El nombre de Normandía guarda en sí mismo el origen de la región: 'Normandie' viene de 'Northmanni', los 'hombres del norte', es decir, los vikingos escandinavos. Durante el siglo IX, estos navegantes y guerreros remontaron una y otra vez los ríos del reino franco, saqueando ciudades y monasterios y llegando incluso a asediar París. El bajo valle del Sena, fértil y bien comunicado con el mar, fue uno de sus blancos predilectos y, con el tiempo, un lugar donde empezaron a asentarse.
En lugar de seguir combatiéndolos indefinidamente, el rey franco Carlos III 'el Simple' optó por una solución pragmática. Según la tradición, en el año 911 firmó con el jefe vikingo Rollón (Rollo) el tratado de Saint-Clair-sur-Epte, por el cual le cedía las tierras en torno a la desembocadura del Sena a cambio de que defendiera la región de otros invasores nórdicos y se convirtiera al cristianismo. Así nació, de hecho, el Ducado de Normandía, y Rollón se convirtió en su primer líder.
Lo notable fue la rapidez con que aquellos vikingos se 'afrancesaron': en pocas generaciones adoptaron la lengua, la religión y las costumbres del mundo franco, fundieron su cultura guerrera con la organización feudal y dieron lugar a un pueblo, los normandos, célebre por su energía militar y su capacidad de expansión. De ese ducado saldrían, en los siglos siguientes, conquistadores que cambiarían la historia de Inglaterra, del sur de Italia y del Mediterráneo.
El episodio más célebre de la Normandía medieval es la conquista de Inglaterra por Guillermo, duque de Normandía, conocido después como Guillermo el Conquistador. En 1066, tras la muerte del rey inglés Eduardo el Confesor, Guillermo reclamó el trono de Inglaterra, que había sido tomado por el anglosajón Harold Godwinson. Para hacer valer su pretensión, reunió una flota y un ejército, cruzó el Canal de la Mancha y desembarcó en el sur de Inglaterra.
El 14 de octubre de 1066, en la batalla de Hastings, las fuerzas normandas vencieron a las anglosajonas y Harold murió en combate. Guillermo fue coronado rey de Inglaterra el día de Navidad de ese mismo año, uniendo el destino del ducado normando y del reino inglés, una conexión que marcaría siglos de historia y de guerras entre Francia e Inglaterra. La conquista transformó profundamente Inglaterra: su nobleza, su lengua y sus instituciones quedaron impregnadas de influencia normanda y francesa.
Esta epopeya quedó narrada en una obra única en el mundo: el Tapiz de Bayeux, un bordado de lana sobre lino de casi 70 metros realizado pocos años después de los hechos (probablemente encargado por el obispo Odón de Bayeux, medio hermano de Guillermo). En sus escenas, llenas de soldados, caballos, barcos y detalles cotidianos, el tapiz cuenta paso a paso los acontecimientos que llevaron a la batalla de Hastings. Conservado en Bayeux e inscrito en el registro 'Memoria del Mundo' de la Unesco, es uno de los documentos visuales más extraordinarios de la Edad Media europea.
Tras la conquista de Inglaterra, Normandía quedó en el centro de la pugna entre las coronas francesa e inglesa, ya que sus duques eran a la vez reyes de Inglaterra. En 1204, el rey de Francia Felipe II Augusto conquistó la Normandía continental e la incorporó al dominio real francés, pero la región siguió siendo un territorio codiciado y estratégico, puerta de entrada hacia el corazón de Francia.
Durante la Guerra de los Cien Años (siglos XIV-XV), Normandía cambió varias veces de manos. Los ingleses la ocuparon de nuevo en buena parte del siglo XV, y su capital, Ruan, se convirtió en uno de los principales bastiones del poder inglés en suelo francés. Fue precisamente en Ruan donde tuvo lugar uno de los episodios más conmovedores de la historia de Francia: el proceso y la ejecución de Juana de Arco. La joven heroína, que había impulsado la recuperación francesa, fue capturada, juzgada por un tribunal eclesiástico bajo control inglés y quemada en la hoguera en la plaza del Mercado Viejo de Ruan en 1431.
Finalmente, a mediados del siglo XV, los franceses reconquistaron Normandía de forma definitiva, poniendo fin a la presencia inglesa en la región. Durante los siglos siguientes, Normandía consolidó su identidad dentro del reino de Francia: floreció su patrimonio religioso —con catedrales y abadías góticas como las de Ruan, Bayeux o Coutances—, prosperaron sus puertos atlánticos y se afianzó la rica campiña agrícola y ganadera que todavía hoy la caracteriza.
El acontecimiento que grabó el nombre de Normandía en la memoria del mundo ocurrió en plena Segunda Guerra Mundial. Con Francia ocupada por la Alemania nazi desde 1940, los Aliados (Estados Unidos, el Reino Unido, Canadá y otros países) planificaron durante años una invasión a gran escala que abriera un nuevo frente en Europa occidental. El plan, bautizado Operación Overlord, eligió las playas de Normandía como punto de desembarco, en lugar del paso de Calais (más cercano a Inglaterra), lo que tomó por sorpresa al alto mando alemán.
En la madrugada del 6 de junio de 1944 —el Día D ('D-Day')— comenzó la mayor operación anfibia de la historia. Tras los lanzamientos nocturnos de tropas aerotransportadas en paracaídas y planeadores, y un masivo bombardeo, decenas de miles de soldados desembarcaron en cinco playas, codificadas con nombres clave: Utah y Omaha (a cargo de las fuerzas estadounidenses), Gold y Sword (británicas) y Juno (canadiense). La resistencia alemana fue muy desigual según la playa: mientras en algunas el avance fue relativamente rápido, en Omaha Beach las tropas estadounidenses sufrieron pérdidas terribles bajo el fuego de las defensas del Muro Atlántico.
Una gigantesca operación logística sostuvo el desembarco: puertos artificiales prefabricados (los 'Mulberry'), como el de Arromanches, y oleoductos submarinos permitieron descargar tropas, vehículos y suministros sin un puerto capturado. Al caer la noche del 6 de junio, pese a las bajas, los Aliados habían logrado establecer cabezas de playa en la costa normanda. El Día D fue el comienzo de la liberación de la Europa occidental ocupada y uno de los puntos de inflexión de la guerra.
El desembarco del 6 de junio fue solo el comienzo. A partir de las cabezas de playa, los Aliados tuvieron que librar la larga y durísima Batalla de Normandía, que se extendió durante el verano de 1944 por el interior de la región. El terreno del 'bocage' normando —campos pequeños rodeados de altos setos y caminos hundidos— era ideal para la defensa alemana y convirtió cada avance en una lucha encarnizada.
Las ciudades pagaron un precio altísimo. Caen, objetivo del primer día, resistió semanas de combates y bombardeos que la dejaron en gran parte destruida; Saint-Lô, nudo de carreteras clave, quedó casi arrasada, hasta el punto de ser apodada 'la capital de las ruinas'. Tras semanas de estancamiento, la ofensiva aliada logró romper el frente (operaciones como Cobra) y, a finales de julio y en agosto, las tropas alemanas quedaron atrapadas en la llamada 'bolsa de Falaise', donde sufrieron una derrota decisiva. El camino hacia París quedó abierto, y la capital fue liberada el 25 de agosto de 1944.
La Batalla de Normandía dejó decenas de miles de muertos —militares de ambos bandos y también numerosos civiles franceses, víctimas de los combates y los bombardeos— y un paisaje devastado que tardó años en reconstruirse. Pero abrió el camino a la liberación de Francia y de Europa occidental. Los grandes cementerios militares de la región (americano en Colleville, alemán en La Cambe, británicos y canadienses) y la reconstrucción de ciudades enteras son el testimonio perdurable de aquel verano decisivo.
Desde 1945, Normandía ha vivido de cara a la memoria de aquel verano. Las cinco playas del desembarco, los cementerios militares, los búnkeres del Muro Atlántico y un rosario de museos (el Mémorial de Caen, los museos de Arromanches, Utah, el Airborne de Sainte-Mère-Église, el Juno Beach Centre, el Mémorial Pegasus) conforman uno de los grandes 'paisajes de la memoria' de Europa. Cada 6 de junio, y muy especialmente en los aniversarios redondos, la región se llena de ceremonias, veteranos y jefes de Estado que rinden homenaje a los caídos y reivindican la paz. Existe, además, un proyecto para que estos sitios del Día D sean reconocidos como Patrimonio Mundial de la Unesco.
Pero Normandía no es solo memoria de guerra. Es también una de las cunas del impresionismo: la luz cambiante del Canal de la Mancha, los puertos como Honfleur y las costas de Étretat y la Côte Fleurie atrajeron a pintores como Eugène Boudin y Claude Monet, que aquí ensayaron su mirada sobre la luz y el agua (no en vano, la propia palabra 'impresionismo' nació de un cuadro de Monet pintado en el cercano puerto de Le Havre). Sus catedrales góticas, sus abadías, el legendario Mont-Saint-Michel al sur y ciudades como Ruan completan un patrimonio cultural de primer orden.
A todo ello se suma la riqueza de su campiña: los manzanos y la producción de sidra y calvados, los quesos de fama mundial (Camembert, Livarot, Pont-l'Évêque), la ganadería y una gastronomía basada en la crema, la manzana y el marisco. Esa combinación —la conmoción de los lugares de la memoria y la dulzura de los paisajes y los sabores— hace de Normandía un destino profundamente humano, donde la historia más trágica del siglo XX convive con una de las regiones más bellas y apacibles de Francia.