte crecía una nueva potencia: el reino de Macedonia. Filipo II de Macedonia derrotó a una coalición griega liderada por Atenas y Tebas en la batalla de Queronea (338 a.C.), poniendo fin a la independencia política de las ciudades griegas. Su hijo, Alejandro Magno, llevaría la cultura griega hasta los confines de Asia. Pese a haber perdido el poder político, Atenas conservó intacto su prestigio: siguió siendo el gran centro intelectual del mundo, la ciudad de las escuelas de filosofía, adonde acudían a formarse las élites de todo el Mediterráneo.
En el 146 a.C., Grecia pasó a la órbita de Roma, y Atenas se integró al mundo romano. Pero lejos de ser una ciudad cualquiera, los romanos la veneraban como cuna de la cultura y el saber: era la 'universidad' del Imperio, adonde las familias acomodadas enviaban a sus hijos a estudiar filosofía y retórica. Emperadores filohelenos como Adriano la embellecieron con nuevos edificios; en Atenas todavía se ven el Arco de Adriano y los restos del colosal Templo de Zeus Olímpico, terminado en su época, así como la Biblioteca de Adriano y el Ágora Romana con la elegante Torre de los Vientos.
Con la división del Imperio y el auge del cristianismo, Atenas entró en la época bizantina. Su brillo intelectual pagano se apagó: en el 529 d.C., el emperador Justiniano cerró las escuelas filosóficas, símbolo del fin de la Antigüedad clásica. Los templos paganos se transformaron en iglesias cristianas —el propio Partenón fue durante siglos una iglesia dedicada a la Virgen—, y la ciudad, ahora una población provinciana del Imperio bizantino, se llenó de pequeñas y hermosas iglesias bizantinas, varias de las cuales todavía se conservan en el centro.
En 1456, pocos años después de la caída de Constantinopla, Atenas cayó bajo dominio otomano, que se prolongaría casi cuatro siglos. Durante ese tiempo la ciudad quedó reducida a un pueblo modesto a los pies de la Acrópolis, que los turcos usaron como fortaleza y guarnición; el Partenón fue convertido en mezquita. El episodio más trágico ocurrió en 1687, durante un asedio de los venecianos: un proyectil alcanzó el Partenón, que los otomanos usaban como polvorín, y la explosión destruyó buena parte del templo que había sobrevivido más de dos mil años casi intacto. Pocos años después, a comienzos del siglo XIX, Lord Elgin se llevó a Londres muchas de sus esculturas, las célebres y disputadas 'canicas de Elgin'.
El destino de Atenas dio un giro radical con la Guerra de Independencia griega (1821-1830), en la que los griegos se sublevaron contra el Imperio otomano y, con el apoyo de las potencias europeas, lograron crear un Estado independiente. La elección de la capital del nuevo reino fue una decisión cargada de simbolismo: en 1834 se escogió Atenas, una población entonces pequeña y semiderruida, precisamente por su prestigio como cuna de la civilización occidental y de la democracia. El peso de su pasado pesaba más que su modesto presente.
El primer rey de Grecia, Otón de Baviera, llegó acompañado de arquitectos y planificadores europeos que rediseñaron la ciudad casi desde cero. Atenas fue dotada de un trazado urbano moderno y de edificios públicos en estilo neoclásico, que dialogaban deliberadamente con la herencia clásica: el Palacio Real (hoy el Parlamento, en la plaza Syntagma), la Universidad, la Academia y la Biblioteca Nacional (la célebre 'trilogía' neoclásica de la calle Panepistimiou) y muchas mansiones de la nueva elite. La ciudad creció rápidamente alrededor de la Acrópolis, recuperando su papel central en la vida griega.
El siglo XX transformó esa capital de aire decimonónico en una gran metrópolis. Un acontecimiento clave fue la 'Gran Catástrofe' de 1922: tras la derrota griega en la guerra contra Turquía en Asia Menor, más de un millón de refugiados griegos de Anatolia llegaron a Grecia, y muchos se asentaron en torno a Atenas, que se expandió enormemente y dio origen a nuevos barrios. La ciudad atravesó luego la ocupación durante la Segunda Guerra Mundial, una cruenta guerra civil y, ya en la segunda mitad del siglo, un crecimiento acelerado y a menudo caótico que la convirtió en la gran urbe que es hoy.
La Atenas de hoy es una capital europea moderna que convive, calle a calle, con su herencia milenaria. Tras décadas de crecimiento desordenado y problemas de contaminación, la ciudad emprendió a finales del siglo XX una profunda modernización, que tuvo su gran impulso en la organización de los Juegos Olímpicos de 2004. No fue una elección casual: los Juegos volvían así a la ciudad que había acogido los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna en 1896, en el restaurado Estadio Panathinaikó, el único estadio del mundo construido enteramente en mármol.
De cara a 2004, Atenas se transformó: se construyó un nuevo aeropuerto internacional, se amplió y modernizó el metro (cuyas excavaciones, de paso, sacaron a la luz numerosos hallazgos arqueológicos que hoy se exhiben en las propias estaciones), se crearon nuevas autopistas, un tranvía y un tren suburbano. Se peatonalizó además la gran 'Ruta Arqueológica' que une los principales yacimientos del centro al pie de la Acrópolis, una de las mejores intervenciones urbanas de la ciudad, que permite caminar de monumento en monumento sin tráfico.
En 2009 se inauguró el nuevo Museo de la Acrópolis, una obra moderna a los pies de la roca sagrada, pensada para albergar dignamente los tesoros del monumento y para acoger algún día las esculturas que aún se conservan en Londres. Pese a haber sufrido con dureza la crisis económica de la década de 2010, Atenas se reinventó como destino cultural y gastronómico, con barrios revitalizados, una vibrante escena de arte urbano y una vida nocturna intensa. Hoy la ciudad ofrece esa mezcla única que la hace inolvidable: el Partenón coronando el horizonte y, a sus pies, una metrópolis mediterránea llena de vida.